Despertar

Por Pedro Miguel Lamet

Llanos grita desde la tumba

Pedro Miguel Lamet rememora la figura del padre Llanos cuando se cumplen 25 años de su muerte (10 de febrero de 1992). Jesuita como él, Lamet fue primero colaborador, luego amigo y, en última instancia, biógrafo del padre Llanos (Azul y rojo. José María Llanos, La esfera de los libros).

Con la pesadumbre encima de los muros de Trump, el resurgir de los nacionalismos, la corrupción política y la tragedia de los refugiados, la figura del padre Llanos resurge en el 25 aniversario de su muerte como la de un profeta que, adelantándose a su tiempo, dio una arriesgada respuesta a estos desafíos. Es como si gritase desde su tumba.

Hundidos los zapatos en el barro, dejábamos el tren en Entrevías y nos adentrábamos en un mundo aparte, el Pozo del Tío Raimundo. Eran los conflictivos años sesenta. El que suscribe estudiaba filosofía en Alcalá de Henares e iba semanalmente a ayudar al padre Llanos en la catequesis de niños ojerosos, hijos y nietos de los obreros inmigrantes que, procedentes de los pueblos de Jaén, Extremadura y Toledo, habían levantado sin permiso aquel submundo de arrabal. Algo insólito en aquellos años del franquismo, antes de dar las clases izábamos la bandera de la ONU y cada día la de un país -incluida la URSS. Llanos era un ciudadano del mundo y educaba para la universalidad frente a la miopía de nacionalismos y patrioterismos.

De aquellos años llevo clavada en la memoria la figura de un José María canoso, enroscado en su manta y aporreando una vieja máquina de escribir Underwood en su gélido cuchitril. Luego le veía en el Común de Trabajadores, un dormitorio corrido que apestaba a pies y tabaco. Aquel hombre me desconcertó desde el primer momento. ¿Era el mito vivo, el jesuita que con 50 años dejó el centro de Madrid y su pasado de cruzada para vivir con los más pobres? ¿Cómo había pasado de capellán de Falange a cura rojo; de poeta exquisito a revulsivo del mundo obrero?

Recuerdo que un día, cuando pregunté por él, me dijeron: “¡Uff, no sale de su cuarto hace tres días! Le han robado el Niño Jesús de la capilla”. Aquella anécdota de santo cabreo me dio una clave para entender su alma paradójica, esa mezcla explosiva de delicadeza interior y malas pulgas, de niño y loco, de soñador y depresivo de la que hacía gala. Llanos era un poeta, un intelectual y, en el fondo, un hombre frágil, pero con intuiciones y carácter de líder valiente y creativo. El teólogo José María Díez-Alegría, con el que charlé largas horas para escribir su biografía, decía que “artista como Picasso -del que fue gran amigo- pasó de una época azul a otra rosa”. Respecto a su carácter, recordaba que le decía, bromeando: “Llanos, tu eres la vesícula biliar del Cuerpo Místico”.

Precisamente con Díez-Alegría y durante el destierro en Bélgica, donde ambos hicieron sus estudios de filosofía, arranca el impulso creativo de este jesuita singular. Allí fundó un grupo de compañeros que, con el nombre de 

Nosotros, se dedicaba a lo que Llanos llamaba “vivir abismos”. Es decir: formularse las grandes preguntas del hombre. Llanos se adelantó así al Concilio Vaticano II. Tanto, que los superiores se asustaron y disolvieron el grupo. 

Sus recuerdos inéditos, que rescaté de viejos archivos, revelan a un soñador despierto que, entre “depre y depre”, había vivido a flor de piel la guerra: en Portugal recibió la noticia de sus hermanos asesinados; en Granada, en pleno fervor posbélico, dijo su primera misa  ayudado por su padre, vestido con su uniforme de general. Siempre le acompañó lo que Díez-Alegría llamaba “dolor de estrellas”, una nostalgia de una vida mejor y más brillante, que creo esencial para entenderle cabalmente.

¿Cómo se compagina eso con un liderazgo revolucionario y levantar el puño con Carrillo en el primer mitin pecero de la democracia? Del mismo modo que sus meriendas con la Pasionaria, en las que entonaban juntos Cantemos al amor de los amores. He probado que, gracias a estos encuentros, Dolores Ibárruri murió católica.

Ese dolor de estrellas era el secreto de la osadía de Llanos. Un ensueño que no le impidió cristalizar realidades. Como cuando se fue a manifestar ante el Ministerio de la Vivienda contra la proyectada M-40, que se iba a cargar al Pozo, y el trazado  acabó rodeándolo.

Pasaron los años y mi amistad con Llanos se consolidó, sobre todo en los tiempos en que yo dirigía el semanario  Vida Nueva. Llanos era un obrero de la pluma y se ganaba la vida escribiendo artículos. Defendía, siguiendo nada menos que a Pío XII, la necesidad de la existencia de una opinión pública dentro de la Iglesia, y opinaba sin cesar, a veces levantando tormentas en defensa de la paz, la tolerancia, la igualdad y la justicia. Nadie osaba callarle, porque nadie pisaba el barro como él.

Conservo cartas preciosas que acompañaban sus colaboraciones. Él las llamaba desahogos desde mi rincón y desde un “Evangelio, cada vez más sorprendente para este viejo”. “Lamet querido -confesaba- no temas publicarlas, que el cura rojo tiene tan mala fama que todo lo suyo cabe en el cesto”. Y añadía: “No creo tener mala milk; es solo cuestión de años y chochez”. Seriamente enfermo, escribía en 1986: “Mi cansancio es feroz, pero en la otoñada crece mi fe en Jesús y mi afecto hacia ti. Me quiero ir definitivamente, pero también allí estaré contigo”.

Ése era Llanos, el amigo de todos, Por encima de ideas, en su corazón cabían desde Marcelino Camacho a Calvo- Sotelo; de Solana a Martín-Artajo; de Tierno a Álvarez del Manzano; pasando por Menéndez Pidal, Umbral, Fraga, Tamames, Arrupe, Ruíz-Giménez...

Entre papeles viejos he encontrado un artículo inédito del padre Llanos, que, tras ser cesado como director de la revista, no pude publicar. Este párrafo le retrata: “Perdonadme, pero resulta hasta grotesco salir con que Jesús vino a defender los derechos humanos. La paz  proclamada por él no se identifica con lo que hoy pretenden los pacifistas, sino que les supera. Y lo mismo se diría de la justicia, la cual, como la liberación, es algo tan profundamente humano que no cuadra sino con el mensaje evangelizador. ¿Por qué esta afán eclesial de entrometerse en todo tarde e inoportunamente?”

Aquella libertad profética no podía proceder sólo de su dolor de estrellas, sino de una profunda y meditada fe: “Mi tema siempre fue Jesús”, me confesaba al final. Era el Llanos que tan pronto leía salmos o recitaba a Alberti y Neruda en sus interminables eucaristías como montaba guardia en la Dirección General de Seguridad para sacar de allí a un amigo.

A mí no dejaba de evocarme una extraña mezcla del San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, el Nazarín de Galdós y el frágil cura de aldea de Bernanos. Eso sí, con cierta pinceladas del Ché Guevara. Tan inclasificable como para que ante su tumba se abrazaran el piadoso rezo del rosario y el canto de la Internacional, hoy Llanos gritaría indignado contra las pateras, los campos de refugiados, la guerra de Siria, las locuras de Trump y el egoísmo de la Unión Europea que solo se mira el ombligo. •

 

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