Literatura

Gracia Bascones

Y yo me iré

Si hace millones de años, cuando se creó todo, una fuerza mayor te hubiera dado la posibilidad de elegir entrar en el mundo o no hacerlo nunca, ¿qué habrías decidido? Esa es la pregunta que Jostein Gaarder plantea desde La joven de las naranjas (2003). Pero como todo juego, tiene sus reglas y, en esta ocasión, consiste en no saber cuándo ni dónde se estará en el mundo y en aceptar que en cualquier caso no será para siempre, llegará un momento en que habrá una despedida y esta puede ser muy dolorosa.

Elegir la vida supone también elegir la muerte y constituye una de las obsesiones de su autor, profesor de Filosofía y de Historia de las Ideas, que se dio a conocer con su obra El mundo de Sofía (1991), novela de intriga en la que nos acerca a la historia de la Filosofía de la mano de su joven protagonista. Nos ha regalado numerosas obras en las no abandona su discurso filosófico. La joven de las naranjas, es una emocionante novela romántica en la que un padre dirige una carta a su hijo y escribe un libro con él.

En este recorrido padre e hijo reflexionan sobre su relación con los demás, sobre el amor, su enorme pasión por el universo y su afición compartida por la astronomía; pero sobre todo tratan de dar respuesta a la gran pregunta. Asimismo, nos desvelan en un relato de intriga quién es la misteriosa joven de las naranjas. Su mirada sobre el universo, sus interrogantes sobre este, nos invitan a elevar la mirada también por encima de nosotros. El cuestionamiento sobre el mundo, sus limitaciones y normas, forma parte de varias de las obras de este autor, quien suele plantear abiertamente preguntas, adaptándolas a las distintas edades de sus lectores.

En Los niños de Sukhavati (1987), dirigido a un público más joven, estos experimentan la limitación del tiempo y el espacio y también tendrán que tomar la decisión de abandonar el mundo o habitar para siempre en él acepando sus normas.Incluso en su literatura infantil, como Los enanos amarillos (2006), Gaarder plantea el sometimiento a ciertas reglas aparentemente absurdas como la necesidad de sacar un siete, en un dado cuyas caras presentan todas el seis, para poder cambiar de planeta.

La mirada de Gaarder es optimista y esperanzada en la contemplación la vida y en el asombro ante todo lo que le rodea, pero deja un tono amargo al plantear la muerte como despedida y ruptura; Jean Olav, uno de sus personajes, al enfrentarse a la muerte inminente e ineludible en una preciosa noche de estrellas -pienso en las noches como esta que no se me permitirán vivir- transmite la misma humana sensación de envidia de las cosas sencillas que nos sobrevivirán que el hermoso poema de Juan Ramón Jiménez “El viaje definitivo”: “…y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando”.

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