Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

XIII Domingo Tiempo Ordinario

"Jesús era muy radical" -oímos decir. "Y lo era -dicen, porque era Dios, sino, de qué". Respiremos hondo en tiempos gaseosos, aprendamos a nadar en tiempos líquidos y caminemos despacio y con tiento en tiempos poco consistentes.

"Jesús le contestó: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios". El arado, que usaría Jesús en Nazaret, se convirtió en símbolo de la activa unidad a la que aspiramos, y de la siembra del hombre de fe. Jesús aparece como el gran arado de Dios encarnado, que hace germinar la tierra. Es el icono que guía a sus discípulos. También ellos están llamados a poner la mano en el arado, que les ofrece la firmeza de la tierra que remueve; a mantener su mano aferrada al arado y comprometida con la siembra; y así hacer posible el renacer de una exuberante primavera. No apartes tu mano del arado. Esa es tu tarea primera y principal como bautizado. Y la nuestra.

1 Reyes 19: "Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando, con doce yuntas en fila y él llevaba la última. Elías pasó a su lado y le echó encima su manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías". Eliseo es otro símbolo del arado, igualmente ligado a la tierra y la siembra. Arropado con el manto de Elías se convierte en discípulo y profeta. Y hará posible junto a él un tiempo nuevo. Cada discípulo de Cristo, que se lanza a la aventura de sembrar la tierra con la semilla que es Cristo, y lo hace con pasión y esperanza, posibilita, con sus palabras y gestos proféticos, una vida regenerada, liberada, orientada y purificada para la humanidad. Salmo 15: "Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha". Discípulos y profetas, nacidos del bautismo, cuidan con esmero su vocación, y la enseñanza que les conduce por la senda de la entrega. Solo así llegarán a la presencia del Señor y a esa alegría diferente, pausada y animosa que les renace en y con Él.

Eres, hermano, una persona libre junto a tu comunidad de mujeres y hombres fraternos y solidarios. Tu vocación es la libertad, y se encarna como arado que fecunda la tierra que somos. Pablo, que de eso sabía tras su conversión, lo dice en Gálatas 5: "Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor". El arado es un instrumento en las manos de Dios, que se deja hacer y guiar. Y su libertad está en realizar bien la obra para la que fue seleccionado y elegido. Cumplir su misión es para él una indecible experiencia de libertad. Pablo abandona un pasado tenebroso e insolidario, individualista y centrado en su ombligo, y se convierte en el gran arado de Dios. Así fecunda la vida de los gentiles, que aún no sabían de Jesucristo. Pablo abandona la violencia ejercida contra sus enemigos y la ideología religiosa excluyente, para ejercerse una violencia amorosa a sí mismo. Y hace posible el nacimiento de un hombre nuevo.

Los discípulos de Jesús, como Saulo, sienten la eterna tentación de la violencia religiosa, mezclada de nacionalismo y puritanismo lleno de prejuicios: Lucas 9: "Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?". Qué grande y secreta esta tentación religiosa, e igualmente laica, administrada con mayor y menor grado de abuso por unos y otros. Hay una diferencia abismal y profética entre usar un arado que fecunda o una lanza que desgarra y mata. La Iglesia nació del costado herido de muerte de Cristo por la lanza, para ser constructora de vida y fe, de confianza y justicia, de fraternidad y esperanza, de comunidad y comunión, de encuentro y diálogo, y de amor fecundo y encarnado.

1. Cuida, junto a tus hermanos de comunidad, la vocación de fecundar la tierra con la semilla de la Palabra de Cristo.

2. Siéntete instrumento moldeable en las firmes manos del Paráclito, el Espíritu de bondad, belleza y verdad. Y compréndete como un arado encarnado en la tierra que somos.

3. Pacífica y domestica con amistad, con lazos indestructibles de amor, a tus hermanos, como dice A. de Saint-Exupéry. Cristo es el Amigo que te enseñará esas artes en lo secreto.

4. Y sé un hombre, una mujer, libre. Pasarás por el libertinaje y desvelarás que la libertad nada tiene que ver con él. Aprende de tu fragilidad. Levántate y obedece, como lo han hecho los grandes santos a lo largo de la historia. Libre es el que hace la entrega amorosa de su libertad por el bien y la paz de sus hermanos. Como Cristo, que es "el verdadero hombre libre", modelo de libertad.

Antonio García Rubio.

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