Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

Epifanía del Señor. Solemnidad

Isaías 60 dice que "se han volcado sobre nosotros todos los tesoros del mar". Y se nos manifiestan los dones escondidos para nosotros desde que fueron creados. Dios parece esperar de nosotros la alegría, el asombro y un corazón ensanchado ante sus manifestaciones. Que niños, hombres y mujeres muestren gratitud por sus maravillas. "Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos".

La creación muestra al hombre sus incalculables riquezas. Con sus tesoros: inteligencia, corazón y tesón, el hombre transforma la tierra en un espacio de acogida y de cálidas entrañas; en un lugar habitable para la humanidad. Ese es el objetivo innegable del amor apasionado de Dios por el hombre. Dios nos manifiesta "todos los secretos y todo el saber". El Dios de amor, ternura y misericordia anhela que el hombre aprenda a vivir sabiamente y en paz con la tierra, que viva la fraternidad y la justicia con el resto de sus compañeros de peregrinación y que, de modo intrépido, y sin perder su acción solidaria con los desprotegidos e indefensos, se aventure en su expansión de búsqueda en el universo infinito, que le llama y atrae. La astronomía, las matemáticas y la ciencia nos desvelan cada día un poco más del ser y el saber escondido en la Creación. Salmo 71: "Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra". Todo es de Dios y todo lo ha puesto Dios en las manos responsables y libres del hombre. 

Son apasionantes los pasos del hombre, con su pericia y su ciencia, para desvelar los innumerables dones que guardan para él la tierra y el universo. Pero es mucho más apasionante la aparición en nuestra carne de Jesucristo. Él es el regalo, el don más bello, verdadero y bondadoso que el Padre nos pudo ofrecer y manifestar.

Él nos ha revelado la Buena Nueva. En su Evangelio escuchamos y contemplamos una manifestación esperada desde siempre, desde siglos y siglos: Que no estamos ni solos, ni perdidos; que no estamos abandonados a nuestra suerte; que no somos partícipes ciegos, en medio de una oscura o desesperanzada noche, de una inútil pelea. Adoramos en estos días de Navidad a un Niño que nos ha nacido. Él es la Epifanía y la revelación del más puro y sano Amor de Dios por la humanidad. Él nos transmite a través de los oídos, los ojos, el olfato, el tacto y el gusto; a través de los sentidos corporales y espirituales de la humanidad, asumidos por y en Él, la gran revelación: que somos HIJOS AMADOS DE DIOS. Y lo somos del mismo modo que lo es Él, el Hijo Amado del Padre, al que estamos llamados a escuchar, contemplar y seguir. 

El Padre Dios ha querido alentarnos, y demostrarnos la coherencia de su Buena Noticia, manifestada en Jesús. Y para que comprendamos que Cristo es la pieza que le faltaba al puzle de la vida que somos y del mundo que habitamos, no ha dudado en manifestar en su propio Hijo, el increíble amor incondicional que nos tiene. Por eso le hemos visto nacer en la fragilidad empobrecida, oculta, silenciosa y no exenta de peligros de un pueblo humillado, y sin mezclarse con poder humano alguno. Y también le hemos visto entregarse y dar la vida sin reservas, hasta ser colgado de una cruz. Todo lo hizo por amor a todos, y sin excepción alguna. Efesios 3: "Ha sido revelado ahora por el Espíritu: que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio". 

Celebra, pues, y adora en silencio, la plena manifestación, la Epifanía, del Señor a ti y a toda la humanidad, simbolizada en esos tres magos de Oriente. Mateo 2: "Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra". 

Este domingo está cargado de la luz de una estrella, que es el mismo Cristo. Un día en el que tú, hermano, eres convertido en mago y en regalos del amor y la ternura de Dios para que lo dones a los niños, los pequeños, los humildes, los desfavorecidos y a todos tus hermanos. 

En mi generación, algunos tuvieron el privilegio de conocer el mar siendo unos niños nacidos y crecidos en el centro de la península. Cuando apareció ante ellos el mar se quedaron absortos y para siempre enamorados de aquel Atlántico que superaba todo lo imaginable. Este tipo de experiencias ejercieron una influencia grande en el desarrollo de algunas cuestiones esenciales de la vida. También para acoger la manifestación de Dios en un Niño. Vive tú hoy esa misma sana y humilde naturalidad para aceptar, asombrarte, adorar y comunicar la belleza, el amor y la revelación de Dios a ti y a tu gente. ¡Comunica tu fe! 

Antonio García Rubio.

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