Cultura

Ana María Matute fallece en su casa de Barcelona a los 88 años

"Yo no había cumplido los once años cuando estalló la guerra civil española. Unos niños acostumbrados a no salir de casa si no era acompañados por sus padres o la niñera nos vimos haciendo interminables colas para conseguir pan o patatas. No es raro, pues, que yo me permitiera, años más tarde, definir esa generación a la que pertenezco como la de "los niños asombrados". Porque nadie nos había consultado en qué lado debíamos situarnos.

 
-ENCABEZADO-Ana María Matute durante la entrevista que concedió a 21

Ana María Matute fallece en su casa de Barcelona a los 88 años

"Escribir es muy difícil, no es ponerse a contar cosas como se cree la gente. Escribir cuesta muchísimo", dijo la escritora en una entrevista a 21

"Yo no había cumplido los once años cuando estalló la guerra civil española. Unos niños acostumbrados a no salir de casa si no era acompañados por sus padres o la niñera nos vimos haciendo interminables colas para conseguir pan o patatas. No es raro, pues, que yo me permitiera, años más tarde, definir esa generación a la que pertenezco como la de "los niños asombrados". Porque nadie nos había consultado en qué lado debíamos situarnos.

"Hubiéramos querido más, ratos y más ratos de vida con Ana María Matute, en vestíbulos y bares de hotel y de aeropuertos, pero al fin, su vida ha sido larga. Ha sido rica. El mundo de inocencia, dolor, amargura y magia que nos ofrece en cada uno de sus libros ya se ha hecho parte de lo que somos. Es el regalo que hacen los artistas. Aquella realidad moldeada por la fantasía de una niña inclasificable que luego se convirtió, como ella misma decía, en una persona incómoda para muchos, sigue en pie. Ese en el poder de la literatura. Hace perdurar lo fugitivo", con estas palabras recordaba hoy a Ana María Matute la escritora y académica Soledad Puertolas, en un artículo en el diario El País, en el que expresa su personal despedida y homenaje a la autora de "Olvidado Rey Gudu", fallecida hoy en su casa de Barcelona a la edad de 88 años.

Ana María Matute, una de las grandes escritoras de la posguerra, y que fue galardona como colofón a su carrera literaria con el premio Cervantes en 2010 -"puede ser el colofón a la entrega de toda una vida que, en mis tiempos mozos, consideré en su mayor parte una "vida de papel", dijo la escritora al recibir el premio-, encontró desde muy pequeña en la literatura su vehículo para expresarse, para comunicarse, para enfrentar los fantasmas que durante la contienda fratricida de la Guerra Civil la "asombraron" y la aterrorizaron.

Su vida, marcada muy a menudo por la tragedia, la enfermedad y el dolor, se percibe en un cierto pesimismo que traduce su obra centrada en los cuentos, en la literatura infantil y en la fantasía de muchas de sus novelas pero siempre con el realismo como fondo de su narración.

Un aprendizaje atroz, mucho más atroz que los cuentos de hadas

En su discurso con motivo de la concesión del Cervantes, la también autora de "Los Abel", "Los hijos muertos" o "Paraíso inhabitado", resume con nitidez el trasfondo de su obra y su producción literaria: ..."Sobre la famosa crueldad de los cuentos de hadas -que, por cierto, no fueron escritos para niños, sino que obedecen a una tradición oral, afortunadamente recogida por los hermanos Grimm, Perrault y Andersen, y en España, donde tanta falta hacía, por el gran Antonio Almodóvar, llamado "el tercer hermano Grimm" -, me estremece pensar y saber que se mutilan, bajo pretextos inanes de corrección política más o menos oportunos, y que unas manos depredadoras, imaginando tal vez que ser niño significa ser idiota, convierten verdaderas joyas literarias en relatos no sólo mortalmente aburridos, sino, además, necios. ¿Y aún nos preguntamos por qué los niños leen poco? Yo recuerdo aquellos días en Sitges, hace años, cuando algunas tardes de otoño venía a mi casa un tropel de niños y, junto al fuego -como está mandado-, oían embelesados repetir por enésima vez las palabras mágicas: "Érase una vez ...". Y habían dejado la televisión para escucharlas".

"Yo no había cumplido los once años cuando estalló la guerra civil española. Unos niños acostumbrados a no salir de casa si no era acompañados por sus padres o la niñera nos vimos haciendo interminables colas para conseguir pan o patatas. No es raro, pues, que yo me permitiera, años más tarde, definir esa generación a la que pertenezco como la de "los niños asombrados". Porque nadie nos había consultado en qué lado debíamos situarnos. Nadie nos había informado de nada y nos encontramos formando parte de un lado o de otro, tal y como me confesó un día Jaime Salinas. Yo, ahora, sólo recuerdo que el mundo se había vuelto del revés, que por primera vez vi la muerte, cara a cara, en toda su devastadora magnitud; no condensada, como hasta aquel momento, en unas palabras -"el abuelito se ha ido y no volverá..."-, sino a través de la visión, en un descampado, de un hombre asesinado. Y conocimos el terror más indefenso: el de los bombardeos. Y aquellos cuentos, aquellas historias para niños", añadieron en su ruta interna de niña asombrada un aprendizaje. Atroz. Mucho más atroz que los cuentos de hadas".

Entrevista a 21

En una entrevista concedida a la revista 21 (entonces Reinado Social) en febrero de 2003, la escritora aseguraba a Mª Ángeles López que la entrevistó en su casa de Barcelona, que "la vida te quita con una mano pero te da con otra". Preguntada en ese momento por el Premio Cervantes, contestó: "Nunca espero ningún premio. Cuando te lo dan, ¡qué alegría!, pero se pasa con los años. No te hace mejor escritor un premio, lo que sí hace es lectores que compran tus libros, que también hay que tenerlo en cuenta".

Como homenaje de 21 a la Ana María Matute reproducimos íntegra aquella entrevista:

"Acomodada en el sofá de su sala de estar, Ana M. Matute nos recibe vestida de fragilidad. Pero a medida que comienza la conversación, la magia que chisporrotea al fondo de sus ojos la transforma en un portentoso ser cargado de fuerza, inteligencia y sentido del humor. La fantasía que la acompañó desde niña y que ha encandilado a tantos lectores españoles, recupera ahora sus huellas en la reciente edición de sus primeros relatos y dibujos, elaborados a la insultante edad de 5 años. "¡Cómo he degenerado! (risas). Es verdad, emocionalmente era infinitamente mejor entonces. Si hubiera seguido ese ritmo, ya tendría el Nobel".

Bueno, ha sido usted candidata en más de una ocasión...
Sí, pero hay que mover mucho el solomillo, y yo no...Yo me quedo en mi casa y no hago piruetas.

¿Y es cierto que está preparando otra novela ambientada en la actualidad?
Sí. Empieza sobre los años 30 y termina sobre los 80 o así.

Pero no abandonará la fantasía...
No, nunca abandono la fantasía, pero no es una novela de tipo mágico-fantástico. La he enfocado de otra forma.

Estuvo usted más de 20 años sin publicar hasta que salió Olvidado Rey Gudú*
No, antes ya habían salido un par de libros: por fin Luciérnagas, que me habían prohibido por censura, y luego un libro para niños, Sólo un pie descalzo, que ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil.

¿Le pesaba mucho Olvidado Rey Gudú, tenía la necesidad de soltarlo?
Sí, porque yo lo había escrito prácticamente casi todo antes de mi depresión y me faltaban los últimos capítulos nada más. Lo había dejado porque pensaba que era un libro que no iban a entender en este país.

¿Por qué?
Porque ese tipo de literatura aquí ha costado mucho. Como somos tan sabios e inteligentes y tan así..., pensaban que eran cosas para los niños. Sobre todo los señores críticos que, como lo saben todo, ¿verdad? No se leen los libros, para empezar. (Ana Ma Matute despliega a partes iguales dulzura, ironía y genio a raudales. Maneja las entonaciones y distribuye las risas para contar mucho más que lo que está diciendo. Y disfruta con ello).

¿Cree que Olvidado Rey Gudú es la obra que más la define como escritora?
Mis obras, no creo que me definan a mí. ¿Que me gusta mucho? Sí, ¿por qué voy a decir lo contrario si es verdad?: me gusta.

Decía que ahora empieza a entenderse este tipo de libros aquí. ¿Vuelve a triunfar la fantasía?

Sí. Y con El Señor de los Anillos y todo eso, ya lo creo. Por lo menos los niños, con Harry
Potter, han vuelto a leer. Esto es una maravilla. Con todo esto de lo políticamente correcto, se hace cada tontería, se dice cada tontería y se escribe cada tontería... Como el otro día, que me decía una señorita -no la llamo psicóloga porque no lo es- que ha convertido al no sé cuántos de no sé qué libro, un clásico, en un camionero. Yo no pude aguantarme y le dije: "Pues me parece una barbaridad. Y creo que además el camionero se sentiría muy ofendido si se enterara". Unas memeces, unas tonterías, un desconocimiento total. Y es que, dice, "desde el punto de vista didáctico../'. Mire, éso es una cosa y la literatura es otra. No tiene nada que ver con la literatura.

¿Se imagina en las pantallas de cine también a Gudú?
Es muy difícil, porque aquí no tenemos ni presupuesto, ni el director tampoco. Los directores españoles son muy realistas. Algún gallego la haría. (Una foto que inoportuna la coquetde doña Ana María, deriva la conversación hacia su estado de salud. Se rebela contra su cuerpo de cristal). Tengo tres vértebras hundidas, un dolor... Me rompí un codo y las muñecas. No, si yo a caídas... Ya lo digo, que yo no soy una mujer, soy un puzzle.

Volviendo al tema de la fantasía, el éxito de este tipo de temática, ¿es porque necesitamos huir de la realidad? No lo sé. Habrá quien sí y habrá quién no. Yo cuando era niña no leía esos cuentos ni los escribía porque quisiera huir de la realidad, ni mucho menos. Y de mayor tampoco ha sido por eso, ha sido porque me gusta, me atrae, es un mundo que me fascina y que llevo muy dentro de mí desde que era pequeñita.

Se le ha acusado en más de una ocasión de hacer una literatura pesimista, aunque yo como lectora no estoy de acuerdo.
Sí, yo soy más bien pesimista. En general, la literatura, no sé si la palabra pesimista es la que corresponde, pero no es festiva.

¿Quizás en su vida ha predominado lo dramático?
Bueno, no ha predominado, mitad y mitad. Yo he sido muy feliz también, he sido inmensamente feliz. Lo he pasado en grande muchas veces y también lo he pasado fatal, ha habido de todo.

Dice García Márquez en su biografía que la vida no es lo que se ha vivido, sino lo que se
recuerda. ¿Cuáles son sus recuerdos más significativos?
Mujer, no te los voy a empezar a contar ahora... No sé, muchos. Bueno, voy a decir una cosa que es muy vulgar, pero porque es muy verdad: el día que tuve a mi hijo, por ejemplo, fue un momento extraordinario para mí. Era magia aquello... Porque no
relacionaba mi hijo con lo que yo podía haber hecho con mi marido. Hombre, ya sabía, no era tonta. Lo que pasa es que ¡aquello era un milagro!, era magia pura, una cosa... Bueno, hasta ahora, todavía, con lo grandón que es. Ahora es una magia un poco... (risas y gestos de reproche). Sí, porque no hay cosa peor en el mundo que los hijos se conviertan en tu padre, y es lo que hace él -también me quiere mucho, y me levanta y
me cuida, faltaría más- todo el día vigilándome: "Esto no lo comas, esto no lo hagas, esto no lo bebas..." Con lo que me gusta una buena copa de Whisky de Malta, al lado de la chimenea encendida, leyendo un buen libro, oyendo música... Y el whisky sabe..., ¡sabe a música!

¿Es una gran vividora en el buen sentido?
Todo lo que he podido, hija. Todo lo que me han dejado.

Usted ha dicho en más de una ocasión que se sentía como si se hubiera quedado en los 12 años.
En muchas cosas sí, me ha pasado. Y se paga muy caro¿eh?. Te hacen mucho daño, eres
muy vulnerable.

Sin embargo, extraña ver la madurez que tenía usted con 5 años, escribiendo.
Y mis dibujos y todo. Soñaba... Siempre estaba en otro lado.

A veces, cuando se mira al espejo, ¿le cuesta identificarse?
A mí, sí. Y a veces no me veo siquiera. Por ejemplo, cuando me peino, me miro el pelo. O cuando me arreglaba, me miraba una ceja, pero no veía el conjunto. Así iba yo... (risas).

Desde luego lo que no le falta es sentido del humor...
Ah no, hija, eso es lo último que se tiene que perder.

Antes decía que no ha evolucionado todo lo que podía.
Porque yo creo que lo hacía muy bien de pequeña, extraordinariamente bien, vamos. Y ahora no considero que lo hago extraordinariamente bien. Y te dicen que lo haces bien, y te halaga mucho que te lo digan; pero, claro, siempre te queda dentro el pensar que a lo mejor no. Y luego hay otra cosa que no se puede olvidar: que tú imaginas una novela
o un libro de una manera y lo llevas dentro de una manera. Y luego, cuando lo escribes y lo realizas de una forma física, resulta que se queda siempre muy por debajo de como tú lo habías soñado. ¡Gudú es mucho más bonito tal como yo lo veo por dentro! Y no me quejo, pero es así. Pasa con todos los libros.

¿Siempre hay un cierto nivel de frustración?
No, de frustración no, porque ya se acepta eso, pero te quedas con una especie de mal sabor. Es que escribir es muy difícil, no es ponerse a contar cosas como se cree la gente.

Escribir cuesta muchísimo.

¿Le pesa la edad cuando escribe?
No, no, no. Por dentro estoy como siempre. Eso es lo terrible que el motor está en marcha y la carrocería, para el desguace completamente. Lo que pasa es que tengo un buen espíritu y cuando me pongo a escribir me olvido de todo.

Y los años, aunque puedan suponer una carga física, ¿liberan también de algunas ataduras?
Sí, claro que sí, y además te añaden muchas cosas. No es aquello que me decían cuando yo era jovenrita: "Cuando tengas 50 años, ya verás". Tengo 77 y todavía no he visto nada. He visto otras cosas pero lo que ellos decían no.

¿Qué ve cuando se mira en el lago, como hacía Gudú? ¿El reflejo le agrada o le entristece?
Lo encuentro normal. Es normal envejecer, ¿no? Claro, quizás no tan horrenda como yo...

Veo que no abandona la coquetería...
Lo he sido bastante, me ha gustado arreglarme. Pero ya no. Fíjate, hay gente que dice:
"Ya no puedo hacer lo que hacía cuando era joven". Y yo pienso: pues yo no tengo ganas de hacer lo que hacía cuando era joven. ¡Ay, no, qué pereza! No me apetece ni lo más mínimo. A mí me apetecen ahora cosas diferentes. La vida te quita con una mano
pero te da con otra. Hay que saberlo ver. Y yo cojo con la mano que me toca a mí todo lo que puedo. Y estoy muy feliz, estoy muy contenta. Y además disfrutas mucho las pequeñas cosas. Cuando eres joven, yo digo que te comes la fruta verde y te dan
unos cólicos que te mueres. En cambio, de viejo, te la comes en sazón, madura; la disfrutas. Yo siempre he dicho que la felicidad se compone, no de grandes cosas, bueno también, pero de pequeñas cosas.

Una de esas grandes cosas que dan la felicidad ha sido su gran amor, ¿no?
Sí. (Su semblante se entristece. Sus ojos se hacen más pequeños y brillantes. Calla. Quizás esté en otra parte).

¿Ese dolor por la pérdida acompaña ya para siempre?
Eso no se olvida nunca. (Su rotundidad seguida de silencio sabe a compromiso y eternidad).

He leído en alguna ocasión que le teme usted a la muerte ¿Lo vive con algo más de serenidad ahora?
Con serenidad lo he vivido, no me he subido por las paredes pensando en la muerte, pero me impresiona, sobre todo porque es un misterio. Porque en realidad no hay
razón ni para que envejezcamos ni nos muramos, pero es así. Es como el tiempo, que es una invención nuestra, pero vaya que si existe cuando te miras al espejo. Si no lo aceptas, peor para ti.

Decía usted en su discurso de la Real Academia que "la palabra desentierra del olvido o
la indiferencia futura aquello que nos hace distintos de las bestias". ¿Siente usted como si hubiera ganado parte de la eternidad con sus obras?
Eso son palabras muy serias, muy fuertes. No, nunca he pensado eso. Lo que sí que pienso es que un escritor, por lo general, muere menos que uno que no lo es. Cualquier artista deja una obra. Y un escritor especialmente, yo creo. Uno no se puede llevar la
Sagrada Familia a casa pero sí que se puede llevar Los hermanos Karamazov.

Usted ha recibido prácticamente todos los premios. ¿Espera el Cervantes?
No, yo nunca espero ningún premio. Cuando te lo dan, ¡qué alegría!, pero se pasa con los años. No te hace mejor escritor un premio. Lo que sí hace es lectores que compran tus libros, que también hay que tenerlo en cuenta porque vivo de eso.

¿Y sí le da importancia a estar en la Real Academia Española de la Lengua (RAE)?
Sí, estoy muy halagada, porque la RAE ha hecho un reconocimiento al trabajo de toda una vida. Ya lo ves, desde los 5 años. Es una entrega total.

Usted ha llorado mucho, tanto con el dolor propio como con el ajeno. ¿Sigue haciéndolo?
Sí, mucho además. Aunque no se me vean las lágrimas. Hay llantos que van hacia dentro que son quizás más dolorosos. Alguien dijo que llorar es empezar a consolarse, y es verdad. Y hay momentos como estos que estamos viviendo ahora, con la pobre Galicia, que me hacen llorar mucho. Y además me entra una indignación muy grande, por lo mal que se ha llevado todo esto.

¿Quizás el mayor pecado de nuestra sociedad sea el de omisión, como tituló hace años un cuento?
¡Pecado de omisión! Me parece un pecado muy frecuente, sobre todo en los políticos, y
muy malo, porque es un poco inasible, se puede ocultar o disfrazar de muchas maneras.

¿Y cómo llegar al Sur con mayúsculas, del que habla usted en sus novelas?
No sé, hay un viaje de iniciación que se empieza cuando uno es niño y se va continuando. La vida te lo señala".
 
 

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