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Xabier Pikaza.
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Amigos de Jesús, los niños en la Iglesia

 

Es evidente que Jesús funda su Iglesia como hogar materno para los niños

De manera sorprendente, entre los amigos de Jesús, entre su gente principal, destacan los niños. Así lo mostraremos, comentando un texto básico de Marcos.

Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaban, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más grande. Y sentándose llamó a los doce y les dijo: «El que quiera ser el primero, hágase el último de todos y el servidor de todos». Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviad» (Mc 9, 33-37).

Jesús acaba de anunciarles que será entregado, añadiendo que se nieguen a sí mismos y que tomen la cruz para seguirle (Mc9, 30-32; cf. 8, 34-9, 1). Pero, como sigue diciendo nuestro texto, es evidente que los suyos no quieren ni pueden entenderle. No es que sean torpes (ignorantes) ni perversos, sino todo lo contrario. Son precavidos, responsables, realistas. Lógicamente, saben que todo proyecto necesita un liderazgo, una autoridad que pueda aunar esfuerzos y vencer resistencias. Conocen la situación; por eso quieren organizarse como siempre (antes y después de Jesús, incluso dentro de su iglesia) han hecho los hombres. Por eso, a escondidas de Jesús, han empezado a conspirar, para decidir de esa manera quien tomará el mando de su movimiento.

No tenemos derecho a criticar su sed de mando. Están siguiendo a Jesús, y eso supone que aceptan de algún modo su proyecto de reino. Pero, como hombres, deben traducir ese proyecto en cauces de poder. Hacen lo que han hecho y siguen haciendo las organizaciones sagradas (iglesias) de la tierra, que acogen formalmente a Jesús, pero luego lo interpretan y se alían con los poderes reales de la tierra. Por eso conspiran a su espalda, para bien de Jesús, introduciendo un correctivo en su proyecto de evangelio. Pero Jesús desenmascara ese falso realismo de sus seguidores, para decirles que sólo superando la lógica y deseo de poder se puede edificar el Reino.

Desde ese fondo se entienden los tres momentos del pasaje. (1) Principio: inversión (Mc9, 35). Jesús se sienta en la cátedra de su magisterio, convoca a los Doce (poder eclesial) y dice: «¡Quien quiera ser primero hágase el último... ». Pretenden construir la iglesia sobre bases de poder, desde el mayor y primero. Pero él no necesita mayores ni primeros, busca últimos y servidores. Quiere personas que sepan ponerse al final, para ayudar desde allí a los otros, superando la lógica del mando y las mismas estructuras de una sociedad que se edifica en función de los poderosos.

(2). Gesto simbólico: el niño (9, 36). Los discípulos se creen importantes porque pueden ordenar la estrategia del reino de Dios. Para que funcione un grupo humano hacen falta dirigentes. Por eso, donde mandan ellos, los inútiles (los niños) quedan en segundo plano. Para invertir ese modelo, Jesús toma a un niño, realizando con él dos signos. Un signo de autoridad: le pone en medio de todos. Buscaban ellos el centro, pero está ocupado por el niño a quien Jesús coloca en pie, en medio del corro, como jerarquía. Un signo de amor: le abraza. Buscaban los discípulos poder, habían empezado a conspirar. Pues bien, Jesús descubre y vence su conspiración ofreciendo amor (abrazando) a un niño, que es importante porque está a merced de los demás y necesita cariño.

(3). Enseñanza conclusiva (Mc 9, 37). Interpreta los momentos anteriores, mostrando que el servicio (ser último, hacerse servidor) se expresa acogiendo a los niños. Estamos en un mundo donde los niños sufren las consecuencias de la lucha por el poder: son el último eslabón de una cadena de opresiones, de forma que al final quedan sin casa (sin familia, sin comunidad). Contra esa situación habla Jesús: «¡Quien reciba a uno de estos niños...!». Ellos son signo mesiánico, expresión de autoridad, presencia de Dios sobre la tierra.

Teniendo presente lo anterior, podemos añadir que el problema de la iglesia no se soluciona sabiendo quién domina en ella, quién controla u organiza el poder sacral, magisterial o ministerial, sino acogiendo de hecho a los más niños y haciendo que ellos sean el centro de una comunidad donde todos deben encontrarse acogidos. Así pasamos del ámbito privado de un pequeño hogar (con unos padres que se ocupan de sus hijos) al espacio comunal de la iglesia donde los niños (unas veces con padres, otras sin ellos) vienen a mostrarse como centro de identidad del grupo entero. La misma iglesia viene a presentarse de esta forma como ámbito materno, casa en que los niños encuentran acogida, siendo honrados, respetados y queridos.

La iglesia no es un cenáculo de ancianos, sociedad de poderosos o influyentes, sindicato de burócratas sasgrados, funcionarios que escalan paso a paso los peldaños de su gran pirámide de influjos, poderes, competencias (y también incompetencias). Conforme a este pasaje, la iglesia es ante todo hogar para los niños, espacio donde encuentran acogida y valor los más pequeños.

(1) Los niños no tienen que hacer nada. No deben conseguir ninguna meta; no tienen que esforzarse por lograr influjo por encima de los otros. Su valor está en su propia pequeñez.

(2) Esa misma debilidad de los niños suscita un compromiso. Los miembros de la casa cristiana han de ponerse a su servicio.

(3) La iglesia ha de mostrarse como grupo especializado en recibir a los niños, que no importan ya por ser judíos (de buena raza) o cristianos (iniciados, bautizados) sino porque están en manos de los otros. Jesús supera así todo sacralismo eclesial y toda autoridad interpretada como signo de Dios (en la línea que propugnan los discípulos). Frente a una sociedad de presbíteros, padres patriarcales donde los hombres y mujeres importan por aquello que aprenden y saben (por sexo, ley, función) surge aquí una sociedad de madres que se ocupan ante todo del bien y la felicidad más honda de los niños (necesitados). Es evidente que Jesús funda su iglesia como hogar materno para ellos.

El mismo niño aparece así como autoridad, signo del mesías (¡quien le recibe a mi me recibe). En el espacio central de la iglesia, abrazado a Jesús, encontramos a un niño. Ambos, Jesús y el niño, forman la verdad mesiánica. Con esta imagen desaparecen los modelos de dominio. El mayor y primero es el niño. A partir de ahí se puede hablar de iglesia, como sigue diciendo otro texto: «Y le llevaban niños para que los tocara, pero los discípulos se lo impedían. Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro: quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y, abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos» (10, 13-16).

Le traen niños para que los toque y los discípulos lo impiden: no pueden permitir que Jesús pierda su tiempo, que abandone sus misiones importantes, para dedicarse a los niños, en tarea que parece poco digna, propia de mujeres. De esa forma elevan (como escolta de seguridad o policía) una guardia pretoriana o círculo de seguridad, impidiendo que traigan a los niños. En contra de eso, Jesús sigue diciendo: «Dejad que los niños vengan a mí...» (10, 14-16). Frente a la comunidad de los que quieren convertirse en grandes, Jesús reivindica el valor primario de los niños: son signo del reino, los más importantes; no hay tarea más valiosa que acogerles, tocarles, bendecirles, haciendo así que sean la autoridad mayor sobre la iglesia.
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