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Juan Antonio Tirado @JATiradoTV 

Juan Rulfo: Páramo y vergel

GERMANY OUT) Rulfo, Juan - Writer, Mexico (Photo by Schiffer-Fuchs/ullstein bild via Getty Images
© ullstein bild

Juan Rulfo, el escritor latinoamericano que se adelantó al boom, nació en 1917 en un pueblo del Estado mejicano de Jalisco y murió en 1986 en Ciudad de Méjico. Con tan solo dos obras, Pedro Páramo y El llano en llamas, obtuvo el pasaporte a la posteridad literaria. 

Cuando hizo boom el realismo mágico, Juan Rulfo ya estaba allí. Un continente despertaba a un nuevo modo de escribir que le puso colores a la literatura en español. A este lado del charco predominaba el traje gris de posguerra. En los dominios creativos de Rulfo los muertos tomaban café con los muertos y el pasado, presente y futuro alternaban educadamente como quien cede el paso en un ascensor. Aquel hombre, aquel mejicano que nació ahora hace un siglo era un escritor tan dotado que le bastaron dos libritos, apenas doscientas páginas, para revolucionar la narrativa en el idioma de Cervantes. Modesto y discreto como era, tal vez no quiso abrumar con más producción o quizá la cosa vaya por lo que le dijo a una periodista que le interrogó: “Maestro, ¿qué siente cuando escribe?” Y él: “Remordimientos”.

Nació y vivió su primera infancia en Pulco, un pueblito de Jalisco de unos 2.000 habitantes. En 1923 estalló la revuelta cristera que le tiñó el alma infantil de luto: fueron fusilados su padre, su abuelo y dos tíos. El futuro escritor tenía seis años. Dos más tarde murió su madre y Juan se fue a vivir con una abuela. De allí a un orfanato en Guadalajara, una suerte de correccional con un sistema carcelario, al decir del propio Rulfo, donde “lo único que aprendí fue a deprimirme. Fue la época de mi vida en que más sentí la soledad. Aquel estado depresivo todavía no lo he superado”, confesaba en una entrevista con Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo de TVE. Varias décadas después de salir de Apulco regresó al lugar del crimen y lo encontró “abandonado, polvoriento, desierto. Lo que había sido un pueblo próspero era un espacio doliente, sumido en una soledad espantosa”, le dijo a Ernesto González Bermejo en una entrevista publicada en la revista Universidad de México.

Juan Rulfo comentó en distintas ocasiones que “no puedo escribir una cosa que veo, tengo que imaginarla”, de ahí que no quepa concluir que la Comala de Pedro Páramo sea el Apulco de su infancia, pero sí cabe suponer que sus recuerdos de entonces, unidos a la imagen fantasmal que vio a su regreso tantos años después, estén en el germen de su poderosa imaginación. “Pedro Páramo nació en mi cabeza. Estuvo diez años allí”. “¿Nada que ver con algo de la realidad?”, le preguntó González Bermejo. “Nada”, dijo Rulfo. En otra entrevista comentó: “El libro se me hacía muy gordo y entonces empecé a tirar páginas, así para que se hiciera delgadito y a la gente no le diera flojera leerlo”. Lo dejó en 100 páginas y fue una explosión que incendió la literatura en lengua española. El páramo de aquel Pedro estuvo en el origen del mágico vergel del boom de la literatura latinoamerican, del que sobresalen García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” es el comienzo inolvidable de una novela que conmueve desde el arranque al final. Un infierno pegajoso y ardiente en el que todos los personajes están muertos. “Ya déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas agradables, porque vamos a estar mucho tiempo enterrados”. Pedro Páramo es un cacique, dueño de voluntades y haciendas, de mujeres ajenas y señor de sus caprichos, padre de infinidad de hijos y enamorado fatalmente de Susana San Juan, una mujer que se vuelve loca, si ya no lo estaba. Y encontramos al personaje del sacerdote Rentería, atormentado. “Voy a ir un rato a caminar, Ana. A ver si reviento”, dice Rentería. “¿Se siente mal?”, le pregunta su sobrina Ana. “Mal no, Ana. Malo. Un hombre malo. Eso siento que soy”. En la novela, el tiempo y el espacio están rotos, mezclados el ayer y el hoy. A Rulfo, con su fino y apenas perceptible sentido del humor, le gustaba decir que para entender Pedro Páramo, había que leerla tres veces.

La obra rulfiana se completa con un breve volumen de cuentos, otras cien páginas, titulado El llano en llamas, en el que se adentra en el territorio imaginado de la lejana realidad de su niñez: un paisaje desolado, unas gentes sin esperanza o con ilusiones ilusorias, un terruño yermo. En el relato Diles que no me maten, un hombre al que van a fusilar le ruega a su hijo: “Dile al sargento que te deje ver al coronel. Y cuéntale lo viejo que estoy. Lo poco que valgo. ¿Qué ganancia sacará con matarme? Ninguna ganancia. Al fin y al cabo él debe tener un alma. Dile que no me mate. Dile que lo haga por la bendita salvación de su alma”.

Es improbable que con tan magra producción ningún escritor haya alcanzado la estatura literaria de Rulfo. Aun así, fue ajeno a ejercicios de vanidad y solía mostrarse sorprendido de su propio éxito. El crítico y escritor catalán Robert Saladrigas lo entrevistó para un libro de conversaciones con los autores del boom. Allí, Juan Rulfo le comentó: “Mis obras se reeditan año tras año, y los últimos tirajes son de cincuenta mil ejemplares, ¡qué barbaridad! ¿Quiere que le diga lo que de verdad pienso? Yo no sé quién lee mis libros. ¿La juventud? ¡Pse! No lo acabo de ver. El que las ediciones de mis libros se agoten es algo que no consigo explicarme”.

Juan Rulfo fue un hombre reservado y de hablar bajito, desempeñó diversos oficios, desde vendedor de neumáticos a empleado del Instituto Nacional Indigenista de México, tuvo etapas de bebedor contumaz y curas de desintoxicación alcohólica, y nunca dejaba caer un cigarrillo de la boca ni decía que no a una taza de café bien humeante. Llevaba la tristeza elegantemente, como una prenda de vestir, y gastaba modales exquisitos y la mirada viva y ausente de quien no cree demasiado en nada. •

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