Comentario a la Palabra

Antonio García Rubio

XXIII Domingo Tiempo Ordinario

Muchas veces andas aturdido, despistado, descentrado de lo que es, sin ser capaz de comprender el lenguaje ni de distinguir los signos de la llamada que recibes. El sábado se reparte el trabajo: o se cuida del huerto, o se riega, o se recoge el fruto, o se limpia el jardín, o se podan o arrancan los brotes o los hierbajos que, si te descuidas, arramblan con el huerto y la esperanza de los novatos hortelanos parroquiales. Se aprende en vivo lo mucho que cuesta cultivar lo bueno, y lo poco que le cuesta a lo "no tan bueno o fastidioso" crecer de modo desmesurado, arruinando o ahogando lo cultivado y mimado como necesario para la alimentación humana. Y el huerto nos devuelve a todos la conciencia de la necesaria gratitud al buen Dios por confiar, al cuidado, saber y ternura del hombre, la tierra, los seres vivos, e incluso a los desfavorecidos. Él te ha colocado a ti también como una atalaya, con visión y amplitud, con anchura y magnanimidad, para que favorezcas el bien común y el nacimiento de una naciente conciencia.

Ezequiel 33: "A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya; cuando escuches palabra de mi boca, si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, tú has salvado la vida." Tú has de ayudar a otros a vivir, a padecer y a gozar de la existencia con dignidad. Nadie ha nacido solo, ni, como mala hierba, para vivir en sí mismo y agobiando a los demás. El profeta, como atalaya social y espiritual, tiene la misión de recordar no lo pasajero de la vida, sino lo que perdura, lo que merece la pena, lo solidario y misericordioso.

Eres llamado a escuchar la voz del Padre, que te habla al corazón por medio del Espíritu. Feliz si escuchas la Palabra y la pones en práctica, sintonizando con ella en medio de tantos ruidos absorbentes; feliz si lo haces con el alma, y con santa sencillez de corazón; y feliz si te preguntas por las causas del estancamiento de tu corazón entre las raíces ocultas del mal.

No pierdas la sensibilidad con Dios y con el bien, porque se obstruiría la conciencia y se te agotaría, acostumbrándote al egoísmo y a la ambición, sin inmutarte. ¡Despierta corazón! No te dejes arrastrar por lo que no es. No te condenes a ti mismo. Eres atalaya que orienta, pues formas parte de un pueblo de gente maravillosa. El pueblo de los santos de la puerta de al lado; que mantiene encendido el fuego, la llama del amor vivo; y ardientes, tiernas, con gozo pacificado, sus entrañas. Salmo 94: "Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón".

No hay deuda para el que ama. La deuda externa crece sin cesar. Y no hay piedad ante su posible cancelación. Hemos de pedir la condonación de las deudas históricas aberrantes, que mantienen los pueblos pobres con aquellos que no tienen ninguna necesidad de recuperarla, y que solo escandalizan al mundo con sus inmensas, abusivas y sobrehumanas fortunas. Una deuda de la que es preciso liberarse con un año de gracia, como acontecía en la antigüedad; pues cada día nacen millones de niños en el mundo con una deuda impagable, aunque vivieran cientos de años. Un puñado de poderosos en la tierra se adueña sin piedad de los bienes que son para uso y disfrute de toda la humanidad. Y así, Pablo, nos anima a los creyentes.

Romanos 13: "Hermanos: A nadie le debáis nada, más que amor. El resto de la ley se resume en esta frase: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. Uno que ama a su prójimo no le hace daño". Si la ley suprema de la vida es el Amor, y también es la única salvación para la humanidad, no se debe permitir que unos pocos vivan al margen de esta ley fundamental. Esa es la única ley para el Evangelio, y que hoy la conocemos como nueva civilización del amor. Hemos de desarrollarla, y así lo han pedido los últimos Papas y la Iglesia. Porque el que no ama o se queda por su poderío con lo que es de todos, invalida la ley del Amor de Dios, y la posibilidad de una salida sana y justa para la humanidad. A nadie debéis nada, más que amor.

¿De qué poder dispones para acabar con el mal de un mundo tan desigual? ¿Qué revolución te queda por hacer? Mateo 18: "Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Lo imposible para los hombres es posible para Dios. Ponte de acuerdo con tus hermanos. Queden fuera las mentiras en red, las peleas ideológicas, y la perversión de los aprovechados que medran con todo. Se requiere la conversión del corazón; la determinación de los que ven, escuchan, aman, sirven, no tienen miedo a ser los últimos, y tienen el valor de dar la vida por amor.

Alguna vez reconocerás que Jesús dio las pautas para que se inicie un tiempo nuevo, humanizado, auténtico, lento, sin prisas ni protagonismos estériles, sin amenazas. Alguna vez podrás darle una vuelta a la propuesta de Cristo: ponte a rezar, a orar, a silenciar, a escuchar, a aceptar la humildad como camino; pon a los últimos y desfavorecidos los primeros, como tus hermanos. Será imposible y utópico, pero, lo imposible para los hombres es posible para Dios. Si dos o más sois capaces de poneros de acuerdo, de reconocer la presencia de Jesús, y dejar que la luz del Evangelio ilumine el camino de salida, otro mundo será posible. La necesaria comunión es el gran don que da salida a una nueva justicia, y a una fraternidad solidaria.

Contempla, escucha, ama en silencio. Y, confía en lo imposible.

Antonio García Rubio

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