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Por Juan Antonio Tirado @JATiradoTV

Marta Sanz: "La literatura tiene mucho futuro como espacio de resistencia"

BOLIVIA LIBROS:BOL15. LA PAZ (BOLIVIA), 12/09/2016.- La escritora espaÒola Marta Sanz (Madrid, 1967), que abandona hoy, lunes 12 de septiembre de 2016, La Paz (Bolivia) tras visitar la Feria del Libro, habla durante una entrevista con Efe. Sanz comentÛ que el origen de sus palabras literarias se encuentra en la confluencia entre autobiografÌa y lo que ocurre en el mundo de fuera, que
© MARTIN ALIPAZ

De apariencia frágil, pero de voluntad de acero, lectora intrépida, Marta Sanz (Madrid, 1967) tiene una familia numerosa de libros, lectores y una vocación resistente que ha engendrado más de una decena de novelas, ensayos, relatos y libros de poesía. Su consagración le llegó con su Farándula, que consiguió el Premio Herralde de Novela en 2016. Ha ejercido de crítica literaria y de profesora en la Universidad Antonio de Nebrija. Tiene una voz literaria propia y muy contrastada y una voz física de colores suaves y ocres, como de tarde graciosa de entretiempo. Escribe de todo lo que salta, pero de lo que más le gusta escribir es de sí misma, sazonándose y devorándose como buena y viciosa autobiógrafa. En su último libro, Clavícula, nos cuenta la seria historia de una enfermedad más real que fingida. En los libros no duele la clavícula, sino las palabras, y con ellas la novelista nos pinta un fresco tan previsible como audaz. Con ustedes, Marta Sanz, escritora y profesora.

 Apelando a su condición de profesora, quiero preguntarle si cree que con todas las atracciones digitales que tienen hoy a su alcance los niños va a seguir habiendo lectores.

Yo a la literatura le veo futuro como espacio de resistencia frente a las transformaciones que estamos viviendo en el tránsito de lo analógico a lo digital.  Creo que en el mundo digital hay cosas muy buenas, como las que se refieren a los avances extraordinarios en las comunicaciones, pero también tengo la sensación de que en el camino estamos perdiendo otras que tienen que ver con el tacto, con la profundidad, la lentitud, la capacidad de reflexión, el sentido crítico… Me parece que ése va a ser el espacio esencial del hecho literario. Hace unos días leí una entrevista con Leïla Slimani, una escritora muy joven que acaba de ganar el premio Goncourt, que decía que la literatura es una manera de contrarrestar la visión dominante de la realidad como superficie plana. Estoy de acuerdo con ella.

¿Usted cree que los niños de hoy van a leer en el futuro a Unamuno, a Baroja, a Delibes, a Marsé?

Yo tengo esa confianza, esa esperanza…

Pero será una minoría…

Pues una minoría, quizás, porque los sistemas educativos y las exigencias de un mundo que desde mi punto de vista está dominado por determinados imperativos económicos no van a fomentar ese tipo de educación y no van a propiciar ese tipo de reflexión y de relación con lo textual. Espero que de algún modo queden reductos, porque si no, nuestra naturaleza va a cambiar y estoy convencida de que perderemos cosas fundamentales.

Me alegra que sea usted crítica, pero no apocalíptica…

Ah, desde luego. Me molesta el discurso apocalíptico. Creo que es una cosa reaccionaria y que no conduce a ninguna parte. Pero también me molesta la recesión acrítica de cualquier cambio tecnológico. A mí, por ejemplo, hay cosas de Internet que me dan miedo. Me da miedo que la máxima libertad se confunda con la máxima vigilancia. Creo que no debemos ser ingenuos, que estamos obligados a subrayar las cosas que estamos perdiendo y aquellas nuevas que pueden ser peligrosas. 

Supongo que las élites culturales seguirán leyendo, aunque tampoco estoy muy seguro de eso.

A mí lo que me parece deseable no es que las élites, solo ellas, disfruten de la cultura. Creo que nuestra mejor época fue aquella en que las clases sociales más desfavorecidas sabían que la cultura podía ser un instrumento positivo de desclasamiento, de superación social. Ahora no lo sé, porque estamos viviendo una apoteosis del éxito en la que el triunfo se coloca en las antípodas del conocimiento académico. Verá, mi abuelo era mecánico de coches, nacido en la calle de la Cabeza de Madrid, en pleno barrio de Lavapiés: extracción obrera pura y dura. Pues bien, mi abuelo era melómano. Tenía una gran colección de zarzuela, de ópera, de música clásica. Le encantaba Tchaikovsky y alucinaba con Beethoven. Y al mismo tiempo era un gran lector. Tenía una colección de narrativa deslumbrante. 

¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

Curiosamente, yo empecé a escribir antes que a leer, porque para mí, de niña, la escritura era una forma de jugar en la que me sentía cómoda, me parecía que tenía aptitudes para ese juego. De manera que muy pronto entendí que el lenguaje es una materia que se puede moldear para construir cosas diversas. Como lectora, ya en serio, comienzo por la poesía. En el instituto me fascinaron los escritores del 27 y leí compulsivamente a Lorca, a Cernuda, a Aleixandre, a Salinas, a Alberti. A mí me interesaba sobre todo la capacidad del lenguaje como invención. Ahora parece que cuando hablamos de literatura pensamos en pegasos alados, en hadas madrinas o en caballeros templarios con poderes maravillosos, pero para mí la capacidad inventiva de la literatura tiene que ver con la posibilidad que tiene el lenguaje para iluminar las cosas reales. Y después leo textos más narrativos. Recuerdo como lecturas fundacionales el Lazarillo de Tormes, que me entusiasmó; también Las ratas, de Delibes; Silvia o Aurelia, de Nerval. Confieso que ahí iba a lo corto. Y luego me pasé a distancias más largas y leí mucha narrativa decimonónica, tanto española, como rusa y francesa. Y en mi etapa como alumna de la Escuela de Letras de Madrid es cuando me familiarizo con la literatura modernista anglosajona. Ahora leo de todo. Mucha novela, textos más experimentales e híbridos, poesía y ensayo.

Supongo que le gustará Ramón Gómez de la Serna.

Claro, ¡cómo no me va a gustar Ramón!, Esa chispa, esa creatividad, esa capacidad combinatoria del lenguaje que ilumina la realidad con un foco sorprendente. Las greguerías son lentes de aumento para enseñarnos cosas que nos pasan desapercibidas. Eso sucede también en los esperpentos de Valle-Inclán, que para mí son un referente en Farándula.

¿Y Umbral?

De Umbral hay cosas que me gustan más que otras. Mortal y rosa me resultó conmovedor y también me interesaron las Memorias de un niño de derechas. Luego hay articulismo de Umbral que me parece muy notable. Puedo ser más reticente con lo que es a veces su visión de las mujeres, pero, en conjunto, a mí Umbral me parece un escritor muy valorable y de hecho reivindico un poco esa línea de la escritura en castellano que comienza en Quevedo y su vuelta a los clásicos latinos, que luego pasa por los reaccionarios del siglo XVIII, como Torres Villarroel, y que puede culminar en un personaje como Umbral pasando, claro, por Valle.

¿Qué es para usted escribir bien?

Para mí escribir bien consiste en buscar las palabras adecuadas para hacer cristalizar la historia que quieres contar o para expresar una emoción. Parto de que cada historia necesita su propio lenguaje. No me gustan los escritores que crean una marca y lo escriben todo igual. Esa idea del estilo, de la búsqueda de un estilo personal,  creo que se ha quedado un poco obsoleta en los tiempos que vivimos. Los escritores tienen que ser polivalentes, tener un grado de permeabilidad, de esquizofrenia incluso, e indagar, asumir riesgos.

Su último libro, Clavícula, es un retorno a lo que podemos llamar la línea autobiográfica. ¿Cree que estamos saturados de ficciones?

Como escritora, a veces tengo una sensación de deshonestidad cuando utilizo las máscaras de la ficción. Me canso de poner en práctica un concepto de la literatura en el que permanentemente activamos el leitmotiv de mentir las verdades. Personalmente, empieza a resultarme agotadora esa literatura de trampas, trampillas, costuras que no se ven pero que están ahí. Me apetecía escribir un libro desde la pretensión de contar las cosas autobiográficamente, concediéndole más peso a la autenticidad que a la verosimilitud. En realidad, esto no es nuevo, sino que responde a una tendencia muy marcada en mí, a una intención de escribir libros autobiográficos, como  fue el caso de La lección de anatomía.

El cuerpo es una presencia constante en su obra.

El cuerpo me interesa mucho. Yo parto de la base de que los escritores no podemos inhibirnos de lo que somos. Ni de nuestra sexualidad, ni de nuestra extracción social, ni de nuestra ideología política, ni de nuestras creencias o no creencias religiosas. Para mí todo eso cristaliza en el cuerpo. En la idea del cuerpo como el texto en que se te van quedando grabados los trabajos y experiencias de la vida. El cuerpo es texto y el texto es cuerpo también, y de hecho yo utilizo un tipo de prosa que está muy recorrida por metáforas que hacen referencia a lo corporal. Además, me gusta que, en la época de las superficies planas y de la virtualidad, la escritura sea corporal, en el sentido de que es un brazo que aprieta fuertemente el lápiz para que se marque en la página. Otro motivo por el cual el cuerpo me interesa tiene que ver con mi condición de mujer. Yo creo que el cuerpo femenino siempre aparece en el imaginario hipersexualizado, como permanente objeto de deseo. Frente a ello, yo intento trabajar el cuerpo femenino de otra manera. Intento presentar un cuerpo femenino que no tenga que estar ni maternizado a la fuerza ni a la fuerza hipersexualizado.

Ese interés por el cuerpo femenino le llevó en la novela Daniela Astor y la caja negra a estudiar la época del destape, en la Transición.

Sí, es una novela que se plantea en qué medida la realidad se relaciona con las representaciones de la realidad. A mí me apetecía escribir sobre cómo una niña, yo, que está justo en su pubertad durante la Transición, se construye a través de diversos modelos femeninos. Están las madres, que en ese momento están luchando por muchos derechos en la calle, que se están incorporando al mundo laboral; que consiguen tener una cuenta bancaria sin que su marido las autorice; y junto a ese modelo encontramos el modelo de las actrices de destape, que oxigenan un panorama rancio donde el sexo es culpable, donde el cuerpo de la mujer se tacha, donde todo es vergonzoso, sucio y pecaminoso… Sin embargo, ese modelo es el punto de partida para una objetualización cada vez más grande del cuerpo de las mujeres. En esa novela se habla de esta paradoja, de cómo lo que nos está liberando al mismo tiempo nos hace prisioneras. Fue un soplo de aire fresco que Marisol saliera desnuda en la portada de Interviú y, a la vez, este hecho abrió la puerta a una fetichización de las mujeres, que en la actualidad hasta someten a sus cuerpos a altos grados de violencia quirúrgica. Y lo más grave es que todo eso lo identifican con la libertad.

Hablaba de la mujer hipersexualizada y de la mujer maternizada. Usted no ha sido madre.

Yo no he querido ser madre. Esto lo cuento en La lección de anatomía. A veces se trascendentaliza el asunto demasiado. Yo no he tenido ninguna razón metafísica, ni política, ni social para no ser madre. Mi razón para no ser madre se llama miedo físico. Miedo al dolor. Mi madre, desde que yo era muy pequeña, me hacía el relato de su parto y eso tuvo dos consecuencias fundamentales: la primera, que yo decidí que nunca en la vida iba a pasar por lo mismo que pasó mi madre, bajo ningún concepto, porque ella me lo contaba con una truculencia, con un naturalismo, con un lujo de detalles propio de una mujer que viene del gremio sanitario. De modo que el relato del día del parto de mi madre derivó en esa resistencia a tener hijos. Por otra parte, creo que me convirtió en escritora.

Supongo que su madre se habrá arrepentido…

Mi madre está muy arrepentida. Me dice: con lo que a mí me gustaría haber sido abuela. Y yo: pues haberte callado. Siempre cariñosamente, eh. Y luego hubo mucha gente que me dijo: te llegará el reloj biológico. A mí el reloj biológico no me ha llegado. La verdad es que llevo con mi marido treinta años y nunca hemos tenido esa necesidad. Nuestra pareja se ha basado en el respeto, en la confianza, en la compañía mutua y nunca hemos necesitado nada más.

Leyendo algunas páginas de su novela Farándula, es fácil excitarse, por decirlo explícitamente.

Yo soy una escritora que reflexiona mucho sobre la sexualidad como elemento indispensable para la construcción de la identidad, pero es raro que tenga escenas muy explícitas desde el punto de vista genital. En Farándula sí las hay, pero es algo infrecuente, algo muy puntual. No creas que es un terreno en el que yo me sienta cómoda, porque contar el sexo es muy difícil, por lo que tiene de reiterativo y también por lo que tiene de tamizado por la cultura. A veces uno se pone a escribir una escena erótica y parece que está haciendo un tratado de horticultura o de botánica. O, al revés, parece que está haciendo un tratado anatómico. O se pone lamentablemente cursi, o lamentablemente soez.

La sexualidad es quizá uno de nuestros penúltimos refugios para no caer en lo que algunos llaman ya alegremente una sociedad poshumana, ¿no cree?

A mí me cuesta imaginarme una sociedad poshumana. Intento no ser apocalíptica, pero también intento no asumir acríticamente determinado tipo de transformaciones que pueden vulnerar la parte más noble de lo que nosotros llamamos condición humana. Desde luego lo que sí veo es una sociedad cada vez más polarizada por una brecha de desigualdad salvaje y eso es lo que me preocupa y me parece atroz. Creo que la musculatura de las sociedades tiene que ver con la posibilidad de una clase media fuerte y creo que eso se está destruyendo de una manera terrible. Por otra parte, tengo miedo de que con la victoria de Trump, el rebrote de la ultraderecha en Europa, etc, suframos todo tipo de retrocesos éticos y morales, respecto a los derechos conquistados. 

¿Y qué hacer?

¿Hacer? Los que nos dedicamos al oficio de escribir tenemos capacidad de diagnóstico, de análisis, sentido crítico, pero tenemos muy poca imaginación política. Ojalá llegue un momento en que los relatos sean un elemento de imaginación política verdaderamente importante, como dice mi amigo el escritor Isaac Rosa.

¿Se considera una escritora comprometida?

Hay un compromiso arriesgado, real, que es muy valorable y otro que no tanto. Creo que hay cierto compromiso con las cosas fáciles, cierto compromiso que queda bien, que termina siendo comercial y que se utiliza un poco como eslogan para vender algo: mira qué majo, mira qué bueno, mira que comprometido soy. Y luego está el compromiso que tiene más que ver con la crítica profunda al sistema. Éste te puede costar muchas enemistades y te puede hacer no llegar a tantos lectores o consumidores culturales como querrías. •

 

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