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Por Luis Miguel Tornero

Use Lahoz: "Lo más importante de una novela es saber callar a tiempo”

Con Los buenos amigos (Destino) Use Lahoz (Barcelona, 1976) vuelve a su tierra natal para contar en 700 páginas las vidas de Sixto y Vicente, dos amigos que se conocieron en un orfanato. El autor reflexiona en esta entrevista sobre la peripecia personal como materia literaria, la época en que vivieron los protagonistas y su incomodidad cuando le encasillan como escritor realista.

Coincidimos con Use Lahoz en su casa. Está preparando sus clases de Cultura Española en la Universidad Sciences Po de París. Una vez a la semana viaja desde Madrid a la capital francesa, donde vivió durante 7 años y con la que le gusta mantener ese vínculo. Los buenos amigos no podría concebirse sin haber escrito antes Los Baldrich y La estación perdida, con las que comparte una misma ambición realista, escenarios barceloneses y un largo espacio de tiempo narrativo.

¿Qué añade Los buenos amigos a esas dos novelas anteriores?
Es una consecuencia de ellas y, en cierto modo, el final de una trilogía. Su ambición literaria también es mayor. Aquí he querido reunir todas las clases sociales, todos los sentimientos y bandazos emocionales que nos concede la vida y crear una especie de comedia humana.

Algunas críticas favorables han citado la calidad realista del relato e incluso un "estilo Balzac". ¿Estás cómodo con esa valoración?
Voy a confesar que nunca he leído a Balzac. Los periodistas, no los críticos, tienden a utilizar palabras y conceptos que les vienen bien, porque les ahorra dar más explicaciones. Es verdad que las novelas realistas me han educado y he disfrutado mucho con ellas. ¿Soy realista? Sí, pero el realismo no deja de ser una interpretación de la realidad y eso se puede expresar de muchas maneras. Roberto Bolaño escribe Los detectives salvajes como una novela realista, pero con unos personajes que te vuelan la cabeza. Tres tristes tigres es una novela realista, pero tiene una voz narrativa y una estructura completamente innovadoras.

El tiempo parece ser una constante también en tus novelas: amplios ciclos de vidas y transformaciones de personajes y situaciones.
El tiempo es lo que la historia te pide. Para mí lo más importante es la historia y los dilemas morales de los personajes. Esta es mi novela que abarca menos años, cuarenta, mientras que Los Baldrich llegaba a casi un siglo. Considero que cuanto más corto es el período de tiempo en que se desarrolla la acción es más difícil, porque adquiere mucha más fuerza el desarrollo psicológico de los personajes.

En todo caso, partes de la realidad para novelar.
Una novela no es un libro de historia, es una mentira, una interpretación de la realidad. Un escritor está obligado a mentir lo más elegantemente posible.

¿De dónde nace esta novela?
De una imagen. De una escena que vivo en un bar, el Snak 55 de Barcelona. Allí me encuentro una Semana Santa a una señora arrodillada fregando el suelo y dos hombres que la miran entre la lascivia y la desesperación. Una lascivia sórdida porque esa imagen ya no es de este tiempo. Esa imagen descubro que va a estar en la mitad de mi novela.

Hay en la novela varios escenarios: el orfanato de San José de la Montaña, el ambiente de los centros parroquiales de los 60 en Barcelona y las comunas hippies de la serranía de Granada en los 70. ¿Ha sido complicada la documentación?
Tiro mucho de recuerdos porque la vida es un material muy digno de ser novelado. Un novelista tiene la imaginación y la experiencia, o la memoria, que es la entraña de la literatura. He leído a Gaspar García Laviana, un cura asturiano maravilloso, jesuita, que se va a Nicaragua y se hace sandinista y deja su vida allí defendiendo y educando a los más pobres. Su hermano, el padre Silverio, fue director de mi colegio, el San Miguel de Barcelona. Con él tuve un montón de conversaciones. Entre mis 15 y mis 20 años fui monitor de un esplai de niños, una especie de scouts, pero sin nada de militar. En Cataluña fueron muy importantes, porque acercaban el conocimiento, las excursiones, el descubrimiento del mundo a las clases populares. Hoy en día creo que todo aquello sería imposible. Entonces había una voluntad solidaria que dudo haya sobrevivido.

Sobre el carácter de tus personajes, hay mucha mezquindad y traición, mucho abuso de unos sobre otros. ¿Tienes una visión pesimista del hombre?
La novela habla de la imposibilidad de sostener el amor y la amistad a lo largo de toda una vida. El tiempo y la experiencia pueden pervertir a las personas. A estos personajes, el hecho de proceder de un orfanato ha predispuesto toda su vida. Por eso es tan importante el desarraigo y cómo la vida los va envileciendo, ¿por qué?, porque nunca han acabado de salir del orfanato, le vaya bien a uno o peor al otro. Es una novela sobre cómo la infancia puede determinar un periplo vital.

Hay otro escenario, el del pueblo, que también aparece en tu obra reiteradamente y en el que parece que te encuentras muy a gusto.
Decía Camus: "El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento". El pueblo ha sido una buena escuela para escribir. Yo veraneé 15 años en Lahoz de la Vieja (Teruel) con mi abuela. Para San Juan yo ya estaba allí para vivir una realidad completamente distinta en otra lengua. Recogía los huevos de las gallinas, veía a mi abuela matar conejos para comer, he ido a pastor, he trillado. He vivido el campo. Luego, cuando llegas a los 15, te aburres y dejas de ir al pueblo. Pero cuando tienes 35 y te pones a escribir una novela, vuelve a salir. Jamás habría escrito esas tres novelas de no haber pasado esa experiencia tan distinta, dura y auténtica. (En tono de broma) Agradezco a mis padres que no me enviaran a Londres a aprender inglés.

Estando tan próximas tus experiencias personales, ¿no te tira la autoficción, emular a una de tus favoritas, El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, por ejemplo?
A mí me gusta el escritor como creador de mundos, la ficción pura. Para escribir autoficción hay que ser muy bueno, como Tiempo de vida, de Marcos Giralt o Mi padre y yo, de Ackerley. Y si te hayan pasado cosas espeluznantes, muchísimo mejor, porque así el lector verá que ha sufrido menos que tú, porque vivimos en una sociedad muy Gran Hermano. Por eso no sé si García Márquez publicara hoy Cien años de soledad tendría tanto éxito, porque ya no se valora tanto la capacidad inventiva y de fabulación.

Use Lahoz forma parte de nuestras generaciones jóvenes y cosmopolitas. Ha vivido en Portugal un año, tres en Alemania, uno en Italia, dos en Uruguay, medio en Cuba, siete en Francia y, sin embargo, los escenarios de sus novelas siguen siendo muy próximos y reconocibles. Confiesa que su proyecto actual, del que no ha escrito aún una sola línea, rompe con ese escenario.

Barcelona es el ámbito de tus novelas. ¿Te sientes cómodo en ese escenario?
Barcelona es cómoda y lógica. Pero también me interesa por haber experimentado cambios brutales en el último siglo. Creo que todos los pueblos son iguales y todas las ciudades, distintas. Por eso en mis novelas los pueblos son imaginarios. Espalión, que ya aparecía en La estación perdida, me lo inventé. Pero Barcelona, no.

¿Cuál es tu sistema de trabajo? ¿Tienes un esbozo o esquema terminado antes de empezar a escribir?
No; empiezo a escribir y ojalá tuviera el final. Si algo he aprendido es que para escribir lo más importante es la paciencia y la libertad creativa, hacer en cada momento lo que te apetezca. Soy incapaz de hacer esquemas. Lo aprendí en mi primera novela. Si ahora la encuentro, la quemo. Cuando la escribí no sabía que lo más importante de una novela es saber callar a tiempo, no decirlo todo, es más importante sugerir que decir.
Use Lahoz cita como autor favorito a Jeffrey Eugenides, que ha publicado en España Las vírgenes suicidas, Middlesex y La trama nupcial. Pero le sigue una lista heterogénea, cuyo vínculo común es el gusto por la narración y los dilemas morales: Flaubert, Camus, John Lanchester, Bolaño, Cabrera Infante, García Márquez, Vargas Llosa, Martínez de Pisón, Ian McEwan o Emmanuel Carrère. Dice no ser muy clásico a la hora de leer.

¿Por qué te dedicaste a la escritura?
Cuando era pequeño, lo que quería es ser jugador del Barça y ganar copas de Europa y marcar muchos goles. No soy como esos escritores que siempre quisieron serlo. A los 15 años, el primer libro que me despierta esa pasión es Zalacaín el aventurero. Quedo fascinado porque en los libros descubro un mundo nuevo, todos los comportamientos del ser humano. La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda, me cambia la vida, porque descubro que es una mentira que me creo y que soy muy feliz habitando esos mundos. Un libro te permite ser lo que no eres y vivir cosas que no podrás vivir en otros sitios.

¿Por qué te gusta el oficio?
Porque es autodidacta. Me apasionan todos los oficios que son autodidactas. Considero que cualquiera podría ser escritor. Aunque hice una carrera, Humanidades en la Pompeu Fabra, lo que realmente aprendí es que no era necesaria para el oficio de escribir, que está compuesto de experiencia y bagaje, que se aprende leyendo. La escuela son las novelas y la vida misma.

¿Cuál es tu ambición como escritor?
La ambición es imprescindible para escribir. No te levantas con la idea de escribir una obra maestra, pero sí dices: "Voy a escribir una novela mejor que la anterior". Un escritor no compite con los demás, sino consigo mismo.

¿Qué costumbres y manías tienes al escribir?
Intento irme a la cama muy temprano, a las 21:30 o 22:00 y me levanto a las 5:00 o así. Intento ser sistemático, porque la constancia es fundamental. Una novela no se escribe un día sí y dos no, hoy me voy de fiesta, mañana de vacaciones, pasado me llevo el ordenador a la playa. Admiro a los escritores que pueden trabajar en hoteles, aeropuertos y sitios así, pero yo no. Necesito mi rutina y la insatisfacción permanente, convertida en motor de la creación. Yo nunca estoy contento con lo que hago, porque siempre es susceptible de mejorar.

Aparte de tus novelas, mantienes tus clases en París y colaboraciones periodísticas con El País y RNE. ¿Qué valor tiene ese trabajo no directamente literario para tu oficio?
Es fundamental para mí y no lo separo de la novela. Ser escritor incluye esto. El periodismo es una grandísima escuela, te enseña mucho a ser metódico y ordenado; la corrección y la capacidad de síntesis. También es una manera de estar conectado a la realidad y despertar tus inquietudes. Uno de los grandes placeres es aprender y el saber tiene muchísimo valor, porque no es un vacío que se vaya llenando, sino expandiendo, como decía Sócrates en El Banquete, de Platón.

Tienes 40 años, estás criando a un hijo que tiene meses ahora. ¿Crees que esas experiencias vitales modificarán tu manera de entender el mundo y de escribir?
Martínez de Pisón me dijo que ahora iba a escribir de manera distinta. No lo sé. Las vivencias son muy importantes para un escritor, pero no imprescindibles. Uno de mis poetas favoritos, Claudio Rodrígurez, en Alto jornal habla de lo importante que es ser humilde. A los 17 años escribe El don de la ebriedad sin haber salido de Zamora. La historia de la literatura está llena de escritores que no han salido de su pueblo, ni han estudiado, ni han sido cosmopolitas, ni han hablado idiomas, ni han matado elefantes en África, pero han escrito obras maestras. •

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