Vivir

Por Victoria Luna

Las enfermedades del amor (o el amor que no es amor)

Son muchos los estudios que señalan al amor como fuente de bienestar y salud. Sin embargo, a menudo las parejas establecen vínculos enfermizos que, lejos de proporcionar felicidad, generan sufrimiento, estrés, miedo, angustia y dolor. Hablamos entonces de enfermedades del amor. (Reportaje publicado en el número de abril de 2012)

 
“Amor es dar lo que no se tiene a quien no es”. Así definía Jacques Lacan, uno de los máximos exponentes del psicoanálisis actual, el sentimiento sobre el que más se ha escrito en la historia de la humanidad. Acertada o no esa definición, lo cierto es que todos necesitamos amar y sentirnos amados.

Pero a menudo las parejas establecen vínculos enfermizos que, lejos de proporcionar felicidad, generan sufrimiento, estrés, miedo, angustia y dolor. Es entonces cuando puede hablarse de patologías del amor. ¿Cuáles son? Yolanda Garrido, psicóloga y psicoanalista, es clara al respecto: “El primer objeto de amor es la madre y, después, el padre. Todas las dificultades y conflictos que surjan en ese triángulo, que es donde se estructura el ser humano, van a ser las patologías del amor en el futuro”.

Obsesión y dependencia. La de Ana, periodista de 32 años, es la obsesión. “Idealizas a una persona, te ocupa el pensamiento y lo confundes con amor. Intentas llenar tu vida a través de ese otro, cubrir los vacíos con él igual que otros lo hacen con el alcohol. Es un adicción”, explica. Hace dos años que Ana rompió con su última pareja, un hombre con muchas dificultades para expresar sentimientos y emociones que, según ella, le brindaba un “cariño superficial, una intimidad de pega”. “No era feliz, no me hacía ningún caso, tonteaba con otras chicas y yo tenía la autoestima por los suelos... Me sentía vacía, pensaba que no era suficiente para él, así que intenté adelgazar y ser perfecta a sus ojos, escucharlo, entenderlo”, añade. Pero nada funcionó y, sin embargo, era incapaz de romper la relación; tuvo que ser él.

Ya antes había tenido que ir al psicólogo porque tenía una dependencia “extrema” de una amiga. “De niña me faltó contacto afectivo, sentirme querida y segura. De mi madre me faltó cariño y mi padre siempre tenía cosas más importantes que hacer que atenderme a mí. Me pasaba el día buscándolo, pero siempre sentí que no le importaba”.

Ana cuenta esto tras salir de su reunión semanal en uno de los grupos de autoayuda creados por la Asociación Mujeres Anónimas que Aman Demasiado (MAQAD). Por muy romántico que suene, este síndrome, así denominado por la psiquiatra y psicóloga estadounidense Robin Norwood, no consiste en amar a muchas personas, ni en enamorarse con demasiada frecuencia, ni en sentir un amor muy profundo; consiste en obsesionarse con otra persona y llamar amor a esa obsesión.
Las personas con dicho patrón emocional sufren una enorme necesidad de ser amadas y una falta de autonomía derivada de su inseguridad y baja autoestima. Aunque Norwood se centra en las mujeres, también afecta a los hombres.

Migajas de amor. “Suelen ser mujeres brillantes en los demás aspectos de su vida, pero que siempre se enamoran de hombres nefastos para ellas a los que creen que pueden salvar. Al final sufren lo indecible por unas migajas de amor y piensan que la culpa es de ellas porque tienen algo que no funciona”, explica Alicia Martín, fundadora de MAQAD. “Creen que no merecen otra cosa y son incapaces de romper la relación porque son adictas”.

Susana Lorente, psicoanalista y especialista en terapia de pareja, señala: “Se suele creer que la adicción sólo es a sustancias, pero es un complejo mecanismo psíquico que usa cualquier cosa. Muchas mujeres y hombres permanecen junto a su pareja durante años, a pesar de que ésta los maltrata psicológica y/o físicamente. Se considera adicción cuando la persona manifiesta su incapacidad para sobrevivir sin el otro”.

Necesitados de afecto. Natalia, administrativa de 44 años, asiste a las reuniones de MAQDA desde octubre de 2010. “He tenido muchas relaciones, casi siempre muy largas, en las que no me he sentido completamente satisfecha pero que no he podido cortar y he compaginado con otras. Siempre he necesitado otro hombre para poder dejar al anterior, sentía pánico al pensar que no habría uno en mi vida”.

La incapacidad de Natalia para romper con una relación que la hacía infeliz era tal que incluso llegó a fantasear con la muerte de su pareja como “única forma de acabar con aquello”. “Ellos son los que me eligen. Son personas necesitadas de afecto; por eso me engancho de ellos y ellos se enganchan de mí. No sé decirles no y acabo amoldándome a sus necesidades y pasando por alto las mías”.

Natalia tiene muy claro de dónde viene su patrón emocional. “Crecí en un hogar disfuncional en el que mi padre era un mujeriego y mi madre sufría constantemente. Yo era la pequeña de seis hermanos y todos tenían sus propios problemas como para cubrir las necesidades emocionales de la última de la familia. Ante tal desastre era mejor ser buena, no dar problemas y dar aquello que necesitaban los demás; así todos me apreciaban. También sufrí abusos por parte de mi tío cuando era muy pequeña. Eso me hizo aceptar el sexo como algo que te sucede igual que el frío o la lluvia, como si no pudiera elegir no vivirlo en ese momento. Así, durante toda mi vida he creído que debía satisfacer sexualmente a mi hombre. Y muchas veces he utilizado el sexo como agradecimiento porque pensaba que yo no tenía otro valor que no fuese el de satisfacer sus deseos”.

Dueños del otro. Otras veces, la patología se caracteriza por el intento de control de la relación y de la pareja, sobre quien se tiene un sentido de la propiedad. Para los que lo sufren, cualquier actitud de independencia es interpretada como falta de amor. El resultado es una relación enferma. “Es necesario que la pareja pueda mirar a otro lado, al mundo, al trabajo, para poder volver a reencontrarse. Sin estos espacios, la relación termina cediendo el campo a la hostilidad, al maltrato, al sometimiento y al desamor”, explica la terapeuta Lorente.

Los celos enfermizos, también conocidos como celotipia, constituyen otra de las principales formas de amor no sano. Es el problema de Alberto, periodista deportivo de 30 años. “Por mucho que quieres a tu pareja y que sabes que nunca sería infiel, desconfías de todo lo que hace o dice”. Lo más difícil para él es que sabe que tiene un problema y no puede controlarlo. “Ves llorar a tu pareja por barbaridades que le has dicho y sólo reaccionas cuando el mal ya está hecho”.

Aunque se avergüenza, Alberto admite que ejerce un control total sobre su novia. “Me siento inferior a cualquier chico, tengo la autoestima por los suelos. Pienso que puede conocer a alguien mejor que yo en cualquier parte y en cualquier momento”.

Él ha encontrado ayuda en la Asociación Vive Sin Celos (VISC), una entidad sin ánimo de lucro para el fin de la violencia de pareja por celos patológicos sin distinción de género. “Nuestro objetivo se centra en combatir los celos patológicos, un trastorno que tiene mucha relación con la violencia de género y al que no se le presta la debida atención”, afirma Araceli Santalla, ex maltratada y fundadora de VISC.

No afectan exclusivamente a hombres. Marta, con sólo 22 años, ya lo ha sufrido en carne propia. Desconfía cada vez que su novio saluda a una chica e incluso ha intentado agredir a una de ellas. “Le reviso el móvil, le vigilo en las redes sociales... Es muy estresante para mí, pero también para él y temo que eso lo aleje. Pero no lo puedo controlar”.

Fue su madre quien contactó con la asociación VISC. “Allí me ayudan a entender que la actitud de mi pareja no es el problema”. Y la mejor forma de resolverlo es pedir ayuda. Porque amor no es ni debe ser nunca sinónimo de sufrir; el amor, en palabras de Lorente, implica “aceptar las virtudes y los defectos propios y del otro, es dar y recibir, construir una vida juntos pero también una vida propia”. Es, en definitiva, “un trabajo de todos los días, un proyecto en común, una decisión y la tolerancia de amar y ser amado, de gozar y ser gozado”. •
 
 

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