Cultura

La historia de Enrique de Castro y la iglesia de los que no se callan

Al lado de los drogadictos, de los presos y sus familias, de los gitanos, de los desahuciados, de los inmigrantes, al lado de homosexuales, a favor del uso del preservativo, en contra del celibato... Desde los ochenta, la parroquia de San Carlos Borromeo en Entrevías lleva librando innumerables batallas a favor de los marginados. Desde allí, el cura “rojo” Enrique de Castro, al que se sumaron más tarde Javier Baeza y Pepe Díaz, se han enfrentado –y se enfrentan- a quien hace falta, incluso a la jerarquía eclesiástica.

 
-ENCABEZADO-Enrique de Castro en la portada del libro.

La historia de Enrique de Castro y la iglesia de los que no se callan

Marçal Sarrats publica 'Así en la tierra'

Al lado de los drogadictos, de los presos y sus familias, de los gitanos, de los desahuciados, de los inmigrantes, al lado de homosexuales, a favor del uso del preservativo, en contra del celibato... Desde los ochenta, la parroquia de San Carlos Borromeo en Entrevías lleva librando innumerables batallas a favor de los marginados. Desde allí, el cura “rojo” Enrique de Castro, al que se sumaron más tarde Javier Baeza y Pepe Díaz, se han enfrentado –y se enfrentan- a quien hace falta, incluso a la jerarquía eclesiástica.

Luis García Montero afirma en el prólogo del libro que "lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo. Hay que actuar. Se crea o no en Dios, y dejando a un lado los milagros, es responsabilidad de cada uno intentar que se multipliquen los panes y los peces".

De todo esto habla el periodista Marçal Sarrats en el libro 'Así en la tierra. Enrique de Castro y la iglesia de los que no se callan' (Lectio Ediciones).

Un cura al lado de los marginados

Desde principios de los ochenta, la parroquia de San Carlos Borromeo en
Entrevías lleva librando innumerables batallas a favor de los marginados:
drogadictos, insumisos, okupas, gitanos, presos y sus familiares,
desahuciados, inmigrantes... Desde allí, el cura “rojo” Enrique de Castro, al
que se sumaron más tarde Javier Baeza y Pepe Díaz, se han enfrentado –y se
enfrentan- a quien hace falta, incluso a la jerarquía eclesiástica. De hecho, en
2007 su desencuentro con el Arzobispado de Madrid, que dio la vuelta al
mundo, situó la parroquia de San Carlos al borde del cierre. Tras un largo y
mediático conflicto, el cardenal Rouco acordó convertir esta parroquia en
Centro de Pastoral, desde donde actualmente siguen trabajando social y
pastoralmente.

A partir de Enrique de Castro y de su gente más cercana, Marçal Sarrats nos
muestra otra iglesia, la iglesia de los que no se callan, comprometida y
solidaria, de fe profunda, que de manera evangélica antepone el ser humano a
la ley e incluso a la religión. La demostración palpable de que la fe verdadera
exige compromiso y lucha. Como también se reflejan los cambios sociales
vividos en las últimas cuatro décadas en los barrios periféricos de las grandes
ciudades, como Vallecas, y las dificultades actuales causadas por la crisis.
“En estas páginas no encontrarán ni mucho menos una biografía de Enrique de
Castro, sino más bien un extenso reportaje en el que se pueden escuchar las
voces de muchos de aquellos que forman parte de la microsociedad creada en
torno a la parroquia. Es el resultado de haber compartido muchas charlas y
haber observado mucho esa esquina de Madrid por la que demasiados
pasamos de largo”. De la introducción de Marçal Sarrats.

Así en la tierra aporta también el relato inédito de los tres párrocos sobre el
conflicto de 2007 con el Arzobispado de Madrid y su desenlace, en una cena
privada con el cardenal Antonio María Rouco, con cuya explicación empieza el
libro.

«Cuando ves lo que hacen allí uno piensa que es lo que
debería ser el catolicismo: la percepción de la fe como
servicio y ayuda a los demás. Me di cuenta de que si hay
alguien que algún día pueda devolverme la fe serían ellos»
Fernando León de Aranoa

León de Aranoa convirtió San Carlos Borromeo en vestuario y sala de maquillaje en
el rodaje de la película Princesas.

Extractos del libro

«La Iglesia Vaticana es antievangélica», sentencia Enrique, «porque el
Vaticano es el mundo de la no fe. La mayoría de obispos cree en su poder pero
no tienen fe en el Evangelio, que es lo mismo que tener fe en el ser humano.
Para tener fe hay que ser un ser humano desnudo y por eso he dicho más de
una vez, refiriéndome a los obispos: “Quedaros desnudos, en pelotas, fuera
ropajes y salid a la calle”. Porque son incompatibles el poder y el dinero, con
Dios».

El uso de los preservativos. En las parroquias es habitual que de vez en
cuando el obispo de la zona realice una visita pastoral. Enrique recuerda una
de esas visitas para la que se organizó una asamblea con el objetivo de que
los fieles pudieran debatir con el obispo auxiliar. Uno de los jóvenes —que
además había vivido en casa de Enrique— pidió la palabra y contó su caso. Se
confesó católico: había sido bautizado, había hecho la primera comunión y se
había casado por la Iglesia. Proclamó allí, delante de todos, su amor por su
mujer, pero él tenía sida y habían decidido no tener hijos para no contagiarles
la enfermedad. Y por eso utilizaban preservativos. «¿Por qué el Papa prohíbe
el uso de preservativos?», le preguntó entonces al obispo. Se hizo el silencio y
el prelado balbuceó: «El Papa no lo prohíbe», incapaz de reconocer la realidad.
La risotada colectiva fue enorme. «Ya lo has oído, puedes tener la conciencia
tranquila», apostilló Enrique.

«En la parroquia siempre hemos recomendado el uso del preservativo. ¿Cómo
no vas a hacerlo si hemos estado siempre rodeados de enfermedad y
muerte?».

El aborto. Acoger. Siempre acoger. Esa es su máxima. Acoger a la chica que
se queda embarazada con trece años y, sin saber lo que quiere, decide seguir
adelante con el embarazo, quizás inducida por la familia. «Apoyarla a pesar de
pensar que está destrozándose la vida». Acoger a la chica que se queda
embarazada y decide abortar, creyéndose incapaz de poder dar una vida digna
a un hijo. Acoger siempre. «Lo único que puedes decirles a aquellas que
quieren abortar es que si deciden no hacerlo no les faltará nada, ni a ellas ni a
sus hijos, pero la decisión siempre es personal». Por eso reniega de los
sacerdotes que destierran a aquellas mujeres que han abortado en vez de
acoger su dolor, y reniega de la hipocresía. «La Iglesia ha gastado más tiempo
condenando el aborto que la doble moral. Cuántas personas de derechas,
estando en contra del aborto, han llevado a abortar a sus hijas».

Soy gay, ¿y qué? «Los gays son personas iguales que las demás. Y punto».
¿Qué más añadir? Partiendo de esta premisa es lógico deducir sin equivocarse
que nunca ha cerrado la puerta a nadie por su orientación sexual, ni ha negado
la comunión ni ha repudiado a nadie. «¿Cómo va a ser el cristianismo
incompatible con la homosexualidad? No existe ningún código de moral en el
Evangelio y mucho menos de moral sexual».

Reivindicación de la violencia. ¿Reivindica Enrique la violencia? Sí. «Creo
que es muy importante aprender a decir no, porque decir sí es lo más fácil. No
crear controversia es cómodo porque te ahorra problemas, pero sin embargo si
te niegas estás creando una cierta violencia. [...] Esta violencia de la que hablo
puede pasar por quitar las cuentas corrientes del banco y tratar de organizar
una banca solidaria, como de hecho ya se están haciendo pequeños ensayos
». «¿Por qué para recibir una nómina es obligatorio tener una cuenta en
un banco? —se pregunta—. ¿Por qué no podemos organizarnos como una
cooperativa? ¿Por qué el dinero tiene valor y yo puedo comprar dinero cuando
una divisa está a la baja y venderla al cabo de unos días cuando ha subido su
cotización y ganar dinero con el valor del propio dinero? ¿Por qué nos hemos
dejado envolver en la dinámica del valor del propio dinero? ¿Por qué no
volvemos a darle a cada cosa el valor que tiene, casi como si se tratara de
trueque? ¿No sería mejor cambiar lo que tengo por lo que tienes?».

Por encima de la ley
—¿Has acatado siempre las leyes?
—No.
—¿Has encubierto a alguno de tus chavales tras cometer un delito?
—Sí. Incluso en algunas ocasiones lo he hecho público en los medios de
comunicación. ¡El ser humano está por encima de todo!, incluso por encima de
la ley.

Le cuesta creer que haya gente nacida para hacer el mal, «lo que sí creo es
que las circunstancias lo han llevado a ello, muchas veces por la infancia que
han tenido. Un niño no querido es un niño que crece con muchos miedos e
inseguridades, y va a defenderse como el perro que está siendo maltratado. El
animal no ataca para matar —a no ser que sea por hambre—, no ataca porque
sí, ni es malo porque sí, pero si tú lo has castigado duramente se vuelve furioso
y se defiende».

Absurdo celibato. Ilógico. Absurdo. Irracional. Incoherente. Así adjetiva el
celibato, un tema que para él no es siquiera discutible. «¡Que cada cura haga
lo que quiera! Lo de los curas casados tendría que ser lo más normal del
mundo», y prosigue enumerando algunos ejemplos cercanos de curas casados
tratando de evidenciar que es compatible el «anuncio de la palabra» y la vida
en pareja, aunque no dejan de ser excepciones. «Algún cura casado ejerce» —
reflexiona en silencio— y lo repite, «alguno hay», como para convencerse. Los
hay seguro pero pocos hacen gala de ello.

“Quitando” la fe a una madre. «Mi madre me decía muchas veces que le
parecía mentira que fuera cura, porque le quitaba su fe», reconoce Enrique. A
ella la recuerda con mucho afecto aunque reconoce que su manera de pensar
estaba anclada en el pasado por la propia educación que había tenido, como
reconoce sus opiniones algo rancias en muchos asuntos, aunque como buen
hijo había que escuchar. Para Enrique los obispos son como su propia madre,
con la misma fe, la misma manera de pensar y el mismo anclaje en el pasado.
Y como a su madre, los escucha, aunque con diferencias «porque a una madre
se la quiere como ella quiere al hijo y se comparte mesa con ella, mientras que
con los obispos ni se come ni existe este mismo amor recíproco. Es una
cuestión de cariño o falta de cariño».

«En mi familia hay cosas que no me gustan y no me voy. Tengo sus genes y
tengo su cariño. Pueden excomulgarme, si quieren. Pues que lo hagan, porque
yo no voy a irme. Que me excomulguen por intentar seguir a Jesús».
[...]«¿Cómo puedo salirme de algo que siento mío? Sigo pensando que haces
un servicio a la gente cuando eres crítico y trabajas para aclarar las cosas.
Cuando explicas el Evangelio y ves que la gente se acerca, lo entiende y lo
vive. Se trata de dar la buena noticia. Si entienden esto, yo voy a seguir haciéndolo
dentro».

El autor
Marçal Sarrats Ferrés. Nacido en Barcelona en 1984 y afincado en Madrid desde hace cinco años, es periodista. En 2001 empezó a colaborar en Ràdio Estel, compaginándolo con los estudios de Bachillerato, y posteriormente en la redacción de informativos de Ràdio Barcelona. Desde 2005 trabaja en la Cadena SER en el equipo de Àngels Barceló, primero como redactor del magazín «A vivir que son dos días» y actualmente en el informativo «Hora 25». También colabora con la revista Interviú. Ha presentado el programa de entrevistas «Siroco» en Localia Catalunya. 'Así en la tierra' es su primer libro.


 
 

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