Silvia Melero Abascal. 26-02-2010
Un grupo de hombres saca mercancia de una tienda en ruinas en la zona comercial de Puerto Principe (Haití), para transportarla en un camión a un lugar seguro a salvo de los saqueadores.
¿Cómo hemos contado Haití?
Imágenes que no deberían difundirse, violaciones del derecho a la intimidad y a la dignidad, difusión de estereotipos o mitos… Son algunas de las prácticas habituales que han reproducido los medios de comunicación y que no han contribuido a explicar mejor qué está pasando en Haití.
Saqueadores, violencia, caos, desorganización, incapacidad de la población local (eso sí, adornado por el circo mediático y la presencia incluso de famosos en Puerto Príncipe) han sido ideas que los medios han trasladado a la audiencia a modo de argumentario generalizado en las coberturas del terremoto que sufrió Haití hace más de un mes.
Como en otras tragedias, el amarillismo ha superado al criterio informativo. “El reto de informar se ha mezclado con una exposición excesiva del sufrimiento y la vulneración de derechos de los seres humanos, vivos y muertos. Hemos visto la intimidad en los momentos más dramáticos y dolorosos de una persona. Parece que cuando estás a 8.000 kilómetros, en un país en vías de desarrollo, la dignidad y el respeto se pierden”, asegura Javier Fariñas, profesor de Escritura para los Medios de Comunicación del CEU.
¿Por qué se protege el rostro de los escolares españoles a los que visitó el presidente Zapatero recientemente y, en cambio, hemos visto con pelos y señales a los menores haitianos agonizando? Según Fran Sevilla, corresponsal de RNE, “por desgracia, cada vez se tiende más por parte de los medios, especialmente las televisiones, a la información espectáculo, con imágenes morbosas que no aportan demasiado y que simplemente sirven para el impacto visual”. Un impacto que también han buscado, incluso, algunas ONGD para captar fondos.
Lo que ha conseguido el enorme despliegue de medios y equipos en Haití es que la audiencia viva el suceso en directo, minuto a minuto. Para Javier Fariñas, la forma propia de los programas de ocio –como los reality show– está contagiando a los informativos. “Sobre todo, las cadenas de televisión buscan audiencias para rentabilizar el desembolso económico de los grandes equipos y corresponsales desplazados a Puerto Príncipe (Telecinco, por ejemplo, envió a Pedro Piqueras) y eso se consigue con el entretenimiento, que retroalimenta la forma que tenemos de consumir televisión, basado en lo emocional, lo sensacionalista. Para conocer la tragedia de Haití no hace falta ver a un pájaro picotear la mano de un niño muerto”.
Nosotros estuvimos allí.
Pero, además, este efecto negativo de la espectacularización hace que los propios periodistas se conviertan en protagonistas de la información, narrando en primera persona sus vivencias. “El reportero es el centro. En la Cadena SER escuché la crónica de un periodista sobre el rescate de una persona bajo las ruinas retransmitido en directo como si fuera un partido de fútbol. Lo importante era contarlo, el nosotros hemos estado allí”, afirma Miguel Romero, periodista y editor de Viento Sur.
En este reparto de protagonismo, al Sur le toca ser el sujeto dependiente (responsable de los problemas) y al Norte el sujeto que representa el sistema de valores a aplicar y que posee las capacitaciones técnicas, como explica Miguel Romero. “Se produce una inversión en el tratamiento de la noticia desde el Norte. El protagonista se desplaza, no es el pueblo haitiano sino los países ricos que llevan la ayuda: los gobiernos del Norte y las ONGD se convierten en los únicos sujetos activos. Así, se desenfocan por completo las actividades autónomas de la población local, que son los que realmente han hecho la labor de salvación y acogida en las primeras semanas cuando no llegaba la ayuda. Los afectados acudieron a sus familias en las zonas rurales”.
Focalizado todo en Puerto Príncipe, las potentes redes sociales que respondieron a la crisis desde el resto del país y que han permitido a la gente sobrevivir quedaron eclipsadas por el discurso “Haití no existe”. Sin embargo, pocas veces se ha hecho el esfuerzo de explicar por qué no existe el Estado y contextualizar adecuadamente los acontecimientos. En un interesante artículo publicado en Socialist Review, Ashley Smith plantea varios interrogantes. “¿Por qué el 60% de los edificios de Puerto Príncipe estaban construidos de forma chapucera y eran inseguros en circunstancias normales? ¿Por qué no existe normativa de edificación en una ciudad que se asienta sobre una falla sísmica? ¿Por qué ha pasado Puerto Príncipe de ser una pequeña ciudad de 50.000 habitantes a una población de 2 millones de personas sumidas en una desesperante pobreza? ¿Por qué el Estado quedó completamente abrumado por el desastre?”.
Según el analista, para comprender estos hechos, hay que echar un vistazo a una segunda línea de falla: “EEUU, las Naciones Unidas y otros poderes han ayudado a la élite haitiana a someter al país a los planes económicos neoliberales que han empobrecido a las masas, han deforestado la tierra, arruinado las infraestructuras y dejado incapacitado al Gobierno”.
Visión global.
Tal y como dice Fran Sevilla, el ejercicio de rigor informativo es esencial. “Lo fundamental es tratar de dar una visión global de lo ocurrido, no sólo desde la perspectiva del presente, sino tratando de analizar por qué el impacto ha sido tan grande y devastador para el país, explicando la historia, y hacer una proyección de lo que puede suceder en el futuro”.
Se puede (y se debe) mejorar.
Se puede (y se debe) mejorar la calidad de la información, sin caer en mensajes simplistas. De ello hay abundantes ejemplos en medios alternativos como SinPermiso.info, donde Rebecca Solnit reflexiona sobre esta cuestión en el artículo Haití: cuando el desastre son los medios de comunicación. Ante la avalancha de titulares sobre saqueos, pillaje y supuesto caos entre la población haitiana, Solnit asegura que los medios de comunicación se obsesionan con los titulares de asaltos a la propiedad. “Canales televisivos y periódicos suelen llamar saqueo a cualquier cosa, con lo que incitan la hostilidad hacia las víctimas, así como una reacción histérica por parte de las autoridades armadas. Yerran también en su uso de la palabra pánico. Entre gentes comunes en situaciones críticas, el pánico es una cosa muy rara. A una muchedumbre escapando de una muerte cierta los medios de comunicación la llamarán una multitud presa del pánico, aun cuando escapar es la única cosa razonable que se puede hacer. En Haití siguen informando de que hay comida sin distribuir por miedo a las estampidas. ¿Creen que los haitianos son ganado?”.
Insistir en el concepto de pillaje genera a su vez barreras que impiden que llegue la ayuda humanitaria bajo la idea de que no van a saber gestionarlo, según Miguel Romero. “Por lo tanto, en la lógica argumental, el siguiente paso es la necesidad de la intervención extranjera militar para evitar el desorden. Los haitianos pasan a ser un sujeto victimizado, sin autonomía, desorganizado”.
Alimentar este tipo de mitos dificulta la comprensión de los hechos, pero además, limita la repercusión de la información ya que “en los países más propensos a sufrir este tipo de catástrofes naturales, los periodistas son considerados un colectivo necesario para prevenirlos o bien para gestionar la emergencia”, señala Jordi de Miguel en CanalSolidario.org. De hecho, se han editado manuales donde se dan pistas sobre cómo el tratamiento de la información puede ayudar a las comunidades en las tareas de prevención y reconstrucción.
Por lo tanto, lo que se cuenta y cómo se cuenta es importante. Aunque a veces ocurre que “los periodistas sobre el terreno hacen un buen trabajo, pero los directivos instalados en sus cómodas oficinas amañan según les acomoda los pies de foto y editan cabeceras y titulares capciosos”, recuerda Rebecca Solnit.
También la audiencia.
En los porcentajes de responsabilidades, no está exenta la audiencia. “Como consumidores de información, tenemos que educarnos, no consumir carnaza y exigir una comunicación más humana, justa y despojada de los intereses económicos, políticos o comerciales”, dice Javier Fariñas. Con todo, Fran Sevilla no olvida el importante papel de los medios y su capacidad para ofrecer otra mirada de la realidad y generar cambios. “Si se hace bien, se puede lograr la solidaridad de millones de seres humanos en todo el Planeta. Por suerte todavía quedan periodistas en Haití”. Necesitamos que nos sigan contando cómo se va a reconstruir Haití, qué pasará en unos años, qué deuda va a generar la ayuda recibida y cómo se está gestionando esa ayuda. Su labor de control y vigilancia sigue siendo necesaria. •
Como en otras tragedias, el amarillismo ha superado al criterio informativo. “El reto de informar se ha mezclado con una exposición excesiva del sufrimiento y la vulneración de derechos de los seres humanos, vivos y muertos. Hemos visto la intimidad en los momentos más dramáticos y dolorosos de una persona. Parece que cuando estás a 8.000 kilómetros, en un país en vías de desarrollo, la dignidad y el respeto se pierden”, asegura Javier Fariñas, profesor de Escritura para los Medios de Comunicación del CEU.
¿Por qué se protege el rostro de los escolares españoles a los que visitó el presidente Zapatero recientemente y, en cambio, hemos visto con pelos y señales a los menores haitianos agonizando? Según Fran Sevilla, corresponsal de RNE, “por desgracia, cada vez se tiende más por parte de los medios, especialmente las televisiones, a la información espectáculo, con imágenes morbosas que no aportan demasiado y que simplemente sirven para el impacto visual”. Un impacto que también han buscado, incluso, algunas ONGD para captar fondos.
Lo que ha conseguido el enorme despliegue de medios y equipos en Haití es que la audiencia viva el suceso en directo, minuto a minuto. Para Javier Fariñas, la forma propia de los programas de ocio –como los reality show– está contagiando a los informativos. “Sobre todo, las cadenas de televisión buscan audiencias para rentabilizar el desembolso económico de los grandes equipos y corresponsales desplazados a Puerto Príncipe (Telecinco, por ejemplo, envió a Pedro Piqueras) y eso se consigue con el entretenimiento, que retroalimenta la forma que tenemos de consumir televisión, basado en lo emocional, lo sensacionalista. Para conocer la tragedia de Haití no hace falta ver a un pájaro picotear la mano de un niño muerto”.
Nosotros estuvimos allí.
Pero, además, este efecto negativo de la espectacularización hace que los propios periodistas se conviertan en protagonistas de la información, narrando en primera persona sus vivencias. “El reportero es el centro. En la Cadena SER escuché la crónica de un periodista sobre el rescate de una persona bajo las ruinas retransmitido en directo como si fuera un partido de fútbol. Lo importante era contarlo, el nosotros hemos estado allí”, afirma Miguel Romero, periodista y editor de Viento Sur.
En este reparto de protagonismo, al Sur le toca ser el sujeto dependiente (responsable de los problemas) y al Norte el sujeto que representa el sistema de valores a aplicar y que posee las capacitaciones técnicas, como explica Miguel Romero. “Se produce una inversión en el tratamiento de la noticia desde el Norte. El protagonista se desplaza, no es el pueblo haitiano sino los países ricos que llevan la ayuda: los gobiernos del Norte y las ONGD se convierten en los únicos sujetos activos. Así, se desenfocan por completo las actividades autónomas de la población local, que son los que realmente han hecho la labor de salvación y acogida en las primeras semanas cuando no llegaba la ayuda. Los afectados acudieron a sus familias en las zonas rurales”.
Focalizado todo en Puerto Príncipe, las potentes redes sociales que respondieron a la crisis desde el resto del país y que han permitido a la gente sobrevivir quedaron eclipsadas por el discurso “Haití no existe”. Sin embargo, pocas veces se ha hecho el esfuerzo de explicar por qué no existe el Estado y contextualizar adecuadamente los acontecimientos. En un interesante artículo publicado en Socialist Review, Ashley Smith plantea varios interrogantes. “¿Por qué el 60% de los edificios de Puerto Príncipe estaban construidos de forma chapucera y eran inseguros en circunstancias normales? ¿Por qué no existe normativa de edificación en una ciudad que se asienta sobre una falla sísmica? ¿Por qué ha pasado Puerto Príncipe de ser una pequeña ciudad de 50.000 habitantes a una población de 2 millones de personas sumidas en una desesperante pobreza? ¿Por qué el Estado quedó completamente abrumado por el desastre?”.
Según el analista, para comprender estos hechos, hay que echar un vistazo a una segunda línea de falla: “EEUU, las Naciones Unidas y otros poderes han ayudado a la élite haitiana a someter al país a los planes económicos neoliberales que han empobrecido a las masas, han deforestado la tierra, arruinado las infraestructuras y dejado incapacitado al Gobierno”.
Visión global.
Tal y como dice Fran Sevilla, el ejercicio de rigor informativo es esencial. “Lo fundamental es tratar de dar una visión global de lo ocurrido, no sólo desde la perspectiva del presente, sino tratando de analizar por qué el impacto ha sido tan grande y devastador para el país, explicando la historia, y hacer una proyección de lo que puede suceder en el futuro”.
Se puede (y se debe) mejorar.
Se puede (y se debe) mejorar la calidad de la información, sin caer en mensajes simplistas. De ello hay abundantes ejemplos en medios alternativos como SinPermiso.info, donde Rebecca Solnit reflexiona sobre esta cuestión en el artículo Haití: cuando el desastre son los medios de comunicación. Ante la avalancha de titulares sobre saqueos, pillaje y supuesto caos entre la población haitiana, Solnit asegura que los medios de comunicación se obsesionan con los titulares de asaltos a la propiedad. “Canales televisivos y periódicos suelen llamar saqueo a cualquier cosa, con lo que incitan la hostilidad hacia las víctimas, así como una reacción histérica por parte de las autoridades armadas. Yerran también en su uso de la palabra pánico. Entre gentes comunes en situaciones críticas, el pánico es una cosa muy rara. A una muchedumbre escapando de una muerte cierta los medios de comunicación la llamarán una multitud presa del pánico, aun cuando escapar es la única cosa razonable que se puede hacer. En Haití siguen informando de que hay comida sin distribuir por miedo a las estampidas. ¿Creen que los haitianos son ganado?”.
Insistir en el concepto de pillaje genera a su vez barreras que impiden que llegue la ayuda humanitaria bajo la idea de que no van a saber gestionarlo, según Miguel Romero. “Por lo tanto, en la lógica argumental, el siguiente paso es la necesidad de la intervención extranjera militar para evitar el desorden. Los haitianos pasan a ser un sujeto victimizado, sin autonomía, desorganizado”.
Alimentar este tipo de mitos dificulta la comprensión de los hechos, pero además, limita la repercusión de la información ya que “en los países más propensos a sufrir este tipo de catástrofes naturales, los periodistas son considerados un colectivo necesario para prevenirlos o bien para gestionar la emergencia”, señala Jordi de Miguel en CanalSolidario.org. De hecho, se han editado manuales donde se dan pistas sobre cómo el tratamiento de la información puede ayudar a las comunidades en las tareas de prevención y reconstrucción.
Por lo tanto, lo que se cuenta y cómo se cuenta es importante. Aunque a veces ocurre que “los periodistas sobre el terreno hacen un buen trabajo, pero los directivos instalados en sus cómodas oficinas amañan según les acomoda los pies de foto y editan cabeceras y titulares capciosos”, recuerda Rebecca Solnit.
También la audiencia.
En los porcentajes de responsabilidades, no está exenta la audiencia. “Como consumidores de información, tenemos que educarnos, no consumir carnaza y exigir una comunicación más humana, justa y despojada de los intereses económicos, políticos o comerciales”, dice Javier Fariñas. Con todo, Fran Sevilla no olvida el importante papel de los medios y su capacidad para ofrecer otra mirada de la realidad y generar cambios. “Si se hace bien, se puede lograr la solidaridad de millones de seres humanos en todo el Planeta. Por suerte todavía quedan periodistas en Haití”. Necesitamos que nos sigan contando cómo se va a reconstruir Haití, qué pasará en unos años, qué deuda va a generar la ayuda recibida y cómo se está gestionando esa ayuda. Su labor de control y vigilancia sigue siendo necesaria. •
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