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Por Juan Ignacio Cortés @JuanICortes 

Francisco, el Papa de la misericordia

VATICANO PAPA:VAT09 CIUDAD DEL VATICANO (VATICANO) 13/04/2016.- El papa Francisco saluda a los fieles durante la audiencia general de los miércoles en la plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano, hoy, 13 de abril de 2016. EFE/Angelo Carconi
© ANGELO CARCONI

Han sido cuatro años vertiginosos. Desde que fue elegido papa el 13 de marzo de 2013 y adoptó el nombre de Francisco, Jorge Mario Bergoglio, argentino de 80 años, ha revolucionado la Iglesia y se ha convertido en un verdadero líder mundial, cuyos gestos y palabras interpelan no solo a los católicos, sino a toda la sociedad global. En este informe hacemos balance de su “primera legislatura”.

Eran cerca de las ocho y media de la noche del 13 de marzo de 2013 cuando Jorge Mario Bergoglio se asomó al balcón sobre la plaza de San Pedro, ya convertido en el papa Francisco. “Buenas noches”, saludó como si acabase de entrar en la sala de estar de unos feligreses que conociese desde mucho tiempo atrás. Pese a estar un tanto nervioso -al fin y al cabo, era el máximo protagonista de un momento histórico-, Bergoglio fue fiel a sí mismo y abrió su discurso con una broma: “parece que los cardenales han ido a elegir el obispo de Roma al fin del mundo”.

Acto seguido, pidió una oración por Benedicto XVI, “nuestro obispo emérito” y rezó, junto con las decenas de miles de personas reunidas bajo la lluvia en la plaza de San Pedro, un padrenuestro, un avemaría y un gloria. Después de esta muestra de afecto hacia su predecesor, declaró inaugurado su pontificado: “Empecemos este camino. Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad sobre todas las Iglesias. Un viaje de hermandad, de amor, de confianza entre nosotros”. Acto seguido, y antes de bendecir a los fieles allí presentes y a los millones de personas que seguían el acontecimiento por televisión, Francisco pidió “al pueblo” que rezara por él.

La sencillez y humanidad que desprendió en su primer encuentro con el mundo causó asombro general. Católicos y no católicos pensaron que el nuevo papa era diferente, que tenía algo que decirles, de forma casi personal, a cada uno. Algo que, cuando menos, merecía la pena ser escuchado.

Cuatro años después, Francisco no ha abandonado esa sala de estar de sus feligreses que, para él, son todos los seres humanos. Se cuela en ella a través de radios y televisores, intentando con todas sus fuerzas parecerse al papa ideal que describió en las reuniones del colegio cardenalicio previas al cónclave del que saldría elegido: “un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo, ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales del pecado, el dolor, la injusticia...  que la ayude a ser la madre fecunda que vive de 'la dulce y confortadora alegría de evangelizar'”.

“Ser Papa nunca será lo mismo”. Su actitud y sus gestos han sido muy diferentes de los de sus inmediatos antecesores. Tanto, que el jesuita y periodista Pedro Miguel Lamet, asegura que “después de Francisco, ser papa nunca será lo mismo”. Francisco se distingue claramente de la timidez de intelectual de Benedicto XVI, de la energía de atleta de Dios de Juan Pablo II y de la atormentada intelectualidad de Pablo VI. Su espontaneidad y sencillez tiene solo paralelo con la de Juan XXIII, el papa que convocó el Concilio Vaticano II.

Cuadra perfectamente, porque, a juicio de muchos, su pontificado está representando la vuelta a las fuentes del Vaticano II. Un concilio que, según afirma el eclesiólogo Joaquín Perea, en su libro Del Vaticano II a la Iglesia del Papa Francisco, había sido “detenido, cuando no tergiversado, en los dos anteriores papados”.

Aunque seguramente Francisco, que cita a menudo a Juan Pablo II y Benedicto XVI, no comparte esta valoración, ha dejado claro en muchas ocasiones su afán de “continuar el camino del Concilio Vaticano II para despojarnos de cosas inútiles y perjudiciales, de falsas seguridades mundanas que abruman a la Iglesia y afean su rostro”.

Frédéric Lenoir, filósofo y director del suplemento de religión del diario francés Le Monde, afirma en su libro Francisco, la primavera del Evangelio: “Francisco está involucrando a la Iglesia de Roma en un auténtico retorno a las fuentes… que constituye una revolución extraordinaria de las mentalidades... Representa un programa muy diferente al de su antecesor, que se había focalizado en el centro, antes que en la periferia, sin por ello conseguir reformarlo”.

Es imposible enumerar los gestos en que esa espontánea simpatía y sencillez del papa Francisco se manifiestan. Tras ser elegido papa, llamó personalmente a su dentista de Buenos Aires para cancelar una cita y a su quiosquero para agradecerle todos los años de servicio. Renunció a vivir en los ostentosos apartamentos papales y se quedó en la residencia de Santa Marta, en donde hasta a veces se le ve hacer cola para que le sirvan el almuerzo. También dejó de lado ostentosas vestiduras y caros autos blindados. Ha abrazado a cientos de niños –incluso sostenido en sus brazos a recién nacidos–, se ha hecho selfies con parejas de novios y ha sido el primer papa en confesarse en público –algo coherente con las muchas veces en que se ha reconocido pecador, “un hombre que necesita de la misericordia de Dios”.

Su persona ha acaparado reconocimientos de líderes políticos y medios de comunicación. Según Obama, “el mundo necesita escuchar lo que dice el papa Francisco”. En 2013, la revista Time le proclamó el personaje del año, al igual que el diario The Times y la revista gay estadounidense Advocate. El diario económico Financial Times aseguró que es “el principal símbolo global de compasión”. 

Pepa Torres, teóloga y religiosa, asegura que Francisco representa una manera “radicalmente nueva” de ejercer el papado. Pedro Miguel Lamet nos decía que “Francisco rompe códigos y resulta creíble más allá de las estructuras eclesiales”. Para Javier Baeza, cura de San Carlos Borromeo, una parroquia en la periferia de Madrid, “todo su pontificado está lleno de gestos de cercanía. En un mundo tan icónico, los gestos son cruciales”. Javier Álvarez-Ossorio, superior general de los Sagrados Corazones, asegura que “nos recuerda de modo directo y cordial muchos aspectos esenciales y refrescantes del Evangelio, apelando al corazón de las personas. Es una gran alegría y un fuerte desafío de autenticidad cristiana”. Para Paloma Gómez Borrero, la periodista vaticanista española por excelencia, Francisco representa “la revolución de la ternura, la cercanía, la espontaneidad”.

El nombre de Dios es misericordia. Más allá de la anécdota y del buen rollo que Francisco genera, su pontificado supone un cambio de actitud, marcado por una idea muy clara: la primacía de la misericordia, una palabra con dos significados fundamentales: 1) Inclinación a sentir compasión por los que sufren y ofrecerles ayuda. 2) Cualidad de Dios, en cuanto ser perfecto, por la cual perdona los pecados de las personas.

Francisco ha alzado su voz contra la corrupción y contra la vergüenza del drama de los refugiados que intentan llegar a una Europa que les cierra las fronteras. Pero nunca condena a las personas. No condena a los homosexuales, ni a los divorciados que vuelven a vivir en pareja. No es que la doctrina de la Iglesia al respecto haya cambiado (más difícil de averiguar es si él piensa que debería cambiar, pues en este terreno pantanoso se mueve con jesuítica prudencia). Cambia la actitud.

El Papa se lo explicaba así al periodista italiano Andrea Tornielli en el libro-entrevista El nombre de Dios es misericordia: “La Iglesia condena el pecado porque debe decir la verdad. Dice: ‘Esto es pecado’. Pero al mismo tiempo abraza al pecador que se reconoce como tal, se acerca a él, le habla de la misericordia infinita de Dios… Ningún pecado, por grave que sea, puede prevalecer sobre la misericordia o limitarla”.

Preguntado farisáicamente por si puede haber oposición entre doctrina y misericordia, Francisco responde jesuíticamente: “la misericordia es verdadera, es el primer atributo de Dios. Después podemos hacer reflexiones teológicas sobre doctrina y misericordia, pero sin olvidar que la misericordia es doctrina”.

Para Lenoir, Francisco pretende que “la Iglesia recobre su razón de ser primera: dar testimonio de que Dios no es juez, sino liberador, de que el amor que levanta lo caído es más importante que la ley que condena”.

“Una iglesia pobre para los pobres”. Si la misericordia es el primer pilar de su pontificado, la opción por los pobres es la segunda. Sólo tres días después de su elección declaró en un encuentro con la prensa que le gustaría “una Iglesia pobre para los pobres”.

Esta frase la ha repetido en numerosas ocasiones, incluso en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio). Publicada en noviembre de 2013, este texto es su verdadero programa de gobierno. En ella aclara que una Iglesia pobre y para los pobres no es solo una Iglesia que preste asistencia material y apoyo moral y espiritual a los pobres, sino que también es una Iglesia en la que los pobres tienen algo que aportar: “Tienen mucho que enseñarnos. En sus propios dolores conocen a Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos”.

La búsqueda de una Iglesia pobre conecta directamente con su modo de vivir austero y, sobre todo, está en relación directa con la tradición de la Iglesia latinoamericana de las últimas décadas. América Latina abrazó con entusiasmo el Concilio Vaticano II e, integrando las conclusiones del mismo con lecturas de la realidad procedentes de las ciencias sociales, desarrolló la teología de la liberación. En Argentina, ésta devino teología del pueblo y se caracterizó por una gran valoración de la religiosidad popular. En esa corriente teológica destacan nombres como Lucio Gera, Juan Carlos Scannone y Carlos María Galli, para muchos el teólogo de cabecera del papa.

La opción por los pobres de estas teologías decididamente volcadas hacia lo pastoral y lo social fue asumida por las conferencias generales del episcopado latinoamericano de Medellín (1968) y Puebla (1979), se vio oscurecida, en medio de grandes polémicas, en la de Santo Domingo (1992) y resurgió con fuerza en la de Aparecida (2007). El papa Francisco, entonces arzobispo de Buenos Aires, coordinó la redacción del documento final de la conferencia.

Las implicaciones sociales y políticas de la fe están muy claras para Francisco, quien escribe en Evangelii Gaudium: “(la Iglesia), junto con las diversas fuerzas sociales, acompaña las propuestas que mejor respondan a la dignidad de la persona humana y al bien común... para transmitir convicciones que luego puedan traducirse en acciones políticas”.

Íntimamemente unida a esa opción está la idea de una Iglesia misionera, en salida. Una Iglesia que no se atrinchera tras murallas, sino que parte hacia la periferia.

El Papa ha criticado en numerosas ocasiones la “mundanidad” y la “arrogancia” de muchos pastores de la Iglesia y ha expresado su preferencia por los “pastores que huelen a oveja”. En una reciente entrevista concedida al diario El País, el papa Francisco aseguraba que “la enfermedad más peligrosa que puede tener un pastor es el clericalismo. Yo acá y la gente allá”. Y añadía, en perfecto argentino porteño: “¡Vos sos pastor de esa gente! Si vos no cuidás de esa gente, y te dejás cuidar de esa gente, cerrá la puerta y jubílate”.

Para el Papa, la Iglesia tiene que ser como “un hospital de campaña, donde se curan sobre todo las heridas más graves”. Y, evidentemente, un hospital de campaña tiene que estar cerca de los lugares en donde se combate, de esas periferias existenciales que Francisco tanto nombra.

La búsqueda de la colegialidad. Un último distintivo de su pontificado es también la búsqueda de la unidad y la colegialidad (o la sinodalidad, como la llama el cardenal Carlos Osoro en estas páginas). Según uno de sus biógrafos, el periodista británico Austen Ivereigh, esta apuesta por lo colegial, renunciando a la visión monárquica de la Iglesia, la anunció ya en su primera aparición en el balcón de san Pedro, cuando usó la fórmula “la Iglesia de Roma que preside en la caridad sobre todas las iglesias”.

Dicha intención se vio confirmada por la pronta creación del G8 (luego convertido en G9), un grupo de ocho cardenales destinado a ayudarle en el gobierno y la reforma del gobierno de la Iglesia. Creado el 13 de abril de 2013 -justo al mes de ser elegido Papa- e institucionalizado de forma permanente el 30 de septiembre de 2013, está coordinado por el cardenal hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, e incluye cardenales de los cinco continentes: el chileno Errázuriz, el estadounidense O'Malley, el alemán Marx, el congoleño Monsengwo, el indio Gracias, el australiano Pell, y el italiano Giuseppe Bertello. A ellos se unió posteriormente el también italiano Parolin, secretario de Estado desde finales de 2013 (Significativamente, no su antecesor, el cardenal Tarcisio Bertone, una figura muy polémica).

La práctica de la colegialidad fue pronto seguida por su sustento teórico, pues en la Evangelii Gaudium asegura: "No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable ‘descentralización’".

Como las leyes de la termodinámica proclaman, toda acción ejercida contra un cuerpo genera una reacción en la dirección contraria. Así, el pontificado de Francisco no agrada a todos.

La última expresión de esta oposición, los carteles que empapelaron Roma a principios de febrero. A raíz de la polémica intervención del Papa en la Orden de Malta, que resultó privada de sus dos máximos dirigerentes, los carteles le mostraban con rostro amargado -algo verdaderamente difícil de captar en el caso del actual papa- y le reprochaban su falta de misericordia.

La narrativa que domina los medios de comunicación es la de un Papa reformista enfrentado a parte de una curia que, acomodada en sus privilegios, no está dispuesta a convertirse.

Paloma Gómez Borrero coincide en gran medida con ella: “El Papa se ha encontrado con una máquina, la curia, que funciona desde hace siglos y donde no se puede ignorar que hay hombres con dosis de ambición, carrerismo, orgullo. El cambio no puede ser rápido. Hay que proceder lenta y cautelosamente”.

Así lo ha hecho Francisco que, para Lamet, conjuga a la perfección “la dulzura de Francisco de Asís y la astucia práctica y estratégica de Ignacio de Loyola. Lo bueno es que nadie es capaz de cogerle en un renuncio teológico, porque hila muy fino en sus declaraciones”.

Francisco no es ingenuo y ha ido dando pasos, pequeños pero constantes, para que su legado no perezca con él. En estos cuatro años, el papa Francisco ha nombrado a 44 cardenales electores (cardenalas con menos de 80 años, que tienen derecho a voto en el cónclave). Son, evidentemente, cardenales en sintonía con su manera de ver la Iglesia. Poco a poco, se va asegurando una mayoría favorable a sus reformas para que, cuando él se retire, éstas puedan continuar y no se den pasos atrás como los que se dieron con posterioridad al Concilio Vaticano II.

Cuando se retire, sí, porque ésa es otra de las características que marcan el pontificado de Francisco desde su misma elección. En otros cónclaves anteriores, un hombre de 76 años habría sido descartado como papable por su edad. Pero tras la puerta que abrió Benedicto XVI al retirarse, la edad no fue tan determinante en el caso de Francisco. Al Papa se le pregunta constantemente por la posibilidad de que se retire. Él, ni lo niega ni confirma, aunque asegura que “cuando sienta que no pueda más, mi gran maestro Benedicto me enseñó cómo hay que hacerlo”.

El legado de francisco. El mismo Papa parece llevar todos estos problemas con mucha paz. Preguntado por El País si se sentía un papa incómodo, aseguraba que no: “Yo no me siento incomprendido. Me siento acompañado, y acompañado por todo tipo de gente. Sí, alguno por ahí no está de acuerdo. Tienen derecho... siempre que lo dialoguen, que no tiren la piedra y escondan la mano. A eso no tiene derecho nadie”.

En este punto, cuando se cumplen cuatro años del ascenso de Jorge Mario Bergoglio a la Sede de Pedro con el nombre de Francisco, ¿Cuál es el balance de su pontificado? ¿Cuál se adivina que puede ser el legado de su pontificado?

Para Javier Baeza, Francisco “ha abierto puertas: anunciar a un Dios misericordioso que no es tanto todo-poderoso como todo-cariñoso abre un horizonte de humanización y religiosidad tremendamente apasionante”. Para Paloma Gómez Borrero es “muy pronto” para hablar de legado, porque “cuatro años son pocos, y más en la Iglesia”. Pero sí tiene claro que “estamos viviendo -no solo en la Iglesia- un cambio de época, más que una época de cambios”.

Para la teóloga Pepa Torres, “más allá de contenidos concretos, Francisco ha reconciliado la Iglesia con el mundo. Francisco reconoce al mundo como buena noticia, como casa común. Señala que fuera del mundo no hay salvación, porque solo podemos encontrar a Dios en el mundo. Esto ha supuesto una humanización de la Iglesia que era muy necesaria”. En esa misma línea, Pedro Miguel Lamet estima que “la gran reforma de Francisco radica en una actitud evangélica que está más allá de izquierda y derecha, progresistas y conservadores”.

Todos apuntan a que el secreto del Papa Francisco es su alegría. En una reciente entrevista con El País los periodistas le comentaban que se le ve muy contento de ser Papa. “El Señor es bueno y no me quitó el buen humor”, respondió Francisco. •

UN JOVEN AFICIONADO AL TANGO Y AL FÚTBOL

Primogénito de Mario Bergoglio, un inmigrante italiano que trabajaba de contable y de María Regina Sívori, Jorge Mario Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936. Se crió en el barrio bonaerense de Flores, repartiendo su tiempo entre la populosa casa de sus padres (eran cinco hermanos, aunque solo él y su hermana María Elena sobreviven) y la de su abuela Rosa. Jorge Mario creció, como todos los chavales argentinos de su edad, escuchando tangos y jugando al fútbol. Los testimonios de aquella época lo recuerdan como un joven sociable y con novia y muy aficionado a la literatura. A los 17 años, cuando trabajaba en un laboratorio de análisis químicos mientras estudiaba, se sintió llamado para el sacerdocio. A pesar de que su madre no terminaba de comulgar con la idea, Jorge Mario ingresó a los 19 años en el Seminario Metropolitano de Buenos Aires. Allí sufrió una terrible pulmonía que le puso al borde de la muerte, y que solo superó tras una arriesgada operación que le privó de la parte superior del pulmón derecho. Tras la operación y, según ha comentado en diversas ocasiones, atraído por la idea de vivir en comunidad, decidió ingresar en la Compañía de Jesús. Bergoglio cursó estudios en Córdoba, Santiago de Chile y San Miguel, y fue ordenado sacerdote con 32 años. Tan sólo cuatro después, con apenas 36, fue elegido provincial de los jesuitas en Argentina. El Papa es, pues, alguien acostumbrado a ejercer la autoridad. Jorge Mario Bergoglio tardó algo más en llegar a obispo (en 1992, con 55 años y después de un periodo de exilio interior de nuevo en Córdoba), pero enseguida fue nombrado Arzobispo de Buenos Aires (1998) y creado cardenal (2001).

DOS CÓNCLAVES PARA UN PAPA

Jorge Mario Bergoglio ha asistido a dos cónclaves. El que eligió a Benedicto XVI como sucesor de Juan Pablo II y el que le eligió a él mismo como sucesor de Benedicto XVI. Dos cónclaves bien diferentes, según los vaticanistas, los periodistas que cubren la información de la Santa Sede, y distintos biógrafos del papa. En el primero de ellos, el nombre de Bergoglio sonaba como papable desde antes del comienzo del cónclave. Su candidatura ganó fuerza hasta el punto de que, en la tercera de las votaciones, sacó 40 votos por 72 del claro favorito, el cardenal Ratzinger, en aquel entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En aquel momento, aprovechando una pausa para el almuerzo, suplicó, algunos dicen que casi con lágrimas en los ojos, a sus supuestos partidarios que dejasen de apoyarle. Esa misma tarde (19 de abril de 2005), Ratzinger fue elegido papa con 84 votos. Las razones para echar por tierra su candidatura solo él las sabe. Biógrafos y vaticanistas especulan con varias: por un lado, él apreciaba sinceramente a Ratzinger y pensaba que debía ser papa; por otra, no quería que su persona contribuyese a polarizar y dividir el colegio cardenalicio y, con él, la Iglesia. Según el periodista británico Austen Ivereigh, autor de la monumental biografía de Francisco El gran reformador, tal idea de polarización “le disgustaba a un nivel puramente psicológico, en el sentido de que superar tales divisiones había sido el trabajo de su vida”. El cónclave de 2013 fue bien diferente. El 11 de febrero, Benedicto XVI sorprendió hasta a los vaticanistas más avezados anunciando su renuncia. Esta se hizo efectiva el 28 de febrero, cuando un Ratzinger mayor y sin fuerzas, cansado de luchar contra escándalos que rodeaban el Vaticano, se subió al helicóptero que lo trasladó a la residencia veraniega de los papas en Castel Gandolfo, a pocos kilómetros de distancia de Roma. Aunque las listas con posibles cardenales papables eran muy extensas, pocas incluían el nombre de Bergoglio. La mayoría pensaban que su momento ya había pasado. Reinaba un claro sentimiento de que la Iglesia tenía que experimentar una sacudida. No podía seguir siendo la institución ligada a los escándalos de pederastia, de filtraciones de documentos papales, de manejos financieros que se aprovechaban de la opacidad del Instituto para las Obras de Religión (IOR), el banco del Vaticano. Los cardenales más conservadores estaban divididos –muchos aseguran que ese fue, precisamente, el objetivo de Benedicto XVI al presentar su renuncia de forma tan sorpresiva- entre los partidarios de Tarcisio Bertone y de Angelo Sodano y manejaban como alternativa el nombre del cardenal Odilo Schrerer, arzobispo de Sao Paulo. Los cardenales reformistas vieron en Bergoglio un buen candidato, pues reunía, según Ivereigh, “la genialidad política de un líder carismático y el misticismo profético de un santo del desierto”. Antes de iniciar movimiento alguno, esta vez le preguntaron su parecer. Al parecer, el cardenal Murphy O'Connor, arzobispo de Westminster, le dijo que esta vez le tocaba a él y Bergoglio respondió, en italiano: “capisco” (entendido). Su discurso en una de las congregaciones generales –las reuniones preparatorias del cónclave-, en el que habló de una Iglesia “con el coraje apostólico de salir de sí misma”, una Iglesia que, si no, “deviene autorreferencial y se enferma” terminó de convencer a muchos. En la tercera votación del cónclave, Bergoglio ya reunía 50 votos. En la quinta, salió elegido con los votos de 95 de los 115 cardenales electores. Cuando se conoció el resultado, su amigo el cardenal brasileño Claudio Hummes, franciscano, estaba a su lado. Cariñosamente, le abrazó y le dijo: “No te olvides de los pobres”. Poco después, el cardenal Giovanni Battista Re, decano del colegio cardenalicio, le preguntó cómo quería ser llamado, Bergoglio respondió: “Francisco”. Nunca ningún papa había optado por el nombre del pobre de Asís.

ENTREVISTAS

Monseñor Osoro: "Muchos que miraban en otra dirección vuelven su mirada a la Iglesia"

Paloma Gómez Borrero: “Francisco rompe moldes” 

Javier Álvarez-Ossorio: “Francisco nos recuerda que lo que nos cura es amar a Dios y servir a los pobres”

Pedro Miguel Lamet: “La reforma de Francisco está más allá de izquierdas y derechas”

Javier Baeza, párroco de San Carlos Borromeo: “Francisco anuncia un Dios todo-cariñoso”

Pepa Torres: “Francisco ha reconciliado la Iglesia con el mundo”

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