Despertar

José Carlos Bermejo

Una iglesia humanizada y humanizadora

"Es posible que en este momento de la Iglesia -al menos la española- quede mucha energía que reciclar para invertirla en una forma de ser en el mundo más humana y humanizadora. Tanto individual como comunitariamente, la vida de la Iglesia tiene una necesidad urgente de caminar hacia un futuro más humano, más evangélico".

Lentamente se está introduciendo en ciertos contextos culturales, también en el contexto de lo clínico, de la atención sanitaria, lo que se ha denominado el paradigma de lo espiritual. La cuestión del espíritu está adquiriendo un peso específico en la reflexión en torno a la salud, el morir, el cuidar, pues se ha puesto de relieve que el sufrir, el morir y el sanar son cosas que no pueden referirse exclusivamente a la exterioridad del ser humano. Se requiere también una atención a la realidad espiritual, es decir, a lo invisible del ser humano. La cuestión del espíritu está adquiriendo una cierta trascendencia en el mundo laico de la salud.

¿Hay lugar para la Iglesia en este desarrollo de la espiritualidad laica en clínica?
Pablo VI, en el hermoso documento Evangelii Nuntiandi, del ya lejano 1975, dice que “Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor. Pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los ídolos, necesita saber proclamar las ‘grandezas de Dios’”.

Quizás sea este uno de los desafíos que más reiteradamente está lanzado el papa  en estos años: superar la autorreferencialidad, salir a las periferias, sanar, limpiar por dentro. Solo un trabajo de este tipo permitirá que la sociedad de hoy siga beneficiándose de la Iglesia en el mundo de la salud.

Es posible que en este momento de la Iglesia -al menos la española- quede mucha energía que reciclar para invertirla en una forma de ser en el mundo más humana y humanizadora. Tanto individual como comunitariamente, tanto a nivel local como mundial, la vida de la Iglesia tiene una necesidad urgente de caminar hacia un futuro más humano, más evangélico.

Ya nadie tolera el olor a moho, los ritos no personalizados, las lecturas moralizantes o la artillería teológica sin potencial humanizador, constructor de un mundo más humano, es decir, del Reino de Jesús. La riqueza carismática y profética propias de la vida eclesial tienen un lugar muy importante en el mundo de la salud y del sufrimiento humanos hoy.

Hay signos de esperanza: personas y grupos que trabajan en los márgenes y viven en comunidades constructoras del Reino. En el mundo sanitario hay hermosos testimonios individuales y colectivos. No faltan referentes. Se reconocen, se admiran, se respetan, se proponen como modelo porque están al servicio de una cultura humana, promoviendo una solidaridad compasiva y una espiritualidad que se expresa en conductas de bondad, ternura, misericordia, proximidad al sufrimiento…

Quizás tenemos que dejar de temer que la sociedad calificada como mala desde algunos rincones de la Iglesia vaya a ponernos en crisis la presencia de Dios. Podríamos recordar que un día en que recibía huéspedes eruditos, Rabbi Mendel de Kozk les sorprendió con una pregunta a quemarropa: “¿Dónde vive Dios?”. Se rieron de él: “Pero, ¿qué te pasa? El mundo no está acaso lleno de su gloria?”. El rabino les dio él mismo la respuesta a la pregunta: “Dios habita donde se le deja entrar ". La Iglesia es ese primer lugar donde hay que dejar que Dios entre, impregnándolo todo; haciendo que todo sea eco de la centralidad de Jesús vivo y motor de salud física, mental, emocional, relacional y espiritual. He aquí entonces que hay un espacio para Dios en nuestra vida cotidiana dedicada a vivir con pasión nuestra vocación hacia el mundo de la salud.

Nuestra sociedad necesita una religiosidad madura, que tiene que ser primaria más que reactiva. Es decir: nacida de nosotros mismos como fuente y no impuesta. El mundo de la salud necesita una espiritualidad y religiosidad purificada de la magia, donde Dios no sea domesticado con ritos fríos, sino vivido apasionadamente, conectando con las angustias y sufrimientos de las personas. El mundo de la salud acogerá y promoverá una espiritualidad dinámica, más que esterilizante. Una espiritualidad que movilice energías humanas y canalice los deseos más profundos, dando sentido a la vida; una espiritualidad efectiva, más que puramente intrapersonal o intimista, es decir que abra a la humanidad y a la responsabilidad en la relación con los otros, cercanos y lejanos. El mundo del sufrir humano tiene sed de una espiritualidad humilde, más que dogmática, que no se crea en posesión de una respuesta para todos los problemas, propios y ajenos.

Quizás la Iglesia tiene que ir al médico Jesús. En Él, la vida del espíritu encontrará su salud. Éste será siempre un reto: en lugar de volver a viejas referencias moralizantes, la Iglesia podría peregrinar hacia Jesús, teniendo así un claro lugar en la salud, la sanidad, el duelo... Deberíamos encontrar modos de organizar peregrinaciones hacia Jesús, hacia su corazón misericordioso, que podemos conocer escrutando las Escrituras. Hacen falta profetas apasionados de estas modalidades de peregrinación comprometidas e incómodas porque nos provocarán siempre una cierta forma de “nacimiento de nuevo” (Jn 3,1) para producir los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, humildad, dominio de sí (Gal 5, 22).

El verbo humanizar, tan necesario en la sanidad y en la misma vida de la Iglesia, está siendo conjugado por el Centro de Humanización de la Salud de los religiosos camilos, de diferentes maneras: formación de agentes de pastoral y profesionales de la salud, servicios humanizados de atención a mayores, enfermos al final de la vida y personas en duelo… Son ejemplos que pueden contribuir a dar sentido a la presencia de la Iglesia en el mundo de la sanidad hoy. Solo una presencia humanizada seguirá dando sentido a la presencia de capellanes en hospitales, a centros socio-sanitarios de titularidad confesional, y a propuestas culturales de inspiración cristiana. Y es que, humanizar, es el corazón del Evangelio. •

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