Despertar

Por Belén Ester

La Misión y Silencio: dos películas y un mismo mensaje

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Dos hechos cinematográficos confluyen casi a la vez en el tiempo. El estreno de Silencio, la última película de Martin Scorsese, y el treinta aniversario del estreno de La Misión de Roland Joffé. Las dos películas tienen en común que sus protagonistas son sendos sacerdotes jesuitas. Pero, además, ambas se centran en su difícil labor de éstos como misioneros en épocas y lugares arduos en los que la Compañía de Jesús fue especialmente maltratada y casi herida de muerte.

En el otoño de 1986 se estrenaba en todo el mundo una de las películas que mejor refleja la grandeza de la fe algo que sólo muy pocas consiguen gracias a esa extraña magia que tiene el cine. Película histórica, religiosa y dramática, La Misión no sólo fue una de las cintas más vistas y premiadas en el año de su estreno, sino que es uno de los más bellos relatos sobre la evangelización que jamás se han visto en el séptimo arte y que gloría a la Compañía de Jesús como no ha hecho nunca ninguna otra película.

Ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes, un Oscar, dos Globos de Oro y tres Bafta, fue un éxito rotundo de crítica y público. Importantes nombres conformaban una carta de presentación de primer orden. El director de Los gritos del silencio (1984), Roland Joffé, se puso tras la cámara de una historia escrita por Robert Bolt, responsable de Lawrence de Arabia (1962) o Doctor Zhivago (1965). Su productor, David Puttnam, había elevado Los duelistas (1977) y Carros de fuego (1981) a la categoría de hitos cinematográficos y Ennio Morricone, autor de las bandas sonoras de El bueno el feo y el malo (1966) y Érase una vez en América (1984), se haría cargo de una música que tenía que tener un halo de misticismo reconocible y conmovedor. A ello se añadieron sus dos protagonistas: Jeremy Irons y Robert de Niro. Un actor secundario por entonces no muy conocido, Liam Neeson hacía también de joven jesuita. El irlandés interpreta en la película de Scorsese un personaje secundario pero, indispensable para la trama.

La Misión cuenta la historia del padre Gabriel, misionero jesuita que a mediados del siglo XVIII crea la reducción de San Carlos en medio de la selva. En ella acoge a los indios guaraníes, a los que enseña tanto la Palabra de Dios como diversas técnicas de cultivo y de música. Para ello, sus únicas armas son una Biblia y un oboe. A sus oídos llega la trágica historia de Rodrigo de Mendoza, un traficante de esclavos que acaba de asesinar a su propio hermano, al que invitará a convertirse y hacer penitencia en aras de un bien mayor, el honrar, trabajar y cuidar a los hombres que él ha escarnecido. Juntos se enfrentarán a unos intereses creados, religiosos, políticos y militares, que no lograrán apartarles del verdadero sentido de sus pasos y logros y que no son otros que llevar la Cruz de Cristo hasta el mismísimo fin del mundo.

Las reducciones eran un tipo de misión que si bien en el siglo XVII, bajo el reinado de Felpie III, había gozado de gran desarrollo y esplendor. Un siglo después, estaban en entredicho debido a que las 30 misiones construidas en el territorio del Río de la Plata, en las que llegaron a vivir más de 300.000 indígenas, tenían total dependencia de las autoridades políticas y eclesiásticas del lugar, pues los jesuitas, auspiciados por su cuarto voto de “obediencia al Papa”, tenían clara su labor evangelizadora al margen de los contextos socio-políticos y religiosos del momento. A esa misión delicada, peligrosa y esperanzadora se unirá Rodrigo de Mendoza, que acabará ordenándose sacerdote tras un duro y bellísimo proceso de redención que constituye uno de los momentos más recordados del filme.

La fascinante historia de las reducciones jesuíticas. Las reducciones jesuíticas han pasado a la historia por su prosperidad cultural y económica, su triste final y la polémica expulsión (de España en 1767 bajo el reinado de Carlos III). La ofensiva contra los jesuitas estuvo auspiciada por una corriente de pensamiento que arremetía contra su modelo educativo y su concepto de la autoridad y del Estado, que chocaba directamente la Ilustración. Éste es, sin duda, un tema crucial del filme, pues son las tensiones políticas las que acaban con la vida de la misión. El Tratado de Madrid, que se firmaba en 1750 entre España y Portugal para reemplazar la obsoleta demarcación geográfica establecida a finales del siglo XV en Tordesillas, fue revocado por Carlos III en 1759 por considerarlo demasiado favorable a los portugueses. Ello repercutió de manera catastrófica en las misiones guaraníticas cercanas al Río de la Plata, es generado toda clase de conflictos entre portugueses y españoles asentados en las colonias y entre los propios indígenas a los que se obligó a abandonar las reducciones.
La Misión toma partido sobre la grandísima obra realizada en aquellos años convulsos de evangelización jesuita y arremete contra todos los intereses creados alejados de la evangelización misma y contra el daño que el modo de vida europeo pudo hacer a los nativos. No es por tanto complaciente con los altos dignatarios de la Iglesia y vuelve sobre la idea, tan recreada en el cine, de que la verdadera labor pastoral reside en el Pueblo de Dios, en el pecador arrepentido, en la Palabra y el amor.

Son precisamente todas las consideraciones externas –el miedo al modo de vida comunal de la reducción (al que se ha querido dar una lectura de teocracia socialista demasiado postmoderna), su envidiada prosperidad proveniente del cultivo de mate, la concentración de indios que no caen en las redes del los tratantes de esclavos ni donde trabajan en regímenes de semiesclavitud, y el aislamiento jesuita de todas las tensiones político-sociales del momento las que pusieron las reducciones bajo sospecha.
Pero sobre todo La Misión es una historia sobre la fe misma. Sin querer hacer lecturas sobredimensionadas que puedan equiparar la actitud del personaje de Rodrigo de Mendoza con la teología de la liberación -una historia de siglos después en contextos y situaciones bien diferentes- es innegable que tanto él como el padre Gabriel encarnan dos maneras de sembrar la fe en el mundo, de entenderla y de vivirla. La de la palabra y la de la acción. Sus posiciones, polarizadas pero también complementarias, constituyen la verdadera riqueza espiritual del filme.

Un Scorsese místico. Silencio se sitúa también en un contexto histórico concretísimo y terriblemente duro para la historia de la Iglesia y para la Compañía de Jesús: la persecución de los cristianos en Japón que empezaría en el siglo XVI y duraría hasta el XIX. Proyecto personal de Martin Scorsese –director de Taxi Driver (1976) y El lobo de Wall Street (2013) entre otras muchas- , a quien le regaló la novela en que se basa el arzobispo de Nueva York, Paul Moore en 1988, Silencio es una película sobre la gracia, la fortaleza de la fe y las preguntas sobre el sentido mismo de la vida. En palabras del propio director, de ascendencia italiana y educación católica: “Llegado a este punto de mi vida, pienso constantemente en la fe y la duda, la debilidad y la condición humana”. Tal vez por eso, el filme ha estado rondando en su cabeza y es precisamente ahora, veinticinco años después y presa de una evidente madurez, cuando Scorsese ha decidido por fin realizarlo.

Publicada en 1966, Chinmoku del católico Shusaku Endo se basa asimismo en un acontecimiento real que conmocionó a la familia jesuita en el siglo XVII: la apostasía tras persecución y tortura del padre Christovao Ferreira (interpretado por Liam Neeson), que se convirtió al budismo y fue obligado a casarse con una japonesa. La novela y el guion del filme, coescrito por Scorsese junto a Jay Cocks –Gangs of New York (2002), La edad de la inocencia (1993)-, posan su mirada en dos discípulos del apóstata que llegan a Japón en una época en que los cristianos eran perseguidos y asesinados para buscar a su mentor y corroborar la gravedad de los hechos. Unos hechos que ellos no creen posibles.

En pleno siglo XVII, menos de un siglo después de que se San Francisco Javier llegara al país del sol naciente en 1549, el shogunato (gobierno militar central) ordena la salida de todas las órdenes religiosas extranjeras en lo que se denominó sakoku (nación cerrada) un intento de sustraer el país a cualquier influencia extranjera. El proceso se prolongó hasta mediados del siglo XIX. Cuando en 1587 son expulsados, había en Japón 75 jesuitas y más de 50.000 bautizados. La mayoría de ellos se quedaron trabajando en la clandestinidad de modo que en 1603, mientras eran perseguidos, florecieron vocaciones –hasta 140– y conversiones –hasta 400.000–. Es ahí cuando se recrudece la persecución, de modo que en 1644 había sólo 4 jesuitas en Japón (este es el año en que está ambientada Silencio). Condenados a morir en la cruz o quemados vivos mientras que sus iglesias eran destruidas y sus símbolos profanados, los fieles que conseguían salvar la vida en aquellos terribles años eran los que, después de espantosas torturas, abjuraban de su fe.

Para encarnar al padre Sebastião Rodrigues, un joven jesuita lleno de fortaleza y ambición por evangelizar que luego es atestado por la duda y el miedo, Scorsese eligió al talentoso actor Andrew Gardfield. Sin ninguna formación religiosa, Gardfield que se metió de lleno en la espiritualidad ignaciana y participó en una experiencia de ejercicios espirituales que, según declaraciones propias, le ha marcado y ayudado a crecer por dentro. Algunos jesuitas como el español Alberto Núñez o el estadounidense James Martin, asesoraron al intérprete, a Adam Driver (que interpreta al padre Garrupe) y al director en la recreación de la espiritualidad y los personajes jesuitas.

El resultado es una irrenunciable obra maestra en la que Scorsese, a lo largo de 160 minutos llenos de espiritualidad y contemplación, pone sobre la mesa las verdaderas preguntas que se hace el hombre. Oscura, sucia pero extrañamente hermosa, Silencio es una película sobre la gracia cuando se pierde, cuando se manifiesta, cuando se reza por recuperarla, cuando se experimenta. Es también una película sobre las preguntas, sobre la pérdida de la fe, las dudas, el silencio de Dios, el miedo al vacío y la falta de respuestas. En este sentido, la película encuentra su mayor humanidad en un personaje sucio y miserable, permanente pecador que siempre vuelve al sacramento de la reconciliación para hallar el perdón de Dios. En un filme que trata sobre la apostasía y la renuncia, sobre el dolor y el sufrimiento, sorprende, sin embargo, comprobar la esperanza que destila, la idea de que la verdadera grandeza del ser humano reside en su fragilidad . •

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