
Honradez: o todos o ninguno
En plena campaña electoral vemos ondear a los cuatro vientos la bandera de la honradez por parte de partidos y candidatos como reclamo electoral. Y los ciudadanos reclamamos políticos honestos. ¿Pero pasaríamos nosotros el examen? ¿Se puede exigir en nuestros representantes lo que a veces no estamos nosotros dispuestos a practicar?
A Antonio le gustaba contar a sus hijos cómo el primer día de trabajo como chófer de un camión de reparto, cuando fue a llenar el depósito de gasoil, en la estación de servicio le preguntaron: “¿Cuánto te apunto?”. Y él respondió: “Lo que has echado”. A lo que el empleado de la gasolinera argumentó que otros compañeros le pedían que engordara un poquito la factura... “Lo que hagan los demás es cosa suya”. Antonio lo ha contado durante años porque se sentía orgulloso de su comportamiento y empleaba la anécdota para aleccionar a sus hijos. “Nunca nos hemos quedado con nada que no fuera nuestro”.
Pero hoy no se suele alardear de honradez. Más bien, abundan quienes llevan a gala los trucos y chanchullos con que pagan menos a Hacienda, engañan a la compañía de seguros o consiguen subvenciones y prebendas aunque no les correspondan por nivel de renta. Un profesional vinculado a una institución eclesiástica llegó a recomendar a un matrimonio que simulara un divorcio para que sus pequeños entraran en el colegio religioso concertado que deseaban para ellos. “Pero si dices que lo he dicho lo negaré siempre”, concluyó.
Parecen pequeños engaños sin importancia: entregar una falsa declaración de la renta o arreglar con un amigo médico un certificado de enfermedad. Pero nuestra conducta deja en la estancada a quien cumplía los requisitos y en justicia merecía entrar.
“Existe una desmoralización básica, ignorancia sobre lo que son los deberes, sobre lo que es bueno o correcto”, apunta Santos Lora desde su experiencia. Por eso R.M. ha asumido el papel de Pepito Grillo entre sus compañeras. Se ha quedado sola con su cantinela de la honradez. Reclama que, en su centro de salud, no se lleven el algodón, la mercromina o el alcohol “porque es de todos”. Hace años ya entabló una dura batalla contra el uso incorrecto que se hacía de las recetas para pensionistas. Una ilegalidad en la que han participado durante años enfermos, familiares y los propios médicos.
Ave de paso, trancazo. Si muchos caemos en estas prácticas poco honestas, ¿por qué nos molesta entonces que reiteradamente nos cobren de más en algunos bares? ¿O que debamos revisar las facturas del banco porque ellos no reparan en que han pasado algún recibo por duplicado? ¿Por qué nos indignamos cuando en el comercio de algunas zonas rurales aplican aquella vieja estrategia de “ave de paso, trancazo”, cobrando más al forastero que al paisano? Nos escandalizamos de que los políticos entreguen cuantiosos contratos millonarios a empresas de familiares o conocidos, pero no de nuestras presiones para que acepten en ese buen colegio a nuestro hijo o sobrino.
¿Qué valor puede tener entonces ser honrados en un mundo en que parece más listo el que se hace más rico, no importa como?
“Es el valor de lo bien hecho, la conciencia tranquila, la idea de haber contribuido al bien común pagando mis impuestos”, comenta Ángeles. La catedrática de Ética Victoria Camps lo explica más académicamente en su libro El gobierno de las emociones: “El paso del es al debe no es racional, no es una deducción lógica, sino que se explica por un sentimiento de simpatía innato en los humanos, por el que tendemos a sufrir con el que sufre y alegrarnos con el que está alegre. Sin ese sentimiento careceríamos de moralidad”.
Por eso Ernesto les pide siempre a sus hijos que se pongan en lugar del otro, que imaginen cómo se sentirían si alguien les quitara el juguete que más les gusta. Es el mismo mecanismo mental que utiliza como adulta Ángeles cuando le devuelven dinero de más en cualquier bar y lo advierte. “Quién sabe cómo se lo harán pagar a la camarera si falta dinero en la caja al final del día...”, se pregunta.
Los sentimientos sean seguramente la explicación de por qué Víctor se implicó en testificar en un juicio a sabiendas de los problemas que podría traerle consigo. “Un viernes en Malasaña dos marroquíes menores y muy borrachos robaron el móvil a un chino que no tenía ni pajolera idea de castellano. Había más de 30 personas como testigos y sólo mi novia y yo nos atrevimos, junto a otro chaval, a dar los datos a la Policía. Tras pensar si ir o no al juicio (me decían que no valía para nada) decidí que sí”. Víctor no olvidó entonces dar las gracias a Justino, su abuelo, por haberle enseñado a ser mejor persona, “porque los problemas de los demás sean también míos”.
La clave está precisamente, a juicio de Camps, en pensar en el interés público, en lugar de en el interés particular. Algo que Jaime practica a menudo. Es, por ejemplo, de los pocos españoles que no se queja de pagar impuestos. “Si pagamos es porque lo hemos ganado, y lo justo es que contribuyamos”. No es en realidad un bicho raro. N.P. rectificó su borrador de la Declaración de la Renta ¡para pagar más a Hacienda! “¿Qué sentido tenía engañar?”, comenta con humildad.
Muchos conocidos se extrañan de que Laura y Juan Carlos no se quedaran con aquella cartera llena de dinero que encontraron en la calle. “Los polícías a los que se la entregamos nos dijeron que no estaban acostumbrados a ese gesto”. Pero ella se acordó en aquellos momentos de sus padres. “Es lo que ellos hubieran hecho”. Lo que le habían enseñado.
Enseñar a ser honrado. N.P. procura inculcar a sus hijos que no está bien evadirse de las responsabilidades, que los más afortunados deben contribuir con más, que uno no se puede quedar con algo que no le pertenece. ¿Pero cómo se enseña a ser honrado? Alejandro Gámiz, profesor de Educación para la Ciudadanía y de Ética en un colegio salesiano de la localidad sevillana de Carmona, recuerda que “si un profe quiere hacer que un chico aprenda algún tipo de valor, el mismo educador es el que tiene que empezar con su testimonio y ejemplo a transmitir esa idea con su comportamiento, actitud en clase, trato con los chavales...”. Y expone un caso muy concreto: “Que el profesor de Ciudadanía evalúe con prejuicios a las chicas favoreciendo a los chicos, queda muy mal...”.
Santos coincide con él. “Hay que decirles qué es lo bueno y mostrárselo con el ejemplo”. Pero también cree que hay que romper falsos conceptos: “Está muy extendida la idea de que lo más importante es la felicidad. Pero lo importante es el deber. Hacer lo que hay que hacer para ser digno, merecedor, de esa felicidad”. El profesor de Ética considera que es muy difícil fundamentar valores sin tener referentes absolutos. Y que en estos momentos no estamos sabiendo proponer principios morales claros.
Consejos sencillos. En opinión de Lora, se pueden hacer algunas cosas muy sencillas. La primera, enseñar buenos modales. “Si empezamos a exigir cosas sencillas como respeto en el trato, estaremos exigiendo una autodisciplina que te hace ser cabal”.
Propone además promover la compasión y la empatía, para aprender a ponernos en lugar de los demás. Por ejemplo, a través de actividades de compromiso que “persuadan a tener un comportamiento ético. Conocer las desigualdades ayuda”, sugiere.
Y finalmente recomienda poner buenos ejemplos recurriendo a la lectura de los clásicos, “que han servido siempre para mostrar las virtudes del honor, la honradez, la generosidad, la fidelidad o la veracidad”. Y no sólo en el ámbito escolar. “Toca reeducar a muchas generaciones”, concluye. Porque parece confirmarse que en esto de la honradez, o estamos todos, o ninguno. •
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