Mª Ángeles López Romero. 02-01-2009

El desarrollo en India es femenino y plural
El terrorismo ha traído a la actualidad a una de las grandes potencias emergentes, la india, que aspira a conquistar amplias cuotas del pastel económico mundial. Pero el 60% de su población sigue viviendo bajo el umbral de la pobreza, sometida al injusto sistema de castas. una vez más, el binomio educación-mujer anuncia un cambio social que traiga justicia y dignidad a los que menos tienen. y la ong española manos unidas contribuye a ello desde hace ahora justamente 50 años. Hemos acompañado a su voluntaria más veterana, caridad roa, en un hermoso viaje vital a la frontera entre pobreza y desarrollo, en el estado de tamil nadu.
Nagalakshmi tiene 14 años y una dulce sonrisa, aunque ha contraído el Sida. Nagalakshmi es mujer, de casta inferior o intocable, está acechada por la muerte y padece una enfermedad que a los ojos de sus paisanos la vuelve sucia. Su corta vida es pues el resumen de la pobreza en India. Pero ella sonríe, mientras recita un poema que ha compuesto sobre el hambre: el hambre de amor, de educación, de recursos económicos... Y concluye su poema: “La muerte tiene hambre de gente”. Sus palabras conmovedoras hacen saltar las primeras lágrimas de la expedición española que visita Tamil Nadu: cinco periodistas y cinco miembros de Manos Unidas.
Para saciar todas las hambres del mundo nació, hace ahora 50 años, la ONG española Manos Unidas, cuya voluntaria más veterana es Caridad Roa, actual coordinadora de proyectos en el Estado indio de Tamil Nadu. Allí la hemos acompañado en su enésimo viaje al país que ha copado recientemente todos los telediarios del mundo por la desgracia que el terrorismo internacional ha sembrado en su capital económica. Y que es desde siempre el principal destinatario de las inversiones en desarrollo que hace Manos Unidas. Lo explica el número de pobres que viven bajo su bandera: el 60% de una población de 1.200 millones de habitantes se encuentra bajo el umbral de la pobreza o rozándolo muy de cerca (entre 1 y 2 dólares al día). Y entre ellos las mujeres y los descastados, o dalits, como Nagalakshmi, son quienes más sufren la falta de oportunidades, sobre todo en las zonas rurales.
“El hinduismo es un sistema de vida, más que una religión como la entendemos nosotros”, explica África Marcitllach, coordinadora de India. En él las personas deben someterse a un rígido sistema de castas y subcastas. Los descastados, o dalits, sólo pueden realizar los trabajos denominados impuros y reciben una miseria a cambio de su labor. Pero no deben revelarse o protestar por ello, porque eso podría suponer, según sus creencias, que en una vida posterior se reencarnen en algo aún peor. Aunque queden pocas cosas peores...
Quizás esto explique la paz social que suele reinar en India pese a la enorme desigualdad y la terrible pobreza. El conformismo, la aceptación, no generan cambios sociales. Aunque algo parece estar moviéndose.
“El desarrollo acabará con el sistema de castas”, afirma el arzobispo de Madrás, monseñor Paul Chinnapan. Y lo hace con convicción porque él es uno de los primeros obispos dalits que existen. “La India es un país muy grande, con diferentes lenguas, diferentes climas, gente rica y gente pobre. Eso hace que cualquier cambio sea más complicado, pero aunque sea poco a poco, la India está cambiando”. Lo suscribe el secretario del obispo, el reverendo Charles Kumar que, al contrario, pertenece a una casta superior. “El sistema de castas desaparecerá. Porque a mayor educación, menor influencia del mismo. No hay más que ir a Kerala”. Se refiere al Estado indio donde prácticamente ha desaparecido el analfabetismo. No es así en Tamil Nadu. De ahí que buena parte de los fondos enviados por Manos Unidas se hayan destinado a la financiación de escuelas para los más pobres de los pobres. Porque educación es igual a desarrollo, igual a futuro.
Escuelas para un nuevo porvenir. Ojos enormes y dentaduras blancas y perfectas brillan en rostros hermosos y elegantes delimitados por trenzas simétricas recogidas con lazos. Los niños indios son preciosos. No se puede ser más guapo ni vestir más elegantemente el uniforme, obligatorio, que elimina diferencias ecomómicas y sociales y reviste de dignidad la escuela. Tan sólo se distingue su pobreza en sus pies, que en las zonas rurales y los barrios marginales corren siempre descalzos. Para estos niños la escuela es además la tabla de salvación que puede cambiar su porvenir. Se puede ver en Nagercoeil, en la St. Aloysius Primary School, donde 400 niños muy pobres reciben dosis de esperanza en clases recién construidas con dinero de Manos Unidas y 368 de ellos se alimentan con arroz, algo de caldo y un huevo duro, al menos una vez al día, gracias a la ayuda del Gobierno indio.
Las sonrisas de estos alumnos disciplinados y alegres, que comprenden el poder transformador de la educación y lo agradecen como un valioso regalo, sus sonrisas, nos redimen de todo el dolor del mundo.
La Iglesia católica, minoritaria en India (2, 5%), aunque con una significativa presencia social en el Estado de Tamil Nadu, donde los cristianos alcanzan el 10% de la población, sabe bien que el desarrollo pasa por la educación. De ahí que cada complejo parroquial rural incluya siempre una escuela, apoyada por los servicios sociales diocesanos, asimilables a las cáritas.
Manos Unidas ha colaborado con ellos en la construcción de muchas de estas escuelas en sus 50 años, bajo la supervisión de Caridad Roa, cuyo nombre aparece en más de una placa conmemorativa. “Aunque la educación no sea noticia y las escuelas resulten aburridas de contar, explica África Marcitllach, estas escuelitas perdidas en la jungla son el verdadero desarrollo, porque cambian la vida de cientos de niños para siempre”. En algunos casos, además, salvan vidas.
La maldición de las niñas. Las rígidas normas sociales que aplica el hinduismo afectan especialmente a las mujeres. Tener una hija en la India es una desgracia, una maldición. Porque cuando crezca habrá que pagar una costosa dote para que se case y desde ese momento sus padres la perderán como hija y su suegra la ganará como esclava. Sólo quienes tienen hijos varones recibirán cuidados cuando sean ancianos, en un país sin garantías sociales consolidadas. De ahí que se practique de manera habitual el aborto selectivo, a pesar de estar penado, y se llegue incluso al infanticidio cuando no hay acceso a un ecógrafo, prohibido por el Gobierno.
El distrito de Theni es uno de esos territorios donde las suegras, e incluso las madres, llenaban la boquita y la nariz de las niñas de arroz para que murieran asfixiadas con el polvo. “Para que no tengan que sufrir lo que ellas han pasado...”. Aún hoy se aplica esta terrible condena sobre las pequeñas. Pero su frecuencia ha descendido considerablemente gracias a la labor de una de esas escuelitas humildes, en que las niñas estudian a veces al aire libre porque las aulas no dan de sí. Regentada por las hermanas de San José de Lyon, que visten hábitos-sari de tono azafrán, el color nacional de la India, esta escuela da formación a 1.200 niños y niñas en primaria y 700 niñas en secundaria. Cuando salgan de allí podrán trabajar y contribuir a la economía familiar. Y pasarán de ser una desgracia a ser una bendición para sus parientes.
Caridad recuerda orgullosa el cambio profundo experimentado por la mujer en estos más de 30 años en que ella ha visitado la India. “Al principio no entraban siquiera a los salones de reuniones, después se sentaban atrás con la cara tapada. Hoy están en primera fila, liderando proyectos, orgullosas de su trabajo. Y toman la palabra con una fuerza y un discurso que ya quisiéramos ver muchas veces en España”. Manos Unidas ha apostado desde siempre por apoyarlas, siendo como son además una ONG compuesta en un 95% por mujeres, como le gusta recordar a su presidenta, Begoña de Burgos. Empoderamiento de la mujer, llaman a la función de los proyectos que financian para dotarlas de formación, capacidad de liderazgo y soluciones económicas. India, como otros muchos países en vías de desarrollo, está plagada de ejemplos en que la mujer se asocia y mejora sus condiciones de vida. Son los mahila sangams.
Las mujeres al poder. Un paseo por la pequeña localidad rural de Melapathi permite observar a simple vista los efectos de su mahila sangam. La renta media de sus familias se ha multiplicado por cinco desde que las mujeres se asociaron hace siete años animadas por RUC, la organización que lidera el abogado filántropo María James. Hasta entonces las mujeres complementaban los exiguos ingresos que aportaban sus maridos procedentes de la agricultura haciendo cigarrillos para una multinacional. Cuarenta rupias por liar 1.000 cigarros. Y ningún beneficio social. Aunque la empresa les obligaba a firmar como si los hubieran recibido. Si no lo hacían, dejaban de enviarles la materia prima.
Pero eso ha cambiado. El sindicato las ha preparado sobre los derechos legales que pueden reclamar y para que puedan ejercer el poder en beneficio de la comunidad cuando son elegidas en las elecciones municipales. El gobierno obliga a que dos de los cinco miembros que componen el Panchayat, o corporación local, sean mujeres. Pero en la práctica eran los maridos los que mandaban por ellas. Ahora, mujeres como la joven y hermosa Bimel (junto a estas líneas), madre de cuatro hijos y miembro del gobierno municipal desde hace dos años, se enorgullece de lo conseguido: “Hemos traído luz a las calles, mejorado la carretera, canalizado el agua, facilitado el transporte...”. Y un paseo por el pueblo nos permite comprobar los avances. La limpieza y cuidado de sus casas y calles permite adivinar una India diferente, más cercana a los parámetros de limpieza y orden occidentales.
La lista de éxitos es interminable. No sólo en lo comunitario: con la ayuda de Manos Unidas, el mahila sangam ofrece microcréditos a un interés asumible del 12%, frente al 120% que pagaban antes. Con ese dinero, las mujeres han iniciado negocios de cultivo de bananas, una tetería, una sastrería o la compra de animales de leche. “También hemos arreglado nuestras casas y hemos mandado a los hijos a la enseñanza superior”. Los mahila sangams son toda una revolución. Eso explica que María James estuviera a punto de marcharse de Kanyakumari, la capital del distrito, por el acoso y las amenazas a que le sometieron las empresas tabaqueras a través de la policía y los tribunales. Pero él es abogado y sorteó el peligro. De momento.
Marcar distancias. La fuerza de las mujeres que se organizan es imparable y no tiene límites. En otra localidad, por ejemplo, lograron que el violador de una niña de 10 años entrara en la cárcel y a la pequeña le pagaran una indemnización. Antes de su intervención la policía había dejado al hombre en libertad. Fátima, coordinadora de una unión de crédito, lo explica muy gráficamente: “Antes me pasaba la vida en la cocina. Ahora me siento muy fuerte porque voy al banco”. Pero su poder es acogedor y solidario: “Atendemos a las mujeres enfermas de sida, les compramos los libros a sus hijos...”. “Precisamente eso, comprobar cómo la unión de las mujeres les cambia la vida, fue lo que me hizo, como abogado, ponerme a su servicio”, explica María James, un hombre hecho de principios y compasión.
Pero no todo está logrado ni mucho menos en el avance de las mujeres en la India. Cada 8 de marzo, éstas celebran una especie de desfile en que representan sus principales problemas: el maltrato doméstico, la dote, la situación de las viudas...”. En una ocasión pidieron a Caridad Roa que cortara la cinta. Y en su discurso, Caridad les recriminó la educación machista que ellas mismas transmiten en sus hogares y el trato que dan a sus nueras. “Les pregunté por qué dan de comer las últimas a las hijas, no las llevan al médico cuando caen enfermas o no las mandan a la escuela. Ellas tienen la oportunidad de cambiar las cosas”.
Lo cierto es que donde las mujeres se organizan, cuando un hombre maltrata a su esposa van 30 mujeres a abroncarle. En sus miradas y el movimiento de sus manos se percibe una fuerza arrolladora que llevaba demasiado tiempo dormida. Y preguntan con avidez a las mujeres occidentales que las visitamos hoy: “¿A qué edad os casáis? ¿lo hacéis por amor? ¿cuántos hijos tenéis?”. Datos que importan en una sociedad donde muchas jóvenes contraen matrimonios pactados antes de los 15 años.
“Por lo menos una vez a la semana somos felices y lo pasamos bien. Gracias a los encuentros somos capaces de hablar, contar nuestras cosas”. Lo explica Jeya, a la que su marido abandonó cuando nació su hija. Y lo hace arropada por las mujeres de su grupo, residentes todas ellas en unas humildísimas chozas, de las que ni siquiera tienen títulos de propiedad, al borde de un riachuelo de agua turbia en Saral, cerca de Nagercoeil. Sorprende saber lo en serio que se toman la asistencia a sus reuniones y cómo cumplen el ahorro pactado: 10 rupias a la semana. Con lo reunido se pagan los estudios de sus hijos, que a buen seguro dejarán un día de vivir en esa situación. Uno de ellos, cuenta su madre orgullosa, “ha estudiado Historia a distancia”. Una distancia infinítamente inferior que la que están marcando estas mujeres entre su presente y el futuro de sus descendientes.
Pero otros niños no tienen tanta suerte. Huérfanos, vendidos o abandonados, deambulan a millares por las grandes ciudades y se parapetan en estaciones, templos, parques y centros comerciales. Son los niños de la calle: el reflejo más trágico de economías emergentes como la India, que a la par envía naves a la luna. Sin embargo, desde hace unos años, en la ciudad de Madurai, alguien les ha dicho: “Hay esperanza. Tú no estás solo”. Así reza un cartel sobre la puerta de entrada al centro de acogida de la asociación Nanban (que significa amigo) de los hermanos de La Salle, dirigida por B. James.
Ángeles de la guarda. Este lema le llevó a organizar un impresionante sistema de localización de los niños de la calle, en el que colaboran taxistas, conductores de autobuses, vendedores de flores... “Cuando nos avisan, recogemos a los niños, les atendemos en sus primeras necesidades, les damos consuelo e intentamos localizar a su familia”. En algunas ocasiones consiguen reunirlos. Pero si no es así, comienza una segunda fase de acogida en un hogar compartido con más niños de la calle, y formación para que puedan lograr un futuro. En 18 años han rescatado de la sordidez urbana a 19.000 niños. Y su modelo se ha exportado ya a otras 75 organizaciones de la India.
No hay más que mirar a los ojos de J.M.Rahman para intuir el infinito agradecimiento que guarda a Nanban en su corazón. Su padre murió cuando él contaba 6 meses de vida y su madre un año y medio más tarde. Llegó a Madurai en tren procedente de Chennai, la antigua Madrás, y con 12 años alguien le trajo a Nanban. “Llevaba tres días sin comer ni beber nada. Si no hubiera venido, mi vida hubiera sido mucho más difícil. Por eso estoy agradecido”, dice con pudor. Rahman dirige ahora, 14 años más tarde, la pastelería que sirve a la organización para cubrir gastos.
Pioneros. Como él, otros niños recogidos aquí han alcanzado el éxito. Pero el caso de Pumary y sus compañeras ha causado admiración en toda India. Y es que hasta que ella y otras 14 jóvenes se pusieron por primera vez al volante de un rickshaw (el tradicional taxi indio), nunca antes en la India se habían visto mujeres taxistas. “Fue un programa pionero. Nos consideraban locos”, explica James. Ahora exportan esta idea con la que rompieron esquemas, pues al pricipio nadie se fiaba de ellas y más tarde se merecieron la consideración de la ciudad por su buen hacer y formalidad. Pumary continúa conduciendo su rickshaw por las calles de Madurai. Pero sus hijos estudian en la Universidad. Es lo que tiene la esperanza, que enseña a soñar.
También sueña P. Eswari, de 14 años, alojada en el hogar de Nanban para niñas de la calle. Una casa humilde pero alegre, decorada con pinturas que las propias niñas han dibujado, por la que la niña nos guía de la mano.
Eswari ha sufrido mucho, se pone triste al recordar su historia de orfandad y trabajo infantil, pero ahora está feliz. Y quiere... ser. Ser, a pesar de su pasado; ser mujer, a pesar de lo que ha padecido su madre; y ser médico, a pesar de que nadie nunca hubiera imaginado para esta niña huérfana y dalit un destino semejante. Amor, educación y justicia son un cóctel explosivo, más si se acompañan de valentía, como sabe bien Caridad Roa, que apostó por este proyecto hace ya 10 años. Y que confía plenamente en B. James, artífice de esta isla de oportunidades en medio de la pobreza urbana de Madurai.
No es desde luego el hermano James el único intrépido que regala sus ideas a otros luchadores contra la pobreza en India. En la misma Madurai, el jesuita Stephen J. Muthu dirige el Comunity College y el Instituto de Formación Técnica Loyola, dos instituciones que se han hecho con un enorme prestigio a fuerza de implicar al sector empresarial local y formar específicamente a la mano de obra que van a necesitar. A sus aulas acuden los dalits y las castas inferiores. Todos los alumnos encuentran trabajo. Y obtienen una media de 3.000 rupias de salario, frente a las 120 que ganan en los empleos que hasta ahora les tenían reservados.
El cambio de India. Hijas de vendedores de pescado (el trabajo con animales muertos o sangre se considera impuro y está reservado a los intocables) que trabajan para Airtel. Refugiadas tamiles procedentes de Sri Lanka que se emplean como enfermeras o secretarias... La joven Priya se siente orgullosa. “Mi compañero sentimental dice que soy muy valiente por trabajar”, en un país en que la situación de la mujer soporta una losa cultural de más de 2.000 años de historia. Se siente agradecida por la educación que ha recibido aquí para cambiar su destino. Y como en un perfecto resumen de la tesis de este reportaje, sentencia: “Nosotras, las mujeres, estamos ayudando al desarrollo, al cambio de la India”.
Caridad concluye: “Que la India está cambiando es indudable. Y son las mujeres las que van a levantarla porque están aprendiendo higiene, educando a sus hijos, organizándose”. Caridad se despide de la India descubriendo su nombre, junto al de Manos Unidas, en la placa de una escuela en la zona más pobre de Chennai. Otra vez niños descalzos. Y otra vez las sonrisas de tantas niñas que se saben beneficiarias de millones de gotas de solidaridad recogidas en España por tantas manos solidarias. Que saben, en definitiva, que en India, el desarrollo va a ser femenino y plural.
Medio siglo de fe en un mundo mejor
Una mujer pequeña pero recia, de convicciones firmes y corazón grande, que ya pasa de los 80. Así es la veterana voluntaria de Manos Unidas, Caridad Roa. Se llama Caridad, pero podría haberse llamado justicia, o solidaridad. O Manos Unidas, porque ella, que ha estado allí desde siempre y lo ha sido casi todo (tesorera, vicepresidenta, coordinadora de Tamil Nadu...) representa como nadie la labor de esta ONG creada por mujeres pioneras que, hace hoy medio siglo, vieron la necesidad de unir sus manos para acabar con todas las hambres del mundo invirtiendo en justicia, en igualdad, en paz. El primer proyecto de desarrollo que financiaron estaba precisamente en India. Y allí hemos viajado de la mano de Caridad, junto a Clara Pardo, África Marcitllach, Mª Eugenia Díaz y Begoña de Burgos, su presidenta, para comprobar el agradecimiento de sus gentes y los efectos de su fe en un mundo mejor.
Para saciar todas las hambres del mundo nació, hace ahora 50 años, la ONG española Manos Unidas, cuya voluntaria más veterana es Caridad Roa, actual coordinadora de proyectos en el Estado indio de Tamil Nadu. Allí la hemos acompañado en su enésimo viaje al país que ha copado recientemente todos los telediarios del mundo por la desgracia que el terrorismo internacional ha sembrado en su capital económica. Y que es desde siempre el principal destinatario de las inversiones en desarrollo que hace Manos Unidas. Lo explica el número de pobres que viven bajo su bandera: el 60% de una población de 1.200 millones de habitantes se encuentra bajo el umbral de la pobreza o rozándolo muy de cerca (entre 1 y 2 dólares al día). Y entre ellos las mujeres y los descastados, o dalits, como Nagalakshmi, son quienes más sufren la falta de oportunidades, sobre todo en las zonas rurales.
“El hinduismo es un sistema de vida, más que una religión como la entendemos nosotros”, explica África Marcitllach, coordinadora de India. En él las personas deben someterse a un rígido sistema de castas y subcastas. Los descastados, o dalits, sólo pueden realizar los trabajos denominados impuros y reciben una miseria a cambio de su labor. Pero no deben revelarse o protestar por ello, porque eso podría suponer, según sus creencias, que en una vida posterior se reencarnen en algo aún peor. Aunque queden pocas cosas peores...
Quizás esto explique la paz social que suele reinar en India pese a la enorme desigualdad y la terrible pobreza. El conformismo, la aceptación, no generan cambios sociales. Aunque algo parece estar moviéndose.
“El desarrollo acabará con el sistema de castas”, afirma el arzobispo de Madrás, monseñor Paul Chinnapan. Y lo hace con convicción porque él es uno de los primeros obispos dalits que existen. “La India es un país muy grande, con diferentes lenguas, diferentes climas, gente rica y gente pobre. Eso hace que cualquier cambio sea más complicado, pero aunque sea poco a poco, la India está cambiando”. Lo suscribe el secretario del obispo, el reverendo Charles Kumar que, al contrario, pertenece a una casta superior. “El sistema de castas desaparecerá. Porque a mayor educación, menor influencia del mismo. No hay más que ir a Kerala”. Se refiere al Estado indio donde prácticamente ha desaparecido el analfabetismo. No es así en Tamil Nadu. De ahí que buena parte de los fondos enviados por Manos Unidas se hayan destinado a la financiación de escuelas para los más pobres de los pobres. Porque educación es igual a desarrollo, igual a futuro.
Escuelas para un nuevo porvenir. Ojos enormes y dentaduras blancas y perfectas brillan en rostros hermosos y elegantes delimitados por trenzas simétricas recogidas con lazos. Los niños indios son preciosos. No se puede ser más guapo ni vestir más elegantemente el uniforme, obligatorio, que elimina diferencias ecomómicas y sociales y reviste de dignidad la escuela. Tan sólo se distingue su pobreza en sus pies, que en las zonas rurales y los barrios marginales corren siempre descalzos. Para estos niños la escuela es además la tabla de salvación que puede cambiar su porvenir. Se puede ver en Nagercoeil, en la St. Aloysius Primary School, donde 400 niños muy pobres reciben dosis de esperanza en clases recién construidas con dinero de Manos Unidas y 368 de ellos se alimentan con arroz, algo de caldo y un huevo duro, al menos una vez al día, gracias a la ayuda del Gobierno indio.
Las sonrisas de estos alumnos disciplinados y alegres, que comprenden el poder transformador de la educación y lo agradecen como un valioso regalo, sus sonrisas, nos redimen de todo el dolor del mundo.
La Iglesia católica, minoritaria en India (2, 5%), aunque con una significativa presencia social en el Estado de Tamil Nadu, donde los cristianos alcanzan el 10% de la población, sabe bien que el desarrollo pasa por la educación. De ahí que cada complejo parroquial rural incluya siempre una escuela, apoyada por los servicios sociales diocesanos, asimilables a las cáritas.
Manos Unidas ha colaborado con ellos en la construcción de muchas de estas escuelas en sus 50 años, bajo la supervisión de Caridad Roa, cuyo nombre aparece en más de una placa conmemorativa. “Aunque la educación no sea noticia y las escuelas resulten aburridas de contar, explica África Marcitllach, estas escuelitas perdidas en la jungla son el verdadero desarrollo, porque cambian la vida de cientos de niños para siempre”. En algunos casos, además, salvan vidas.
La maldición de las niñas. Las rígidas normas sociales que aplica el hinduismo afectan especialmente a las mujeres. Tener una hija en la India es una desgracia, una maldición. Porque cuando crezca habrá que pagar una costosa dote para que se case y desde ese momento sus padres la perderán como hija y su suegra la ganará como esclava. Sólo quienes tienen hijos varones recibirán cuidados cuando sean ancianos, en un país sin garantías sociales consolidadas. De ahí que se practique de manera habitual el aborto selectivo, a pesar de estar penado, y se llegue incluso al infanticidio cuando no hay acceso a un ecógrafo, prohibido por el Gobierno.
El distrito de Theni es uno de esos territorios donde las suegras, e incluso las madres, llenaban la boquita y la nariz de las niñas de arroz para que murieran asfixiadas con el polvo. “Para que no tengan que sufrir lo que ellas han pasado...”. Aún hoy se aplica esta terrible condena sobre las pequeñas. Pero su frecuencia ha descendido considerablemente gracias a la labor de una de esas escuelitas humildes, en que las niñas estudian a veces al aire libre porque las aulas no dan de sí. Regentada por las hermanas de San José de Lyon, que visten hábitos-sari de tono azafrán, el color nacional de la India, esta escuela da formación a 1.200 niños y niñas en primaria y 700 niñas en secundaria. Cuando salgan de allí podrán trabajar y contribuir a la economía familiar. Y pasarán de ser una desgracia a ser una bendición para sus parientes.
Caridad recuerda orgullosa el cambio profundo experimentado por la mujer en estos más de 30 años en que ella ha visitado la India. “Al principio no entraban siquiera a los salones de reuniones, después se sentaban atrás con la cara tapada. Hoy están en primera fila, liderando proyectos, orgullosas de su trabajo. Y toman la palabra con una fuerza y un discurso que ya quisiéramos ver muchas veces en España”. Manos Unidas ha apostado desde siempre por apoyarlas, siendo como son además una ONG compuesta en un 95% por mujeres, como le gusta recordar a su presidenta, Begoña de Burgos. Empoderamiento de la mujer, llaman a la función de los proyectos que financian para dotarlas de formación, capacidad de liderazgo y soluciones económicas. India, como otros muchos países en vías de desarrollo, está plagada de ejemplos en que la mujer se asocia y mejora sus condiciones de vida. Son los mahila sangams.
Las mujeres al poder. Un paseo por la pequeña localidad rural de Melapathi permite observar a simple vista los efectos de su mahila sangam. La renta media de sus familias se ha multiplicado por cinco desde que las mujeres se asociaron hace siete años animadas por RUC, la organización que lidera el abogado filántropo María James. Hasta entonces las mujeres complementaban los exiguos ingresos que aportaban sus maridos procedentes de la agricultura haciendo cigarrillos para una multinacional. Cuarenta rupias por liar 1.000 cigarros. Y ningún beneficio social. Aunque la empresa les obligaba a firmar como si los hubieran recibido. Si no lo hacían, dejaban de enviarles la materia prima.
Pero eso ha cambiado. El sindicato las ha preparado sobre los derechos legales que pueden reclamar y para que puedan ejercer el poder en beneficio de la comunidad cuando son elegidas en las elecciones municipales. El gobierno obliga a que dos de los cinco miembros que componen el Panchayat, o corporación local, sean mujeres. Pero en la práctica eran los maridos los que mandaban por ellas. Ahora, mujeres como la joven y hermosa Bimel (junto a estas líneas), madre de cuatro hijos y miembro del gobierno municipal desde hace dos años, se enorgullece de lo conseguido: “Hemos traído luz a las calles, mejorado la carretera, canalizado el agua, facilitado el transporte...”. Y un paseo por el pueblo nos permite comprobar los avances. La limpieza y cuidado de sus casas y calles permite adivinar una India diferente, más cercana a los parámetros de limpieza y orden occidentales.
La lista de éxitos es interminable. No sólo en lo comunitario: con la ayuda de Manos Unidas, el mahila sangam ofrece microcréditos a un interés asumible del 12%, frente al 120% que pagaban antes. Con ese dinero, las mujeres han iniciado negocios de cultivo de bananas, una tetería, una sastrería o la compra de animales de leche. “También hemos arreglado nuestras casas y hemos mandado a los hijos a la enseñanza superior”. Los mahila sangams son toda una revolución. Eso explica que María James estuviera a punto de marcharse de Kanyakumari, la capital del distrito, por el acoso y las amenazas a que le sometieron las empresas tabaqueras a través de la policía y los tribunales. Pero él es abogado y sorteó el peligro. De momento.
Marcar distancias. La fuerza de las mujeres que se organizan es imparable y no tiene límites. En otra localidad, por ejemplo, lograron que el violador de una niña de 10 años entrara en la cárcel y a la pequeña le pagaran una indemnización. Antes de su intervención la policía había dejado al hombre en libertad. Fátima, coordinadora de una unión de crédito, lo explica muy gráficamente: “Antes me pasaba la vida en la cocina. Ahora me siento muy fuerte porque voy al banco”. Pero su poder es acogedor y solidario: “Atendemos a las mujeres enfermas de sida, les compramos los libros a sus hijos...”. “Precisamente eso, comprobar cómo la unión de las mujeres les cambia la vida, fue lo que me hizo, como abogado, ponerme a su servicio”, explica María James, un hombre hecho de principios y compasión.
Pero no todo está logrado ni mucho menos en el avance de las mujeres en la India. Cada 8 de marzo, éstas celebran una especie de desfile en que representan sus principales problemas: el maltrato doméstico, la dote, la situación de las viudas...”. En una ocasión pidieron a Caridad Roa que cortara la cinta. Y en su discurso, Caridad les recriminó la educación machista que ellas mismas transmiten en sus hogares y el trato que dan a sus nueras. “Les pregunté por qué dan de comer las últimas a las hijas, no las llevan al médico cuando caen enfermas o no las mandan a la escuela. Ellas tienen la oportunidad de cambiar las cosas”.
Lo cierto es que donde las mujeres se organizan, cuando un hombre maltrata a su esposa van 30 mujeres a abroncarle. En sus miradas y el movimiento de sus manos se percibe una fuerza arrolladora que llevaba demasiado tiempo dormida. Y preguntan con avidez a las mujeres occidentales que las visitamos hoy: “¿A qué edad os casáis? ¿lo hacéis por amor? ¿cuántos hijos tenéis?”. Datos que importan en una sociedad donde muchas jóvenes contraen matrimonios pactados antes de los 15 años.
“Por lo menos una vez a la semana somos felices y lo pasamos bien. Gracias a los encuentros somos capaces de hablar, contar nuestras cosas”. Lo explica Jeya, a la que su marido abandonó cuando nació su hija. Y lo hace arropada por las mujeres de su grupo, residentes todas ellas en unas humildísimas chozas, de las que ni siquiera tienen títulos de propiedad, al borde de un riachuelo de agua turbia en Saral, cerca de Nagercoeil. Sorprende saber lo en serio que se toman la asistencia a sus reuniones y cómo cumplen el ahorro pactado: 10 rupias a la semana. Con lo reunido se pagan los estudios de sus hijos, que a buen seguro dejarán un día de vivir en esa situación. Uno de ellos, cuenta su madre orgullosa, “ha estudiado Historia a distancia”. Una distancia infinítamente inferior que la que están marcando estas mujeres entre su presente y el futuro de sus descendientes.
Pero otros niños no tienen tanta suerte. Huérfanos, vendidos o abandonados, deambulan a millares por las grandes ciudades y se parapetan en estaciones, templos, parques y centros comerciales. Son los niños de la calle: el reflejo más trágico de economías emergentes como la India, que a la par envía naves a la luna. Sin embargo, desde hace unos años, en la ciudad de Madurai, alguien les ha dicho: “Hay esperanza. Tú no estás solo”. Así reza un cartel sobre la puerta de entrada al centro de acogida de la asociación Nanban (que significa amigo) de los hermanos de La Salle, dirigida por B. James.
Ángeles de la guarda. Este lema le llevó a organizar un impresionante sistema de localización de los niños de la calle, en el que colaboran taxistas, conductores de autobuses, vendedores de flores... “Cuando nos avisan, recogemos a los niños, les atendemos en sus primeras necesidades, les damos consuelo e intentamos localizar a su familia”. En algunas ocasiones consiguen reunirlos. Pero si no es así, comienza una segunda fase de acogida en un hogar compartido con más niños de la calle, y formación para que puedan lograr un futuro. En 18 años han rescatado de la sordidez urbana a 19.000 niños. Y su modelo se ha exportado ya a otras 75 organizaciones de la India.
No hay más que mirar a los ojos de J.M.Rahman para intuir el infinito agradecimiento que guarda a Nanban en su corazón. Su padre murió cuando él contaba 6 meses de vida y su madre un año y medio más tarde. Llegó a Madurai en tren procedente de Chennai, la antigua Madrás, y con 12 años alguien le trajo a Nanban. “Llevaba tres días sin comer ni beber nada. Si no hubiera venido, mi vida hubiera sido mucho más difícil. Por eso estoy agradecido”, dice con pudor. Rahman dirige ahora, 14 años más tarde, la pastelería que sirve a la organización para cubrir gastos.
Pioneros. Como él, otros niños recogidos aquí han alcanzado el éxito. Pero el caso de Pumary y sus compañeras ha causado admiración en toda India. Y es que hasta que ella y otras 14 jóvenes se pusieron por primera vez al volante de un rickshaw (el tradicional taxi indio), nunca antes en la India se habían visto mujeres taxistas. “Fue un programa pionero. Nos consideraban locos”, explica James. Ahora exportan esta idea con la que rompieron esquemas, pues al pricipio nadie se fiaba de ellas y más tarde se merecieron la consideración de la ciudad por su buen hacer y formalidad. Pumary continúa conduciendo su rickshaw por las calles de Madurai. Pero sus hijos estudian en la Universidad. Es lo que tiene la esperanza, que enseña a soñar.
También sueña P. Eswari, de 14 años, alojada en el hogar de Nanban para niñas de la calle. Una casa humilde pero alegre, decorada con pinturas que las propias niñas han dibujado, por la que la niña nos guía de la mano.
Eswari ha sufrido mucho, se pone triste al recordar su historia de orfandad y trabajo infantil, pero ahora está feliz. Y quiere... ser. Ser, a pesar de su pasado; ser mujer, a pesar de lo que ha padecido su madre; y ser médico, a pesar de que nadie nunca hubiera imaginado para esta niña huérfana y dalit un destino semejante. Amor, educación y justicia son un cóctel explosivo, más si se acompañan de valentía, como sabe bien Caridad Roa, que apostó por este proyecto hace ya 10 años. Y que confía plenamente en B. James, artífice de esta isla de oportunidades en medio de la pobreza urbana de Madurai.
No es desde luego el hermano James el único intrépido que regala sus ideas a otros luchadores contra la pobreza en India. En la misma Madurai, el jesuita Stephen J. Muthu dirige el Comunity College y el Instituto de Formación Técnica Loyola, dos instituciones que se han hecho con un enorme prestigio a fuerza de implicar al sector empresarial local y formar específicamente a la mano de obra que van a necesitar. A sus aulas acuden los dalits y las castas inferiores. Todos los alumnos encuentran trabajo. Y obtienen una media de 3.000 rupias de salario, frente a las 120 que ganan en los empleos que hasta ahora les tenían reservados.
El cambio de India. Hijas de vendedores de pescado (el trabajo con animales muertos o sangre se considera impuro y está reservado a los intocables) que trabajan para Airtel. Refugiadas tamiles procedentes de Sri Lanka que se emplean como enfermeras o secretarias... La joven Priya se siente orgullosa. “Mi compañero sentimental dice que soy muy valiente por trabajar”, en un país en que la situación de la mujer soporta una losa cultural de más de 2.000 años de historia. Se siente agradecida por la educación que ha recibido aquí para cambiar su destino. Y como en un perfecto resumen de la tesis de este reportaje, sentencia: “Nosotras, las mujeres, estamos ayudando al desarrollo, al cambio de la India”.
Caridad concluye: “Que la India está cambiando es indudable. Y son las mujeres las que van a levantarla porque están aprendiendo higiene, educando a sus hijos, organizándose”. Caridad se despide de la India descubriendo su nombre, junto al de Manos Unidas, en la placa de una escuela en la zona más pobre de Chennai. Otra vez niños descalzos. Y otra vez las sonrisas de tantas niñas que se saben beneficiarias de millones de gotas de solidaridad recogidas en España por tantas manos solidarias. Que saben, en definitiva, que en India, el desarrollo va a ser femenino y plural.
Medio siglo de fe en un mundo mejor
Una mujer pequeña pero recia, de convicciones firmes y corazón grande, que ya pasa de los 80. Así es la veterana voluntaria de Manos Unidas, Caridad Roa. Se llama Caridad, pero podría haberse llamado justicia, o solidaridad. O Manos Unidas, porque ella, que ha estado allí desde siempre y lo ha sido casi todo (tesorera, vicepresidenta, coordinadora de Tamil Nadu...) representa como nadie la labor de esta ONG creada por mujeres pioneras que, hace hoy medio siglo, vieron la necesidad de unir sus manos para acabar con todas las hambres del mundo invirtiendo en justicia, en igualdad, en paz. El primer proyecto de desarrollo que financiaron estaba precisamente en India. Y allí hemos viajado de la mano de Caridad, junto a Clara Pardo, África Marcitllach, Mª Eugenia Díaz y Begoña de Burgos, su presidenta, para comprobar el agradecimiento de sus gentes y los efectos de su fe en un mundo mejor.
Comentarios: 0








