Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

Domingo Cuarto de Pascua

Hechos 2: "¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”. Esta pregunta de la primera comunidad de Jerusalén, madre de las comunidades cristianas, es la pregunta de la Iglesia en cada cada comunidad creyente y en cada situación histórica. Es también nuestra pregunta, la de este tiempo de confinamiento, de oscurecimiento o de despertar de Dios, en estos días de transformación humana. ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Nos lo preguntamos unos a otros, confusos y sin respuestas predeterminadas. Lo hacemos con miedo a una vuelta a rutinas y vicios del pasado; o con la certeza de no tener preparación ni formación para responder a los interrogantes provocados por nuestra fe débil, tocada de pérdidas. Pero, es cierto que también lo hacemos rodeados de gente que busca dar salida a un espíritu más auténtico, a unas formas religiosas más austeras y comunitarias, más corresponsables y humildes; lo hacemos junto a personas que tienen la certeza de que los bautizados han de estar inmersos en el pueblo, en sus pobrezas y necesidades, en sus anhelos y sufrimientos, y en sus carencias humanas, psicológicas, de salud, materiales, de trabajo... ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?

Las respuestas comienzan a llegar con lo dicho por Pedro: "Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos". Seis palabras nos guían: Conversión, bautismo, perdonados, Espíritu Santo, promesa y vosotros.

1. Conversión. No conversión de tu mente. Si se convierte tu mente, será una posible maniobra de tu ego, que volverá a sus argucias, manipulaciones y engaños. Sí conversión del corazón. Conversión de un corazón afectado por el dolor de lo vivido en años de abusos, y en esta dramática pandemia. La conversión ha de afectar al alma, al ser, pensar, orar, vivir, convivir, caminar, trabajar, hacer, hablar, soñar, transformar... Todo vive interrelacionado y necesitado de cambio. Sal del pasado que puedas mantener en tus pensamientos, actitudes, ideologías, formas y palabras. Baja al dolor del pueblo. Despójate de la ficticia seguridad de tus atuendos y mercadeos. Vístete con la humildad y entre barro de los humildes. Y empieza de nuevo, convertido, como un discípulo. Todo está por hacer. Conviértete. Ponte a caminar.

2. Bautismo. El Sacramento perdido. Este es su momento. Cuídalo en ti y en tus compañeros de camino de fe. Baja hasta sus aguas. Báñate de nuevo en la radicalidad del bautismo de Juan, en el agua regeneradora de Cristo y en la fuerza del Espíritu. Recupera su ser y su poder. Vuelve a vivir las consecuencias de tu bautismo: eres parte y participas en la vida de un pueblo de hijos amados y hermanos, convocados a amarse y respetarse, a poner su puesto entre los últimos, en la cola de los pecadores, a lavar los pies, como Jesús, a servir, como siervos del pueblo de Dios. Todos iguales. Bautizados diferentes, y armonizados en el sólo Espíritu. Todos iguales y corresponsables de la marcha de la Iglesia y de sus comunidades servidoras. Bautizado.

3. Perdonados. La Iglesia es la casa común, el hogar de los cuidados para los heridos. El huerto donde se plantan las semillas de una vida nueva. Iglesia madre, que hace las veces del buen Pastor, que acoge, cultiva, cuida, perdona, sana, envuelve en pañales de misericordia, enseña el arte del perdón. 1 Pedro 2: "Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas". Esta Iglesia madre, que se sabe frágil y pecadora en sus hijos, depositaria del perdón, y capaz de cargar con la cruz del Pastor, abre sus puertas de amor concreto, sanador, salvador, para cada herido, para cada pecador, y le retorna a la vida perdonado, tras ser sanado con el calor de las entrañas del Buen Pastor. Siéntete perdonado. Haz sentir la hondura del perdón a tus hermanos. Perdonados.

4. Espíritu Santo. Es el antídoto contra todo protagonismo. El protagonismo poderoso, vistoso, narcisista y exhibicionista, que ha usurpado la humilde Gloria del Padre y del Hijo, ha de quedar apartado del seno de la Iglesia. Sólo un protagonista: el Espíritu derramado y desparramado por el pueblo de Dios. Ahí reside el secreto de la verdadera transformación. La Iglesia que renace del Espíritu; que abandona las formas del poder mundano y se hace corazón, alma, ser, sencillez, naturalidad, cordialidad, calidez, confianza, fraternidad, acogida, maternidad, feminidad, participación, servicio, donación, olvido de sí, mantel, comida, alimento, pan de vida, unción, cáliz de salvación, fortaleza. Salmo 22: "Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa". Espíritu Santo.

5. Promesa. Eres hijo de la promesa. Cultivas, en la oración común, la genuina promesa: Jesucristo, Vivo y Resucitado, al que sigues celebrando con inmensa alegría y con despierta esperanza en esta Pascua de sufrimiento y de muertes por la pandemia. ¡Bendita promesa! Es el regalo diario para el mundo, que tú llevas en vasija de barro. La Iglesia es Jesucristo. Y, con sus hijos, tus hermanos, vives “por Él, con Él y en Él”. Este es el secreto mejor guardado y eternamente vivo entre las luces y sombras de la historia. Vive con Él y en Él. Él es el seguro de la Comunión, y la garantía del servicio que has de prestar con humildad en el tiempo presente. Solo has de proyectarle, resucitarle en tu comportamiento y en tus palabras. A él le entiende todo el mundo. Lo tuyo, tras hacerle presente y comprensible, es desaparecer, para que Él pueda llegar a los corazones, sanarlos y atraerlos hacia el Padre. Promesa.

6. Vosotros. Sus ovejas. Su comunidad. Es un descanso ser y saberse una oveja amada, que escucha, que se sabe llamada por Él, por su nombre, y sacada con sus hermanos afuera. Él te coloca en medio del mundo, junto a tu comunidad de vida, entre los pobres y los pecadores, tus nuevos hermanos, tu comunidad verdadera y eterna, dichosa, bienaventurada. Y vas, con ellos, y con Él siempre delante, siguiendo su voz y realizando sus palabras. Tú. Vosotros, su pueblo, su Iglesia, ovejas de su rebaño. Humildes, sencillos. Juan 10: "Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños". Se trata de un Tú prolongado, engrandecido: Nosotros. Vosotros.

Antonio García Rubio.

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