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Por Víctor Corcoba Herrero.
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Los bosques de álamos

Por Víctor Corcoba Herrero

Los álamos, no es nuevo, han encendido versos por doquier. Yo también he vuelto a los álamos dorados de Machado, son alma del viento perfumando en primavera; a los álamos de plata de Lorca, aquellos que se inclinan sobre el agua y todo lo saben; a los álamos de mi infancia en tierras de León, los primeros que me llamaron a la poesía y donde dibujé el primer corazón.

Por razones de vida y salvaguardia de las especies, por cuestión estética y fundamento ético, por necesidades ambientales y humanas, es necesario impregnar el planeta de verde bosque. La deforestación que vive hoy el mundo amortaja existencias, la del ser humano también. La masa forestal debe crecer mucho más, cuidarse, protegerse de cualquier explotación salvaje. Lo dicen todos los expertos. Son vitales para nuestra subsistencia, forman parte de nuestro sostén, conforman nuestro espíritu.

En relación a esta vitalidad, tan precisa como inevitable, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, inmortalizaba un hecho reciente. Alrededor de un millón de personas en un condado Chino, se benefician de la capacidad de los bosques de álamo para rehabilitar llanuras y promover de esta forma actividades agrícolas. Desde luego, estas especies de árboles prendidos a la luz y de temperamento robusto, están predestinados como protectores. No en vano, el cultivo de álamos se ha popularizado en las plantaciones agroforestales y a pequeña escala en otras regiones de China. "Planta la montaña yerma con árboles, convierte al desierto que avanza en oasis" son frases con rima utilizadas por los defensores chinos del medioambiente en referencia a la Gran Muralla Verde de bosques de álamo y sauce, plantados para frenar la erosión del suelo y reducir la intensidad de las tormentas de arena.

Los álamos, no es nuevo, han encendido versos por doquier. Yo también he vuelto a los álamos dorados de Machado, son alma del viento perfumando en primavera; a los álamos de plata de Lorca, aquellos que se inclinan sobre el agua y todo lo saben; a los álamos de mi infancia por Cuevas del Sil y Laciana, en tierras de León, los primeros que me llamaron a la poesía y donde dibujé el primer corazón. Ellos han sido el refugio de tantos amores perdidos y hallados. La literatura y el arte están impregnados de su perfume. Siempre han sido guardianes. Unas veces para el amor y otras para la seguridad alimentaria como es el caso del condado Chino. Declaro, pues, a los bosques de álamos como la tierra del Parnaso y, asimismo, como el cielo de la luminosidad. Su resistencia alcanza la luz y abraza todos los suspiros. Por tanto, aún si se acabase el mundo ahora mismo, pediría tiempo para plantar un álamo y, así, poder injertar su abecedario bienhechor al planeta.
 
 
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