Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

III Domingo de Cuaresma 2020

Juan 4: "Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. La samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva." Dame de beber, mujer, dame de beber. Tengo sed. Dios mismo es el sediento, es Él quien, en Jesús, nos pide de beber. Él, hoy, pide a las mujeres, a través de la Samaritana, y a cuantos buscan el agua en este tiempo de profunda crisis humana y social, que le sigan dando de beber. Démosle de beber. Que ninguno de los llamados a esta misión se eche atrás, se aparte, se encierre en sí, o se perturbe por los males y reveses, aún en estos días de cuarentena social por el coronavirus. La mujer samaritana, símbolo hoy de médicos, enfermeras y personal sanitario, es el más intenso caudal de agua viva para este mundo enfermo. Siempre lo ha sido. Esas personas son las que dan de beber a Jesús y calman la sed y el sufrimiento de gran parte del pueblo. Que no dejen las samaritanas de dar de beber a Cristo en los pobres, en los enfermos, en las comunidades, en el mundo.

La historia de la Iglesia es testigo de la viva demostración de tantas mujeres excelentes en los campos de la fe, la mística, la teología, la caridad o el gobierno de miles de instituciones y familias en una Iglesia servidora, plural y bimilenaria. A Jesús, le dio de beber María, su madre, la Samaritana, Marta y María, la Magdalena y tantas otras que lo arroparon; y, también, a lo largo de la historia, otras muchas mujeres: campeonas de la caridad y del cuidado de los pobres, como Teresa de Calcuta o Teresa de Jesús Jornet e Ibars; doctoras sabias en Evangelio y en la vida sufriente, como Teresa de Lisieux, Teresa Benedicta o Catalina de Siena; místicas, deslumbradas por el amor de Dios y el servicio al hombre, como Teresa de Jesús, Madeleine Delbrêl o Hildegarda de Bingen; mujeres de Comunión, como Chiara Lubich o de hondo sentido social, como Dorothy Day... Mujeres que le dieron de beber y bebieron de Él. Mujeres que siguen bebiendo de Él y dando de beber a la multitud enferma y desalentada. Son miles de personas de fe y buena voluntad, que se desviven por la misión de Cristo. Que establecen líneas de salud, de crecimiento o de igualdad en el amor mutuo, porque todos somos iguales en la fe, en la filiación Trinitaria, regalada por el sacramento del bautismo. Dame de beber, mujer.

Los buenos servidores, a veces por la ignorancia del poder de amor que encierran, pueden dejar que se les endurezca el corazón. Pero la vida misma, y hoy la crisis del coronavirus, se convierte en un gran desierto, en el que cunde a la par la sed y la bondad. El ser humano se congestiona en la anchura de su humanidad, y el pueblo, extenuado de sufrimiento, pregunta a Dios, como en Éxodo 17: "¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed? El Señor dijo: Preséntate al pueblo llevando en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo." No teme Dios al pueblo que sufre, grita. Asumamos ese dolor, que es nuestro. Y despertemos una nueva conciencia, usando el cayado de la fe. Golpeemos con él la roca sesuda y endurecida de nuestros corazones acomodados. Y así, a golpe de fe y amor, auspiciados por el Espíritu, recuperemos el don de la samaritana que somos; el de una Iglesia que da de beber, alivia la sed, cura la fiebre, sana al herido, da la cara por el olvidado, no se esconde ante el mal, y acepta su pecado. Ese es su carisma, su don, su misión, aquí y ahora.

Convirtámonos. Tercer domingo de Cuaresma: "Si conocieras el don de Dios." Bebe de Cristo el agua de la conversión del corazón, en el silencio de la cuarentena. Bebe en la oración que escucha la Palabra, y en las conversaciones telefónicas con tus vecinos y conocidos mayores o enfermos. Ofrece en Agua viva, el servicio y la atención precisa. Haz una demolición controlada, con agua viva y corriente, de las durezas del corazón. Aprovecha el teléfono para hablar también con los hermanos de comunidad. Y bebe a Cristo, hasta embriagarte de Él, y hasta que resplandezca en tu corazón. Salmo 94: "Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: 'No endurezcáis el corazón". Eres y somos guiados por el corazón de Cristo. Un corazón demolido, cansado de nuestras durezas. Pero, un corazón que se deja dar de beber por la samaritana, por esa proscrita, ignorada como su pueblo, recluida en Samaria; esa infiel que oraba en el Guerizín, y no en Jerusalén. Pero, no importa quién seas, mujer. No importa nada tu historia, compañero, mientras vamos por el camino. Tienes corazón. Y es tu corazón sediento, el que busca el Agua Viva. No te angusties por lo que no es: tus deficiencias y fragilidades, tu enfermedad o la de tus hermanos; déjate querer; déjate cuidar; déjate estar en casa. Las dificultades te hacen más atractivo para Cristo, que recorre todo camino imaginable con tal de dar contigo. Y te lo prueba en la cruz y su camino. Romanos 5: "Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". No endurezcas tu precioso y buscado corazón. Eres amado, parte de un pueblo que Él guía. Aprende en silencio a servir. Tendrás tiempo.

Dame de beber, compañero, amigo, hermano, mujer... y encontrarás el Agua Viva que te sanará, te limpiará, te purificará y te abrirá el camino de la libertad. Es mi Espíritu, el que contigo golpea la dureza de tu roca en este tiempo difícil. Ama en lo posible, y déjate amar. Ponte bajo el manto de María. Y quédate en casa.

Antonio García Rubio.

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