Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

Bautismo del Señor, Solemnidad

He de confesar que desde siempre he vivido la vocación bautismal como la prioridad de la vida de la Iglesia. La recuperación del bautismo, en la vida espiritual y pastoral, acabará con la praxis del clericalismo -es poder autoritario, que se ha colado en las instituciones religiosas, proveniente de la mundanidad-, y con la farsa de unas comunidades desiguales, poco fraternas y escasamente solidarias. "Entre vosotros, dice Jesús, no ha de ser así".

El bautismo es el sacramento constituyente de la vida de la Iglesia y de la vida nueva, insertada en Cristo y habitada por la Trinidad, que constituye a cada bautizado, a cada cristiano, en hijo amado de Dios, y nos convierte a todos en hermanos unos de otros dentro del Cuerpo común que es la Iglesia. El bautismo libera a hombres para que sean libremente servidores de sus hermanos y los pobres, a los que tendrán también como amigos. Y con el bautismo somos luz en nuestros pueblos. Isaías 42: "Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones".

Es muy bella la relación la que nace del bautismo. Somos, como dice el profeta, tomados de la mano de Dios, conformados con su ser, con su amor, y hechos alianza, puente, lugar de encuentro y de gracia, fraternidad para nuestras comunidades y el mundo. Todos con el mismo don, con la misma dignidad, con la misma misión: servir con Cristo.

Los llamados hemos percibido la potencia que proviene de la voz de Dios. Salmo 28: "La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica". Es verdaderamente magnífica su llamada interior a ser parte viva y activa de su pueblo. Lo que Dios hace es total y completo en sí mismo: Te hace su hijo, bautizado y conformado con Él, sellado con el nombre de su Hijo Jesús, y ungido con su Espíritu Santo, que es lo más de más. Ninguna relación puede superar esta unión radical de amor mutuo y entregado.

Jesús, colocado humildemente como un pecador más, sin serlo, en la cola de los pecadores, fue bautizado en el Jordán por Juan el Bautista, y allí fue Ungido por la fuerza del Espíritu Santo. En ese momento apareció para el resto expectante y converso de Israel, y para todos los pueblos, incluido cada uno de nosotros, una torrentera de agua y de Espíritu Santo que nos traería la presencia, la voz, la Epifanía de Dios, y con ella el poder del bien, la sanación, la paz, la sabiduría, la misericordia y la luz. Hechos 10: "Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él".

En el Jordán, con Jesús, renacimos todos. Con Él morimos y con Él vivimos. Aquel día se inauguró un proceso de sanación, de Salvación y de transformación de vidas, que no cejará de brotar y manar para siempre. La bondad quedó instaurada e insertada en la Tierra. Nosotros, bautizados en su Nombre, que salva, somos hoy sarmientos vivos unidos a Él. Hemos sido elegidos para florezcan frutos humildes del tronco del bien en el mundo. Las fuerzas del mal, a pesar de su poderío aparente, saben que tienen sus días contados.

Emociona hasta las lágrimas y provoca gratitud ver bautizados: que entregan su vida al servicio del bien en los barrios y pueblos; que visitan, cuidan y oran con los enfermos; que prestan atención a los sufrientes y oprimidos de un sistema generador del mal y la injusticia; que dedican horas y horas de la vida a crear condiciones sociales, económicas, laborales para hacer posible un mundo fraterno y solidario, como pide el Evangelio; que trabajan por la paz, por la infancia destruida, por los jóvenes atados a dependencias y sin trabajo, por los ancianos solos, por los que tienen enfermedades raras; que se oponen con valentía a la guerra y a la destrucción inmisericorde del planeta y de los seres vivos. Emociona ver en Madrid, la pasada semana, a miles de jóvenes acogidos en familias y parroquias, y reunidos en oración con el Arzobispo y con los con los Monjes de la Comunidad Ecuménica de Taizé -hermanos bautizados en Cristo de diversas Iglesias cristianas, que oran y se preparan para la misión diaria, cada cual en su país: ser testigos del Amor, la paz y la alegría de Dios en un mundo roto, sin horizontes sanos de futuro y con una esperanza oscurecida-.

Oremos juntos para que:

- se te abra de par en par la conciencia bautismal;

- te experimentes como hijo amado de Dios;

- te sientas de Cristo, discípulo y servidor en este mundo;

- te sepas uno más, hermano entre hermanos, corresponsable de un Cuerpo fraterno;

- y colabores para hacer una tierra nueva donde habite la justicia.

Lucas 3: "En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: 'Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto'".

Antonio García Rubio.

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