Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

Ascensión del Señor

Hechos 1: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos". Estás a la espera de devolver y retornar alma, vidas y comunidades al Espíritu Santo. Él te convertirá en testigo. Esa es la máxima distinción a la que puedes aspirar como bautizado alegre, confiado y humilde. Pero has de ocuparte de la técnica a seguir; solo así te renacerá el testigo de entre tus ásperas piedras, tus bastos desiertos y esas oscuridades que te acompañan día y noche. "Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista". En este gesto de levantarse y desaparecer, o esconderse tras una nube, que narra Lucas, se encuentra, la punta del hilo, nada fácil de dar con ella, que te conducirá a desvelar lo que el Espíritu ha de comunicarte en Pentecostés. Aguanta el chaparrón de los dos hombres vestidos de blanco: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?", y sube y elévate hasta el cielo, junto a Jesús, sin sepárarte ni un ápice de Él. Lo normal es que Él se vaya, y nosotros, nos dediquemos a solucionar sus cosas, a evangelizar, que hoy es lo nuestro. Pero te voy a pedir un gesto de rebeldía. Pospón la realización de la obra de Dios y elévate con Jesús, sube hasta la cumbre tapada por la nube de la contemplación de Dios y quédate ahí un tiempo prolongado. No tengas prisa. Tendrás tiempo después para evangelizar. Haz un ejercicio simple. Solo podrás hacerlo desde la sencillez y armonía de tu corazón y tus entrañas. Alaba y bendice a tu Dios. Sin rubor. Dale gracias. Estás elevándote y ascendiendo, subiendo, con Él. Salmo 46: "Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime. Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas". Bate palmas. Alégrate. Goza de modo merecido. Supera la barrera del tiempo, y, en el presente eterno de tu oración, experimenta la fuerza y la potencia del Dios que está en el Resucitado. Sube sin miedo. Efesios 1: "Su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro". Esa fuerza, siéntela dentro, muy dentro, al nivel de tus entrañas. Ora con ella sin pestañear. Concéntrate en el Misterio del Dios escondido y eternamente encubierto por la nube. Y cuando estés ahí, en Él, busca sus ojos, los del Señor, y empieza el aprendizaje fundamental de la mirada. Aprende a mirar tu vida, y la vida de tus hermanos, con los ojos y con la mirada de Dios. Estás acostumbrado a mirar con tus ideologías, tus prejuicios y condicionamientos, con tu sibilina o sinuosa manipulación, y no te será fácil mirar de otro modo. Pero, no te des por vencido. Desde hoy inténtalo una y otra vez, en el Metro o la montaña, en la fábrica o las escaleras, en la discoteca o tu familia, en los exámenes o la consulta del médico. Aprende a mirar con la misericordia, la compasión, el discernimiento, la bondad, la ternura, la belleza, la generosidad, la trascendencia y la justicia de Dios. No te engañes más. Ni te creas diosecillo, ni te creas un intérprete de la voluntad de Dios o de la sana doctrina, ni creas ser el verdadero intérprete de las inspiraciones divinas. No te creas nada ni nadie. Limítate a aprender a mirar con los ojos de Dios, a comprender con su corazón y a aceptar con sus entrañas de madre. Eso. Solo eso. Ascendido con Él, colocado con Él por un tiempo, a su diestra. Y después, solo después del aprendizaje, de la identificación con Él, de adquirir su identidad y su mirada, solo entonces comienza la vuelta a tu tierra, a tu gente. Y ya no vuelvas a mirar con los prejuicios y los criterios del hombre o la mujer que allí, junto a Él, dejaste de ser. Siéntete bendecido por Cristo. Eres un hombre nuevo. Vive como tal. Piensa como tal. Actúa como tal. Y, ahora sí, vuelve a tu Jerusalén. Y hazlo alegre, como resucitado y transfigurado por el amor de Dios. Estás llamado a realizar cosas muy buenas en favor de tu pueblo, ya seas laico, cura o consagrado. Y ponte a la espera del Espíritu Santo que pronto te será dado. Lucas 24: "Después los sacó hacia Betania, y levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos (subiendo hacia el cielo). Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría". Has sido elevado. Eres hijo amado y alegre.

Adéntrate en estas tres sendas:

1. No tengas nunca reparo en subir. Asciende al corazón de tu Padre. Quédate con Él. Ese es el primer compromiso del bautizado.

2. Unido a Dios y paseando en oración por su ser, aprende a discernir tu mirada sobre la realidad humana, y asume con Él un nuevo modo de mirar a través de los ojos de su bondad.

3. Vuelve a casa, a la familia, a tu gente, a tu barrio, a tu comunidad... Y vive siempre con el convencimiento de que puedes influir en hacer un mundo nuevo, fraterno, justo y bondadoso.

Antonio García Rubio.

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