Cultura

Por José A. Solórzano

Cuaderno de viajes sobre la pobreza en los medios de comunicación

"Desde niño me gustó el periodismo; creía en él, esperaba cada mañana  el periódico en mi casa con una ilusión tremenda, propia del niño adolescente que quería ampliar su horizonte de valles y montañas; me lo creía todo, me ampliaba la visión y el conocimiento del mundo, de los países que estudiaba en la escuela".

Cuando uno termina de leer este libro escrito a corazón abierto, no puede menos de poner su cara entre las manos, respirar hondo y decir ¡Díos mío, qué mundo éste! o decir ¡Dios, qué mundo! o decir ¡Joder, este mundo no tienen arreglo! Cualquier interjección vale con tal de que esa rabia se transforme en acción de algo directo personal, que haga cambiar algo, aunque sea poco, la vida de uno mismo: a la hora de comer, a la hora de gastar, de comprar, de entablar una relación, de ver y mirar el mundo con el que te topas cada mañana, en cada esquina.

Desde niño me gustó el periodismo; creía en él, esperaba cada mañana  el periódico en mi casa con una ilusión tremenda, propia del niño adolescente que quería ampliar su horizonte de valles y montañas; me lo creía todo, me ampliaba la visión y el conocimiento del mundo, de los países que estudiaba en la escuela. Después fui descubriendo que se podía vivir sin leer el periódico; más tarde colocaba periódico y biblia al lado uno del otro para entender mejor lo que leía, para cotejarlo y darle un sentido a ambas lecturas; más tarde aún, cuando supe más de la biblia, comprobé que también ésta había que interpretarla, que estaba llena de géneros literarios y otra lindezas y el periódico se iba convirtiendo en pura ficción; el ficcionalismo literario era su denominador común, "como si" fuese verdad lo que decía. Y no lo era. Pronto descubrí que solo tenían tres verdades: título, fecha del día, precio. Comencé a descreer en los periodistas y en la fuerza de la palabra escrita que yo creía dominar algo en mis primeros pinitos escolares: me gustaba escribir, pero para no decir la verdad, o al menos para poder decir la mía, la que yo sentía y vivía, y si no podía decirl, para qué escribir entonces. Me centré más en la lectura de los "culturales" semanales de cada periódico; al menos, aunque con interpretaciones culturales peculiares, hablaban de algo que sonaba a creíble, eran opiniones subjetivas sobre tal o cual obra, novela, libro, o espectáculo. A veces había que leerlos casi en postura del pensador de Rodin: de qué va esto, no entiendo qué quiere decir, me decía a mí mismo. Ya no me interesaban ni las esquelas, (salvo las muy rimbombantes, para reír un poco), algunos no habían muerto tan siquiera ¿Paesa, por ejemplo?

Más tarde, cuando me pedían alguna colaboración para alguna revista de influencia nula, p.ej, las educativas, me ponían tales cortapisas, número de palabras o caracteres, me quitaban “cosas" que para mí era importantes, pero que, decían, podían molestar, que… Poco a poco el periodismo, las revistas, dejaron de interesarme. Y no digamos los periodistas: panda de siervos al servicio de intereses interesados o espurios. A veces escribía porque no me tocaba otra: entraba en el sueldo mensual como parte del relleno de páginas asignadas. En muchos años, con muchos artículos escritos sobre educación, pastoral, libros, creo que solo una o dos personas me dijeron: me gustó lo que escribiste en el artículo sobre... A lo sumo alguno me decía: pero, ¿de dónde sacas tiempo para…? Los de la misma casa, salvo para alguna censura soterrada, callaban ladinamente. Sabía que lo dicho no era de su agrado. En fin, que se lee poco, por no decir casi nada.

Después ya escribí para algunos amigos, no porque les interesasen mucho mis ideas y opiniones (que apenas tengo), sino para saber dónde estaba, cómo estaba, qué hacía. Dejaba al margen la tan traída y llevada objetividad en la que nunca he creído, y contaba desde mi subjetividad  llena de equívocos, como casi toda subjetividad, pero muy válida y reconfortante por el desahogo, algunas cosillas de relativo interés. Hasta hoy lo he hecho: lo llamé "Desayunos pastoral. El amor con humor se paga" y "Retomar el hilo primordial". Publicar libros perdió su interés; las editoriales son peor que los periódicos. De un libro que me costó un año escribir, recibí 1033€, del otro, una tesis doctoral enorme y única en el mundo en lengua castellana, me han dado 0€. Una amiga, que también escribe mucho y bien, por su último libro que se ha vendido mogollón, le han dado por derechos de autor en un año ¡15€! Y así podría seguir. ¡Qué escriban ellos a ver qué éxito tienen y quién los aguanta! “Es lo que hay”, te dicen y te sonríen como diciéndote j… Pero en fin, me estoy yendo (poco) por los cerros de Úbeda periodísticos.

Por eso prefiero leer novelas y algún que otro ensayo. Al menos sé que la vida supera la ficción allí contada y que lo que me cuenta el autor novelista es puro divertimento, que en algo se parece a la realidad, pero que en general, por muy espejo fiel que pretenda, siempre se distorsiona. La realidad es tan esperpéntica, que las novelas son un bálsamo lector, casi casi son pura objetividad. Los ensayos me ayudan a pensar, que no es poco. Una vez desahogado…

*

Pues bien, “Periodismo de mandarina" me ha reconciliado con algunos, pocos, periodistas. Javier escribe con las venas abiertas del periodismo más audaz y sincero. Lo que dice es totalmente fiable, está contado con lucidez, con dolor y con afecto de comunión con el dolor, con las esperanzas, con las desdichas, con los logros de las gentes buenas y pobres (entre los pobres también los hay malos y retorcidos, con sus mezquindades, no idealicemos, aunque a muchos no les queda otro remedio que serlo...). Es un libro que se va desgajando con suavidad como la piel de las mandarinas, con los gajos agridulces que el mundo-mandarina te proporciona.

Uno no sabe del título acertadísimo hasta la página 219. Solo un alumno de la facultad de periodismo se atreve a tocar, oler, palpar una mandarina que Javier profe ha colocado sobre la mesa; el resto, escribe a distancia, sin experimentar la realidad/mandarina, diciendo metáforas y tonterías en unos ejercicios de escritura que pretenden ser ingeniosos y literarios. Solo uno palpa de cerca, Solo uno quiere saber de la realidad mandarina. Solo uno será buen periodista; el resto, trabajarán en redacciones, buscando titulares, siguiendo el juego al director, al jefe de redacción, al político de turno, mientras se apartan la melena rubia de la cara, diciendo porfa o qué guay o se arrascan donde no deben sin picarles y dicen un taco viril. Ser becarios ya les parece una suerte de fortuna…En muchos casos lo es, ya que ni de eso se han hecho merecedores.

Javier es otro, viene de otra madera de contar, de vibrar (sí, he dicho madera, no manera), de los que apenas quedan. Ha pasado por 9 países a cual más necesitados no solo de justicia sino de que se les tenga en cuenta; países de África, América, Asia, Europa. A elegir. Y allí nos cuenta sin tapujos lo que él ha visto y vivido en el poco tiempo que le dejaban estar. Allí siempre, ¡qué curioso! se ha encontrado con algún sacerdote, alguna misionera, alguien que le acompañaba contándole, hablándole de las esperanzas de la gente tras un terremoto, tras una desgracia, tras el vivir cotidiano. Esos hombres y mujeres que un día dejaron su tierra y se fueron con no más fuerza que la palabra de Evangelio y el espíritu de Dios impulsados a trabajar, vivir y cambiar algo con y para los realmente pobres, sin noticia, mientras los demás, yo el primero, estamos apaciblemente sentados escribiendo para este blog, con una taza de té al lado ¡cuánto sudor habrá costado este sobre de té! Javier lo cuenta con tal suavidad que se te cuela dentro, te reconcilia con los periodistas de frontera, de a pie de obra en este mundo encanallado. Los otros... mejor no comprar su periódico, no escucharlos en tertulias repetitivas, insaciables de escándalos económicos o amorosos; mejor no saber de ellos... algo que es casi imposible, se cuelan por todas partes, no te dan descanso, ni descansan nunca: están ávidos de hurgar en los errores ajenos, en los deslices y trapicheos. La tregua informativa de insulseces no existe para ellos.

Javier, no. Javier toma notas, comparte, sabe lo que es la rabia contenida, la desesperación, el cinismo de muchos, las vidas rotas y reconstruidas (es un eufemismo) en los lugares más recónditos del mundo, en las zonas marginales que circundan las cities más depredadoras, los rascacielos más soberbios, -hay en Madrid uno con capilla en el piso 33 (Javier, esto sí es una diosidencia, que dice tu amigo Alberto Reyes, una coincidencia), como la edad de Cristo, que hace guiños de luz verde tras los cristales y que se llena a las 14,15 de ejecutivos encorbatados y secretarias de tacón alto y fino que taladran la moqueta para "oír" la misa de esa hora/pranzo, como si la comunión fuese el appetaizer antes de ir al restaurante del último piso-. Javier no te da descanso a tomar conciencia de los muchos males que aquejan a millones y millones de personas, de la gravísima situación en la que viven (es un decir) o malmueren millones de personas que solo son noticia una vez, diez renglones en un artículo de relleno, en ciudades, en barrios periféricos, en… no encuentro palabras. Y todo contado con gracia, con humor del bueno, del que te hace sonreír para que llores menos, para que digieras la triste humanidad que te circunda apenas unos kilómetros más allá de tu confortable despacho, habitación o tren que te transporta mientras lees.

Frente a mí tengo un libro que se titula: “Quien no lea este libro es un imbécil”. En este caso no: Quien no lea este libro, peca. Y mucho. Porque los pecados de omisión son los más graves por ser ocultos, por no tener conciencia, por ser los corrosivos, los soterrados que minan el interior, los que miran hacia otro lado, los que…

No sé si este libro-aldabonazo lo leerán los alumnos de Javier. Algunos sí. El merodeador de la mandarina, sí. Otros, dirán: ¡Bah, cosas de Javier. Ya se sabe cómo es… Sus compañeros de oficio ¿lo leerán? Alguno puede que sí, aunque solo sea para encontrar errores… de perspectiva.

Las dos entrevistas finales a Martín Caparrós y Pedro Simón (prometo comprar y leer ambos libros) cierran este periodismo de mandarina, periodismo de manda h… que no haya más periodista así. Los “gajos finales” recomendados los iré degustando poco a poco, con otras lecturas intermedias. Me gusta mucho León Gieco, tengo todo lo suyo y en los viajes le escucho y canturreo con él. Alguna de las películas ya las he visto. Y los libros no podré leerlos todos; de R. Kapuscinski ya leí alguno, el primero fue Ébano, seguiré con Los cínicos no sirven para este oficio (tengo verdadera pasión por los “cínicos” ¡Hay tantos!); compartió premio Príncipe de Asturias con el dominico Gustavo Gutiérrez. Algún otro leeré. Como ya no voy a ser alumno de facultad alguna, puedo permitirme el lujo de ir leyendo lo que recomiendas y leyéndote en otros libros y entrevistas tuyas, sin prisas.

Javier, no puedo seguir escribiendo, pero como a Otro, a otros (muy pocos, poquísimos) te seguiré donde quiera que escribas. Compartimos en 21RS algún que otro espacio. El que Mª Angeles nos deja. Te leo con fruición. Gracias por haber nombrado a Dios dos veces en la última entrevista, porque si tú no llegas a hacerlo…

¡Ah, me gusta la palabra diosidencias! Y el subtítulo del libro, editado por San Pablo (¡San Pablo, que era un diosidente!) me parece acertado: Cuaderno de viaje sobre la pobreza en los medios de comunicación. Puede entenderse como lo poco/nada que la pobreza es tratada en los medios o también como la pobreza en los medios de comunicación por ser tan pobres medios carentes de interés. Sí, dan mucha pena los medios. Pobrecillos. Con la de aspectos transformadores y cambiantes que podrían producir…

Cada vez que coma una mandarina me acordaré de ti.

Te abrazo, Javier. No estás solo.

Más noticias

no-results-found-landing-news
  • {{item.subsection}}
    {{item.category}}
    {{item.subcategory}}
    {{item.tagName}}

    {{item.title}}

    {{item.short_text}}
    {{item.plus_text}}
VER MÁS {{percentLoaded}}% loading...