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Luis Eduardo Siles

Ramón Fontseré: "El teatro es, sobre todo, un juego"

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Sobre el escenario, Ramón Fontseré ha sido Josep Pla, Francisco Franco, Galileo, Dalí o Jordi Pujol. Entró en Els Joglars en 1983 y dirige la legendaria compañía teatral desde 2012, cuando se marchó Albert Boadella, su gran amigo. Els Joglars celebra su 55 aniversario con Zenit, una obra punzante, y triste, sobre la decadencia del periodismo. 

En Zenit, Martín, el veterano periodista que usted encarna, dice en un momento de la función: “La verdad de los hechos es sagrada”. Y la directora del periódico le responde: “No dejes que la realidad te estropee una buena portada”.
Pues sí, ese es uno de los debates que plantea la obra, y también está el del periodismo-entretenimiento. Y el de la manera tradicional de hacer periodismo frente a la otra, la que ahora impera, que consiste en esa voracidad de información constante, ese bombardeo permanente de noticias al lector, que, claro, tiene que estar un poco en standby, no tragarse todo lo que le dan sin esa reflexión, esa pausa necesaria, para saber discernir la verdad entre tanta información como hay actualmente. También aparece en Zenit el tema de que ahora todo el mundo puede ser periodista. Con ese aparatito que tenemos, el iPad... “pam-pam”, y ya está. Y claro, esto es una falsedad enorme. Porque sin periodismo no hay democracia. El periodismo es muy importante para informar bien al lector, para que el lector pueda tomar después sus decisiones. Y esto es lo que refleja Zenit. El personaje de Martín nos va bien en la obra, porque el teatro es conflicto. En  toda función tiene que haber, y póngalo entre comillas, “unos buenos y otros malos”. Mi personaje hace de contramáscara de la máscara que hay en Zenit.

A Martín también le dice la directora que la investigación periodística murió en los años 80.
Claro, porque ahora es lanzar, lanzar y lanzar las ideas calientes sin apenas contrastar nada. Por eso, creo, el periódico terminará siendo un soporte en el que se publiquen informes de calidad, frente al periódico que hay ahora. Se habla de la desaparición del periódico. Igual se transformará en un lugar donde el lector pueda encontrar esa información de calidad, investigada, contrastada, pausada. Porque para información rápida ya tenemos la radio, la televisión o Internet.

¿Por qué en este momento Els Joglars ha decidido estrenar una obra sobre el periodismo?
Esa idea hacía tiempo que nos rondaba por la cabeza. Y, por esa irrupción de las nuevas tecnologías, de ese negocio de las nuevas tecnologías, nos ha parecido interesante afrontar una reflexión en profundidad sobre el periodismo. Porque ahora, como le decía antes, todo el mundo puede ser un periodista aficionado.

Els Joglars acaba de cumplir 55 años. ¿Practica el grupo lo que podemos llamar una vanguardia clásica?
La combinación entre la tradición y los sistemas más novedosos siempre ha sido una seña de identidad de esta compañía. En un momento determinado, por ejemplo, vimos que podíamos hacer un espectáculo al uso y, al mismo tiempo, contar con una pantalla electrónica impresionante que se viera desde la primera hasta la última fila de la platea. O con un sistema de luces fantástico. Esa combinación entre lo que es el oficio, la tradición, y la utilización de unos sistemas modernos, hemos comprobado a lo largo del tiempo que da resultado. Y que nos gusta. Pero siempre manteniendo la tradición, lo fundamental del teatro, que es el juego. A nosotros nos gusta jugar. Y eso lo seguimos llevando a la práctica con la ilusión y la pasión de siempre.

Zenit, como otros espectáculos de Els Joglars, es teatro visual, muy gestual, ¿no?
Sí, porque creemos que el texto está bien, pero no es un elemento esencial en nuestras obras. No es, digamos, la pata que aguanta nuestros espectáculos. A nosotros nos gusta el teatro, nos gusta jugar, y por tanto utilizamos la literatura, pero simplemente como un elemento más dentro del engranaje general de la obra.

¿En qué ha cambiado Els Joglars desde la marcha de Albert Boadella en 2012 y su llegada a la dirección de la compañía?
Albert y yo somos diferentes. La personalidad de Albert, el magisterio que ejerce y el artista que llega a ser, resultan impresionantes. Y yo soy otro. Els Joglars ha cambiado fundamentalmente en que la personalidad del director es distinta. Pero no ha cambiado en lo esencial. Seguimos ensayando en el mismo sitio, continuamos concentrados meses y meses para elaborar los espectáculos en nuestro espacio de creación La Cúpula, en Pruit. Seguimos partiendo de improvisaciones. El sistema es el mismo. Porque es lo que he aprendido durante muchos años en esta compañía de teatro. Pero yo no soy Albert, eso es imposible. Y las obras, ahora, tienen la personalidad mía, mi sello, y la personalidad de los actores, mis compañeros, los que ahora formamos el grupo. Els Joglars se sostiene porque vale la pena continuar. La utopía que yo viví con Albert Boadella durante varios decenios... ¡Fue algo fantástico! Ese solo recuerdo merece que Els Joglars dure lo máximo posible. Así que aquí estamos. No he cambiado nada. El sistema continúa siendo el mismo. Y las ganas de seguir, de hacer teatro, continúan intactas. Aunque yo llevo muchos años en esto. Y mis compañeros, igual. Pero eso también supone una ventaja a la hora de construir los espectáculos. Nos conocemos tanto que basta una mirada para entendernos.

En Zenit deslizan algunas frases de contenido político. Por ejemplo: -“Tú podías ser diputado de la CUP”. -“Cualidades y ganas de un sueldo vitalicio no me faltan”.
Sí, bueno, ésa es la realidad, y a veces resulta catártico porque es lo que la gente realmente piensa, desgraciadamente, de la clase política. Y nosotros también decimos en la obra que “sigue la chifladura en Cataluña y en Baleares”. Eso también lo insertamos en el boletín de noticias que aparece en Zenit. Porque creemos esto. Y por eso lo decimos.

Usted se ha definido como “catalán, no catalanista”.
Sí, sí, claro, yo soy partidario de la unión de los distintos pueblos, creo que caminar en común es mejor que dividirse en nacionalismos. Por ejemplo, hace 25 años en la guerra de Bosnia. ¿Usted recuerda lo que fue aquello? ¿Lo que trae? Aparte de que el independentismo catalán está sustentado sobre una falsedad. Más que nada, sobre mentiras. Y lo que más siento es el ridículo. El ridículo que se hace. El ridículo que están haciendo los políticos catalanes con todo esto. Me parece que es un absurdo. Un absurdo que sin embargo ha calado profundamente en la sociedad. Y que tiene una solución difícil. No sé cuál será la solución, pero estoy convencido que será larga, muy larga. Alguien ha comparado esto con el cuadro de Dalí La persistencia de la memoria. Y con ese mal rollo, ese rollo estúpido, han conseguido dividir a la sociedad catalana de una manera absurda, cuando todo esto se podía haber evitado con un poco de sentido común. Pero por los intereses de unos cuantos se ha producido esta cosa de malvivir, de mal fario.

¿Cómo ve la actuación del resto de España en el conflicto?
España tampoco hace nada. Es decir, Mariano Rajoy tampoco hace nada para hacer cumplir el estado de derecho. Y seguimos por este camino absurdo. Sería una irresponsabilidad de España que esto acabara como pretenden los independentistas. En España hay un Estado de derecho. Hay una Constitución. Pues que se haga respetar todo ello. Esa sería la solución de una vez por todas.

Els Joglars estrenó Ubú president cuando Jordi Pujol tenía un gran prestigio político. ¿Fueron visionarios?
Sí, claro. Y Albert Boadella, ya en 1981, cuando Pujol llevaba poco tiempo como president de la Generalitat, hizo Operación Ubú con los del Teatre Lliure. Luego vino Ubú president, que protagonicé yo junto a Pilar Sáenz, magnífica actriz y compañera. Ya en esa obra adelantábamos asuntos como el del dinero, el del tanto por ciento, todo eso… Lo que pasa es que nos quedábamos cortos.

Usted ha encarnado a Franco y al escritor falangista Sánchez Mazas. ¿Cómo abordó esos personajes?
Mire, hay actores que no quieren hacer papeles de malos, o de fachas que dicen ellos. Y eso es absurdo. Porque un actor tiene que estar dispuesto a jugar a todo. A hacer de Franco y a hacer de Sánchez Mazas. Algún cretino me ha dicho: “Tú solo haces personajes de fachas”. Imagino que también me lo dice por Jordi Pujol. Yo hago lo que tenga que hacer. Si me dan un papel, adelante. Para eso estamos. Esto es el juego del teatro. Y alguien dijo que un actor es como un cajón, que se llena de papeles y, luego, cuando acaba el personaje, se vacía. Y ya está. Uno no siempre tiene que hacer de bueno, o de tipo ejemplar. Además, yo interpretaba a Franco y decía “¡fiiirmes!”, y aunque fuera en la ficción, todo el mundo se ponía firme sobre el escenario, y eso era magnífico.

Usted siempre se ha reconocido en el “optimista pesimismo” de Josep Pla.
Yo soy un optimista que siempre me imagino que las cosas saldrán mal. Pero tengo la voluntad de intentar contrarrestar eso. En ocasiones me veo entre la espada y la pared, aunque no lo parezca, pero tengo esa cosa del aguante, de la resistencia. Y esto se aprende haciendo atletismo. Yo hice mucho atletismo. Empecé de alevín. Y de alevín y de infantil era un chaval que ganaba cross, que ganaba carreras. Luego empecé a quedar de la mitad para abajo y, finalmente, de los últimos. Y aguantar hasta que acababa la carrera era duro. Pero uno ha aguantado hasta que ha acabado, muchas veces a duras penas. Aguantar es importante, sobre todo cuando las cosas se ponen feas. Josep Pla es el personaje que más me ha gustado interpretar. Hizo una literatura totalmente inteligible. Escribió cosas que parecen fáciles de escribir, y que realmente son algo dificilísimo. Porque detrás hay un trabajo enorme y una observación de artista.

Un crítico, hace años, tituló la reseña de una obra de Els Joglars como “teatro de atletas”.
Sí, claro, yo he hecho teatro así, teatro de atletas. Pero con una dramaturgia y un trabajo artístico impresionantes. Considero que el cuerpo es nuestro instrumento para hacer este juego del teatro y cuanto más en forma lo conservemos, mejor. Hicimos espectáculos que requerían una gran forma física, como Olympic Man movement, Yo tengo un tío en América, o Bye Bye Bethoven. Eran espectáculos que requerían un gran esfuerzo físico. Yo mantengo la forma física. Siempre hacemos una hora de ejercicio, porque, para afrontar el ritual del teatro, mientras más ágil estés, mejor.

¿Qué ha aportado el teatro independiente de los años 70 al teatro español actual?
Vaya pregunta… Yo sólo conozco a Albert Boadella. Pero hubo otras compañías teatrales… Que me excusen, pero lo que ha hecho Albert Boadella en España con el teatro independiente es único. Y en Europa. Yo pienso que lo que él ha logrado, esa utopía magnífica de crear un equipo estable, una casa, unas condiciones en las que vivimos allí como burgueses... todo eso es realmente fantástico. Y en cuanto a aportación al teatro, al arte, es increíble lo que ha hecho Boadella. Más de 40 obras originales. Eso es una barbaridad. Porque no se imagina usted lo que cuesta hacer un minuto de teatro. Claro, él empezó a los 18 años. Albert ha aportado innovación, una manera singular, especial, de hacer teatro. Un teatro sugerente, poético. Nosotros hemos hecho obras con un texto de 100 páginas. Utilizando el texto únicamente como apoyo. Pero usando también en Daaalí, por ejemplo, las imágenes de Dalí, las imágenes de la belleza. O en Retablo de las maravillas, aquella búsqueda de la hermosura. En Daaalí reafirmábamos aquella teoría del pintor de que el hombre está mal hecho, de que el hombre tendría que ser un crustáceo: duro por fuera y blando por dentro. Sin embargo, el hombre es blando por fuera y duro por dentro. Y hace El Nacional con aquellas armaduras, con Tchaikovsky ejecutando un baile de la muerte. Todo eso es de una belleza colosal. Boadella ha aportado esa frescura al teatro. Algunos críticos escribían: “La última gamberrada de Els Joglars”. Pero no. De gamberrada, nada. En absoluto. Allí había una seriedad, un trabajo, un oficio. Mucho de  juego y mucho de innovación. Una manera de entender el teatro. Una forma especial de hacer teatro. Mucha generosidad. Mucho trabajo. •

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