Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

Domingo XIX Tiempo Ordinario: “¡Qué bueno es tener amigos!”

1 Reyes 19: "Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios". Cuánta gente espera tu cercanía, para recibir de ti la fuerza y el ánimo necesario para su desabrido, doliente, solitario y áspero camino.

Muchos están en situación de espera radical. Millones de personas humildes, cansadas, machacadas, de vuelta de todo; muchos tímidos e incapaces de generar recursos, carentes de apoyos y sin capacidad para salir al encuentro de otros, solitarios y abandonados a su suerte; cuántos que, en lo íntimo de su ser roto, y desconfiando del poder y de las instituciones, sin embargo necesitan una mano amiga, una sonrisa acogedora, una palabra de aliento; cuántos darían gracias por tener cerca un amigo o un hermano que les dijera: "¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas". 

¡Qué bueno es tener amigos! Qué hermosura y belleza tiene la vida cuando una persona se sabe amada y acompañada de otros seres humanos. Cuánta gente necesitada de saberse alimentada de pan y alimentada de la dulzura del amor. ¡Qué dicha los que lo encuentran! Qué gusto ha de dar encontrar unas entrañas de misericordia que les acojan y les den la forma alegre de la luz. Salmo 33: "Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él". 

Llegará el día en el que ya no quedará ningún ser humano sin abandonar por convencimiento profundo toda prepotencia ambiciosa y avara, capaz de acabar en el asesinato de sus hermanos. Génesis 4: “Cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató”.

Llegará el día en que todos los hijos de Dios se negarán a provocar más muertes o sufrimientos como consecuencia de su ambición y de su amargo deseo desmedido de atesorar y aumentar gastos en sus lujos y seguridad personal. Ahí está la figura grandiosa del Papa Francisco que ha hecho desaparecer la pena de muerte del catecismo y de la vida de fe de la Iglesia Católica. 

Nos lo recuerda San Pablo, en Efesios 4: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó”. Estas palabras son una invitación veraniega a mirarnos por dentro y a desterrar de nuestra existencia todo lo que no es propio de los hijos de Dios. Tenemos tanto por cambiar y por hacer que deje de resonar en nuestro interior. Edúcate por dentro en el Señor. 

Hoy, también, mucha gente nos conformamos con una comida miserable. Solo has de perder un día viendo la tele. Te parecerá que la sociedad como tal ha abandonado la más elemental humanidad y la pelea por el aprendizaje y la vivencia de los valores evangélicos; ha dejado a un lado todo planteamiento ético y de justicia, y el gusto por la verdad y la bondad; ha tirado a la basura que produce sus consumo frenético el anhelo de belleza espiritual y de fraternidad; y, por supuesto, se ha desapegado de la búsqueda del insondable Misterio de Dios. 

Juan 6: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo." Es preciso que ante las palabras vivas de Jesús, nos planteemos, te plantees: ¿De qué te alimentas? ¿De comida basura? ¿De Programas bazofias y de series violentas? ¿De individualismo acomodado y consumista? ¿De lo último, lo que está de moda en cada momento? ¿Has abandonado la fe y la confianza en Dios, con la misma superficialidad que el que se cambia de chaqueta? 

Oh, hombre, considera la posibilidad de escuchar las palabras de Cristo: “El que coma de este pan vivirá para siempre”. Porque existe otro alimento, el mismo Cristo, capaz de acompañarte y ofrecerte su compañía, para que “con la fuerza de ese alimento, camines cuarenta días y cuarenta noches”, eternamente, por el Camino, hasta su Reino, en el que desaparecerán las ambiciones y los ambiciosos. 

Antonio García Rubio.

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