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21. 06-12-2008
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Un obispo emérito al servicio de la Iglesia

Entrevista al obispo de Málaga, Antonio Dorado Soto, ante su jubilación

Antonio Dorado Soto.

"Me planteo la jubilación como una forma más adecuada a mi edad, con 77 años, de seguir sirviendo a la Madre Iglesia y al Señor. Me ha parecido una buena decisión quedarme en la Diócesis de Málaga, en la que he trabajado mis últimos 16 años, donde tengo muchos amigos y donde creo, humildemente, que, dada la escasez de sacerdotes, tal vez pueda ayudar al nuevo obispo en la atención a las parroquias". Entrevista realizada por Encarni Llamas Forte, periodista de la Diócesis de Málaga.

Hay personas a las que, cuando les llega el momento de la jubilación se deprimen porque no encuentran su lugar fuera del trabajo que han desarrollado durante tantos años. ¿Cómo se plantea su jubilación y su marcha de la sede episcopal el Sr. Obispo de Málaga?

Me la planteo como una forma nueva y más adecuada a mi edad, con 77 años, de seguir sirviendo a la Madre Iglesia y al Señor “de balde y con todo lo nuestro” como decía mi querido predecesor, el beato don Manuel González. Me ha parecido una buena decisión quedarme en la Diócesis de Málaga, en la que he trabajado mis últimos 16 años, donde tengo muchos amigos y donde creo, humildemente, que, dada la escasez de sacerdotes, tal vez pueda ayudar al nuevo Obispo en la atención a las parroquias y en los distintos ministerios pastorales que me sea posible y que me encomienden. Siempre, por supuesto, en colaboración y a la disposición total del Obispo, a quien acepto como nuestro Obispo de Málaga.

¿Qué se va a encontrar el nuevo Obispo que llegue a la Diócesis de Málaga y Melilla?

Al Sr. Obispo, D. Jesús E. Catalá, lo conocí en Roma, en la celebración de un Sínodo, sobre el año 90, en el que él colaboraba como secretario, y a quien he tratado bastante en la Conferencia Episcopal y otros encuentros, y me merece una gran estima y una gran valoración. D. Jesús se va a encontrar, creo yo, con una Iglesia diocesana con casi 2.000 años de historia, esto no empezó ayer, ni empieza hoy. Una Iglesia que, como dice el Concilio Vaticano II, “es en Cristo como un sacramento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano”. Al mismo tiempo, la Iglesia de Málaga está enriquecida con el testimonio de muchos santos y mártires, algunos de ellos muy actuales, una Iglesia que, en las actuales coyunturas de una cultura que no procede de la fe, ni conduce a ella, está empeñada, en fortalecer la fe de los creyentes y en transmitir esa fe a los no creyentes. Durante estos casi 16 años, hemos trabajado en la diócesis, con ilusión, en tres proyectos pastorales diocesanos que hemos elaborado con la colaboración de los distintos consejos pastorales parroquiales y diocesanos. Se va a encontrar en esta Iglesia, con unos sacerdotes insuficientes en número para el número de habitantes, pero muy trabajadores y muy queridos por sus fieles. Yo suelo decir que en Málaga la gente habla mal de los curas, en plural, pero quiere mucho a sus curas, a su cura. Lo he visto de mil maneras y me da alegría comprobar la confianza con la que el sacerdote es conocido y amado por su pueblo. También se va a encontrar con unos religiosos y religiosas entregados a los distintos ministerios pastorales de la enseñanza, de la caridad, del servicio a los ancianos, a los niños, a los enfermos, etc. que constituyen la imagen de una Iglesia que vive al servicio de los demás, especialmente de los más pobres. Y con muchos seglares que son Iglesia viva en los distintos sectores de la población de nuestro pueblo malagueño. Éstos son, en resumen, algunos de los rasgos de la Diócesis de Málaga con la que se va a encontrar D. Jesús, fruto de muchos años de historia y de la presencia entusiasta e ilusionada de los católicos de hoy, y, por supuesto, con todos los problemas y dificultades de la Iglesia en España, que él conoce muy bien.

¿Qué Diócesis se encontró usted al llegar a Málaga?

Me parece que la describió públicamente el entonces Administrador Apostólico de la Diócesis de Málaga, D. Fernando Sebastián, el día 23 de mayo, en mi toma de posesión como Obispo en la Catedral de Málaga. Dijo, más o menos estas palabras, ante la masiva asamblea que se reunió en el primer templo malagueño: “en la Diócesis de Málaga, no hay novedad si no es la novedad maravillosa de la vida de fe y de apostolado que continúa vigorosa en las parroquias, en las familias cristianas, en el Seminario, en las casas y comunidades religiosas, en las asociaciones de fieles y en las múltiples actividades apostólicas de una Iglesia que desea ardientemente ser fiel a Jesucristo, viviendo y anunciando esta sorprendente novedad del Evangelio y de la gracia de Dios”. Durante los casi 16 años que llevo en Málaga, he comprobado que esta afirmación era un diagnóstico muy acertado. Todo esto es fruto de tantos siglos de historia, de tantas personas santas, de tantos obispos extraordinarios que aquí ha habido, etc., que es lo que constituye hoy, con todas sus necesidades, la riqueza de la Iglesia de Málaga.

Venía de Cádiz, una Diócesis que se ha quedado marcada en su corazón, ¿por qué?

Realmente, se me han quedado marcadas las cuatro Diócesis en las que he servido. Serví primero ocho años a la Diócesis de Toledo, mi Diócesis de origen. De allí pasé a Guadix, que fue mi primera novia como Obispo, de la que también me enamoré. Cuando llegué, me sorprendió la pobreza de aquella población y comprobé que eso que se dice de que se entra en las ciudades llorando y se sale llorando, es cierto. A mí me ocurrió. Era un pueblo bueno y sencillo y lo quiero mucho. Cádiz es la tacita de plata. Es una de las provincias más puramente andaluzas, de las que yo conozco en esta Comunidad Autónoma. Recuerdo la gracia fina y respetuosa de sus ciudadanos. Cuando llegué a Cádiz, era un momento difícil para la Iglesia Española. Me nombraron en el año 73, cuando comienza la transición política y el régimen se debilita. A los pocos años muere Francisco Franco y llega la etapa democrática, que provocó grandes conflictos entre la población. En Cádiz me encontré una ciudad obrera, con grupos políticos fuertes, en la que se estaba cociendo el cambio que se iba a producir. Me encontré con más de 20 sacerdotes obreros dedicados a trabajos en astilleros, en la pesca, o en trabajos civiles, por compromiso de su fe, por supuesto. Fueron años difíciles y años de sufrimiento. Tuvimos a sacerdotes que fueron encarcelados; personalmente, pensaba que sin razones suficientes. Era una diócesis que sale de aquella crisis con mucha ilusión y con la alegría y el gozo de empezar una nueva etapa con mayor libertad. Estuve 20 años allí, que son muchos años, y eso me permitió tener muchos contactos muy personales. Quería mucho de entre los sacerdotes y los seglares, y el tener que salir me costó trabajo. Salí también llorando, pero desde mi compromiso y convicción de que había aceptado el sacerdocio como un servicio a la Iglesia y donde la Iglesia quisiese. Es verdad que tuve la suerte de venir a Málaga, que ya conocía y donde, durante casi 16 años, me he encontrado también muy feliz.

Dentro de unos días D. Antonio Dorado dejará de tener chófer, reducirá su sueldo al de una modesta pensión, no tendrá cocinera, ni secretario personal, etc., ¿se ha preparado para esta nueva etapa?

Yo creo que no será difícil. Todavía no tengo la experiencia, hasta el 13 de diciembre no seré Obispo Emérito. Lo económico no me preocupa. Estos dos últimos años cobraba 950 euros al mes, aproximadamente. Es verdad que yo tenía una serie de ventajas que no me suponían ningún gasto: la casa, el chófer y el coche para los viajes oficiales, etc. Quizás me pueda costar más el moverme porque no tendré chófer, ni medio de locomoción, pero creo que para mí será un problema secundario. Probablemente note más el cambio que supone en la vida de una persona el tener una agenda llena de ocupaciones y que, por consiguiente no te da tiempo ni para una tentación, y pasar a una vida en la que obligatoriamente no tienes ninguna función. A mí me gusta mucho estudiar y creo que necesito orar más, a lo que quiero dedicarme, pero seguramente, como me dicen algunos compañeros, supondrá un período de adaptación, superable, con la gracia de Dios. Por otra parte, hay que pensar que el tiempo de vida que nos quede no será muy largo, así que hay que prepararse en esta última etapa de la vida para pasarlo lo más santamente posible.

Más de 15 años como Obispo de Málaga y Melilla. Unos años que los feligreses recuerdan, sobre todo, por su cercanía a la gente en las múltiples visitas pastorales a todos los rincones de la Diócesis, ¿qué objetivo tenían estas visitas pastorales?

Mi experiencia personal es que las visitas pastorales a las parroquias y a las instituciones diocesanas son los momentos más gozosos de la vida de un obispo. Yo personalmente es cuando me sentía más feliz. Siempre los he vivido y los he entendido como unos encuentros de familia. Para mí no tenían un aspecto burocrático ni de cumplimiento, era como la visita a esa gran familia de la que yo formo parte: la Diócesis de Málaga. Al ser una Diócesis muy grande, estas visitas me permitían un contacto directo que no era una carta u otro medio de comunicación. Son siempre acontecimientos de gracia que, de alguna manera, actualizan la entrada de Jesucristo en el mundo, que se describe en su Encarnación como la visita de Dios a su pueblo. Valoro especialmente la visita a los enfermos. Te encuentras realmente con personas ejemplares, con una fe impresionante. Tengo anécdotas, en este sentido, que son un estímulo para ser fiel a mi vocación y para darle gracias a Dios. Las visitas pastorales son una manera privilegiada de “tocar pueblo”. A veces puede dar la impresión de que los obispos no vivimos en la tierra; pues, en las visitas pastorales convivo con los problemas del pueblo, con la realidad de la gente, y a mí esto me hace ser más humano y comprender mejor a mi gente, hacerme conocer por mi gente, y eso creo que crea comunión y amistad. Es un tiempo de gracia, un momento privilegiado para el encuentro y el diálogo con los creyentes. Sinceramente, lamento no haber dedicado más tiempo a las visitas pastorales aunque, en general, he visitado con frecuencia las parroquias en diversas ocasiones, aunque no siempre con el tiempo que me hubiera gustado.

Un Obispo que ha puesto en marcha varios proyectos pastorales, ¿han entendido los fieles el objetivo de estos proyectos? ¿han servido para fomentar la comunión dentro de la Diócesis?

Creo que es una de las mayores aportaciones que en mi tiempo he hecho a la Iglesia de Málaga. Hemos trabajado fijando unos objetivos y unos medios que hemos elaborado entre todos: sacerdotes, laicos, miembros del Consejo Pastoral Diocesano, de los Consejos Pastorales Parroquiales, etc. Por parte de los sacerdotes y de los fieles en general no se ha podido decir que la Iglesia de Málaga no sabe adónde va. Nos podemos haber equivocado, pero entre todos hemos buscado lo que nos parece que hoy puede ser preferente en la Iglesia de Málaga. Desde 1996 al 2000, el Proyecto se tituló “El camino de la Iglesia de Málaga hacia el Tercer Milenio”, y en él seguíamos las grandes orientaciones del papa Juan Pablo II para celebrar los dos mil años del nacimiento del Señor, el nuevo milenio. Fue una experiencia de gran riqueza, porque dio ocasión a encontrarnos grupos numerosos de la diócesis en celebraciones litúrgicas en la Catedral, muy bien preparadas; en encuentros en la Casa Diocesana de Espiritualidad, que nos permitían crear un sentido de ilusión y de estar trabajando todos algo en común, algo muy necesario. Del 2001 al 2006, el Proyecto Pastoral se tituló “Rema mar adentro”, recordando el pasaje del Evangelio en que el Señor animaba a sus discípulos a echar de nuevo las redes y remar mar adentro, profundizando más en la vida cristiana. Profundizamos en la Iniciación Cristiana como don de Dios y tarea maternal de la Iglesia, en la Pastoral Familiar, la Pastoral de Juventud y Vocacional, el Catolicismo Popular, la Caridad y la promoción y animación de los agentes de pastoral. Todo ello con materiales que ayudaran a profundizar a todos los grupos de la diócesis, publicaciones que conservo y que han sido valoradas por otros sectores de la Iglesia. En 2006 comenzamos el Proyecto Pastoral en el que estamos inmersos, y para el que se ha elegido el lema de “Fortalecer la fe de los creyentes y transmitir la fe a los no creyentes”. Primero profesamos la fe, después profundizamos en el seguimiento de JC y este año lo centramos en Vivir en Cristo, uniendo también el estudio de la figura de san Pablo como modelo de cristiano y modelo de apóstol. Todo este proceso ha traído consigo una serie de publicaciones, cursillos, itinerarios de formación cristiana, semanas de formación teológica, etc., que nos han centrado a todos en unos proyectos comunes. No sé si lo conseguiremos o no, pero tengo la impresión de que la Iglesia de Málaga sabe dónde tiene que ir, que Dios nos ayuda a todos en ese camino que hemos descubierto entre todos.

Todas las semanas ha regalado usted a sus feligreses una carta pastoral en la que nos animaba a fortalecer y transmitir la fe. En muchas de ellas ha sido usted crítico con el momento social que se vivía, como es el caso de la inmigración, los malos tratos, la situación de los niños, o la crisis económica. ¿No dicen que los Obispos no deben “meterse en temas de política”?

Tengo que reconocer, con toda humildad, que un buen servicio que hemos hecho en estos años a la Iglesia de Málaga ha sido la potenciación y mejora de los medios de comunicación, que ya existían, y que son muy importantes para que el mensaje cristiano llegue a mucha gente, utilizando los medios modernos que existen. Tú en concreto eres una persona de ese equipo entusiasta; a mí personalmente me lo han alabado personas de otras diócesis, obispos y gente de todo el mundo a través de la página web y del correo electrónico. Ciertamente, a eso le he dado mucha importancia y he procurado tener todas las semanas una columna breve del Obispo en la publicación diocesana, en la que he tratado temas muy variados. Las tengo todas coleccionadas, en ellas trataba de responder a lo que yo creía que eran las inquietudes del momento, ejerciendo de esa manera lo que yo creo que es la tarea principal de la Iglesia, la de la transmisión de la Palabra de Dios, actualizada desde mi función de Obispo, como maestro en la fe. Creo que por ese medio he llegado a mucha más gente que por mis homilías y todos los cursillos que he dado. Evidentemente, en estos medios surgían los temas de la vida, que llamamos políticos porque son de la polis, del pueblo. En la religión cristiana, Dios entra en nuestra vida y se hace hombre. Es cierto que en más de una ocasión se nos ha acusado a los obispos de que nos metemos en temas que no son nuestros. Pero yo remitiría a un reciente documento, de 2002, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en Roma, y que se titula Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. En ese documento se afirma que el compromiso cristiano en el mundo, a lo largo de la historia, también incluye el campo político, no ahora, sino desde siempre. De hecho, a Jesucristo lo mataron por meterse en política. Tomás Moro afirmó que “con la vida y con la muerte, el hombre no puede separarse de Dios, ni la política de la moral”, y él fue un hombre político. Hay que tenerlo presente, sobre todo en un gobierno que presume y se manifiesta como democrático, con lo que no hay razones para que se prohíba la voz de cualquier persona. La Iglesia y los obispos tenemos el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe, o la moral, o la ley natural. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes, definía que las relaciones entre el poder político y la Iglesia debían ser relaciones de autonomía; y al mismo tiempo, de una sana colaboración. En los documentos que hemos publicado los obispos, y que pedía la sociedad, lo que se hace es presentar los valores evangélicos y los valores humanos para ilustrar la conciencia del Pueblo de Dios y, de paso, ayudar a los políticos a ajustarse a su función de contribuir al bien de todos los ciudadanos.

El Sr. Obispo es el pastor y guía de toda la Diócesis, ¿ha tenido que ponerse serio y llamar al orden al clero o a los feligreses?

Yo suelo guiarme por el criterio que nos dice el Evangelio que tenemos que tener los miembros de una familia, que somos todas las personas, y que es lo que se llama la ayuda fraterna o corrección fraterna; es decir, ante una actuación que yo considero que no es correcta o cristiana en una persona, yo me tengo que sentir responsable de esa persona. Hacerle caer en la cuenta de que ha hecho algo mal no es una ofensa, sino una forma de ayudarle a ser mejor. Y ahí me he movido yo. Creo que la autoridad de la Iglesia tiene que ser principalmente una autoridad moral; es decir, que no se impone nada por el temor, ni por la rigidez, sino desde una actitud caritativa en que tratamos de ayudar al otro a ser mejor para no perturbar con una conducta que, por no ser adecuada, repercute negativamente en la misma Iglesia y en la sociedad. No he tenido, en general, ninguna actuación que pueda considerarse violenta, eso nunca; sí he podido tomar decisiones que me han parecido importantes y en eso no he cedido cuando un hecho concreto o una conducta no coincidía con la doctrina de la Iglesia o con el mensaje del Evangelio.

Cierra usted también un capítulo importante en la Conferencia Episcopal. Ha sido el presidente de la Comisión de Educación en unos años marcados por la asignatura Educación para la Ciudadanía, y en los que ha tenido que luchar por la asignatura de Religión y por la situación de los profesores de Religión, ¿le han dado mucho trabajo estos asuntos?

Mucho trabajo, muchos disgustos y muchas satisfacciones. Estoy convencido de que el ámbito educativo es un ámbito privilegiado de formación de personas, que es la tarea fundamental de la Iglesia. El tema educativo, gracias a Dios, ocupa hoy día un lugar preferente en todos los campos sociales, distinto a lo que ha ocurrido en años pasados en que, por unas circunstancias u otras, la autoridad civil o no podía o no era sensible a los problemas educativos de la sociedad, tal vez porque había otras urgencias previas. Los mayores recordamos que, en tiempos del Cardenal Herrera Oria, un porcentaje alto de la población de la provincia era analfabeto, no por falta de inteligencia, sino porque no tenía medios educativos. A lo más que se podía aspirar era a aprender a leer y escribir, y las 4 reglas básicas de las matemáticas, y a veces, ni eso. La Iglesia ha sido siempre pionera en su presencia en el ámbito de la enseñanza. Ha considerado siempre que era una de sus tareas preferentes. En los centros educativos confesionales no se hace distinción entre personas católicas y no católicas, sino que se imparte el ideario del centro, sin imponerlo. En este sentido, conozco a personas ilustres que han reconocido públicamente que, aunque eran ateos o agnósticos, han estudiado en colegios de la Iglesia y que están muy agradecidos a que hayan respetado siempre su conciencia y nunca se les haya impuesto nada. Es una forma de ver que la oferta y la ayuda que la Iglesia hace en el campo educativo responde a la alta valoración que la Iglesia tiene de la educación de las personas. Y repito que, gracias a Dios, hay una gran preocupación por la educación. La prueba está en que en 25 años hemos tenido 5 leyes distintas de educación primaria, secundaria y universitaria, coincidiendo con el cambio de los partidos políticos. Es decir, que a los partidos políticos les interesa mucho tener el poder de influencia en el campo de la educación. Esto es bueno, lo negativo es cuando el poder político se entromete en cosas que no le corresponden, porque el derecho a la educación de los niños, adolescentes y jóvenes corresponde a los padres y, cuando se es adulto, a la propia persona. A esas edades tempranas, son los padres los que tienen el derecho de que sus hijos sean educados según su forma de entender las cosas. Es más, son los padres los que pagan esta educación. Al no poder cada familia dar la enseñanza oportuna a sus hijos, se unen y buscan instituciones que les ayuden y así nacen las escuelas, pero la enseñanza no es gratuita, la pagan los padres. En la Iglesia han surgido como dos grandes problemas en este campo educativo. Por una parte, hoy día se ha conseguido el derecho de todo ciudadano a la educación, ya que el Estado obliga a la enseñanza, y eso ha sido un avance; pero no se ha avanzado en reconocer el derecho de los padres a elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos, sino que los niños tienen que ir a los centros que el Estado marca, en función de unos criterios. No ha habido una adecuada valoración para facilitar el servicio que los centros concertados, que suelen ser confesionales, ofrece a la sociedad, y se ha dado prioridad a los centros estatales. Por otra parte, la sociedad no tiene libertad para fundar escuelas propias. En este último tiempo ha surgido también el conflicto de la asignatura Educación para la ciudadanía. En este aspecto, la Iglesia se ha expresado claramente en varias ocasiones y un documento significativo es el que se publicó desde la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal en febrero de 2007, y en el que se afirman dos cosas fundamentalmente: que no estamos en contra de Educación para la Ciudadanía, sino que estamos totalmente de acuerdo en que se formen buenos ciudadanos. Estamos en contra de “esta” educación para la ciudadanía, porque invade el derecho de los padres. Por eso, desde este documento animábamos a los padres a que utilizasen los medios legítimos a su alcance para luchar contra esta intervención del Estado. Esta asignatura es inaceptable tal como se propone, porque sus contenidos son perjudiciales para el desarrollo integral de la persona. La sociedad ha tomado conciencia de ello, y son los seglares los que están buscando la forma de objetar ante esta asignatura. No es justo que en los centros públicos se obligue a los padres a que sus hijos cursen esta asignatura y a los colegios religiosos no se les imponga el contenido de la misma. Es decir, me parece coherente lo que hacen con los colegios confesionales de no obligarnos a impartir lo que está contra nuestro ideario; pero no es coherente que a los cristianos de los centros públicos se les obligue a ello. Otro tema importante es el derecho de los padres a que sus hijos reciban una educación religiosa confesional, ya sea católica, musulmana, judía o budista, siempre que la elijan. Esto está siendo un problema, por la resistencia a ofrecer esta enseñanza. En cuanto a los profesores se Religión, es cierto que se les ha dignificado con un sueldo más justo, pero se les ha disminuido, progresivamente, el número de horas que imparten. Me merecen un gran respeto y agradecimiento los profesores de Religión que están contribuyendo a la enseñanza religiosa de los niños y padres que la eligen.

El Señor nos dejó muy claro que dichosos nosotros cuando nos persiguieran y calumniaran por causa del Evangelio, ¿ha recibido usted críticas por el Evangelio?

Los católicos no estamos llamados a la persecución, pero es cierto que, quien quiera ser fiel al mensaje del Evangelio, vivirá persecución. Ya nos lo dijo el mismo Jesús, “si a mí me han perseguido, no es más el discípulo que el maestro…” El Evangelio, en todas las épocas de la historia ha provocado sufrimientos, persecuciones y martirio de no pocos cristianos. Personalmente, yo me he sentido también solidario de tantos hermanos que, por ser cristianos, han sufrido el menosprecio, la persecución y la muerte. Comparto, como miembro que soy de la Iglesia, mi familia, todo aquello que a sus hijos les hace ser objeto de persecución por ser fieles al mensaje que Jesucristo nos propone. En mi caso concreto, aunque en ocasiones he sentido el sufrimiento y el dolor de la incomprensión y de la crítica, tengo que afirmar, como dice la carta a los Hebreos, que comparado con estos grandes testigos de la fe, en mi caso la sangre no ha llegado al río. En los mártires, lo que la Iglesia valora no es el sufrimiento, sino la fidelidad a su fe, que nos afirma que sólo Dios es Dios.

Lea la homilía de Antonio Dorado Soto durante la Eucaristía de despedida de la Diócesis.



 
 
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