Rubén Madrid @Rb_Madrid 

La España vacía

© NANDO RIVERO

Más de la mitad de los municipios españoles está en riesgo de desaparecer al tener menos de mil habitantes. El fenómeno, imparable desde los años del éxodo rural, se ha puesto de moda con libros superventas, apariciones televisivas y varias iniciativas políticas. ¿Llegan a tiempo de salvar del abandono a la España vacía?

Los domingos de verano en las calles de Tobillos, en la comarca de Molina de Aragón (Guadalajara), hay corros de vecinos en la plaza, niños en torno a la fuente, jóvenes estudiando a la sombra y no pocos parroquianos en el centro social tomando unos botellines y jugando la partida. Entre ellos está un anciano llamado Faustino. Hasta hace sólo unos meses era el más viejo del pueblo, pero también el más joven. Era el más feo y el más guapo, el más cobarde y el más audaz. Era el único y el último habitante de Tobillos, el débil cordón que ataba al pueblo a la vida porque se quedaba allí noche y día, también en invierno. Ahora vive en la residencia de ancianos de Maranchón, un pueblo próximo. Su marcha -la estampa estival es sólo un espejismo- ha supuesto que Tobillos sea ya un despoblado.

En España hay centenares de aldeas con un único habitante. Sólo en Galicia son casi mil. Estos héroes de la despoblación, habitantes resistentes y solitarios, recuerdan al protagonista de La lluvia amarilla de Julio Llamazares, quien narró hace treinta años el drama de la despoblación del mundo rural con una historia ambientada en Ainielle, un pueblo del pirineo aragonés. “Nadie, sino algún loco –pensará más de uno en ese instante–, puede haber resistido completamente solo tanta muerte, tanta desolación durante tantos años”, se leía en sus páginas. Pero solos están también la pastora Lorena en Pobar (Soria) o el viejo Matías en Motos (Guadalajara), rostros que como Faustino  han saltado de sus parajes solitarios hasta las páginas de los periódicos. Porque en los últimos meses los reporteros de los principales medios españoles, pero también los corresponsales del Financial Times y de Le Monde Diplomatique, se han dejado caer por estas aldeas para escuchar su último aliento de voz antes del silencio más absoluto.

Lo han hecho atraídos por un drama inmenso que hasta ahora parecía invisible. En todo el país hay 4.955 municipios con menos de mil habitantes, según datos del Instituto Nacional de Estadística a diciembre de 2016. 2.652 localidades tienen menos de 500 habitantes y en 14 provincias el 80% de sus pueblos no pasa de estos mil habitantes. Son los datos más alarmantes de una funesta estadística que llama la atención sobre un fenómeno lento pero imparable que ha dejado a media España fuera de juego. Es la España menguante, según la bautizó en su día el propio Llamazares. O la España vacía, según la afortunada etiqueta que le ha puesto al despropósito el ensayista Sergio del Molino. Su libro así titulado  se ha convertido en un inusual superventas –ya va por la décima edición– gracias a la combinación de una deliciosa redacción y un enfoque novedoso.

“No quise abordar el tema de forma paternalista, nacionalista o nostálgica. Tampoco hay condescendencia y me he alejado de esa inercia victimista que agota tanto el tema”, dice Del Molino al hablar sobre el éxito de La España vacía. Un éxito que comienza precisamente por el título: “Lo que no tiene nombre no existe. El abandono que más duele en los pueblos es precisamente el abandono discursivo”. Aunque su ensayo vuelve sobre un tema del que hay decenas de monografías y sobre el que ya escribía Miguel Delibes en los años sesenta, Del Molino ha tenido el acierto de ponerle un cartel con tirón y, frente a los estudios sesudos, brindar “una lectura emocional”, cargada de referencias culturales, donde la letra de una canción de Extremoduro explica en buena medida la sensación de abandono que ha experimentado el medio rural extremeño.

La reedición de Donde la vieja Castilla se acaba: Soria (Rimpego) de Avelino Hernández o la aparición de Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza) de Paco Cerdá están teniendo un éxito inusitado.  Un tema que antes no tenía eco y que ha interesado a programas tan exitosos como Salvados de Jordi Évole, cuyo reportaje Tierra de nadie fue visto por más de dos millones de espectadores. Comando Actualidad de TVE o RadioGaGa del canal #0 de Movistar Plus también han abordado el tema en las últimas semanas.

En la agenda política. La despoblación ha entrado también (y por fin) en la agenda política. A principios de año, la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) aseguraba en un detallado informe que la sangría demográfica en el medio rural es “un problema de primer orden” que exige “urgentes medidas de Estado” para frenarlo. Su informe ha servido el titular replicado mil veces en la prensa española: “el riesgo de extinción es un escenario al que se asoman ya más de 4.000 municipios, la mitad de todos los que hay en España”, una cifra “demoledora” que refleja una caída libre: “Es peor que la que se daba en 2015 y mucho peor que la que se registraba hace cinco años”. La FEMP indica con toda crudeza que Teruel, Cuenca o Soria constituyen “casos paradigmáticos de provincias convertidas hace tiempo en desiertos demográficos”.

La de la FEMP podría haber sido una más de tantas voces que hasta ahora se llevaba el viento, pero esta vez las palabras cayeron sobre terreno abonado por la atención mediática. En la cumbre de presidentes autonómicos de enero de este año la despoblación fue declarada tema de Estado. Sólo unos días después, el Gobierno creaba el Comisionado para el Reto Demográfico con el objetivo de diagnosticar e intentar resolver el problema. En junio, la Comisión Europea volvió a dar un tirón de orejas a España al denunciar que “el desequilibrio demográfico es gravísimo” y señalar ocho regiones necesitadas de apoyo, animando a que se lleven a cabo medidas de discriminación positiva en sus zonas rurales.

Algunas instituciones han tomado incluso la delantera. La Diputación de Cáceres acaba de sellar un Pacto Político y Social en la región y el año pasado promovió un Congreso de Despoblación cuya declaración ha sido firmada por diputaciones, ayuntamientos, mancomunidades y agentes de toda España. Mientras, la Universidad y la Diputación de Zaragoza han anunciado la primera cátedra española especializada en despoblación, con la institución provincial inyectando 40.000 euros para su puesta en marcha.

¿Por qué ahora sí? Después de años de sangría demográfica, a los periódicos de tirada nacional les interesa hacer los reportajes que los periodistas de provincias como Guadalajara, Soria o Huesca llevaban años haciendo. Y los parlamentos de Madrid debaten sobre un problema que habían aplazado una y otra vez, desatendiendo los reclamos que hace veinte años ya hacían plataformas ciudadanas como Soria Ya, Teruel Existe o La Otra Guadalajara. El escritor Julio Llamazares, cuya voz durante años ha clamado en un desierto mediático, cree que son los nietos y no los hijos del éxodo los que están preocupándose por la situación de estos pueblos: “durante muchos años, la despoblación de la España interior a nadie le importó, como tampoco a nadie le importó el paradero de los desaparecidos de la Guerra Civil, salvedad hecha de sus familiares y algunos historiadores”, recordaba en El País.

La España vacía está mereciendo una seria atención por parte de los nietos de quienes hicieron el petate y se marcharon en los años cincuenta y sesenta. Son jóvenes escritores y, en general, urbanitas globalizados quienes escarban en busca de sus raíces, como reconoce el propio Sergio del Molino. “Hay una lectura generacional de mi libro”, reconoce el escritor aragonés. La España vacía es la España auténtica que ha sobrevivido a la uniformización que, según Del Molino, ha borrado las particularidades en “ese modelo de ciudad occidental donde todas las calles comerciales se parecen”. El ruralismo se hace global. Y el interés por esos pueblos que explican lo que fuimos y lo que somos se ha hecho tendencia en 2017. Es una formulación moderna de  un tema nada reciente. “Hay un interés por el legado del abuelo, pero travestido y reinventado por esos nietos que ahora reviven lo rural a su manera”, explicaba en una reciente conferencia.

¿Llegamos a tiempo? La pregunta del millón radica en si este interés por la España vacía llega a tiempo de salvar a esa mitad de pueblos españoles amenazados de desaparición y hasta qué punto resulta reparable el “etnocidio silencioso” del que hablaba en 2014 el manifiesto de la Serranía Celtibérica, una amplísima zona cero de la catástrofe demográfica cuyo epicentro se sitúa entre las provincias de Cuenca, Soria y Teruel, las tres con menor densidad demográfica de España, y esa  Guadalajara que según el último padrón encabeza el listado de provincias con municipios por debajo de los 100 habitantes (173 de un total de 228;  y 21 no pasan de los 20 habitantes).

Las políticas de esta España interior han fracasado. El informe elaborado por Vicente Pinilla y Luis Antonio Sáez para el Centro de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo de Áreas rurales (Ceddar) evalúa que en nuestro país se han llevado a cabo “legislaciones e inversiones públicas de forma asistemática y deslavazada”. El Estado se ha preocupado únicamente de ofrecer algunos servicios básicos, pero sin liderar propuestas globales e imaginativas, y ha habido una “dinámica generalizada de apatía institucional” entre las comunidades autónomas, con únicamente dos planes específicos en Aragón y Castilla y León que han tenido un desarrollo muy limitado. Tampoco los millones llovidos en los diferentes programas de desarrollo rural nutridos con fondos europeos (Leader, Proder) han obtenido resultados a la altura de los esfuerzos inversores.

El debate sobre cómo revertir la tendencia de la España vacía lleva años instalado en un círculo vicioso. Tampoco existen las recetas milagro para engordar los padrones. Lo saben bien en Miravete de la Sierra, un pueblo de Teruel que en 2008 saltó a la fama gracias a una campaña publicitaria de la agencia Shackleton. En una web podía recorrerse un paseo virtual por sus bonitas calles y conocer a sus amables y pintorescos vecinos, además de apadrinar una teja para colaborar en la rehabilitación de su iglesia parroquial. En un mes recibieron 357.000 visitas en Internet. Su caso atrajo la atención de los corresponsales de las televisiones francesas, alemanas o argentinas y la iniciativa publicitaria cosechó premios internacionales. Muchos turistas han llegado allí cautivados por el eslogan El pueblo donde nunca pasa nada. Casi diez años después, el balance resulta agridulce. El pueblo ha sido conocido y sigue recibiendo visitas, pero el padrón ha caído de  41 vecinos a apenas una treintena. Y la rehabilitación de la iglesia no arranca.

“Aquello fue un experimento publicitario que nos salió a coste cero, nos puso en el mapa y mediáticamente fue un exitazo, pero no ha atraído a ninguna familia”, reconoce José Listo, alcalde de la localidad desde hace 16 años. “La solución para la despoblación, si la hubiese, tenía que haberse adoptado hace cincuenta años y no ahora”, dice con un pesimismo anclado en “muchos años de darle vueltas al tema”. ¿Es el turismo la tabla de salvación? “El turismo exige gastar una brutalidad de miles de euros para mantener como mucho a dos personas, como pasa en Miravete”. ¿La agricultura ecológica? “Necesitas una inversión inicial y unos ingresos para cubrir los gastos fijos que no te puedes permitir”.

“Para salvar a los pueblos ahora hay que hacer una revolución que veo ya casi imposible”, se lamenta. Puestos a intentarlo de nuevo, a las administraciones les pide tres movimientos básicos: “Una fiscalidad especial que permita que se creen puestos de trabajo; mejorar las comunicaciones -Internet, cobertura de móvil y, por supuesto, carreteras-; y ayudas para vivienda, porque no hay vivienda para quienes no son autóctonos pero están dispuestos a venir”. Sólo a partir de ahí se sentarían las bases de un modelo de repoblación rural que exige también cambios de mentalidad. Por ejemplo, familias dispuestas a asumir contratiempos como que los chavales tengan que ir al instituto a 70 kilómetros de distancia.

“No es sólo dinero, también hay que legislar”, exige el más optimista Francisco Maestre, presidente de la Asociación de los Pueblos más Bonitos de España, una iniciativa que desde 2013 ha logrado involucrar a 57 ayuntamientos. El pueblo aspirante, que tiene que tener unos atributos especiales para el turismo, se somete a un proceso selectivo “muy exigente” que, al culminar, le permite trabajar en red con el resto de integrantes en tres direcciones complementarias: compartir conocimiento y experiencias, promoción conjunta y presión institucional.

La principal función de la asociación pasa por obligar a estos pueblos a aplicarse “un plus de calidad” para mejorar su oferta hacia un turista que muestra un buen gusto por lo auténtico: las paredes centenarias de los edificios, los sabores tradicionales y la cultura popular. Lo que hasta hace poco resultaba paleto ahora resulta moderno.

“Que se esté hablando más de la despoblación en los pueblos es bueno, pero lo que hace falta es  hechos”, exige Maestre. Con independencia de cuál pueda ser el motor de desarrollo rural en cada caso (el turismo o la industria agroalimentaria) las administraciones deben remar a favor. Además de dinero hacen falta cambios normativos: desde el clásico -los beneficios fiscales para quienes radiquen su negocio en un pueblo- hasta otros dirigidos a preservar el patrimonio o promocionar los sabores de la tierra. “No puede ser que en los cascos históricos de pueblos declarados conjuntos históricos y artísticos haya ruinas. Es algo que no sucede en Francia, Italia o Alemania. Hay que tener una legislación más ágil que evite que estos edificios se derrumben”. “Los productos de proximidad no pueden estar sometidos a las mismas normativas que los de fábrica, porque es lo que ha acabado con los mercados locales, a diferencia de lo que pasa en otros países europeos”, añade. Y hace falta también que las grandes compañías de telefonía y electricidad garanticen la calidad de sus servicios.

Propuestas para ponerse manos a la obra no faltan. En el II Congreso Nacional de Despoblación Rural, la FEMP ha presentado un documento  con 79 medidas para sentar las bases de una Estrategia Nacional contra la Despoblación. Incluyen deducciones  en el impuesto de actividades profesionales y empresariales, incentivos a la contratación y bonificaciones de cuotas a la Seguridad Social para quienes se instalen en municipios de menos de 5.000 habitantes. Hay más: bonificaciones en el IRPF, incentivos para funcionarios que fijen su residencia en los pueblos, reducir las cargas administrativas para la puesta en marcha de nuevos negocios y créditos blandos para emprendedores. Las hay también de carácter familiar: ayudas para incentivar la natalidad, subvenciones a la compra o rehabilitación de vivienda, bonificaciones para familias con hijos que se asienten en los pueblos y fomento de los servicios de guardería y atención infantil.

Hay una condición indispensable que no depende de ningún visto bueno en los despachos: el cambio de mentalidad. De un lado, la de los urbanitas, que siempre ha mirado al pueblo con su colección de prejuicios y falsos mitos: la España negra, la España pobre y embrutecida. Pero también la mentalidad en el pueblo. “¿Queremos repoblar sólo con autóctonos o también con los de fuera? Porque siempre se ha desconfiado de los que vienen de fuera”, admite con autocrítica el alcalde de Miravete. “La gente piensa que quien viene al pueblo viene a quitarle lo suyo, cuando es al revés, si en los pueblos hay gente vamos a tener mejores infraestructuras y más cosas que hacer”, explica Miguel Ángel Casado, apicultor y representante del Proyecto de la Celtiberia en la comarca guadalajareña de Molina.

Para Casado, el cambio de mentalidad pasa además por que “quienes vienen a los pueblos tengan claro que vienen a trabajar”. Aquí puede jugar un papel fundamental la formación y el apoyo de las administraciones, pero también la imaginación. En su caso, optó por recuperar una forma de apicultura casi extinguida. En el caso de la empresa social La Exclusiva, sus camionetas llevan ya dos años y medio completando rutas diarias por las provincias de Soria facilitando la compra de productos básicos y ciertas gestiones. En la provincia de Burgos, Gorka Garnilla abandonó su trabajo en una multinacional y ha montado una radio en Quintanilla de Valdivieso que sirve de referencia para los habitantes del valle: entrevista a sus gentes o permite a los oyentes llamar para cantar o para preguntar por la mejor receta de torrijas, según relataba en un artículo en El País. “Muchas veces al hablar del medio rural se impone un discurso pesimista… Pero el hecho de que exista una radio en Valdivieso, ¿no debería hacer pensar que los pueblos aún tienen vida?”. Su pregunta flota en el aire. •

Teresa López: “Las mujeres rurales son luchadoras, tenaces e imaginativas”

“Durante años se nos ha echado la culpa a las mujeres del problema demográfico, pero lo que ha habido es falta de oportunidades de trabajar y vivir dignamente, algo en lo que afortunadamente estamos avanzando muchísimo”, dice Teresa López, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur), que agrupa a más de 100 asociaciones que trabajan por la igualdad de la mujer en el ámbito rural.  “El mundo rural ofrece oportunidades, pero hay que salvar aún muchos obstáculos” que impiden que se fije población. Muchos tienen que ver con el papel clave de la mujer para atraer familias jóvenes a los pueblos.

“Un aspecto determinante es la Ley de Titularidad Compartida”, promulgada en 2011 “pero metida en un cajón, sin divulgar”. Esta ley reconoce la igualdad de condiciones de la mujer en una explotación agraria o ganadera de propiedad familiar, lo que se traduce en ofrecer una identidad profesional a estas trabajadoras –hasta ahora consideradas como mucho “colaboradoras”-, una remuneración y una cobertura social de la que todavía no gozaban, imprescindible “si te caes de un tractor o para cobrar una pensión”.

Según López, “en el medio rural tenemos a las mujeres más luchadoras, tenaces e imaginativas”, pues son conscientes de que en muchos casos labrarse un futuro en los pueblos pasa por el autoempleo. Pero las emprendedoras demandan mejores condiciones: mejorar la formación y que haya jornadas de intercambio para que compartan experiencias, cesar la dinámica de recortes en servicios públicos de la crisis, que afectan de manera más severa al medio rural y que pesan sobre ellas más que sobre ellos, y garantizar un acceso a las nuevas tecnologías que permita superar situaciones de aislamiento y generar más empleos a distancia.

Para ello, López ve  fundamental revertir la infrarrepresentación de la mujer rural en instituciones -recuerda que la Ley de Igualdad no obliga a elaborar listas paritarias en municipios de menos de 3.000 habitantes- y en asociaciones y entidades de carácter socioeconómico.

Miguel Ángel Casado:  “Tenemos que unirnos para hacer cosas”

La de Miguel Ángel Casado en Hombrados (Guadalajara) ha sido una decidida apuesta por el campo. Hace 15 años dejó su trabajo en la construcción en Zaragoza y volvió con su mujer y sus dos hijos al pueblo donde se crió y donde ha nacido el quinto miembro de la familia. Hoy lidera un proyecto de apicultura en horno (en vez de en colmenas al uso) que recupera un modo casi extinguido de producción y está cosechando premios. Su iniciativa profundiza en la búsqueda de una identidad para la Celtiberia que además pueda servir como marca de calidad para productos fabricados ecológicamente. En Hombrados, Miguel Ángel tiene su taller, con laboratorio y con punto de venta que va a adecentar con una terraza para tomar un té o un café con miel a la vuelta de la excursión al Castillo de Zafra, uno de los escenarios españoles de la serie Juego de Tronos.

Este neorrural tiene el convencimiento de que “la apicultura puede servir para repoblar la Serranía Celtibérica porque es un trabajo que pueden hacer también las mujeres, que tienen un don para este oficio. No es un trabajo para hacerse rico ni es un camino de rosas, pero permite que vengan parejas jóvenes, que es lo que aquí necesitamos”. Miguel Ángel subaraya que en Hombrados trabaja mucho, pero goza de mejor calidad de vida que en la ciudad. Desde su experiencia, apuesta por emprender en red, coordinando proyectos de agricultores, hosteleros, artistas y artesanos: “Es el momento de retornar a los pueblos y unirnos para hacer cosas”. Anima a que “quien tenga dinero lo invierta” y a las administraciones les pide apoyo para agilizar los trámites burocráticos, facilitar la financiación de los nuevos negocios y mejorar los servicios. “No cambiaría nada de la vida en el pueblo. Lo que hay que hacer es mejorar aspectos básicos como la conexión a internet o las infraestructuras sanitarias. Hay que aprovechar que ahora tenemos a los políticos de nuestro lado”. Es consciente de que el mejor modo de presionar para abrir escuelas o ampliar rutas de autobús es que aumenten los padrones. “A veces son cosas que no cuestan mucho, pero que no se hacen para tres habitantes”.

EL DIAGNÓSTICO: CIFRAS Y FACTORES

Los datos: Según el INE, más de 4.000 municipios tienen menos de 1.000 habitantes, umbral por debajo del cual está seriamente comprometida su supervivencia. En 14 provincias, más del 80% de sus municipios no pasan de mil habitantes. La situación más dramática, la de los pueblos que no pasan de los 100 habitantes, se ha agravado en lo que va de siglo: en el año 2000 había 928 municipios en esta situación; ahora son ya 1.286, según la FEMP. La realidad es más dura en territorios como Galicia o Asturias, con grandes concejos con un mayor número de pedanías. En este caso, las estadísticas no reflejan las muchas aldeas despobladas o a punto de desaparecer.

Éxodo rural: En la segunda mitad del siglo XX, la zona rural perdió en torno al 40% de su población y lo hizo de forma desequilibrada, con mayores pérdidas en las provincias del interior. El éxodo rural, que Del Molino denomina “el gran trauma”,  supuso la salida masiva de vecinos de los pueblos hacia las ciudades entre 1950 y 1975. Las razones fueron fundamentalmente económicas: los efectos de la tardía industrialización del país, la construcción de pantanos y la compra de pueblos para repoblación forestal con usos económicos por parte del ICONA. También ejerció un importante efecto la impresión de que los jóvenes tenían más oportunidades (estudios, ocio, servicios,  etc) en las ciudades.
Un problema que se agrava: “Si se compara con la realidad que se daba hace quince años, el resultado es demoledor: no solo ha aumentado significativamente el número de municipios con menos de mil habitantes, sino que cada vez son más los que aguantan con censos mínimos, por debajo de los cien empadronados”, asegura el informe de la FEMP, que subraya que 36 provincias o autonomías uniprovinciales vieron caer todavía más sus censos a lo largo de 2016.

Envejecimiento, masculinización y descenso de la inmigración: La baja natalidad y el envejecimiento de la población rural son las principales causas de que la sangría demográfica continúe. Quienes siguen viviendo en los pueblos son generalmente cada vez más viejos. Las escuelas están cerradas porque ya no nacen niños. Con una población envejecida y una ausencia generalizada de mujeres en edad fértil (ellas se marcharon a las ciudades en mayor proporción que ellos), sólo la llegada de inmigrantes logró frenar en parte el saldo demográfico negativo en unas zonas donde la vida se agotaba. “La intensidad de las llegadas fue de tal magnitud que parecía que podía ser el contrapunto a la despoblación. Sin embargo, la crisis económica iniciada en 2008 ha devuelto el problema a la situación de partida”, subraya el informe de Ceddar. No hay remplazo.

Grandes desiertos demográficos: Hay dos grandes territorios en la península que pueden identificarse como desiertos demográficos porque las densidad de población no supera los 10 habitantes por kilómetro cuadrado, números propios de paisajes inhóspitos. Una de estas zonas se extiende de norte a sur siguiendo el eje de la antigua Vía de la Plata, desde Lugo y Asturias hasta Extremadura, a través de la práctica totalidad de las provincias de Zamora y Salamanca. La otra es la Celtiberia, que se extiende por el sur de Castilla-León, el este de Castilla-La Mancha, el suroeste de Aragón y el oeste de la Comunidad Valenciana. Se trata de una extensión de más de 63.000 kilómetros cuadrados (el doble que Bélgica) con 1.263 municipios en los que 556 tienen menos de 100 habitantes. El manifiesto de la Asociación para el Desarrollo de la Serranía Celtibérica compara su situación con Laponia y asegura: “la Serranía Celtibérica es un territorio desestructurado, sin cohesión interna, con un patrimonio degradado, con la mayor tasa de envejecimiento de la Unión Europea y con los índices de natalidad más bajos, por lo que está biológicamente muerta y condenada a su desaparición”.

Comunicaciones, infraestructuras, inversiones. Tradicionalmente, el medio rural ha venido arrastrando una serie de carencias en servicios e infraestructuras fundamentales. El estado de la red de carreteras, las telecomunicaciones y la falta de inversiones en dotaciones educativas o sanitarias vienen siendo las principales reivindicaciones de los pequeños municipios. En la mitad de los pueblos no hay ninguna sucursal bancaria. Sigue sin estar garantizada la universalidad del acceso telefónico y la calidad de las conexiones móviles es una asignatura pendiente.

El mapa en este recuadro, elaborado por Ceddar, compara la distribución de la densidad de población en España en 1900 y 2001. Aunque la situación ha ido a peor desde entonces, sirve para apreciar como el éxodo rural ha convertido el interior de España en un desierto demográfico.

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