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Ricardo Olmedo

Y el hambre llegó a Turkana

“Esta tarde voy visitar a una familia, ¿me acompañas?”. La propuesta del padre Stephen me interesa. He venido aquí a enterarme de lo que está sucediendo y seguir los pasos del misionero entre el poblado me parece estupendo. Horas más tarde, con el sol intentando fundir las piedras que cubren la tierra, salimos. Absorto en el paisaje, pronto pierdo a la pista a Stephen, hasta que alguien me indica el camino. Junto a la choza veo a un pequeño grupo de mujeres y niños y al misionero. Le pregunto qué sucede. “He venido a dar la unción de los enfermos a Rebecca”, y qué le pasa, insisto. “Se está muriendo. De hambre”, me responde con toda naturalidad.

Loiyangalani es un poblado de casi mil habitantes a orillas del lago Turkana, una brecha de agua al norte de Kenia, rodeada de la región semidesértica de los condados de Turkana y Marsabit. Hace casi cincuenta años que los misioneros de la Consolata llegaron aquí. Y nunca habían visto –ni sufrido- nada igual. Por eso decidieron llamar a Manos Unidas y pedirles ayuda de emergencia. En esta ocasión no solicitaban construir un colegio, un centro de salud u otro de los muchos proyectos de desarrollo que financia esa ong. No, se trataba de evitar la hambruna que comenzaba a hacer estragos hace unos meses. La llamada de emergencia fue respondida y los alimentos ya se están distribuyendo por las diez misiones que estos religiosos tienen en la región.

Los pequeños de la zona no saben lo que es la lluvia porque hace más de dos años que no cae una gota de agua. Y los mayores no saben ya qué hacer. El pueblo turkana tradicionalmente vive por y para el ganado. Eso hace que practiquen cierto nomadismo en busca de los mejores pastos para sus animales. Realmente hay que hablar en pasado porque la hierba hace mucho que dejó de crecer por esta zona. Los años de extrema sequía que sufre la región han provocado que miles de animales, la única fuente de riqueza de estas tribus, estén muriendo. Las consecuencias están siendo terribles. A esto, poco ayuda la situación del lago, que está sufriendo el impacto de la gigantesca presa construida en Etiopía en el río Omo que le surte de agua. La pesca también se vio mermada.

“La gente suele comer una vez al día, o cada dos. Los niños van al colegio con una especie de té caliente hecho con hierbas del lugar y poco más. Por eso pedimos la ayuda a Manos Unidas, porque vivimos una situación extrema”, comenta Stephen Mutuky, el párroco de Loiyangalani.  

Manos Unidas ha dedicado algo más de 150.000 euros a esta acción de emergencia solicitada por los misioneros de la Consolata. Con esta congregación, con otras más y con varias organizaciones locales, esta ong lleva 37 años cooperando en el desarrollo de Kenia. Sanidad, educación, proyectos en la periferia de las grandes ciudades y relacionados con la mejora de la agricultura son las grandes líneas de trabajo de Manos Unidas.

“Pese a que no somos una ong de emergencia, había presupuesto y se hizo frente a la llamada”, me cuenta Inés Pan de Soraluce, voluntaria y responsable de los proyectos en Kenia.

Me monto en el coche de la misión y recorremos los polvorientos caminos, rodeando el lago y los escasos rebaños que van en busca de las briznas de hierba que crecen en la orilla. Stephen conduce, entre baches y tumbos, hasta la comunidad de Komote Village. Aquí le esperan un centenar de mujeres. Maíz, judías, arroz, azúcar, sal y aceite son los suministros que se reparten entre ellas, que guardan su turno pacientemente. Los misioneros han organizado con detalle la distribución de alimentos, priorizando a las familias que tienen más necesidad.

Mientras concluye el largo reparto me encuentro con varios profesores de Komote Village. Ellos también están preocupados por las consecuencias fatales que está teniendo esta situación entre los más pequeños. “La situación es muy grave. En las casas los niños no comen. Por eso hay más alumnos en la escuela, porque aquí se les da algo de comer a mediodía”, comenta Anjelina Lenapir, profesora de primaria. Cuando termino de hablar con ella, me fijo en que ya comienza la larga procesión de mujeres volviendo a sus poblados con los sacos en la cabeza. Algunas tienen que recorrer seis o siete kilómetros para regresar al hogar donde les espera su hambrienta familia.

De niños y hambre sabe mucho la hermana María Bernarda Roncacci. Ella me cuenta que la sequía y la muerte del ganado han hecho que en este último año hayan aparecido por el colegio de Loiyangalani varias decenas de niños que antes no pisaban la escuela, dirigida por esta misionera de la Consolata. María Bernarda tiene también su historia que contar: hace 11 años que vive y trabaja en Kenia pero esta religiosa y enfermera italiana estuvo durante 27 largos años en Somalia. Hasta que todas las hermanas tuvieron que salir. Un ataque con granadas al hospital en el que trabajaba en Mogadiscio y, finalmente, el asesinato de otra misionera le obligaron a dejar el país.  Pero María Bernarda no abandonó África. Ni a los africanos.

Por eso, cuando más de medio centenar de niños fueron apareciendo en la escuela, María Bernarda les abrió la puerta. No podía ser de otra forma, aunque haya tenido que ser el hambre el que haya empujado a las familias a enviar a sus hijos al cole, teniendo en cuenta que estos condados de Turkana y Marsabit tienen el índice de escolarización más bajo del país.  

La hermana vio clara la necesidad que se le presentaba llamando a las puertas de la escuela y se lanzó a darle respuesta. Pero quedaba un asunto no menor: cómo hacer frente a la manutención de ese medio centenar más de niños y niñas. Y María Bernarda me cuenta lo que pasó: “cuando abrimos la nueva clase había una cierta duda de si seríamos capaces de llevarlo a cabo. Hablé con mi superiora, me dijo que sí, pero que cómo íbamos a mantenerla. Pues he visto la Providencia, he visto la mano de Dios. Poco después de recibir a los niños, me llegó una carta de una persona que ofrecía una donación importante. Y ya me animé. Porque vi que el Señor quería que hiciera esto. Después una persona que no conocía me ofreció comprar los plátanos y las galletas para los niños. Más tarde, alguien del Gobierno me ha ayudado con la comida diaria. Por eso veo la Providencia de Dios de una forma maravillosa que me dice que no tenga miedo de seguir adelante. Y yo digo: Señor, los niños son tuyos. Si tú quieres, voy adelante”.

La difícil situación a la que se enfrenta la población que vive en esta zona norteña de Kenia se enmarca en una realidad de cambio climático evidente. En el periodo que va de 1967 a la actualidad, las temperaturas medias máximas y mínimas aumentaron entre 2° y 3°C y los patrones de las estaciones de lluvia han ido cambiando considerablemente.

Las consecuencias de esto se conocen, y mucho, en el ambulatorio que la misión abrió hace años, al mismo tiempo que la escuela ya que uno de los grandes problemas de los condados del norte es la escasez de profesionales sanitarios y también de lugares donde ser atendidos. Meshack Lekadaa, mientras entra y sale de la sala de partos donde una mujer está en ello, me habla de la grave situación de malnutrición de la población. La situación que describe Meshack, el enfermero de Loiyangalani, se refleja directamente en gran parte de los niños, que sufren patologías relacionadas con la mala nutrición y con graves casos de deshidratación, entre otras cosas porque la lactancia materna es casi imposible habida cuenta de la situación de las madres.

Stephen, el párroco de Loiyangalani, no para. Pese a ser una zona poco poblada hay mucho que hacer, sobre todo cuando se está atento a la realidad que le rodea. Los misioneros de la Consolata, poco después de su fundación en Italia, llegaron a Kenia a comienzos del siglo XX. La congregación se expandió por todo el país y es una de las más queridas por la gente de Kenia. La propia misión de Loiyangalani se fundó cuando ni siquiera había una estructura administrativa pues Kenia se había independizado unos meses antes. Es decir, que los misioneros llegaron antes que el Estado y las grandes carencias las han cubierto ellos. Ese mismo espíritu continúa hoy día.

Me cuenta Stephen que para esta tarde hay previsto otro reparto de comida. Y allá que vamos. Tal y como sucedió en Komote, las mujeres rezan y cantan, dando gracias porque, al menos, algo se podrán llevar para la cena de esta noche y de los días siguientes.

En un informe publicado el pasado septiembre, Naciones Unidas ha alertado de la seguridad alimentaria ha empeorado gravemente en 2016 en varias zonas del África subsahariana, y cómo el deterioro se ha hecho "más evidente en zonas donde los efectos de los conflictos sobre la seguridad alimentaria se vieron agravados por sequías o inundaciones".  La situación es "especialmente urgente" en el este de África, donde una tercera parte de la población pasa hambre. Este porcentaje aumentó del 31% en 2015 al 34% en 2016.

Los turkana no están solos en esta catástrofe. Hay 23 millones de personas afectadas por la sequía en la región oriental de África y 15 millones se enfrentan a una situación de inseguridad alimentaria.

Detrás de estos números hay rostros, historias y vidas cuya existencia parece quedar demasiado lejos para un primer mundo preocupado con otras cosas menos fundamentales. Detrás de estos números está, por ejemplo, Alicia, con la que me encuentro en la puerta de su choza mientras cae la tarde y el sol, cansado de maltratar a los turkana, parece retirarse por el horizonte del lago. En casa de Alicia hay fuego encendido: buena señal. Su nombre está entre las beneficiarias de la ayuda de emergencia que está ofreciendo la misión con la ayuda de Manos Unidas.

“Tengo cinco hijos y mi esposo no está conmigo, la verdad es que resulta muy duro criar a mi familia yo sola. No sé cómo podríamos sobrevivir de otra manera”, me cuenta Alicia.   Antes de cenar las alubias que aún humean en la olla sobre los rescoldos de leña, Alicia musita una oración. A mi lado, Stephen que parece adivinar lo que pienso, me dice: “los turkana,  antes de la llegada de los misioneros, ya creían en Dios, el que creó el cielo y la tierra. Ya rezaban y adoraban a Dios. Tras la llegada de los misioneros, ellos acogieron algo nuevo: que Dios pasa por nosotros a través de la historia. Dios es parte de nuestra historia, pobre, débil y sufriente. Por eso este pueblo se identifica con Jesús, que también sufrió”.

Mientras, pienso en Rebecca, rodeada de algunos niños del poblado que jugaban ajenos a lo que pasaba y de las mujeres de su familia que cantaban y rezaban en aquel momento sencillo y estremecedor, a la vez que se iban despidiendo de ella. Con esa naturalidad de quien lleva desde el principio de los tiempos sobreviviendo en la débil frontera de la escasez, aquella que separa la vida de la muerte.

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