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Por Luis Eduardo Siles

Carlos Hipólito: "El mejor humor nace de la verdad siempre"

ESPAÑA TEATRO ESTRENO:GRA031 MADRID, 11/08/2015.- El actor Carlos Hipólito, quien junto a Luis Merlo protagoniza El crédito", la éxitosa obra de teatro de Jordi Calcerán que vuelve al teatro Maravillas, durante una entrevista con Efe para hablar del diálogo que se establece en el escenario entre un director de un banco y un cliente que va a pedir un crédito. EFE/Paco Campos
© Paco Campos

Carlos Hipólito vive instalado en el éxito como actor, que sobrelleva con esa naturalidad que exhiben algunos de sus personajes. Ha hecho cine, televisión y, sobre todo, teatro con obras como Arte, Seis personajes en busca de autor, Todos eran mis hijos, o El crédito. Ahora protagoniza en Madrid La mentira, de Florian Zeller, una obra que plantea si es bueno mentir para no hacer daño a la otra persona en la pareja o a los amigos. Comparte reparto con Natalia Millán, Armando del Río y con Mapi Sagaseta, su mujer desde hace años, con la que en el camerino del teatro intercambia confidencias y conversación, pero que en la ficción de La mentira le complica la vida muchísimo.

La mentira es una comedia que ofrece varias capas de lectura, y que supone una extraordinaria reflexión sobre la verdad y la mentira, ¿no?
Yo creo que sí. La mentira, como toda buena comedia, lleva un drama dentro. Es decir, en las comedias generalmente asistimos muertos de risa a cómo los personajes de la obra lo pasan mal sobre el escenario. Porque el punto de vista del autor está filtrado por el humor. Y en esta función el público contempla muy divertido cómo los personajes intentan tapar cosas, se sienten pillados, intentan averiguar lo que pasa con su pareja, si están siendo engañados o no, y todo eso el público lo vive con regocijo. Lo que más me gusta de la obra es que no dogmatiza, ni da moralejas. Se trata de una función que plantea una reflexión a través de la cual uno puede hacerse preguntas y consecuentemente contestarse. Pero no da respuestas de una manera clara. No hay ni buenos ni malos. Y de ese modo cumple la función que ha de exigirse al teatro, que consiste en ser un espejo para que el público se sienta reconocido en situaciones que no le son propias.

Su personaje, Pablo, dice: “Hay cierta sabiduría en no querer saberlo todo”.
Y también mantiene este diálogo con su mujer, Alicia, maravillosamente interpretada por Natalia Millán: “La vida sería mucho más sencilla si todo el mundo dijera la verdad”, dice ella, y responde Pablo: “No, si todo el mundo dijera la verdad, la vida sería un infierno”. Claro, lo que ocurre es que mi personaje, como todo buen ser humano, está lleno de contradicciones. Por un lado defiende al principio de la función que no conviene decir la verdad en todas las ocasiones, que se puede hacer más daño del necesario si se va permanentemente con la verdad por delante, que resulta mejor ignorar ciertas cosas y, a veces, es preferible no saber. Pero, cuando le toca a él en primera persona intentar averiguar lo que está pasando con su vida y con su pareja, lo que él imagina que está haciendo su mujer a sus espaldas, entonces quiere saberlo todo y que le cuenten todo. De modo que se trata de un personaje muy contradictorio y, por tanto, muy humano, lo que quiere decir que es un buen personaje, porque tiene luces y sombras, claros y oscuros, y en ese sentido es, probablemente, más cercano al espectador. Pablo tiene muchos matices, pasa por muchos lugares, y me permite tocar varias cuerdas distintas como actor. Es una especie de alter ego de Woody Allen. Porque se trata de ese tipo de personajes que son un poco metepatas, pero simultáneamente son inteligentes y sensibles, y puedes tenerle manía pero, a la vez, lo quieres.

¿Es lícito mentir en el matrimonio?
Depende de qué tipo de mentiras, claro. Yo considero que las mentiras que implican una traición o una deslealtad no son nunca lícitas. Pero las mentiras que no van más allá de un intentar hacerle la vida más agradable al otro, o de intentar no crispar sin necesidad el ambiente, esas mentiras, decía, no solo me parecen lícitas, sino imprescindibles para la convivencia.

El director, Claudio Tolcachir, ha escrito: “El mejor humor nace de la verdad, aunque sea mentira”. ¿Qué piensa usted?
Exactamente es así. El mejor humor nace de la verdad siempre. Nace de lo que se produce en el teatro de una manera espontánea, de lo que no está excesivamente elaborado desde un punto de vista interpretativo. Es verdad que la comedia tiene unos tempos, todos sabemos que en la comedia el ritmo es muy importante, y que un mismo gag o una misma réplica ingeniosa, según se haga en un tempo determinado o en otro, funciona más o menos. Pero también es verdad que todas esas cosas no dejan de ser mecanismos posteriores a lo básico. Y lo básico es que la situación sea divertida. Porque si la situación es divertida, los intérpretes lo único que tenemos que hacer es servirla de verdad, hacerla de verdad. Y no intentar ser graciosos. La que es graciosa es la situación, y consecuentemente lo que hacemos resultará gracioso, pero no porque el intérprete esté queriendo hacer gracia. Y en ese sentido resulta muy distinto ser un actor de comedia a ser un humorista. No tiene nada que ver una cosa con la otra.

Usted, como actor, siempre ha transmitido credibilidad.
Agradezco lo que me dice porque exactamente esa es la meta que yo me pongo cada día cuando piso un escenario. O cuando estoy delante de una cámara de cine o de televisión. Intentar trabajar con la mayor sencillez posible, con la mayor verosimilitud posible, porque mi gran maestro, Willyam Layton, me enseñó así y me insistió mucho en esos conceptos. Yo tuve la suerte de conocerlo personalmente. Él me decía que el mejor trabajo es el que no se nota. La gente tiene que pensar que tú eres así, tal y como apareces en el escenario, que no estás actuando. “Cuando logres eso, el trabajo estará bien hecho”, repetía. Y yo lo he intentado siempre.

De usted se ha escrito que “a cada papel está mejor que en el anterior”. ¿En qué medida ha afrontado su carrera como un ejercicio de superación?
Yo siempre he buscado hacer ejercicios de superación conmigo mismo, he intentado compararme con lo último que yo he hecho, nunca con otros actores. Intento que cada personaje sea un paso adelante en mi trayectoria como intérprete, pero no tanto por los resultados que pueda conseguir con eso en forma de críticas positivas en la prensa, o aplausos del público, o premios, sino que lo que pienso cuando hablo de superación es en crecer como intérprete, en intentar aprender algo nuevo permanentemente, porque siempre hay cosas nuevas que aprender. Me gustan los retos profesionales. Por eso intento cambiar mucho de registro, lo más que puedo, entre una obra y otra trato de cambiar de género, intento que los personajes no se parezcan a los anteriores, busco constantemente no acomodarme en lo que me dicen que hago bien. Porque lo que realmente me interesa es aprender a hacer mejor lo que tal vez no hago ahora tan bien.

Claudio Tolcachir hace que los cuatro actores de La mentira, aunque no tengan texto, estén actuando permanentemente durante la función, ¿no?
Ese es, efectivamente, el concepto de teatro que tiene Claudio Tolcachir y que yo comparto plenamente. Se trata de conseguir que el público olvide que está en la butaca de un teatro y tenga la sensación de que se encuentra, un poco, abriendo la cortina y observando al vecino de la casa de enfrente. En definitiva: lo que buscamos es, no tanto hacer teatro, entre comillas, sino hacer un trocito de vida en el escenario. En ese sentido intentamos que todo resulte muy creíble y que todo suceda de verdad, a base de estar muy en contacto los actores unos con otros en escena. Claudio Tolcachir dirige de esa manera: intentando que los actores no hagan lo que hacen, sino que realmente lo hagan. Es decir, yo no voy a hacer que escucho, voy a escuchar. No voy a hacer que estoy enfadado, voy a enfadarme. Esa es la manera de lograr, por un lado, que todo el mundo esté actuando permanentemente, o sea, que en ningún momento los intérpretes perdamos la línea de pensamiento de nuestro personaje, con lo cual tú estás vivo todo el tiempo aunque estés en segundo plano. Y, por otra parte, se logra ese efecto de conjunto, de que aquello está pasando de verdad. Y una cosa muy importante en el teatro: de que aquello está pasando por primera vez. Porque el público viene al teatro y, para ellos, el estreno es esa función en la que están. Y, para nosotros, los actores, el estreno debe ser cada día.

¿Qué importancia concede a la voz?
La voz es una de nuestras grandes armas. Se trata probablemente del instrumento más poderoso que tenemos los intérpretes. La voz es manejar el aire. Hay que cuidar muchísimo la voz y los actores debemos ser muy cuidadosos en su utilización. Todo el trabajo sobre la voz me parece apasionante. Y en mi caso he tenido la suerte, con una serie como Cuéntame…, de TVE, de que solo con la voz he podido comunicarme con los telespectadores. Porque yo no aparezco en imagen. Y curiosamente un trabajo que yo pensé que iba a ser muy anónimo, se ha convertido en algo que es como una especie de sello por el que todo el mundo me pregunta y se interesa. Y el personaje de la voz en off de Cuéntame… se ha convertido en un personaje más de la historia de esa serie. Y me siento orgullosísimo porque creo que he conseguido darle a mi voz los matices suficientes para que el espectador quiera a esa voz y la escuche con atención.

En 1986 interpretó usted El concierto de San Ovidio, de Antonio Buero Vallejo. ¿Por qué se está olvidando a Buero en el año de su centenario?
Este es un momento ideal para homenajear a Buero. Yo participé recientemente en un homenaje que se le tributó en el Instituto Cervantes. Y ahí pronuncié unas palabras para recordar a Buero. Hablé yo, entre otra mucha gente que en su día tuvimos la suerte de trabajar en alguna de sus obras. Buero es un autor muy revisitable. Y por supuesto debería hacerse un montaje importante de alguna de sus obras ahora mismo. Alguien debería tener la lucidez de poner en marcha esa iniciativa. Porque Buero tiene textos importantísimos. Y además hizo un teatro muy comprometido en su época, un teatro muy inteligente, que abrió caminos y senderos para la futura narrativa teatral, y a mí me parece que Buero es un autor imprescindible. Desde luego deberíamos montar cada año una de sus obras. Y ahora especialmente, por su aniversario.

Uno de los papeles importantes de su juventud fue en Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, obra estrenada en 1982 en el teatro Reina Victoria, en el que usted, vestido de negro, como el resto, deambulaba por el escenario en una función sombría pero hermosísima.
Sí, sí, yo tenía entonces veinte y pocos años. Fue un trabajo de juventud que recuerdo como si lo hubiera hecho ayer. Lo dirigió Miguel Narros, otro de mis grandes maestros, con el que repetí después, como me ha ocurrido en el cine, que cuando un director me llamó por primera vez, luego contó conmigo para rodar más películas. Con Narros hice once montajes, fíjese. Miguel siempre contó conmigo para hacer personajes que otros directores nunca me hubieran dado. Yo, en esa época, tenía un aspecto muy aniñado, era muy jovencito, siempre he sido una persona de un físico frágil, y me daban papeles en todas las obras de héroe romántico, del bueno. Y el personaje que me dio Narros en la función de Pirandello es el hijo ilegítimo, un personaje bastante duro, hosco, que defiende con valentía su legitimidad frente a los otros, con un carácter potente. Y siempre agradeceré a Miguel que me diera ese papel, porque me permitió en aquella época demostrar que podía hacer cosas más duras, y no siempre personajes amables y tiernos.

Y usted supo encontrar al autor...
Sí, y estoy absolutamente feliz y agradecido a la vida por haberme permitido dedicarme al teatro, que me ha regalado una vida mejor. •

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