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Luis Aranguren Gonzalo

Teologías latinoamericanas en salida

EL SALVADOR ROMERO:ACOMPAÑA CRÓNICA: EL SALVADOR ROMERO. ESA6003. SAN SALVADOR (EL SALVADOR), 25/03/2017.- Feligreses participan en una marcha dedicada al beato Óscar Arnulfo Romero hoy, sábado 25 de marzo de 2017, en San Salvador (El Salvador). El beato mártir de El Salvador, Óscar Arnulfo Romero, tomó nuevamente las calles de la capital para reencarnarse en cada uno de los cientos de ciudadanos que, portando pancartas e imágenes alusivas a monseñor, conmemoran el 37 aniversario del asesinato del religioso pidiendo a gritos su canonización. EFE/ Rodrigo Sura[ACOMPAÑA CRÓNICA: EL SALVADOR ROMERO
© Rodrigo Sura

La teología de la liberación ya no acapara titulares como en los años ochenta, cuando el Vaticano llamó al orden a teólogos como el brasileño Leonardo Boff. Sin embargo, en América Latina el pensamiento teológico sigue vivo y dando frutos. A los nombres históricos de Gustavo Gutiérrez, o Jon Sobrino, se le unen nuevos como Carlos Mª Galli, Rafael Luciani o Consuelo Vélez.

Si la teología burguesa, de origen y talante predominantemente europeos, ha secuestrado a Cristo, a la Iglesia y a la misma teología, la teología de la liberación podría ser, así, la liberación de la teología y la recuperación, para los pobres, de Cristo y de la Iglesia”. De este modo concluía un artículo del obispo Alberto Iniesta publicado en El País en enero de 1984. Poco después era llamado a Roma para dar explicaciones. Ha tenido que venir un papa del fin del mundo para ajustar las cuentas a la realidad de una teología que nace en el Sur para acercarnos a todos a la esencia del Evangelio de Jesús; que no se esconde detrás de conceptos ni de doctrinas, sino que gira en torno al acontecimiento de Jesús de Nazaret, su persona, su mensaje y su proyecto; que está ligada a la pasión de Dios por su creación, por su pueblo y por que tengan una vida digna los que peor viven.

La teología de la liberación, que durante tanto tiempo vivió bajo la ley de la sospecha hoy es considerada una bocanada de aire fresco, según expresión del nuevo general de la Compañía de Jesús, Arturo Sosa.

Signo de los tiempos. La teología de la liberación, en sus distintas corrientes, en especial la que le hermana con la llamada teología del pueblo, es uno de los signos de los tiempos más esperanzadores de los que nacieron con el Concilio Vaticano II. La constitución pastoral Gaudium et Spes, sobre todo, alentó la búsqueda de nuevos caminos para la Iglesia y la teología pujante de América Latina.

En 1968 se reúne la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (Colombia). Aquí, la Iglesia latinoamericana empieza a adoptar un lenguaje y una perspectiva liberadora. En 1971 Gustavo Gutiérrez publica Teología de la liberación: Perspectivas, poniendo nombre y comenzando a sistematizar esta nueva andadura teológica.

Una de las espoletas que ponen en marcha a la teología de la liberación es la emancipación de la teología europea, aunque muchos de aquellos que formaban parte de la primera oleada de la nueva forma de hacer teología habían estudiado en Europa con los grandes referentes del siglo XX -Congar, Chenu, Küng y, por encima de todos, Rahner. Ya en 1969 el argentino Lucio Gera entiende que renovar la Iglesia latinoamericana significa desprenderse del sometimiento religioso extranjero, especialmente del europeo. Significa independizarse de formas culturales que no son las de los pueblos latinoamericanos. De ahí la importancia de rescatar las formas ocultas, originales, nacionales y populares de expresión religiosa.

Junto a una perspectiva decididamente latinoamericana, la principal característica de la teología de la liberación es que hace una reflexión crítica de la historia a la luz de la Palabra de Dios. No es una reflexión teórica, sino que parte de la realidad. No hablamos de una teología de biblioteca ni de academia, o que se quede encerrada en la sacristía. Hablamos de una teología que considera la dimensión humana en su totalidad. La persona es considerada agente activo de una historia que busca la liberación del oprimido. Esto tiene una clara dimensión política, pues la acción liberadora tiende a la transformación estructural de una sociedad injusta.

La teología de la liberación nace en un contexto marcado por la injusticia, la pobreza y la violencia. Nace también de la contemplación.

Frente a quienes han pensado que esta teología nace del activismo y de la dispersión ideológica, hay que hacer notar la fuerte carga de mística de ojos abiertos que porta y genera. A Dios se le contempla al mismo tiempo que se pone en práctica su voluntad, su Reino. Como dice Gustavo Gutiérrez, “solamente después se le piensa”. De alguna forma, el momento inicial de este proceso es el silencio. Contemplación y práctica se alimentan mutuamente, construyendo el momento de silencio ante Dios.

Una rama de la teología de la liberación será la denominada teología del pueblo, cuyo mejor representante es el argentino Juan Carlos Scannone (Teología de la liberación y praxis popular). Esta escuela teológica acentúa no tanto las condiciones socioeconómicas de los pobres cuanto las condiciones culturales de los pueblos, incluida la cultura popular religiosa. Como se vio en el Encuentro de Teología Iberoamericana celebrado en Boston en febrero pasado, teología de la liberación y teología del pueblo son dos ramas del mismo árbol que se entrelazan cordialmente.

La irrupción de los pobres.  Al excavar en la praxis y en la realidad latinoamericana, nos encontramos irremisiblemente con el rostro doliente del pobre en todas sus formas y expresiones: explotado, esclavo, dependiente, sin derechos o desprotegido. Encarnado en un indígena, en un campesino, en una mujer o en un niño de la calle.

Como destaca Rafael Luciani, el pobre es aquel que no tiene posibilidad de tener posibilidades. Paradójicamente, el acontecimiento de los pobres contemplado y vivido a la luz de la fe cristiana genera una energía de la que nace la posibilidad de creación de una teología renovada y contemporánea, expresada en un lenguaje y en unas categorías comprensibles en el entorno cultural de América Latina. Así, el pobre es el gran tema del que se ocupa la teología. Es el lugar teológico por excelencia.

Pobre es, inicialmente, un concepto socioeconómico, referido a aquellos que no tienen lo indispensable para subsistir, a los que les es costoso el hecho de vivir cada día. Pobre es, además, un concepto dialéctico, pues hay ricos porque hay pobres. Pobreza y desigualdad van de la mano, de modo que no hay pobreza casual ni mucho menos una pobreza querida y mantenida por Dios.

Y pobre es un concepto ético-político, en tanto que la pobreza es un dato de la realidad histórica. Y es en la historia donde ha de superarse esta realidad que deshumaniza a tantas personas y pueblos y eclipsa el rostro de Dios.

La teología de la liberación tiene la grandeza de hacerse preguntas de difícil respuesta. El problema de los pobres conduce a la realidad de Dios, a su presencia, a su silencio y a sus caminos tan suyos. En los pobres,vemos quién es el Dios de Jesús. En las bienaventuranzas Dios se descubre cómo Dios es la promesa de establecer un reino entre los hombres en el que los pobres queden liberados.

Pero... ¿cómo hablar de Dios al pobre, al que sufre?, ¿cómo decirle que Dios es un Padre bueno que le ama incondicionalmente? De nuevo, el silencio reverencial. Y tras él, la necesaria reflexión: la teología de la liberación nace de este estremecimiento donde la angustia y el sufrimiento humanos se encuentran; esta teología surge porque el pueblo, pobre y creyente a la vez, grita: “¿Señor, hasta cuándo?, ¿por qué?”. Se trata de dar sentido al sufrimiento humano para que no caiga en ningún saco vacío, tampoco en un saco teológico cargado de palabras seguras de sí mismas pero huecas para la vida.

Qué Jesús y qué Iglesia. La teología de la liberación trata de encontrarse con Jesús, el que recorrió los caminos de Galilea, el vecino, el amigo, el buscador de Dios. Se trata de volver a Jesús, de refrescar nuestra mirada con su mirada, de situarnos existencialmente donde él se situó. Él inició la aventura del Reinado de Dios mirando de frente y con cariño a los excluidos. La teología de la liberación profundiza en las claves del Jesús histórico más que en las del Cristo de la fe. Pone más énfasis en la praxis histórica de Jesús que en su doctrina, da especial importancia al seguimiento de Jesús como ejemplo para todo creyente, más allá de la aceptación teórica de determinadas verdades.

Por histórico no se entiende primordialmente lo fáctico, “lo que pasó” en un determinado tiempo y lugar; no es la exactitud de los datos lo que preocupa sino comprender la práctica de Jesús en su relación con el Padre, con el mundo, con los demás, con los pobres. Esa práctica permite un mejor acceso a su persona y a su proyecto liberador.

Jesús no se predica a sí mismo sino al Reino. Un Reino que mira con preferencia a los pobres. Así es la Iglesia que prefigura ese reinado de Dios. La teología de la liberación se hace cargo del movimiento de comunidades eclesiales de base para redefinir la Iglesia como una eclesiogénesis, en expresión de Leonardo Boff: la reunión de los seguidores de Jesús en medio de la ciudad o del campo, construyendo -mediante el anuncio y el testimonio cristiano- el Reino de Dios en unión con otros hombres y mujeres que trabajan por la justicia desde otras motivaciones. Por eso se habla de movimientos populares que en tres ocasiones se han reunido con el papa Francisco. Este modo de proceder profético, en conjunto, da como resultado que esta teología sea martirial, y lleve en su núcleo duro la marca de tantos hermanos y hermanas que han sido eliminados por los poderes que prefieren un cristianismo dócil y sumiso.

Quiénes son, dónde van. Tras casi 50 años, podemos hablar de, al menos tres generaciones de tejedores de la TL. En la primera generación destacan el peruano Gustavo Gutiérrez, como fundador reconocido y querido por todos. El brasileño Hugo Asmann (Teología desde la praxis de la liberación) representa el sector más ligado al método marxista de análisis de la realidad. El jesuita español Ignacio Ellacuría (Filosofía de la realidad histórica), discípulo del filósofo español Xabier Zubiri, aporta una fundamentación consistente a la reflexión sobre la pobreza como realidad primaria en un continente saqueado por un capitalismo depredador. Su compromiso con la justicia social le costó la vida, pues fue asesinado junto con cinco de sus compañeros jesuitas, la mujer que hacía las faenas domésticas en la residencia de la Universidad Centroamericana de la que era rector y la hija de ésta en un amanecer del mes de noviembre de 1989 en El Salvador. Leonardo Boff (El cuidado necesario) es el que ha desarrollado la teología de la liberación en la esfera ecológica, de modo que no podemos entender la encíclica Laudato Si sin la aportación de este brasileño universal. Junto a ellos, se incorpora el hispano-salvadoreño Jon Sobrino (Jesús en América Latina) y su aproximación a Jesús de Nazareth. En paralelo, los argentinos Scanonne y Lucio Gera (Escritos teológicos pastorales) representan la iniciación de la teología del pueblo.

Aenor Brighenti (La Iglesia perpleja) y Maria Clara Luchetti (¿Un rostro para Dios?) son exponentes de la segunda generación, y de la teología de la liberación en el ámbito de la interculturalidad y de la espiritualidad, junto con Carlos Mª Galli (Dios vive en la ciudad), quien representa la plenitud de la llamada Teología del Pueblo y tiene una extraordinaria visión de la pastoral en las grandes ciudades. Muchos le consideran el teólogo de cabecera del papa Francisco.

Y la riqueza del pensamiento teológico latinoamericano no decae. La más reciente generación está formada por laicos como Rafael Luciani, que sintetiza la aportación de la Teología del Pueblo en el mensaje del papa Francisco; la teóloga Consuelo Vélez (El método teológico) y su tematización de la teología feminista o el indigenista Roberto Tomichá, (Una fe, diversos lenguajes) que desarrolla la teología de los pueblos andinos donde se entremezclan de forma prodigiosa el Evangelio y el concepto de Buen Vivir de aquellos pueblos. Aparte de los frutos teóricos de la teología de la liberación hay que subrayar los pastorales. Ahí, destaca por encima de todo la figura de monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador asesinado por un escuadrón de la muerte ligado al ejército salvadoreño mientras oficiaba misa. Reconocido como santo por el pueblo mucho tiempo atrás, parece que 2018 será el año de su elevación definitiva a los altares. Junto a él, figuras como la del obispo hispano-brasileño Pedro Casaldáliga han iluminado el caminar de muchos cristianos dentro y fuera de América Latina.

La experiencia del Encuentro de Teología Iberoamericana celebrada recientemente en Boston es que las teologías latinoamericanas no solo están vivas, sino que se han hecho claramente adultas y no buscan ya espacios de independencia y emancipación respecto de Europa, sino que generan conexiones y trabajo en común especialmente con la península Ibérica. La construcción de una teología ibero-latino-americana formulada en español es el gran desafío del pensamiento teológico encarnado en la realidad para las próximas décadas.

Algunos podrían preguntarse qué ha sido de la TL durante estos años y si tiene aún vigencia y razón de ser. La pregunta no es trivial. Semanas después del asesinato de los jesuitas en El Salvador en 1989, Jon Sobrino fue entrevistado en un programa de televisión por la periodista Mercedes Milá. A la pregunta de si había pasado de moda la TL él sonrió y, acto seguido, aseguró: “Mientras exista la pobreza como producto de la injusticia, la teología de la liberación no puede desaparecer”.

Así, lamentable pero vigorosamente, siguen vivas las teologías que beben de la experiencia de Dios en medio de las luchas y afanes de los pueblos pobres de América Latina. •

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