Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

Domingo de Pentecostés

1 Corintios 12: "Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu". Cada día que pasa nos sentimos más apasionados por la Comunión en la Iglesia; y más conscientes de la previa necesidad de una auténtica conversión en bautizados y clérigos. Sin Conversión no hay Comunión. La Iglesia, pocas veces ha necesitado tanto del Espíritu Santo para que sus hijos orantes, lúcidos, humildes y conscientes se pongan en camino de Comunión con fe, coherencia, responsabilidad y confianza. Él es el Camino. Nunca lo será nuestro hombre viejo. Su Espíritu nos guía.

Hace poco, en una audiencia familiar en Santa Marta, estuve con el Papa Francisco. Apenas he hablado de este acontecer de Dios en mi vida, pero hoy, huyendo de protagonismos o exhibicionismos, quiero manifestar mi peculiar Pentecostés aquel día, en presencia del Papa. Su magnetismo espiritual tocó entrañablemente mi ser, y tuve una intuición esclarecedora. En un mundo ideologizado y manipulado, es difícil no dejarse arrastrar por palabras interesadas, mensajes politizados, o por mentes decepcionadas y atormentadas. Muchos bautizados, en presencia de Francisco, como en mi caso, descubren la huella profunda del Espíritu, al que hoy celebramos en Pentecostés. Es Él quien ha decidido sugerir a la humanidad, de un modo contundente y profético: palabras de luz, gestos de misericordia, mensajes de libertad, evocaciones que iluminan, salidas al retorcido laberinto humano, social y económico, y una nueva conciencia de vuelta al más puro Evangelio. Es el Espíritu de Dios el que ha decidido elegirnos para este tiempo de la humanidad un profeta, y lo ha hecho a través de un hombre santo, valiente, decidido, austero, amoroso hasta el límite con los pobres, consciente, profético. Cuando compartí el tiempo con él, tuve la sensación de que se había invertido la pirámide, y de que hoy el profeta está y grita al mundo desde lo más alto de la torre vigía de la Iglesia. Así lo comprendí. Y así lo aprecie y percibí, situado en la mirada y en la voluntad de Dios.

Según entraban sus palabras en mi corazón, me vi efectuando una lectura de fe y consolidando una confianza absoluta en el camino que le marca el Espíritu, y en la inquebrantable decisión de Francisco de mantenerse, a pesar de todas las presiones imaginables en fidelidad radical a ese Camino manifiesto. Vi con claridad meridiana que los bautizados no hemos mirar al Papa con una mirada política, miedosa, partidista o ideológica, sino que hemos de mirarle como lo que es, como un hombre de Dios que, con disponibilidad total a Él, y con contundente firmeza nos ofrece la palabra viva, clarividente, inteligible y urgente de Dios para la humanidad y para su Iglesia, y lo hace en este momento, sumamente delicado de la historia.

Hechos 2: "¿Cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas...". El lenguaje del corazón, que nace en la fuente del amor de Dios, se desvela en la palabra y los gestos del Papa Francisco de modo humilde, sencillo, comprensible, y asequible para todos, desde los pobres a los poderosos. Todos entienden la llamada a la conversión y a la misericordia, a un nuevo modo de vivir la economía, la política, la eclesiología, la fe. "Y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua." La lengua del corazón, del Evangelio, del Espíritu de Jesús.

Secuencia: "Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro". Compartimos un momento vacío y desesperanzado en el pueblo de Dios, disperso en diversidad de culturas y países. Y es aquí y ahora, en esta diáspora y esta carencia de luz, donde emerge la voz y la voluntad del Espíritu. Y lo hace a través del ministerio de Pedro, en una prodigiosa fidelidad y en la densidad de la Iglesia católica. El Espíritu Santo se ha unido íntimamente al Papa para decirle a este mundo cansado y hastiado, y a esta Iglesia mustia, lo que necesitan oír.

Salmo 103: "Envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra". La vida parece un tío vivo. El Espíritu repuebla la faz de la tierra, pero se nos olvida mirar su acción. Mirándonos a nosotros mismos, perdemos la perspectiva de la obra de su gracia. El Espíritu, en lo secreto, teje y confecciona el gran mural de la historia de la humanidad. Es hora de cambiar la mirada. Mira al Paráclito y su obra en todos. Olvida tu ombligo, pide perdón y mira desde Pentecostés.

Juan 20: "Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: 'Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.' Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos". Gusta estas palabras, contémplalas en el silencio de tu cuarto. Alégrate de la amistad del Espíritu de Jesús, recibe su paz, siéntete enviado por Él, e inúndate de su aliento. Ahí, imbuido de su Espíritu, comprende la sociedad y la Iglesia. Desde Él entiende su modo de estar entre nosotros, y el crucial ministerio del Papa Francisco. Hoy, mientras el Espíritu allana tu morada, mira y vive todo desde el Espíritu. Es la garantía de tu vocación y de la misión de la Iglesia. Lo contrario es llenarnos de miedo, ideologizarnos, enfrentarnos, dividirnos y romper el maravilloso equilibrio de la Comunión, que es el gran don del Espíritu Santo.

Antonio García Rubio.

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