Por Juan Ignacio Cortés 

Julio Llamazares: "La melancolía es un signo de inteligencia, como el humor"

Nació en Vegamián, un pueblo (¿ex pueblo?) de la provincia de León que ahora yace bajo las aguas del embalse del Porma, y creció en Olleros de Sabero, un pueblo minero a algunos kilómetros de distancia. Se licenció en Derecho, pero le tiraba la escritura. Así que hizo las maletas y se plantó en Madrid, en donde se dedicó al periodismo, oficio por el que todavía se deja ver de vez en cuando, al tiempo que escribía poesía, ensayo y novelas. Le abordamos en una cafetería y nos remitió al mail para realizar la entrevista, que guarda un cierto aire melancólico, como buena parte de su obra. Luna de Lobos, Escenas de cine mundo o Tanta pasión para nada son algunos de los títulos más importantes de su producción. Aunque ninguno ha alcanzado la notoriedad de La lluvia amarilla, una densa novela poética que narra la existencia solitaria del último de los pobladores de un pueblo del Pirineo aragonés, Ainielle.

Cuando uno ha nacido en un pueblo que ya no existe, ¿existe menos?
Cuando uno ha nacido en un pueblo que ya no existe simplemente ha nacido en un pueblo que ya no existe, nada más.

Maneja un aspecto fiero de sí mismo, con esa barba y esa melena. Claro, es usted leonés.
Pues no soy nada fiero, la verdad. Cualquiera que me conozca puede decírtelo. Lo que demuestra que las apariencias engañan también en este caso.

Confiesa que no es usted muy sociable. Tal vez otro motivo para cultivar ese aspecto fiero.
Tampoco es cierto. Soy tan sociable como el que más. Lo que pasa es que es sólo en apariencia. Digamos que soy un misántropo que lo disimula.

Elija usted: El periodismo es a) la puerta de entrada a la literatura; b) el hermano pobre de la literatura, o c) un oficio precario para mileuristas con ideales.
Ahora no sé. Antes era una forma de hacer literatura. Y también una forma de subsistencia para muchos escritores.

Le he oído quejarse en público de que ya no se hace buen periodismo en este país. ¿Vivimos un momento crepuscular del periodismo?
Dejémoslo en que vivimos en un momento crepuscular en general.

¿No será que es usted un antiguo y echa de menos cosas como los teletipos?
Soy un antiguo, pero no por eso. Tampoco echo de menos la máquina de escribir. Soy un antiguo porque escribo como se escribió siempre: como los náufragos. Y eso en esta sociedad no se entiende.

Empezó como poeta, pero dice que dejó de escribir poesía porque se le olvidó rezar. Pues con la que está cayendo, tener alguien o algo a quien rezar no está tan mal.
A mí me salva la literatura. Y algunas cosas más, pocas.

Ha dicho usted que las novelas son historias que contamos para olvidar otras historias.
Yo no dije eso. Eso lo dijo Juan Cruz, que es amigo mío. Y estoy de acuerdo con él sólo en parte. A veces se escribe para olvidar y a veces para recordar. En mi caso, yo lo hago para recordar y olvidar a un tiempo.

De Delibes decían que contaba y cantaba un mundo que se moría. Usted, entonces, canta y cuenta en sus libros un mundo que ya se ha muerto.
Depende de cómo se mire. Para mí están más muertas muchas personas que veo a diario en la prensa que muchos de mis personajes.

Se considera un exiliado del mundo rural, pero no parece tener ganas de volver al hogar. Sus últimos libros son de temática más bien madrileña.
No me considero exiliado de ningún mundo. Si acaso de la realidad, que no entiendo.

¿Ha sido abducido por la urbe?
En absoluto. Vivo en la ciudad como viví en el campo de niño: como si lo que me rodea no tuviera mucho que ver conmigo.

Decía usted en el Río del olvido que el paisaje es memoria. ¿De qué es memoria el paisaje de los pisos del Pocero en Seseña o el aeropuerto de Castellón?
De la desmemoria. De la tragicomedia de un país que ha olvidado su pasado.

Tal vez son síntomas de ese virus de modernidad del que ha dicho que está contagiado nuestro país.
Sí. Entre otros muchos.

Por cierto, si antes estábamos contagiados, ahora estamos pasando por fin la gripe.
Sí, pero me temo que no se curará del todo.

¿Luna de lobos era un título profético? Lo digo porque hay mucha gente por ahí con el colmillo afilado.
De profético no tenía nada. Al contrario, era una idea ya antigua: “El hombre es un lobo para el hombre” (Hobbes).

Ha escrito también libros de viajes. Ahora que los viajeros parece que se acaban, ¿se escribirán libros de turismo?
Ya se hace. La mayoría de los libros de viaje que se publican responden a ese modelo.

El título de su último libro, Tanta pasión para nada, era un poco melancólico. ¿Tan triste es la vida del escritor?
Yo no lo veo melancólico, al contrario. Es la constatación de una realidad. Y la vida del escritor no es nada triste. Por lo menos, la mía no es nada triste. Lo que ocurre es que yo no escribo para divertir a nadie. Para eso ya hay otros escritores.

Dicen que la melancolía es el estado del alma preferido por los dioses.
La melancolía es un signo de inteligencia, como el humor. Y la produce el esfuerzo inútil. Lo dijo Ortega. •
 
 

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