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Juan Ignacio Cortés @JuanICortes 

 

Andrea Riccardi: “Es una buena época para ser cristiano”

Italian minister for international cooperation, Andrea Riccardi during the swearing-in ceremony of the new Italian government at the Quirinale, the presidential palace in Rome, Italy on November 16, 2011. Mario Monti took over as Italy's new prime minister and appointed himself finance minister as he unveiled a technocratic cabinet to rescue the eurozone heavyweight from bankruptcy. Photo by RomaNews/Photomasi/ABACAUSA.COM
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Andrea Riccardi, laico, figura universal de la Iglesia católica, fundador de la Comunidad de San Egidio, presenta su libro Periferias, aunando dos pasiones: la historia y la Iglesia, desde una indignación: que no se tome en serio la llamada de Francisco a ir hacia “las periferias geográficas y existenciales”, a construir una Iglesia no centrada en sí misma.

Hablamos con Riccardi (Roma, 1950) de Periferias (San Pablo) y de muchas otras cosas, porque este profesor universitario tiene mucha vida -y muchos libros- a sus espaldas. La Comunidad de San Egidio, que fundó junto con otros universitarios romanos en 1968, comenzó trabajando en los barrios marginales de la Ciudad Eterna. Con el tiempo se ha convertido en una referencia mundial gracias a su labor mediadora en conflictos armados (Mozambique, Guatemala), sus programas de lucha contra el sida en África, la organización de encuentros ecuménicos globales o su campaña de acogida de refugiados sirios mediante el sistema de corredores humanitarios. Gracias a esta última iniciativa, un millar de personas ha podido dejar atrás la guerra civil que desangra Siria y llegar sanas y salvas a Italia sin tener que jugarse la vida atravesando el Mediterráneo. Riccardi está acostumbrado a reunirse con jefes de Estado y con líderes religiosos. Incluso llegó a ser ministro en el gabinete de Mario Monti. Contesta a las preguntas rápidamente, sin dudar y en sus respuestas se trasluce tanto su brillantez intelectual como su socarronería romana. “Pero... ¡hemos hecho un libro!”, asegura al final de una entrevista en la que, lógicamente, apuramos al máximo el tiempo que nos había concedido.

¿Qué les llevó a formar la Comunidad de San Egidio?
La Roma de los años 60 parecía una ciudad del Tercer Mundo. Nosotros éramos un grupo de estudiantes que descubrimos a los pobres en la periferia de la ciudad, en las chabolas. Era un mundo marginado, sin esperanza. San Egidio comienza con el conocimiento de los pobres, de los periféricos romanos. De ahí, salimos a las periferias de ciudades europeas. Después, la periferia ha sido África.

¿Cómo una comunidad creada por un grupo de estudiantes se convierte en un movimiento de más de 50.000 miembros en más de 70 países que discute planes de paz con Gobiernos o la acogida de refugiados en Europa con la canciller Angela Merkel?
No es algo racional. Es la historia. La historia no solo responde a preguntas racionales. La historia nos lleva a vivir situaciones diferentes. Hay que leer los signos de los tiempos y darse cuenta de las necesidades. Por ejemplo, cuando en Mozambique ninguno trabajaba por la paz, nosotros comenzamos a hacerlo. Por otra parte, quiero aclarar que no somos un movimiento. Somos una fraternidad de comunidades que viven en muchos países pero que se sienten muy cercanas en este mundo global. Consideramos nuestra fraternidad un don que puede contribuir a superar el renacimiento del nacionalismo que nos entristece tanto. Hay que buscar la fraternidad de los pueblos. ¡Ay de nosotros si solo globalizamos los mercados y no hacemos una globalización cultural, humana y también -¿por qué no?- del espíritu! Naturalmente, globalización no quiere decir perder la propia identidad, sino crear una civilización que nos permita vivir juntos.

La comunidad de San Egidio es conocida por su papel en negociaciones de paz o sus programas de lucha contra el sida en África, pero abro su página web y dice que su primera tarea es la oración.
La oración es fundamental. Un hombre o una mujer no pueden ser reducidos a su actividad, a lo que hacen. El hombre que reza abre su corazón a los otros y a los problemas del mundo.

Usted dice que el mundo es una fábrica de periferias, hasta el punto de que éstas conforman la mayoría del mundo. Si la Iglesia no estuviese presente en ellas, estaría condenada a ser irrelevante.
Durante demasiado tiempo, hemos visto la Iglesia como un monumento, como una herencia del pasado que debemos defender en un tiempo extraño al cristianismo. No es verdad. Ésta es una buena época para ser cristiano. Sin embargo, debemos estar atentos para comprender nuestro tiempo. Y aquí entra el tema de la fábrica de las periferias. Las ciudades se están desmoronando. Johannesburgo, por ejemplo: el centro de la ciudad ya no existe. La gente vive en urbanizaciones cerradas y los pobres en la periferia. En São Paulo pasa lo mismo: los ricos se mueven en helicóptero, no caminan entre la gente. La ciudad ya no es una comunidad, sino un conjunto de periferias. ¿Qué debe hacer la Iglesia? ¿Ser una minoría entre las minorías? ¿O ir allí donde está el pueblo, convirtiendo la periferia en centro? Si en un barrio periférico se celebra la Eucaristía, si existe una comunidad cristiana, allí hay un centro. El drama de nuestro tiempo no es solo la periferización de las ciudades, sino la soledad. Hoy el hombre y la mujer están muy solos. Hace 30 años, un obrero del norte de Italia perdía el trabajo, volvía a casa y encontraba a su mujer; enfadado, la insultaba; después, se iba a la sección del Partido Comunista. Allí le explicaban que su despido era un episodio de la lógica de las relaciones entre capital y proletariado, le decían que las mujeres no se maltratan y, por último, hacían una colecta para ayudarle. Hoy, el obrero vuelve a casa, encuentra la carta del abogado de su exmujer que le pide la pensión, no hay sección del partido... Está solo con la televisión ¿Quién le explica lo sucedido?

En su libro pone varios ejemplos de cómo la Iglesia ha salido a las periferias para luego volver al centro. Es el caso de los curas obreros de París o de los fundadores de las órdenes monásticas. ¿Cuáles serían hoy esos curas obreros, esos monjes?
Me indigna que, según algunos, hablar de periferias es un eslogan que se ha inventado el papa Francisco. No lo es. La marcha hacia las periferias tiene una tradición enorme en la vida de la Iglesia. Dicho esto, no sabría responder a su pregunta. Cada uno debe escoger la periferia que más le interpele. La llamada a salir a las periferias no es solo para el clero, sino también para los laicos. Para todos los cristianos. Es una llamada que tiene mucho que ver con la política. Es un desafío no solo eclesial, sino civil y político.

Dice usted que su libro es más de preguntas que de respuestas. Pero, ¿hay al menos alguna pista que nos indique si en ese camino hacia las periferias vamos en la buena dirección?
La pista es volver a soñar. Soñar una ciudad más comunitaria y más humana. En el fondo, el mundo global es una gran red de ciudades. El desafío es integrar a los inmigrantes en ella. ¿Quién lo hace? ¿Las instituciones? Lo hacen los grupos cristianos y los barrios comunitarios. Cuando esa integración no se produce, aparecen los guetos, las periferias.

Dice en su libro que el mundo cristiano había olvidado la realidad de la periferia, centrándose más en la moral. Pareciera que la Iglesia ha vivido presa de la idea de una cristiandad que ya no existe.
Una iglesia en minoría ha intentado influenciar el centro político, mediático y económico. El centro de decisiones, podríamos decir. Es lo que suelen hacer las minorías: intentar conseguir concesiones del poder haciendo lobby. Sin embargo, la idea de Iglesia del papa Francisco no es la de una institución que hace lobby, sino la de una Iglesia que se mezcla con el pueblo y, por tanto, con las periferias. Es un cambio de perspectiva, desde una Iglesia de minorías a una Iglesia del pueblo. Esta Iglesia del pueblo es ya una realidad, pero es sobre todo un sueño.

Hay quien no comparte esa visión de Iglesia popular e incluso la ridiculiza.
Cierto, incluso entre los obispos y los cardenales hay muchos que no están de acuerdo. Es normal. No se puede hacer un cambio tan grande en un par de años. Por otra parte, si todo el mundo estuviese de acuerdo querría decir que no está cambiando nada.

Se ha comparado la visión de Benedicto XVI, que intentó reformar el centro de la Iglesia, con la visión de Francisco, que está intentando llevar a cabo una reforma de la Iglesia desde las periferias.
Honestamente, no me parece que el papa Benedicto quisiera reformar el centro de la Iglesia. Me parece que él hizo una contribución muy grande al pensamiento y la teología. Su objetivo era, ante todo, el diálogo con el pensamiento laico  iluminista. No creo que el problema de la Iglesia sea la reforma del centro, de la curia. Si la curia es un problema, es un problema pequeño. Los grandes problemas que debe afrontar la Iglesia están fuera de ella: el gran problema de la miseria, el problema de comunicar el Evangelio a quienes no lo han recibido y el gran desafío del cristianismo neoprotestante y neocarismático. Hablamos de una galaxia de 600 millones de personas que es la religión preferida del mercado global, como el catolicismo y el protestantismo lo fueron durante la expansión colonial.

Hablando de esos problemas más grandes: la Comunidad de San Egidio ha acogido en Italia un millar de refugiados, más que muchos países europeos. ¿No es eso una vergüenza para Europa?
Los gobiernos europeos deben examinar su conciencia. Por otra parte, los gobiernos no pueden afrontar solos el problema de la inmigración. Lo debe hacer la Unión Europea en su conjunto. Los gobiernos saben que es una cuestión que hace perder y ganar elecciones y la consideran una materia reservada. Hay que tener en cuenta varias cosas. Primero, con la crisis demográfica que sufre Europa, necesitamos a los inmigrantes. Segundo, si queremos retener a los inmigrantes en sus países (pienso sobre todo en África, de donde proceden el 85% de los inmigrantes que llegan al continente) deberíamos hacer una política de largo recorrido, hacer que los jefes de Estado africanos se responsabilicen de su gente. ¿Ha visto usted a algún gobernante africano venir a Lampedusa e inclinarse delante de las víctimas? Yo no. Hay que colaborar con los gobiernos africanos para que asuman sus responsabilidades hacia sus ciudadanos. La política de migración europea se hace en Ceuta, Melilla, Libia... Se debería hacer en el corazón de África. Todo lo demás es de una miopía infinita.

Usted recibió el premio el premio Carlomagno en 2009 y está hablando todo el tiempo con líderes europeos. ¿Piensa que es Europa una idea fracasada?
Si Europa es una idea fracasada, hemos fracasado todos los europeos. ¿Cómo podemos afrontar los grandes desafíos del mundo y la economía global con las dimensiones de Portugal, Italia o España que -permítame- son países pequeños. Están cargados de historia, de cultura, pero son barquitos de escaso tamaño para navegar en el mar de la globalización. Necesitamos de la gran nave Europa para movernos en ese mar. Si rechazamos la idea de Europa, los países van al suicidio. Un suicidio asistido, pero suicidio. Cuando hacemos muros para evitar que pasen los inmigrantes, nos condenamos al suicidio demográfico. Escogemos la seguridad hoy pero la inseguridad mañana. La única elección es Europa: una Europa de dos velocidades, con políticas comunes de seguridad, exterior y militar. Hay que comenzar a implementar todas estas cosas ya.

La Comunidad de San Egidio siempre ha tenido una dimensión política. Usted fue ministro con el gobierno de Monti. En nuestros días, sin embargo, la política está desprestigiada y avanza el populismo. ¿Cómo afrontar esto?
El populismo es una expresión del miedo que da un mundo global en el que no sabemos de dónde pueden provenir las amenazas. Los partidos populistas son partidos del miedo y propugnan una política del miedo. Frente a ello, debemos tener el valor de hacer una política clara que, para mí, debe tener dos objetivos: Europa y la seguridad de nuestras ciudades. Seguridad en el sentido de bienestar, entiéndame bien. Después, debemos tener el valor de defender nuestras ideas. Yo admiro a Macron porque ha vencido diciendo “Europa”. Si copiamos a los populistas, a la hora de votar, la gente preferirá el original a la copia. Éste es el problema de tantos partidos de centro o de izquierdas que han copiado una política populista de derechas.

Pero mucha gente se siente dejada atrás y ve que la política tradicional no está afrontando sus problemas.
No seré yo quien defienda la política tradicional. No veo a los políticos en medio del pueblo, hablando con la gente...  Ésta es la base de la política. Si no, estamos hablando de gestión, no de política.

Así pues, lo que necesitamos es más política.
Sí, se necesita más política y un horizonte comunitario, una idea de comunidad. •

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