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Sara Nieto: “Lo más importante fue dejar de llorar y sentirnos importantes juntas”

Madres Unidas contra la Droga es la imagen de la resistencia contra un genocidio silenciado. El que arrastró a miles de jóvenes que murieron víctimas de la heroína y sus consecuencias. Sara Nieto (Galicia, 1948) es una de sus fundadoras y, a pesar del tiempo y el sufrimiento, una de sus activistas más dinámicas. Una persona que no ha perdido la alegría de luchar “por los chavales”. Nos vemos con ella en la Parroquia de San Carlos Borromeo, donde se reúne cada semana el grupo desde hace treinta años.

 
-ENCABEZADO-

Sara Nieto: “Lo más importante fue dejar de llorar y sentirnos importantes juntas”

Por Jacobo Rivero @sputnikjkb

Madres Unidas contra la Droga es la imagen de la resistencia contra un genocidio silenciado. El que arrastró a miles de jóvenes que murieron víctimas de la heroína y sus consecuencias. Sara Nieto (Galicia, 1948) es una de sus fundadoras y, a pesar del tiempo y el sufrimiento, una de sus activistas más dinámicas. Una persona que no ha perdido la alegría de luchar “por los chavales”. Nos vemos con ella en la Parroquia de San Carlos Borromeo, donde se reúne cada semana el grupo desde hace treinta años.

¿Cómo comenzó en Madres contra la Droga?
Cuando la heroína empezó a hacer estragos las madres estaban escondidas, avergonzadas, y rechazadas por la sociedad. Aquí en Entrevías vino de párroco Enrique de Castro, que antes estaba en otra parroquia y empezó a coger a los chavales que estaban todo tirados, sin nada, abandonados por todo el mundo. Era el principio de los ochenta y los chicos robaban y estaban colgados todo el tiempo. Llegó Enrique, gracias a Alberto Iniesta que era el obispo de Vallecas o el obispo de los pobres, como también le llamábamos. Con Enrique empezaron las madres a juntarse aquí, porque ellas se veían en las puertas de las comisarias, de las cárceles, de los hospitales, pero no tenían dónde reunirse, dónde compartir sus penas. En ese momento no había nada, ni Plan Nacional contra la Droga, ni nada, y a los yonquis se les daban fármacos que lo que hacían era engancharles, también, a esos fármacos. La única respuesta entonces al problema, casi como ahora, era policial y penal. Enrique empezó a dar otras soluciones y decidieron pelear porque los chicos no estuvieran en la cárcel sino acogidos, porque cuando el chaval caía preso era peor, reincidía, se enganchaba más, perdía el miedo a la prisión. Esa fue nuestra primera lucha, sacarles de la cárcel.

¿Cuál fue el recorrido vital que le llevó a implicarse en la lucha por los derechos de las personas drogodependientes?
Vengo de una opción de fe, me educaron en la Iglesia desde pequeña, aunque la que viví estaba muy vinculada al franquismo y la represión. Me casé con diecinueve años, mi marido trabajaba en las obras de las carreteras y no teníamos nada, viajábamos por toda España en una vespa y sin domicilio fijo. Luego estuve separada de la Iglesia bastantes años. Cuando llegué a Vallecas quise que mi hijo hiciera la primera comunión vestido de marinero, pero en la parroquia de Vallecas Villa los niños no llevaban uniforme, vestían de cualquier manera. Busqué una iglesia donde pudiera ir de marinero y encontré una donde sí, pero para eso tenía que estar el niño empadronado en la zona. Una amiga me prestaba su dirección para que así creyeran que era del barrio. Pero cuando fui a inscribir al niño pensé: “Cómo voy a empezar con una mentira”. Volví a la comunidad de mi barrio y mi hijo hizo la comunión sin traje de marinero. Luego fui allí ocho años catequista, vivía la fe desde la humildad. Tenía una amiga que visitaba presos y me contaba lo que pasaba con los chavales. Entonces, en la parroquia de Entrevías pidieron ayuda para luchar por la ley de libertad a prueba y cuando llegué, conocí a los más marginados. En aquella época se les mataba impunemente, en las cárceles y comisarias, y para aquellos chavales no había nada. Eso fue en 1986, y desde entonces estoy en Madres.

¿Por qué la heroína entró con tanta fuerza en España en la década de los ochenta?
Era una manera de tener a la juventud dormida. Por ejemplo, en 1985, el País Vasco era donde más heroína había de toda Europa. Hay muchas víctimas que saben quiénes fueron los que mataron a los suyos, nosotras no. Nosotras todavía nos preguntamos: ¿quién mató a los nuestros?, ¿quién distribuyó la droga?, ¿quién blanqueó el dinero?, ¿cuáles fueron las fuerzas policiales que miraron para otro lado cuando se descargaba? Esas preguntas siguen sin respuesta.

¿Cómo reaccionaron los hijos cuando vieron a sus madres organizadas?
Los chavales al principio no querían. Pero para Madres contra la Droga se acabó llorar, era el momento de luchar por los nuestros y buscar al enemigo. Después de las armas lo que más dinero produce es la droga. La heroína es ilegal, pero hay empresas que fabrican los químicos que convierten el opio en heroína o cuando se produjo el paso de la hoja de coca a café en Latinoamérica, bajó el valor del café en la bolsa de Nueva York con lo que los agricultores perdieron muchísimo dinero. La droga es un negocio y tiene culpables importantes. Después de treinta años, tenemos muchas batallitas de todo tipo: manifestaciones, encierros, visitas a la cárcel o a jueces.

¿Cómo se vivía dentro del grupo?
Lo más importante fue dejar de llorar solas y sentirnos importantes juntas. Comprender el valor de la solidaridad, el poder hacer algo por los demás, por mi hijo o por el de otras. Sentirse dignas y luchar, a pesar también del machismo de nuestras familias. Cambió todo. Era decirle al marido: “Calienta la comida tú que yo estoy en la lucha”. No te haces idea lo que supuso para muchas mujeres. Fue muy importante, hemos luchado también por nosotras, por no ser sumisas. Hemos vivido muchas vidas y hemos aprendido mucho de los chavales. La lectura del evangelio aquí es más compartida, más humana y mucho más exigente. Aquí veníamos a misa y se nos daba pan y rosquillas al comulgar. Pero es que las Madres veníamos y traíamos las rosquillas en honor de nuestros chicos. En esta parroquia, Leonardo Boff dijo que en la selva se comulgaba con zumo o fruta. Los chavales al principio venían y robaban el sagrario para venderlo, así que lo quitamos, también todo lo que tenía valor. Luego los chavales empezaron a venir aquí, para estar más tranquilos. Se ponían a fumar durante la misa y a alguna gente le parecía mal. Pero un día el cura se encendió un cigarro. Y eso los chavales lo veían muy bien y se generaba más confianza en la parroquia, como algo también de ellos.

¿Cómo fue la relación con los jueces cuando se pedía acoger a esos chicos?
En general buena. Jueces como Manuela Carmena o Arturo Beltrán, siempre hemos tenido jueces que sí, que nos han atendido, también los de vigilancia. Nunca hemos pedido a un juez que haga algo ilegal, solo que haga lo que está en la ley. La cárcel no es buena para nadie, para los chavales era su ruina: era el SIDA, era morir allí sin tratamiento, entrar para un año y salir con seis o siete, porque había más conflictos dentro de la cárcel que fuera, porque había que pagar más dinero por la droga que fuera, porque era tirar más todavía de las familias...

¿Cómo ha cambiado la situación desde que se creó Madres contra la Droga?
Ahora tenemos a los que han salido de eso. Que son espejo para los demás. Están los últimos coletazos, y aquí hemos visto muchos milagros con chicos que estaban destrozados. Ahora gastamos mucho dinero en enterrar cadáveres en Ceuta y Melilla donde mueren los inmigrantes, también vamos al poblado del Gallinero, que no hay para comer y está habitado por rumanos. Tenemos 120 niños escolarizados a los que damos de desayunar todos los días y algunos preguntan: “¿Mañana también comemos?”.

Con la crisis, ¿hay posibilidades de que vuelva una situación como en los ochenta?
La heroína está de nuevo en aumento con la crisis, porque es más barata que ninguna otra droga. No estamos mejor preparados que entonces, la gente va muy de lista.

¿Habría que legalizar las drogas?
Hemos tenido muchísimo debate con eso, legalizarlas no es suficiente. Lo más importante es garantizar la dignidad de las personas, porque hay dinero y tiene que ser para todos. Sobre legalizarlas, tenemos todos los discursos incluidos en el grupo, a favor y en contra. Yo prefiero que les den heroína buena que mierda, porque son chicos que han caído en la miseria absoluta con droga adulterada. Se tendría que dispensar en puntos de la ciudad, que vengan, aunque sea junto a mi casa, y tomen su dósis.

El humor es una constante del grupo y se ve en vuestras canciones y en las acciones que realizáis.
No se puede estar llorando todo el día, hay que sacar la chispa y reír. Mi marido no estaba de acuerdo con lo que hacía cuando empecé, mi hijo mayor tenía dieciséis años y la pequeña doce. La lucha fuerte fue en 1986, no podía llegar a casa llorando, quedaba con amigas para ver programas de la televisión y allí sacar todo y llorábamos. La gente se creía que era por lo de la tele y era por lo que llevábamos dentro. Pero en público el humor nos protegía. Hacíamos fiestas después de muertos los chicos, porque si no, nos hundíamos, y así nos hacíamos fuertes. Yo limpiaba una discoteca y en el descanso pensaba en los chavales que estaban en la cárcel y no podía pasarlo bien. Al dolor no te acostumbras, pero nuestra fuerza como Madres contra la Droga era mostrarnos con alegría. No sé cuánto seguiremos como grupo, pero siempre habrá mujeres que luchan, no estoy cansada de luchar, me voy a jubilar de limpiar, pero no de luchar por los nuestros. •
 
 

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