Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

X Domingo del tiempo ordinario: Con olor a ovejas

Nos oímos decir unos a otros que estamos locos, que nuestra sociedad camina por sendas de locura. Y puede que tengamos un punto de razón. A los biempensantes la locura les da miedo. Y eso les repliega en los cuarteles de invierno, rodeados de confort y seguridades, y se olvidan de la gente real que vive, goza, sueña, sufre, se apasiona, se enerva, o, en su abandono y falta de protagonismo, enloquece. El que se encierra en su corralito, pierde el sabor y el olor a pueblo, a oveja, se pierde en su orgullo y manías. Jesús se alejó de ese elitismo. Y desparramó su persona entre los depauperados, los enfermos crónicos, los abandonados y maltratados por los poderes invasores. Se adentró en las venas locas de un pueblo que vivía entre miserias e iras. Su apuesta hizo creer a biempensantes del judaísmo, y a miembros de su propia familia, que no estaba en sus cabales, o estaba al servicio de Belzebú. Marcos 3: "Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: 'Tiene dentro a Belzebú'”.

 

Jesús conoce su misión y no se aparta del plan de su Padre. Pronuncia palabras sabias cuando le acosan por su dedicación a los pobres y los pecadores, o cuando creen que su mesianismo es de poder. Marcos 3: "Él les pregunta: '¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?' Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: 'Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre'". Jesús está en la onda de su Abbá. Algunos pueden ver en Él protagonismo, cabezonería o locura. Pero Él habla y actúa desde el Padre. Y sólo los que lo escuchan comprenden lo nuevo que trae. ¡Escuchar al Padre! Esa es la loca tarea de todo bautizado. Y discernir si la escucha es pura y auténtica o si nos escuchamos a nosotros mismos, a nuestros prejuicios, ideologías, afectos o condicionamientos. ¡Escuchar al Padre! Ese es el camino.

Jesús no tiene miedo a la locura, que es lógica ante tanta opresión y estrés. Y, además, Jesús es portador de una locura mayor y más apasionante. 2 Corintios 4: "Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día... Ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno". Esta es la Palabra de la vida. Saulo comprendió que la locura de Cristo era muy superior a la suya, empecinada y violenta. Su conversión le lleva a trasmitirnos esta perla: "Importa lo que no se ve". Y eso, lo que no se ve, es lo que Cristo ve en el hombre. Y nos enseña, mediante la escucha, a desvelar la vocación de amor y entrega servicial que nos atrapa y arrastra. Al descubrir al hombre interior que crece en nosotros, y escuchar al pueblo sufriente y al Dios humilde, se esfuman los temores y cobardías.

Génesis 39: "Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo...”. Cristo abre las puertas a contemplar y a participar en el nuevo árbol del bien, de la sabiduría, la bondad y la santidad, que dice Francisco: en el Espíritu Santo que aletea en el alma de los pobres, los enfermos, los locos, los jóvenes, los alternativos, los poetas, los místicos, los soñadores, los científicos, los artistas, los buenos profesores... Ahí ha desaparecido el miedo y ha nacido una nueva y asombrosa locura. Una nueva vida en el Espíritu. La hija mayor de esa locura es una Iglesia renacida. Y, en ella, sus hijos bien amados y humildes.

Si estás asfixiado por la locura del mundo, dedícate como Jesús a salir a las plazas, entre los locos sufrientes. Dedícate a las tareas del Evangelio. No temas. No te encierres en ti, ni en un corralito, ni en una pequeña élite de prestigio. Más bien, ponte en salida. Sé valiente. El mismo Señor te espera en medio de los locos y las locuras del pueblo. Y junto a Él, te sueña y te espera la bella y atractiva locura de su amor entregado. Es en ella donde renacerás a "lo que no se ve", pero que no es pasajero. Las locuras humanas se pasan. La locura del amor de Dios permanece para siempre. Salmo 129: "Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora".

Antonio García Rubio.

 

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