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Fernando Cordero

Manos irremplazables

Editorial

Son miles las manos voluntarias y anónimas que, por toda nuestra geografía, se movilizan los 365 días del año para plantarle cara al hambre. Lo hacen de las más diversas maneras, incluso llegan a los rincones más recónditos, olvidados por la cultura del descarte. Es cierto que la planificación y los objetivos contribuyen sobremanera en la lucha de Manos Unidas contra el escándalo del hambre, sus causas y posibles soluciones. Pero, dentro de esta organización eclesial, hay un ejército de personas apasionadas que comparten una llamativa peculiaridad: ser inagotables en la entrega a esta causa.

Cada voluntario va encajando en la organización a nivel parroquial, diocesano o en centros educativos para aportar lo mejor de sí mismo en las campañas, que no se reducen a intervenciones puntuales del fin de semana de Manos Unidas. Nuestro sincero homenaje a estos inagotables voluntarios -la mayoría voluntarias- que tejen una red excepcional de solidaridad y cooperación. Con ochenta y muchos años, algunas de estas voluntarias muestran lo que significa la fidelidad a un compromiso que no es una ilusión pasajera sino una manera de vivir para los otros. Exposiciones, mercadillos, sensibilización, visitas a parroquias y a colegios, rifas, elaboración de objetos artesanales para recaudar fondos, organización de obras teatrales, bocatas solidarios, cenas del hambre…

Además de esta sólida columna de personas con un dilatado compromiso vital, también Manos Unidas se abre a las diferentes generaciones, gracias al contagio de una manera de trabajar que va desde la denuncia, a la formación-información y a la actuación en los países en vías de desarrollo. Muchos comentan que los mejores carteles de campañas eclesiales son los de Manos Unidas. Entran por los ojos y llegan al corazón para desactivar los resortes de la indiferencia. En esta campaña 59 se nos muestra un teléfono móvil con forma de regadera, una herramienta cotidiana que transforma el paisaje árido de un país del hemisferio Sur en un frondoso huerto familiar.
Con el móvil nos pasamos la vida compartiendo textos, imágenes y vídeos. Compartamos lo que realmente importa y tengamos la valentía de sumarnos a la cadena en la lucha contra el hambre en el mundo. Seamos generosos con nuestras aportaciones, consecuentes con nuestra manera de vivir y conozcamos de cerca los programas de Manos Unidas. Por arciprestazgos o por parroquias se acoge algún proyecto concreto, del que podemos obtener información y sentirnos así más cerca de aquellos a los que pretendemos ayudar. En el fondo, al colaborar con los que padecen el drama del hambre, los primeros beneficiados somos nosotros mismos, que sobrevivimos al letargo de la cómplice indiferencia.

Entremos con ganas en la siembra ecológica del compartir. La Campaña de Manos Unidas nos proporciona unas semillas que pueden llevar al crecimiento de campos donde se desarrolle una vida justa y fraterna. Es la hora de poner a disposición nuestras manos, herramientas irremplazables en este desafío. “Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza”, nos recuerda Francisco.

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