Cultura

Hablando de filosofía en clase de preescolar

'Sólo es el principio' es una película que pide a gritos una difusión entre colectivos educativos, sociales y participativos de todo tipo para generar un debate público muy necesario sobre la educación y la palabra como herramienta de pensamiento y cohesión social.

 
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Hablando de filosofía en clase de preescolar

'Solo es el principio' reflexiona sobre la educación en una sociedad multicultural

'Sólo es el principio' es una película que pide a gritos una difusión entre colectivos educativos, sociales y participativos de todo tipo para generar un debate público muy necesario sobre la educación y la palabra como herramienta de pensamiento y cohesión social.


Trabajos como éste plantean preguntas tanto acerca de la realidad de referencia como del dispositivo cinematográfico o de la función de la cámara. Y esto, aunque pueda parecer muy común en una primera aproximación, es preguntar mucho porque una obra audiovisual que trasciende su propia materialidad para estos interrogantes revela complejidad y ambición, al menos en cuanto nos permite una recepción con distintos niveles y en cuanto muestra la pluralidad de sus dimensiones. Dicho de forma sumaria: Sólo es el principio es un espléndido documento que propicia la reflexión sobre la educación en una sociedad multicultural a la vez que un documental cinematográfico capaz de algo tan directo y a la vez tan sutil y difícil como hacer que la realidad sea elocuente gracias a una mirada nueva. En efecto, reúne las condiciones de documento y de documental.solo-es-el-principio2

En los inicios de sus carreras como directores y guionistas, Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier, meten la cámara en la clase de filosofía de una escuela infantil ubicada en cualquier barrio del extrarradio parisino habitado casi mayoritariamente por inmigrantes extracomunitarios de segunda o tercera generación. Clase de filosofía porque la maestra dedica unas sesiones de la actividad de preescolar –niños de 3 a5 años, Educación Infantil en nuestro país- al diálogo y la reflexión, a plantearse preguntas e idear respuestas, a elaborar argumentos y a escuchar las razones de los demás, o a verbalizar las grandes cuestiones (amor, amistad, muerte, libertad…). Hay una apuesta por un tipo de pedagogía, complementaria del juego o la educación sentimental, basada en el diálogo y la palabra, confiada en la capacidad de los seres humanos –incluidos los niños desde edades tempranas, con su vocabulario limitado- para crecer física y psicológicamente en el diálogo que nos hace seres pensantes y nos pone en relación con los demás; esta pedagogía “a través de las palabras” (eso significa etimológicamente diálogo) adquiere hoy un valor excepcional en una sociedad de exclusión y racismo, de pobreza y violencia, pero también de irracionalidades de seducción e imposturas, modas y poses. Tampoco esta línea educativa es una improvisación, pues viene de la tradición de la mayéutica de Sócrates, el método de llegar a la verdad (literalmente parir la verdad, como simboliza la vela colocada por la maestra en el centro del diálogo) a través de preguntas que encadenan inducciones lógicas.

La cámara permanece muda –y suponemos que oculta, para no interferir en la espontaneidad de la actividad escolar- desde una distancia muy equilibrada: no tan cerca que impida el distanciamiento psicológico del espectador, su propia reflexión sobre lo que sucede en pantalla, ni tan lejos como para convertir a los niños en objetos de estudio como los bichejos del entomólogo. Las muchas horas rodadas se han articulado en un montaje ágil donde el texto principal –imágenes del aula con los niños hablando- se contextualiza mediante breves contrapuntos con las calles de la ciudad grisácea, los padres acompañando a los niños a la escuela o algunas pinceladas que subrayan la sociedad multicultural en que se ubican personas/personajes. La selección de fragmentos es significativa; claramente se ha evitado incluir las “gracias” de los niños, sus respuestas más chocantes o directamente hilarantes, y convertir la película en una broma de cámara oculta con coartada pedagógica: sólo ha quedado media docena de muestras del tipo “No soy libre cuando quito el polvo de los muebles” o estar enamorado “hace cosquillas en la tripa”. Ello resta brillantez al documento que, con esta opción, quiere ser extremadamente coherente con su propio planteamiento de abundar en la actividad educativa de la profesora. Hay un esfuerzo en reflejar la lucha de los niños por reflexionar y dar una respuesta medianamente satisfactoria a preguntas que nunca se hicieron, en filmar el desarrollo de su proceso de pensamiento, con los titubeos y digresiones propios de un discurso inmaduro, y en subrayar la condición social de los protagonistas, que llevan a la escuela la mentalidad de los padres o sus vivencias familiares, como queda manifestado en diálogos sobre las diferencias raciales o las relaciones de pareja.

“La palabra es la casa del ser. En su morada habita el hombre” dejó escrito Martin Heidegger y bien podía figurar como frontispicio de este documento mucho más valioso de lo que parece a primera vista pues su apuesta por la pedagogía socrática del diálogo debería ir más allá de los niños de preescolar y generalizarse a otros espacios sociales y actividades cívicas. Desde luego, Sólo es el principio es una película que pide a gritos una difusión entre colectivos educativos, sociales y participativos de todo tipo para generar un debate público muy necesario sobre la educación y la palabra como herramienta de pensamiento y cohesión social.

Eduardo Sánchez Noriega
www.cineparaleer.com
 
 

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