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Descenso de la clase media a los infiernos de la pobreza

Dos millones de personas han caído en la exclusión social en lo que va de crisis. El 21,8% de los españoles ya es pobre.

 
-ENCABEZADO-Kelly Herrera llora en su casa el pasado 13 de marzo, cuando la Plataforma de Afectados por la Hipoteca consiguió frenar su desahucio. Ha denunciado por estafa a la Central Hipotecaria del Inmigrante.

Descenso de la clase media a los infiernos de la pobreza

Por Mª Ángeles López Romero

Dos millones de personas han caído en la exclusión social en lo que va de crisis. El 21,8% de los españoles ya es pobre.

Al principio la pendiente es suave. Tanto que uno no cree que vaya a deslizarse nunca por ella. Cuando empiezas a notar la caída no quieres creerlo. Y te agarras. A lo que tienes más cerca: tu casa, tu familia, tu banco de toda la vida... Pero hay ocasiones en que nada ni nadie pueden frenar la caída.

Dos millones de personas se han deslizado por la empinada rampa que lleva de la clase media a la exclusión social en lo que va de crisis. Dos millones de personas que se han unido a los nueve millones de indviduos que nunca consiguieron salir del pozo de la pobreza pese a la bonanza económica que disfrutó el país en la última década, y que han visto aún más precarizada su situación. Pero dicho así resulta fácil de digerir. Una cifra más. Anónima, ausente de nuestras vidas, carente de ojos o nariz. De olor y calor.

Pensemos ahora que vivimos en un edificio de tres plantas donde uno de cada cinco vecinos es pobre. Sí, pobre. Aunque salgan aseados y bien vestidos, lleven a sus hijos al colegio y acudan a trabajar si aún tienen trabajo. No piden limosna en la calle ni visten con harapos. No se cubren con cartones. Pero puede que se acuesten sin cenar. Que deban abandonar su vivienda o no puedan comprar a sus niños los pañales, las medicinas o el material escolar.

Y ahora pensemos en el delgado tabique que nos separa de ellos. ¿Nos separa? No. Lo cierto es que todos y cada uno de quienes integramos la popularmente denominada clase media hemos comprado papeletas de su misma lotería. Esta vez les ha tocado a ellos. Mañana podemos ser nosotros los que resbalemos por la rampa. Suavemente. Casi sin hacer ruido, sin darnos cuenta. Y estaremos descendiendo sin esperarlo ni entenderlo al infierno de la pobreza. El 21% de los españoles ya está allí, según el Instituto Nacional de Estadística. Y a diferencia del infierno literario de Dante, en éste hace mucho frío y hay mucha rabia, frustración y vergüenza.

A la cama sin cenar. Gloria sale de casa cada día a las 5 de la mañana para patear la ciudad en busca de trabajo. Es una de los más de cinco millones de parados. Ha dejado dormiditos a sus hijos de 8, 6 y 4 años. Es madre soltera, pero hasta hace bien poco se manejaba bien con su trabajo de empleada del hogar. Solo que cuando expiraba el plazo para darla de alta en el nuevo régimen de la Seguridad Social como marca la ley, sus patrones la despidieron. Si se puede decir así, porque nunca tuvo contrato. Lo demás vino rodado. Hoy vive en un piso facilitado por Cáritas durante un año como máximo, cuyo alquiler debe pagar, y lleva a sus hijos a cenar al nuevo comedor que ha instalado la ONG Mensajeros de la Paz para menores.

“Nos dimos cuenta de que los niños que acudían a proyectos de apoyo escolar se quedaban dormidos, estaban muy cansados, no rendían. Buscamos las causas y comprobamos que el índice de menores que no se alimentaban bien era muy alto”, explica Lucía Antolín, directora del comedor. Los pavorosos datos quedaron confirmados al acudir a comedores para adultos de los muchos que hay en la capital y comprobar que algunos padres escondían a sus hijos como podían mientras hacían la cola para recibir alimentos, entre indigentes, drogodependientes, personas alholizadas...

“En los comedores les daban comida porque priman alimentarles, pero nosotros buscamos además que el niño esté protegido de un entorno que no es el adecuado. Porque aunque viven lo que está pasando, son demasiado pequeños aún para ponerle nombre”, explica Antolín.

Los colegios confirmaron el negro presagio y Mensajeros abrió de inmediato un comedor para 60 niños, donde un nutricionista controla su adecuada alimentación y los monitores hacen de la asistencia al mismo una experiencia educativa. “Hay más necesidad, y abriríamos más turnos si pudiéramos”, pero los recursos son limitados.

Ayer comieron pollo al chilindrón y caldo de verduras. “Comen bien y vienen contentos porque están con otros niños”, explica Gloria, mientras pone cuidadosamente vasos y cubiertos en todas las mesas. Estamos intentando que lo vivan con la mayor normalidad posible, aunque la situación actual es un caos”, afirma Lucía, y Gloria lo ratifica con dulzura:?“Hago lo posible para que mis hijos me vean bien. Para que no vean... que estoy angustiada y desesperada. No les demuestro mi desesperación. Por ellos hago lo que sea, de donde sea saco. Pero si no encuentro trabajo no sé qué voy a hacer”. Un pequeño quiebro en su voz. Una leve arruga en la frente. Y unas lágrimas que corren por sus mejillas con la misma velocidad con que ella ha visto cómo su vida y su futuro se desvanecían.

Gloria es ecuatoriana. ¿Marcharse a su país? “No con las manos vacías. Necesito trabajar para ahorrar algo con lo que volver y montar un pequeño negocio. Hoy solo pienso en comer. Mañana...”.

El futuro se vuelve negro y frío cuando has agotado todos los recursos. Pero Gloria se enfunda cada mañana en su mejor sonrisa para buscar trabajo y arropar a sus hijos. “Es una madre coraje, una mujer con capacidad para disimular y hacer vida normal”, puntualiza Lucía Antolín, que advierte: No es lo que se suele llamar una pobre de solemnidad. “Esos ahora han pasado a paupérrimos porque han perdido el trabajo precario que les daba para subsistir con ayuda del banco de alimentos”.

Daño psicológico. Gloria pertenece más bien a ese otro grupo, compuesto por familias de clase media a las que, casi de un día para otro, la mala fortuna les roba las certezas materiales de su vida.”Acuden cuando la situación es grave; están desesperados”, reconoce Anabel Serrano Lorenzo, trabajadora social en una localidad de la Mancomunidad del Suroeste de Madrid donde hasta ahora no existían problemas de pobreza o exclusión social y aun hoy casi nadie afirmaría lo contrario. La vida sigue aparentemente igual en sus barrios de chalés adosados. Lucía Antolín aclara que no somos conscientes de que nuestros vecinos están pasándolo mal porque queda en ellos una parte de resistencia, de orgullo positivo, de deseo de seguir luchando y no depender de los recursos sociales. “No quieren una bolsa de comida sino que su carro se llene de trabajo. Por eso no quieren dar la imagen de que están en las últimas”. Pero lo están.

“Llegan avergonzados, demandando información sobre las ayudas porque no están acostumbrados a moverse por el Sistema de Protección y tienen prejuicios” y lo más complicado suele ser, según la experiencia de Anabel Serrano, ayudarles a “asimilar su nueva situación, ya que la mayoría se encuentran atascados en la primera fase del duelo que es la negación”, explica la trabajadora social, quien considera que les cuesta tomar conciencia de que han de plantear cambios importantes en su forma de vivir”.

No es fácil. En su mayoría los nuevos usuarios de Servicios Sociales en estas zonas del extraradio madrileño son famlias con pequeñas y medianas emprensas y autónomos que ingresaban cantidades importantes de dinero durante la bonanza económica pero que con la crisis han visto desaparecer negocios que habían fundado sus padres. “La consecuencia más dura se encuentra en el daño psicológico que supone ver cómo se derrumba toda una vida, aceptar con 50 ó 60 años que desaparece todo lo que con tanto esfuerzo han conseguido”. A ello se añade que en su mayoría se encuentran fuera del sistema de protección porque eran autónomos, y que por edad y por el derrumbe de sectores como el de la construcción tienen muy complicada la reinserción.

Serrano reconoce que “atender a personas que han estado viviendo como tú lleva a reflexionar sobre la propia vida y te das cuenta de que todos somos susceptibles de estar al otro lado de la mesa”.

Al otro lado de esa mesa hay ya ocho millones de personas atendidas por los servicios sociales. Que, paradójicamente, han visto reducido su presupuesto para ayudas de emergencia en un 65%. “Es como si entras en guerra y cierras los hospitales cuando más heridos van a necesitar asistencia”, explica gráficamente Juan José López, responsable del Observatorio de la Realidad Social de Cáritas Española, ONG que ha visto incrementar en cuatro años un 137% las peticiones de ayuda, un tercio de cuyos solicitantes acuden por primera vez. Y es que a su juicio “la Administración pública está tratando este aspecto con la frialdad de una partida presupuestaria más a recortar”, una “situación paradójica y absurda que demuestra que la sociedad en que vivimos está centrada en la economía en vez de en las personas”.

De ahí que la mayoría llegue a Cáritas tras comprobar que las instancias oficiales no responden:?al recorte presupuestario se unen otras dos rémoras que también empiezan con erre,?los retrasos en la tramitación que hablan de una media de 24 días para obtener la primera cita y más de medio año para recibir las primeras ayudas en caso de reunir los requisitos; y el endurecimiento de estos últimos hasta límites surrealistas, como pedir la documentación expedida por el país de origen, en muchos casos africanos, pero en español.

Además, muchas personas de clase media pasan a situación de vulnerabilidad por los recortes en Educación o Sanidad. “Hemos detectado ya un nuevo perfil de solicitante que es el pensionista que no puede hacer frente a la factura de las medicinas”, reconoce el experto de Cáritas, que añade, “¿y cómo van a pagar los inmigrantes los 700 euros para tener asistencia médica? Acudirán a Cáritas”.

cambio estructuraL. Por desgracia, precisamente por eso y en contra de lo que se suele afirmar desde que comenzó la crisis, López no cree que esto sea una situación coyuntural sino más bien un cambio estructural. “No hay ningún signo que nos diga que esto va a cambiar hacia una sociedad más justa, fraterna e igualitaria, sino más bien se está produciendo un ahondamiento”. Eso sí, advierte que este deterioro que está sufriendo la denominada popularmente como clase media viene de antes, sólo que ahora se hace más visible. Sin olvidar a los pobres que ya convivían con nosotros y “sobre los que el impacto del progreso económico fue mínimo”.

El perfil de quienes acuden a Cáritas es el de personas de unos 40 años con hijos a su cargo. Más de la mitad de ellos son inmigrantes, y cuentan por tanto con un colchón familiar limitado o nulo. Isabel pertenece a la otra mitad. Madrileña, “de Huertas de toda la vida”, con 43 años, casada y con un hijo de dos años, ahora vive en Sevilla acogida por sus suegros. Con estudios, llegó a tener una empresa y ganar más de 3.000 euros al mes.

Nunca imaginó que un día no tendría dinero para dar de comer a su bebé. “Al principio íbamos tirando con el sueldo de Gerardo, que es ebanista, pero cada vez había menos trabajo. Dejamos el piso que teníamos alquilado y nos fuimos a vivir con su hermana, pero ella también acabó perdiendo su casa y ahora vivimos con mis suegros. Hoy tengo 60 céntimos en el bolsillo. Muchas noches me acuesto sin cenar y sólo como legumbres o verduras para poder dar una alimentación equilibrada a mi hijo. No tengo ni para zapatos ni para ir al dentista. Y vas a los estamentos oficiales y no hay nada. No te dan nada. Por eso pedí ayuda a Cáritas. Ahora me dan vales para comida. Aunque lo que yo quiero es trabajar”.

No hace falta preguntar. Isabel lo cuenta todo de un tirón. Vomita su amargura para dejar hueco al último hilo de esperanza. Todo lo hace por su hijo. Rebaja su curriculum para acceder a un empleo o da el paso –”me costó muchísimo”– de pedir ayuda. Aún siente el calor de recuerdos más amables, como cuando se iba de vinos y tapas por la madrileña Cava Baja. “Ahora eso es impensable. Si un día puedo permitirme una rodaja de salmón es una fiesta”.

A Isabel se le ha puesto todo cuesta arriba. Pero el suyo podría ser solo otro nombre de una misma historia que se repite al otro lado del tabique, en nuestro mismo edificio. “Como yo hay muchas familias. Gente normal, bien vestida, preparada, familias de clase media... que están en la misma situación”. Espera que esto dé un giro “porque si no, ¿qué hago?, ¿voy al mercado y robo?”.

Frentes nuevos. Como Gloria, Isabel va al parque con su hijo, “porque no tiene la culpa, no tenemos la culpa, nos han arrastrado; porque él tiene que ser feliz”, y se le cae el alma a los pies cuando le pide un helado y no puede comprárselo. “Que no me vea llorar”, promete sin saber si lo cumplirá.

Al otro lado de esas lágrimas, y de las de muchos otros, está, estuvo esta vez, Francisco Espada, de 66 años, director de la Cáritas Parroquial de San Lorenzo, a la que acudió en Sevilla Isabel cuando ya no pudo más. Él ha asistido en directo a la narración agónica de la vuelta atrás, de la caída en el abismo de la exclusión social, “que es un drama tan grande...”. Espada reconoce que a veces le fallan las fuerzas porque en estos despachos se viven cada día situaciones más complicadas, cada día más afluencia. No son los “pobres eternos” que él conoció cuando asumió su puesto en 2004. “Ahora llegan personas como Isabel, con un perfil de enorme naturalidad que solo por su presencia no corresponden a este lugar”. Es el caso de Mª Teresa, esa joven estudiante de Filología a la que le restan solo un par de asignaturas para licenciarse, que ahora debe acudir con su familia a un comedor social. O el de esa víctima de maltrato que necesita un cuchitril donde esconderse para rehacer su vida cuando sanen las heridas. Y así más y más frentes nuevos de pobreza.

“Llegan como auténticos desahuciados en el sentido que indica el diccionario de la RAE: personas a las que se les ha quitado la esperanza. Llegan necesitados de escucha, acompañamiento”, comenta Juan José López. Francisco procura ofrecérselo, ayudado por los trabajadores sociales, “con la escucha atenta, sin críticas, con comprensión, demostrando empatía, para que recuperen la confianza”.

Desahuciados. También en el hombro de Aída Quinatoa se han derramado muchas lágrimas, unas de desesperación, otras empáticas. Ella es presidenta de la asociación de inmigrantes ecuatorianos CONADE, pero también la portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). Su historia y la de sus compañeros de penurias reúnen todos los ingredientes de esta crisis:?paro, desahucios, nueva exclusión social, vergüenza.

Fue en 2007 cuando unos pocos se dieron cuenta de que algo no cuadraba. Las promesas de sus bancos, la letra pequeña de sus hipotecas... Peldaños inestables de una escalera que en lugar de ascender les llevaba directamente a un infierno sin rellanos. “El incremento del Euribor empezó a disparar las cuotas mensuales y eso coincidió con el estallido de la burbuja inmobiliaria y la pérdida de los empleos. Los alquileres eran altísimos y nos embarcamos en hipotecas porque entonces podíamos pagarlas y nos dijeron que con el tiempo pagaríamos menos”.

Como ella, Juan Carlos, informático que trabajaba en Telefónica y disponía de buen sueldo. “Quería montar un negocio y fui al banco a pedir un crédito de 30.000 euros, pero allí me convencieron de que lo que debía hacer era invertir en una vivienda y venderla má tarde para obtener beneficios. Mis expectativas entonces eran muy buenas. ¿Cómo iba a imaginar que Telefónica haría un ERE para externalizar servicios y me despedirían”. Llegó un día en que Juan Carlos no pudo seguir pagando. Intentó negociar con el banco pero fue inútil. Ha sido desahuciado. Ahora vive en una pequeña habitación alquilada con ayuda de Cáritas, cuando no está ingresado en el hospital durante varios meses porque padece la enfermedad de Guillem Barre, que paraliza sus extremidades periódicamente. No tiene vivienda, pero sí deuda:?180.000 euros. “No sé qué va a pasar. Si consigo trabajo me embargarán la nómina. Me siento derrotado, noqueado como si hubiera salido de una pelea. Después de tanto luchar... el banco hace con uno lo que le da la gana”.

A quienes critican los excesos cometidos y los excesivos riesgos que se han asumido en los años de bonanza, responde sin dudar:?“Obviamente mucha gente se equivocó porque pensaban que podrían hacer frente y pidieron casa, coche... Pero quienes pagábamos 800 ó 900 euros de alquiler y podíamos permitírnoslo... Tener un piso no es un lujo. es una responsabilidad muy grande. Si hubiera seguido trabajando no hubiera tenido ningún problema. Nunca imaginé que me vería enfermo, solo y sin un centavo”.

Juan Carlos se ha visto apoyado en su lucha por las Asambleas de Barrios y la PAH. Pero se pregunta cómo es posible que a ellos los “tiren a la calle y anden rescatando a los bancos”. Unos bancos a los que Quinatoa llama terroristas, “de malos... porque a muchas personas los engañaron. Les dijeron que los avales eran por dos años, permitieron avales cruzados de personas que ni se conocían, nos ofrecieron seguros con cláusulas que hacían imposible su cobro...”. Por eso no duda en calificar como “una vergüenza de la Historia” que no se persiga a quienes se lucraron con este negocio mientras “tenemos que pagar al Estado el dinero que se llevan los bancos por sus errores”.

Afortunadamente ahora sabe que no está sola en esta lucha. Reclaman que se concedan en alquiler social los 6.500.000 pisos vacíos que están en manos de los bancos. Que se admita la dación en pago (que permite saldar la deuda con la entrega de la vivienda) y que se condonen aquellas deudas demostradamente ilegítimas. También que se sancione a los culpables. Y han recabado suficiente documentación para ganar más tarde o más temprano la batalla en los tribunales. Han conseguido también frenar 130 desahucios. Aun así, cada día se ejecutan en España 521 desalojos. “Entran los antidusturbios en tu cocina, con los niños llorando, como si fuéramos terroristas”. Basta dejar de pagar un mes. Y no importa que tengas tres hijos. O que seas un anciano que avaló a su hijo. Los dos perderán sus viviendas. Y entrarán en las listas de morosos. Así que no podrán abrir una cuenta en otro banco o contratar una sencilla línea de móvil o alquilar otro hogar. “Esa familia queda al margen de la sociedad. De la noche a la mañana son marginados”. Algunas entidades, incluso, están investigando las pequeñas propiedades que sus clientes poseen en sus países de origen, como terrenos de cultvo, para embargarlos.

Como fichas de dominó. A la situación de excesos se añade en ocasiones directamente la estafa, como la cometida a juicio de Aída Quinatoa, por la denominada Central Hipotecaria del Inmigrante, en una perversa combinación de mala fortuna y mala baba. O de vista gorda, como la de aquel notario que daba fe de que unos bangladesíes entendían las condiciones de la hipoteca que firmaban en su presencia y cuando éstos iban a reclamar al conocer lo abusivo de sus cláusulas pedía un traductor “porque no los entiendo”.

Y Aída recibe cada tarde en la asociación a madres solteras con hijos discapacitados, a esposos que discuten por una deuda que no les deja respirar o ancianos que se desmayan porque ya no pueden más. Y antes de dejarse engullir definitivamente por las fauces negras de la pobreza más inesperada, se agarran a un hombro, el suyo. Y a la labor comprometida de dos hermanas, Elena y Ana Marcello, que entregan su tiempo respectivamente como psicóloga y trabajadora social.

Ana explica que los directamente afectados no suelen ir a las manifestaciones. Incluso piden que vayan otros a parar su desahucio. “Sienten vergüenza. No quieren que los identifiquen como pobres. Se ven como culpables y no como víctimas”. Cuenta también que padecen estrés, ansiedad, gastroenteritis crónica, pérdida de pelo... Que no ven salida a su situación. A su calvario. “Les doy a mis hijos bechamel para cenar”, les contaba hace poco un padre aplastado por la pesadumbre.

Por primera vez en su historia, Cruz Roja ha dedicado este año la tradicional cuestación del Día de la banderita a recaudar fondos para España. Para los niños que cenan bechamel o se acuestan sin cenar. Porque “más gente de la que imaginas necesita ayuda en nuestro país”. Han atendido a dos millones de personas y quieren llegar a otros 300.000. El 65% de esas personas está desempleada, la mitad de ellos lleva más de dos años en el paro y un 51% carece de cobertura por desempleo o renta mínima. Según la organización humanitaria, el 43% de las personas no puede poner la calefacción en invierno y el 26% no puede permitirse una comida con proteínas tres veces por semana. Ante estos datos, los expertos advierten del enorme riesgo de fractura social.

Lucía Antolín escoge una figura muy ilustrativa para explicar el proceso en el que estamos inmersos: fichas de dominó que han empezado a caer, una tras otra, de abajo arriba. El hijo del propio Francisco Espada se ve afectado:?es ingeniero pero debe trabajar de repartidor para pagar la hipoteca. “Y si no ya estaría yo para echarles una mano. Pero hay tanta gente a los que no les pueden ayudar...”, se lamenta. “Todos tenemos la esperanza en que este caos rompa por algún lado. Eso, o pasamos a las favelas de Brasil”, añade Lucía Antolín, porque “esto es insostenible en el tiempo”, remata; y recalca el peligro de caer en la trampa de normalizar la indigencia y aceptar el abandono del Estado. Es entonces cuando a Lucía se le saltan las lágrimas pese a su profesionalidad. Recuerda que el 1 de enero se echará el cierre a un proyecto vital de Mensajeros de la Paz que atiende a más de 1.000 personas y que ella denomina cariñosamente “Cunas”. El ayuntamiento de Madrid ha retirado los 70.000 euros de ayuda con los que se mantenía en pie un espacio donde dejar a los bebés para que sus madres puedan ir a trabajar. “Ahora van a dejar a los niños en pisos ilegales o con una persona en los parques. Volveremos a ver situaciones que habíamos erradicado, como la de bebés enganchados a un biberón de alcohol para que se queden dormidos mientras sus padres están fuera”.

Lucía Antolín reclama a los políticos actuar desde la razón y la moralidad. “Porque se están haciendo cosas inquietantes”. Aun así, no abandona la esperanza. Ese clavo ardiendo al que millones de personas se han agarrado como pueden para no resbalar definitivamente por la rampa que conduce al averno de la pobreza. “La esperanza reside en que deseemos salir entre todos de esta situación. Pero no sólo está en querer, ni siquiera en poder, sino en la decisión de no pisar más a los más débiles”.

Juan José López le da la razón:?“La sociedad de la que venimos no es el ideal. Construimos una sociedad basada en el crecimiento económico, pero la economía debe estar al servicio de las personas y no al revés. Si no, nos convertimos en esclavos. Que el trabajo no sea el parámetro que nos integra. Es necesario transformar a las personas y la sociedad. Denunciar la corrupción. Porque no es justo socializar los sacrificios cuando no se hizo con los beneficios. Ojalá esto nos permita despertar del letargo. Hay que transmitir la esperanza de que somos capaces de generar una sociedad más igualitaria y más justa”, concluye. Y Lucía añade: “Sí, creo que al final del túnel siempre hay una luz porque también la gente se va volcando más a medida que nos va rodeando la oscuridad. Al final todos vamos en el mismo barco: queremos ser felices. Y la luz se va aproximando si tiramos del barco todos a la vez”. Al fondo, al otro lado del tabique, muy cerca de nosotros, 11,6 millones de personas con necesidades básicas sin cubrir esperan que esa luz se encienda de una vez. •
 
 

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