Vivir

Por Luis Miguel Tornero

Yllana cumple 25 años: el humor como matemática pura

Cumplir 25 años es un gran logro para una compañía de teatro. Yllana ha alcanzado la madurez a partir de un núcleo de cómicos que hizo sus pinitos gestuales, gamberros y provocadores en el Madrid de mediados de los ochenta. Desde un Teatro Alfil convertido en su cuartel general, han consolidado una compañía y una empresa que han producido decenas de espectáculos y ha atraído al teatro a públicos totalmente nuevos.

 

Vuelvo a Malasaña, a la calle Pez. He quedado en el viejo teatro Alfil con David Ottone, director artístico de la compañía Yllana, que acaba de cumplir 25 años sobre los escenarios con su humor gestual y gamberro por el que parece no pase el tiempo. Pero por el barrio sí ha pasado.

A mediados de los ochenta, Madrid bullía aún con la nueva generación de artistas que luchaba por hacerse hueco. Un momento muy parecido al actual. Dinero no había mucho, pero tampoco había gastos. 

Juan Francisco Ramos, Joe O’Curneen, Fidel Fernández, Marcelino Hernández, Antonio de la Fuente y David Ottone actuaban en bares, pubs y garitos de distinto pelaje, como el Ya’sta de la calle Valverde, reemplazando a primeras espadas como Faemino y Cansado, Las Virtudes o Pedro y Pablo.

Había una seria traba: sus actuaciones mudas difícilmente podían sobreponerse al ruido de las copas y las conversaciones de los clientes. “Había que utilizar -explica Ottone- un estilo agresivo, altisonante”. Esos comienzos peleones les curtirían y modelarían una impronta que ha llegado tal cual hasta nosotros.

“Hace 25 años, cuando hacíamos cabaret –dice Ottone–, seguro que no éramos muy buenos, pero desde el momento en que nos subíamos a un escenario llegábamos a la gente. Luego mejoramos técnicamente, pero el llegar a la gente lo hemos tenido desde el principio. Esa es una lucha constante. Hay que estar muy al tanto para mantener la conexión con tu público”.

La fundación. El documento fundacional de Yllana lo conservan enmarcado en la oficina de la compañía en la calle de la Madera. Un cartel artesanal fechado el 13 de mayo de 1987 anuncia una representación La cantante calva, de Ionesco. Ahí se conocerían dos estudiantes de Imagen y Sonido de Ciencias de la Información de Madrid, David y Joe, con otros dos meritorios de la escuela de teatro Metrópolis, Fidel y Juan.

La relación se consolidó cuando el Club de Amigos de la Unesco, que organizaba un Congreso en la Casa de Campo, les pidió una pequeña pieza, antimilitarista y reivindicadora de la libertad. Se llamó O y se basaba en unos dibujos animados checos.

“Era muy sencilla -recuerda Ottone-: en un mundo militarizado se veía en una plaza un monumento a una gran O. Las personas que se acercaban decían: ‘O’ y entonces aparecía la policía y les golpeaba hasta que lograba que dijeran ‘A’. Con esa idea y una O en un corcho construimos una pieza de 20 minutos sin palabras. Al terminar el público gritaba ‘¡O, O!’, en plan reivindicativo. Descubrimos que, además de poder construir una pieza sin palabras, teníamos a un público de todo el mundo que había entendido el mensaje”.

Fue el texto más largo de la carrera de Yllana. El estilo al que aspiraban había quedado fijado. Solo faltaba consolidarlo en una primera obra. Sería Muu (1991), estrenada en la sala Galileo. En ella, cuatro toreros evolucionaban, cada uno según su personalidad, en torno al toro. La consagración de Yllana como compañía vendría con 666 (1998), una pieza sobre cuatro presos en el corredor de la muerte, una sucesión de gags que acaban en una sorprendente y perversa apoteosis.

“No sabíamos que estábamos preparando una obra maestra. Cuando comentábamos que preparábamos una obra sobre la pena de muerte, la gente nos decía que no podríamos hacerlo. Pero no nos poníamos límites. Después de 18 años, ahí está. Sigue siendo actual. Es maravilloso”.

La prensa los trató bien y comenzaron a llegar directores que antes les habían considerado como unos simples cómicos. 666 les permitiría salir de gira a París o al Off-Broadway, con críticas favorables en el New York Times, New York Post o Time Out.

Para celebrar sus bodas de plata en el teatro han elaborado Yllana 25, un obra en la que recogen sus mejores sketches. Estrenada en los Teatros del Canal de Madrid, reunió durante 3 semanas a entre 800 y 900 personas diarias, unas 14.000 personas en total. Ahora la obra está de gira por todo el territorio español.

Yllana 25 resume perfectamente la trayectoria del grupo: desde la aleta de madera y dos bañistas del principio, a las proyecciones sobre el escenario y las cámaras de tecnología punta que salen a la calle.

Provocar y emocionar. “Hemos evolucionado en la forma y en el fondo”, asegura Ottone. “Hemos ido sofisticando nuestro mensaje. Hemos ido encontrándonos cada vez más a gusto en la narrativa no verbal. Al principio quieres hacer humor puro, pero poco a poco te vas dando cuenta de que también trasmites un mensaje”.

El escoger temas polémicos, como los toros o la pena de muerte, podría llevarlos, según lo que parece exigir una parte de la sociedad, a producir proclamas. Algo que ellos eluden cuidadosamente. “Nos reímos de todo, explica Ottone. Somos unos sátiros que estamos atentos a lo que pasa en la sociedad y lo comentamos de una manera divertida”.

Así, al preguntarle si 666 es un alegato contra la pena de muerte, el director artístico de Yllana contesta con un “no lo sé” que parece querer decir más bien me importa un comino. “Es una realidad que existe y la comentamos sin ningún límite. Es nuestra capacidad para ser libres. Hacemos un humor para adultos, para un público abierto, que quiere que se le provoque de una manera inteligente y que, por encima de todo, le muevan sus emociones. La función del teatro es que salgas tocado. Nosotros queremos hacer reír y hacer sentir”.

Ottone contrapone el teatro de Yllana con las aburridas sesiones de clásicos teatrales que sufría de niño: “Estabas perdido y te tirabas cosas con los otros, con los profes gritando basta”. Se le podría imaginar como a Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó: “Juro que no volveré a aburrirme en el teatro”.

Cuando se habla de influencias, Ottone destaca sobre todo a Chaplin. “Pero a nivel personal. Cada uno tenemos las nuestras, y son muy variadas”. Entre ellas figuran Benny Hill o el australiano Paul Cocodrilo Dundee Hoagan, los Monty Python, Jango Edwards -“un clown que tenía una banda de rock, superprovocador”- o Leo Bassi. 

El lenguaje de la televisión y el cine también ha influido en sus espectáculos. “Siempre decimos que somos cinéfilos que hacemos teatro. Absorbemos mucho las técnicas cinematográficas, estamos llenos de cámaras lentas, de marcha-atrás... El ritmo trepidante que imprimimos a nuestros espectáculos se lo debemos al cine y el humor del absurdo”.

Yllana es una compañía artística, una productora, pero, sobre todo, una empresa, lo que es casi una anomalía en el panorama teatral español. “Somos empresarios”, admite Ottone, cuyo hermano Marcos, con una formación técnica, no artística, introdujo desde el principio la racionalidad emprendedora en un mundo más bien ajeno a esas miserias. Les ha funcionado como a pocos.

Hoy día Yllana lo componen 5 socios: Juan Francisco Ramos, Joe O’Curneen, Fidel Fernández, David y Marcos Ottone, alrededor de los cuales viven unas 50 personas, con actividades diversificadas en torno al mismo negocio: el teatro, la producción -incluso de musicales como Hoy no me puedo levantar-, los eventos, la creatividad.

El Teatro Alfil es su sede permanente, su buque insignia y su castillo. Lo adquirieron en 1996. Muchos cómicos del ambiente teatral madrileño lo contemplaron como una quijotada. Pero el tiempo ha demostrado que se trató de un movimiento que blindaría a la compañía y le permitía garantizar su independencia y su libertad, como cuando programaron La revelación, de Leo Bassi, en 2006. A pesar de las presiones de la extrema derecha, que se apostaba cada día a la puerta en cada función para abuchear al artista y las llamadas telefónicas amenazadoras, la obra no se suspendió.

Del Alfil han surgido otras compañías teatrales, como Ron Lalá y Sexpeare, y también el Festival Internacional del Humor. Hablamos de un espacio cultural en el centro de Madrid cuyas actividades, sostiene David Ottone, “no siempre hay que contabilizar como resultados económicos, sino también en términos de prestigio, libertad… Somos una compañía reconocida por su buen hacer, con nuestro propio espacio. Independientes, libres, que llevamos 25 años sin haber cambiado un ápice nuestra posición y haciendo lo que nos sale de las narices”.

 El gesto sobre la palabra. ¿Qué tipo de humor hace Yllana?. Lo llaman humor gestual o cómico-gestual. La palabra ausente los coloca en la misma tendencia del Tricicle, que estrenaron Manicómic en 1982. “Es una referencia que está ahí”, asegura Ottone, quizá un poco cansado de que le citen siempre la misma referencia, “pero tanto en estilo como en temática, somos muy diferentes”.

Sin textos que memorizar, el lenguaje corporal abre pasarelas internacionales imposibles a la palabra. Pero, cuidado, porque lo gestual no tiene siempre los mismos significados. El signo de los cuernos, con el índice y el meñique, por ejemplo, no traspasa fronteras. 

Incluso las onomatopeyas pueden confundir. Ocurrió en Turquía. La salpicadura de agua, que aquí se manifestaba con un ¡splash!, allí dejó indiferente al público, hasta que averiguaron que lo que allí funcionaba como onomatopeya era ¡fush!

Por lo demás, la procedencia foránea de una parte de la compañía permite “conceptuar los espectáculos hacia el extranjero”, dice Ottone, quien con Marcos tiene pasaporte británico. Él nació en Madrid y su hermano, en Mallorca. Joe es “mitad cordobés, mitad irlandés”. Juan y Fidel, españoles. 

“Eso ha ejercido su influencia en la proyección internacional que tenemos. Nuestros códigos no son españoles. A nosotros se nos ve fuera y notan, naturalmente, que somos de España. Pero nuestro código es muy internacional, tiene influencias de España, pero también del mundo anglosajón”. 

Dice Tortell Poltrona, fundador de Payasos sin Fronteras, que un truco que funciona siempre como el botón de la risa en todas partes y culturas es aquel en que al payaso se le caen los pantalones y se le ven los calzoncillos. ¿Tiene Yllana sus particulares botones de la risa?

“Conocemos todos los trucos del mundo”, contesta ufano Ottone, reservándose sus secretos. “El humor es matemática pura. Emoción y matemática”. 

Cada sketch tiene su ritmo interior, que exige cada equis tiempo un gag, una explosión. Cuando la compañía lo diseña, piensa en ello de una forma consciente. 

El público también ayuda, porque viene a reírse: “Las obras tienen su rodaje, los mil truquitos que vamos adaptando y sofisticando. Lo que funciona lo vamos mejorando, dándole la vuelta. Pero el ritmo de un espectáculo solo puedes entenderlo cuando lo ves hacer por primera vez.”

No todo ha sido un crecimiento sin marcha atrás en Yllana. Ottone recuerda los años duros de la crisis entre 2009 y 2012, los cierres teatrales, el público que vació las salas. “No había un duro y hubo que apretarse el cinturón”.

Pero ahora el teatro parece estar gozando de una salud de hierro: “Es indestructible. Es único ver a un actor actuando. Eso no lo puede suplir una tableta ni unos auriculares”. •

 

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