Despertar

Carlos Barahona

Estremecidos ante lo Sagrado

El templo de la Sagrada Familia de Barcelona será consagrado por Benedicto XVI el domingo 7 de noviembre durante un viaje relámpago a Santiago de Compostela y a la ciudad condal.

 
Al escribir sobre el templo expiatorio de la Sagrada Familia recordé a Charles Péguy (1873-1914). “La espiga más dura que jamás haya crecido”. Así veía la aguja pétrea más trabajada y más alta de la famosa catedral de Chartres (s. XII-XIII). Se perciben sus torres a diecisiete kilómetros de distancia, en la llanura de la Beauce, granero de Francia. Péguy, un convertido (1908), el escritor católico más notable de esa pléyade de hombres de letras y de fe de comienzos del siglo XX en el país vecino, era originario de la región. “Soy beauceron. Chartres es mi catedral”. Cuando su hijo cayó enfermo de difteria en 1912, decidió peregrinar con algunos amigos hasta Nuestra Señora, a quien está dedicado el templo, como se hacía en el Medioevo. Caminó ciento cuarenta y cuatro kilómetros en tres días. Ver el campanario a lo lejos supuso un éxtasis para él: “No sentía ya nada, ni la fatiga ni mis pies. Todas mis impurezas cayeron de golpe. Era otro hombre…”, relata. Reanudó las peregrinaciones con sus estudiantes de París. En 1962 fueron veinte mil los peregrinos. Hoy la caminata continúa y crecen los adeptos.

Del mismo modo las torres de la Sagrada Familia destacan en su entorno barcelonés del Ensanche. Entre los jardines de la plaza homónima y los de la plaza de Gaudí. Los edificios las ocultan, pero si uno aprovecha alguna altura o sobrevuela la ciudad, no puede evitar verlas. Por otra parte la hermosa catedral de Chartres, prototipo del gótico francés, tiene sólo dos torres, que enmarcan su portada. En la basílica de la Sagrada Familia son hoy ocho, y cuando se concluya la construcción serán dieciocho. La enorme cruz luminosa de la más alta, dedicada a Jesucristo alcanzará 174 m. de altura. Allí no se percibe una espiga, sino una gavilla, un ramo floral. Todo observador se siente interpelado. No cabe la indiferencia. Unos tendrán una experiencia estética, otros religiosa, tal vez mística, pero todos sentirán fascinación ante lo genial, admiración ante la obra concebida por una mente humana formidable.

Sus pórticos preparan al visitante o al fiel a gozar de lo que verá dentro. Nacimiento, Pasión y Gloria –aún no concluido–, tres momentos del misterio cristológico manifestados de forma original, rica, impactante. Es una expresión artística nueva y característica, el estilo modernista, naturalista, orgánico, a caballo entre los siglos XIX y XX, no una imitación del pasado. Sólo un creyente puede alcanzar tal expresividad, que brota a borbotones del fondo del ser del artista. Como eran creyentes los canteros, pintores y artesanos medievales, capaces de crear el Pantocrátor románico del ábside de San Clemente de Tahull (s. XII), las joyas del Pórtico de la Gloria en Santiago (s. XII), el elegante ángel sonriente que anuncia gozoso la encarnación a María en el portal central de la catedral de Reims (s. XIII) o cualquiera de las encantadoras madonas sonrientes góticas, dinámicas en su majestad, presentando al Niño salvador a los pobres pecadores con una sonrisa afable, acogedora y cordial.

Entrar en el templo supone vivir algo más intenso aún. El espacio interior de una catedral recibe a las personas en un universo cristificado, ordenado, armónico y pacificado en el que cada uno tiene su sitio propio. La Sagrada Familia por dentro ofrece un ámbito onírico, mediterráneo, simbólico, bíblico, de ensueño, que envuelve a cada ser humano que se adentra en él en un mundo superior, fantástico, gozoso, de luz, de formas, de equilibrios imposibles, evocador de la eternidad. El misterio impregna, la gloria del universo redimido en Cristo es sugerida con símbolos activos, eficaces y potentes. Así como la Trinidad, la eucaristía, la fe, la esperanza y la caridad. De cada corazón mana la alabanza espontánea al creador, redentor y santificador, que se eleva a lo alto guiada por las formas largas, arborescentes, estilizadas y aéreas, acompañada por las laudes sin fin de la Iglesia triunfante de los ángeles, profetas, apóstoles, evangelistas, santos, mártires y confesores. Gaudí habla menos a la razón que a las otras dimensiones humanas: imaginación, fantasía, intuición, sentimiento, pasión, sentido simbólico, sensibilidad artística, apertura a la transcendencia. El Padre, fuente de toda luz, lo simboliza el color amarillo. El Hijo, crucificado y desangrado, el rojo. El Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, una combinación de rojo y amarillo.

¿Quién era ese genial artista y profundo creyente, cuyo proceso de beatificación está incoado tiempo ha? El arquitecto Antonio Gaudí i Cornet nació el 25 de junio de 1852 en Reus (Tarragona). Atropellado por un tranvía en la Gran Vía de las Cortes Catalanas el 7 de junio de 1926 cuando se dirigía, como todos los días, a la iglesia de San Felipe Neri a rezar y a hablar con su confesor, murió con fama de santidad el 10 de junio en el hospital de beneficencia de la Santa Cruz de Barcelona. Por su aspecto descuidado y su carencia de documentación pensaron que era un mendigo y nadie lo socorrió hasta que un guardia civil lo llevó en un taxi al hospital citado. Demasiado tarde. El mismo día 10 de junio de 1992, dos arquitectos, un escultor, un escritor y un mosén, constituyeron la Asociación pro Beatificación de Gaudí. La iniciativa tuvo buena acogida nacional e internacionalmente. El 13 de mayo de 2003 el arzobispo de Barcelona Ricard Maria Carles clausura el proceso diocesano, que pasa a la fase siguiente en la congregación vaticana para las Causas de los Santos, donde continúa actualmente.

Era el quinto hijo de un industrial calderero, con orígenes remotos en la región de Auvernia, en el Macizo Central francés. La enseñanza media la cursó en colegios de religiosos de Reus y Barcelona. Se pagó los estudios de arquitectura trabajando como delineante en estudios de la Ciudad Condal. Obtuvo el título en 1878. Su carácter enfermizo y el rigor de sus ayunos ascéticos le evitaron combatir en la Tercera Guerra Carlista. Era vegetariano, higienista y en su adolescencia cercano al socialismo utópico.

No fue el iniciador del proyecto de templo expiatorio de la Sagrada Familia. Lo fue el murciano Francisco de Paula del Villar y Lozano (1828-1901), arquitecto formado en la madrileña Academia de San Fernando. La Asociación de Devotos de San José le encargó el proyecto en 1877. Del Villar, arquitecto diocesano de Barcelona, concibió un proyecto neogótico del que sólo realizó la cripta. En 1883 abandonó el proyecto por desavenencias con el arquitecto asesor de la asociación promotora. Éste recomendó al recién licenciado Gaudí, que lo aceptó en noviembre de ese año, e hizo de él su obra magna, la cumbre del modernismo. Tenía treinta y un años. Le dedicó el resto de su vida. Los últimos quince en exclusiva. Replanteó todo el proyecto y comenzó a trabajar partiendo de bocetos generales. Iba improvisando a medida que avanzaba. Era su forma de proceder. Por ello era necesaria su presencia a pie de obra. Al morir accidentalmente, sólo había realizado una pequeña parte del conjunto. Proyecto continuado, aparcado y por fin recuperado en 1944, sufrió las consecuencias de la Guerra Civil.

Gaudí trabajaba con su equipo. Posteriormente ha habido otros arquitectos responsables. Desde 1985 lo dirige Jordi Bonet i Armengol con otros cinco arquitectos. Se han ocupado fundamentalmente del interior del templo, siguiendo las orientaciones y estilo de Gaudí, e introduciendo algunas novedades, sobre todo técnicas, y el uso de nuevos materiales, como el hormigón en vez de la piedra. La sinfonía de color de las vidrieras es de Joan Vila Grau. Trabaja como escultor el reputado Josep Maria Subirachs, en el que es el proyecto más grande del mundo hoy día. La UNESCO declaró en 2005 la parte construida por Gaudí Patrimonio Cultural de la Humanidad. Se estima que la construcción podría terminar en 2026, centenario de la muerte del genial arquitecto. Se financia fundamentalmente con las entradas (14 €). Afortunadamente es el monumento más visitado de España, casi tres millones de personas lo hicieron en 2009.

Esta joya única en el mundo ha merecido el honor de ser consagrada por Benedicto XVI. Lo hará el domingo 7 de noviembre de 2010 durante un viaje relámpago a Santiago de Compostela (6/11) y a Barcelona. El cardenal arzobispo Lluís Martínez Sistach ya ha dicho a la prensa que espera que el Papa “nos dé renovado coraje e ilusión” (VN 2.724, p. 9). Al barcelonés Joaquín Garre Artés ss.cc. le dijo el arquitecto Javier Miralles Mas que preparar todo para la visita del Pontífice ha sido agotador. Se han visto obligados a despejar con rapidez las cinco naves de 90 m. y las tres del crucero de 60. Todo quedará diáfano y luminoso, listo para que lo ocupen las más de seis mil personas que acompañarán al Pastor universal. Rezará el ángelus ante la fachada de la que será ya basílica, y por la tarde tendrá un encuentro con familias con hijos discapacitados en la sede de la obra benéfico-social del Nen Déu, antes de regresar a Roma. Para Joaquín “la figura del Papa atrae la atención de los medios y por lo tanto los españoles, y todo el mundo, tomarán más conciencia de lo que significa este templo para todos. Muchos desean ya que sea la nueva catedral. ¿Lo será?” Y añade: “En todo caso, para aquel que quiera visitarlo supondrá sin duda un baño de Evangelio. La Sagrada Escritura hecha imagen bella, hecha arte. No me cabe duda de que este templo nos acercará más a todos a Dios y a la Iglesia”. Gracias al genial arquitecto cristiano Antonio Gaudí.
 
 

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