A estas alturas de Internet, si no estás en las llamadas redes sociales, parece que no existes. Al menos en España, que se ha apuntado con su habitual ímpetu a ese fenómeno revolucionario de interacciones múltiples (correo, chat, mensajería, fotos y vídeos compartidos, grupos de debate, campañas conjuntas, etcétera), hasta enredar a 18 millones de nuestros más de 24 millones de internautas.
Si uno pudiera elegir, ¿no elegiría siempre que sus hijos fueran abiertos, comunicativos y tolerantes? Pensar que Internet es una herramienta que contribuye al aislamiento es desconocer completamente los usos que dan de ella los jóvenes. Internet es una herramienta de comunicación y esta comunicación es bidireccional.
Anunciada a bombo y platillo la reforma de la Ley de Libertad Religiosa en 2008 se ha quedado en eso, en un mero anuncio que ha generado ríos de tinta, polémicas y un borrador del texto, filtrado hace escasas semanas al diario El País, que topó con la cuestión de la utilización de los símbolos religiosos –fundamentalmente el crucifico en las escuelas- y, en contraposición, con el tratamiento que se pretendía dar a determinadas confesiones como el islam.
En 1991 renunció a su diócesis palentina y se marchó de misionero a Bolivia. Pero ya antes todos lo recuerdan como un obispo diferente: campechano, cercano, sencillo, austero, que abandonó el palacio episcopal para marcharse a vivir a un piso y que saludaba por su nombre a sus vecinos.
Desde los albores de la humanidad, los hombres han necesitado expresar lo inefable y han ido encontrando en los símbolos la vía más aproximativa para hacerlo. El cristianismo no sólo no es ninguna excepción, sino que a lo largo de los siglos se ha caracterizado precisamente por sobresalir a la hora de expresar su credo de manera simbólica, desplegando toda una serie de imágenes cultuales que remiten al trascendente.
Su forma sencilla de entender la vida le impide sentirse cómodo en el centro de los focos. Él es un hombre discreto, un trabajador silencioso que no busca fama ni honores, simplemente cumplir con la misión para la que se ha comprometido.




