Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

Domingo XXVII Tiempo Ordinario

Habacuc 1: "El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe". Al escuchar estas palabras, el corazón comprende la bondad del aprendizaje que lleva a elegir la mejor parte y a dejar para una posterior mirada todo lo que ocupa y preocupa innecesariamente. Lo esencial es aprender a poner el punto de mira y de escucha en lo esencial e importante, y abandonar el modo de ser que obliga a mantener una preocupación obsesiva por todo pasajero e innecesario. En las realidades materiales se precisa poner el empeño justo y necesario para vivir con dignidad, y para que vivan del mismo modo el resto de los hermanos; y hacerlo, no para excitar los sentidos o engrosar las ambiciones, sino para aprender a amar, y a mantener ojos, oídos y manos de amor. Y así, que cada día, el Señor, que visita y habita al bautizado, le encuentre centrado en amar, y en confiar, que es la gran tarea del discípulo. No es, pues, ni sano ni santo hinchar el alma, renacida en la fuente bautismal, de un ego injusto, enfermizo, maniático y egoísta, sea cual sea la profesión o el poder que se ejerza en el trabajo, el barrio, la familia, la empresa, la asociación o la comunidad.

Salmo 94: "Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: 'No endurezcáis el corazón'". No dejes que se te endurezca el corazón, ni pierdas la sensibilidad para acoger y cuidar, escuchar y curar, acariciar o llorar, defender y abrazar, o perder si fuera necesario. Sólo Dios es Dios. Ni tú ni ningún ser humano lo es. Escucha la limpieza de su Voz, y apártate de las maldades de las que rebosa una mente y un corazón apartados de la Fuente. Y, repite a menudo la oración de Carlos de Foucauld: "Pongo mi vida en tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón…". Repítela una y otra vez, y créete lo que rezas y ofreces. Solo así le ofrecerás al Señor la tuya, y se la entregarás limpia, sana e incondicionalmente a los heridos y abandonados por los sistemas injustos en los que se sustenta esta sociedad de mentiras y abusos, y a tus hermanos; y lo realizarás desgastándote en lo pequeño de cada día, en cada uno de tus pasos.

2 Timoteo 1: "Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. No tengas miedo. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio con fe y amor cristiano. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo". Fíjate en la belleza de este texto, en línea con lo que ahora vemos: Para seguir las huellas de Cristo y regresar al camino de los bautizados, has de volver a cada poco a la de la que naciste. Emociona animarte a perforar la costra dura de la realidad cotidiana, como decía Madeleine Delbrêl, para que, por unos instantes toques la fuente de Agua Viva que transcurre por lo más profundo de tu propio ser. Es el agua en la que te sumergió la Iglesia en el bautismo. Y en ella has de retornar a vibrar con la inspiración y el envío del Espíritu Santo. Ahí se encuentra el fundamento y el aliento para que vuelvas a colaborar humildemente en las arduas tareas del Evangelio; y para que la misión que se te ha y se nos ha encomendado, en este momento confuso y apasionante para la fe y para la vida, siga ardiendo en tu corazón y brotando entre tus manos. Así se transforma la historia, sin mirar a otro lado.

Pide que se aumente tu fe y la de tus hermanos de comunidad. Lucas 17: "Auméntanos la fe. El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y os obedecería...". De nuevo tienes al diminuto grano de mostaza ante ti, para tu contemplación. En realidad, ese granito eres tú. Sí. Tú eres esa semillita milimétrica e imperceptible de mostaza. En ti y en tu Iglesia sigue librándose cada día una tenaz pelea por la grandeza, la fama, el dinero, el poder y la elegancia. Estos deseos nos los inculcaron en la casa, en la escuela, en los medios de comunicación, en el juego, y en la locura ambiciosa y taciturna de poseer dinero para ser felices. Siempre bajo la pretensión de querer lo mejor para nosotros, de protegernos y cuidarnos. Nos han inculcado deseos de ser los primeros y los ganadores, y nunca, nunca, los perdedores, aunque se hubiera de volverse de la calle con algún ojo amoratado. En familias cristianas no es normal que una madre, y menos un padre, digan a sus hijos que acepten con paz ser perdedores, ser los últimos; qué más importante que ser los primeros, es amar y servir a los demás para que sean felices y vivan con dignidad. Y, sin embargo, el Padre Dios, que es más arriesgado que los padres de esta tierra, con la palabra y el ejemplo de Jesús, no ceja en el empeño de que hacernos valorar positivamente, y asumir con paz y gozo el hecho incuestionable de ser los últimos, los perdedores y los servidores de todos. Escucha el final de traca del Evangelio de hoy: "Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: 'Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer'".

Será, pues, necesario pedir al Señor que, si te quiere como Él, el Amado del Padre, te haga gustar y comprender su persona, su entrega, su sentido sacrificial de la vida por amor a los demás, su elección del último lugar, su cruz… Sonríe. Dios quiere lo mejor para sus hijos y es Él el que te lleva de su mano. Solo has de dejarte llevar, sin que pierdas el aliento de su Espíritu y la tierna firmeza de su mirada.

Antonio García Rubio.

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