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Movimiento Slow: vivir a otro ritmo

Se trata de saborear la vida y desacelerar. De no obsesionarse por aprovechar el tiempo al máximo, llenándolo de miles de actividades. Pero no supone no hacer, sino hacer de otra manera. Aunque slow significa lento, este movimiento implica mucho más que levantar el pie del acelerador en el día a día. Ante la fast life (vida rápida) propone otra forma de vivir, de consumir, de trabajar, de comer. El secreto está en el equilibrio: hacer todo a una velocidad adecuada en lugar de hacerlo todo más rápido.

 
-ENCABEZADO-

Movimiento Slow: vivir a otro ritmo

Por Silvia Melero Abascal

Se trata de saborear la vida y desacelerar. De no obsesionarse por aprovechar el tiempo al máximo, llenándolo de miles de actividades. Pero no supone no hacer, sino hacer de otra manera. Aunque slow significa lento, este movimiento implica mucho más que levantar el pie del acelerador en el día a día. Ante la fast life (vida rápida) propone otra forma de vivir, de consumir, de trabajar, de comer. El secreto está en el equilibrio: hacer todo a una velocidad adecuada en lugar de hacerlo todo más rápido.

Las hamburguesas provocaron el origen de la filosofía Slow. El día en que el periodista Carlo Petrini se encontró en Roma el primer establecimiento norteamericano de fast food (comida rápida) se creó la semilla de Slow Food. La idea: comer lentamente, interesarse por la nutrición, por los sabores y los orígenes de los alimentos para defender la gastronomía local y los productos frescos autóctonos. “Se trata de una filosofía que invita a sentarse a la mesa y pensar en lo que comes, si es bueno para ti, para tu salud y la del planeta, si comes productos de temporada, si están producidos cerca o lejos, si tienen tóxicos. Pararse a reflexionar dónde compro lo que como y a quién compro”, explica Rosa Solá, vinculada a Slow Food España. Y es que la aceleración se inicia ya en las granjas, donde se aplican hormonas de crecimiento y modificaciones genéticas para que el ganado o la cosecha crezcan más rápido, en lugar de respetar su tiempo natural.

Además de la inquietud ecológica y de consumo, este movimiento defiende el placer de disfrutar de los alimentos. Sin embargo, aunque está muy difundido entre los especialistas gastronómicos, Rosa considera que falta apoyo del público en general. “Creemos que comemos muy bien por la dieta mediterránea pero las prisas han hecho que perdamos las raíces gastronómicas”.

A partir de ahí, el concepto slow se difundió a otras facetas de la vida (el trabajo, la educación, la salud, el sexo, el ocio) conformando las diferentes áreas de una filosofía que invita a vivir de otra forma, buscando caminos alternativos, alejándose de la vida estándar a golpe de reloj que impide disfrutar plenamente de cada instante, de lo que se hace.

Manuel Sánchez empezó a leer información sobre el movimiento Slow y decidió poner en marcha la web de Slow Madrid. “Conocí otras ideas de cómo plantear la vida y lo cogí con tanto entusiasmo que creé ese espacio para debatir, intercambiar, compartir”. Él también echa en falta más implicación ciudadana. “Las cosas se pueden hacer de otra manera, se trata de conocer otras propuestas o al menos pararse a ver cómo lo estamos haciendo ahora. Yo creo que en la ciudad se puede vivir tranquilamente también si te lo planteas de otra forma”.

Manuel es físico, practica taichi, tiene tiempo libre, come con amigos, estudia ruso y se interesa por conocer otras formas de organizarse. “La idea es parar para no perderse los detalles de la vida, no dejarse arrastrar por la inercia”, dice. En su trabajo, donde ha sido elegido delegado sindical, ha buscado crear esos espacios de reunión con los compañeros para escuchar opiniones, propuestas e ideas que cambien las cosas. “A veces sirve de terapia de grupo”, bromea. “Se trata de escuchar más, mirar más. Cuando sabes que los problemas son compartidos y lo hablas puedes encontrar vías alternativas. Cuando tienes la mano dispuesta a ofrecer, la tienes dispuesta a recibir”.

Algunas empresas punteras se han lanzado a la filosofía Slow Work, modificando sus normas y creando un espacio flexible en el que los trabajadores gestionen el tiempo a su manera, disfruten de generosas vacaciones o dispongan en la oficina de espacios con música, gimnasio o guardería. ?El Slow Work plantea que más tiempo de trabajo no garantiza más productividad, sino lo contrario. En el ámbito escolar, por ejemplo, la filosofía Slow Schooling huye de la competitividad e impulsa el juego, la creatividad, el descanso de los niños y la relajación para que aprendan a ordenar sus ideas. Los especialistas han demostrado que la enseñanza más lenta, basada en aprender a pensar y establecer conexiones, es más efectiva que memorizar datos y volcarlos en un examen. Se brinda así la oportunidad a los alumnos de enamorarse del aprendizaje.

Planeta finito . Hasta en el mundo de la moda encontramos la filosofía de la desaceleración. “Es necesario pararse a pensar qué consecuencias tiene cómo nos vestimos. Las cosas se pueden hacer de otra manera, no hace falta destruir el planeta ni esclavizar a la gente para hacer ropa”, reclama desde Slow Fashion Gema Gómez. Esta plataforma profesional de diseñadores apuesta por iniciativas basadas en criterios de sostenibilidad como alternativa al impacto que tiene la industria textil, más sucia de lo que parece. “La moda tiene detrás impactos medioambientales y sociales. Por ejemplo, para producir la fibra de una camiseta de algodón (300 gramos) se utilizan 2.700 litros de agua. Y se usan químicos tóxicos que nos envenenan”. Gema se dedica a informar y sensibilizar, consciente de que se puede fomentar una industria local que cree empleo y sea sostenible. “Es lento pero cada vez más gente toma conciencia. No hay más remedio que cambiar nuestra forma de actuar y de consumir. El planeta no es infinito”.

Las diferentes aplicaciones de la filosofía slow han derivado en el movimiento de ciudades lentas (Slow Cities), que lucha contra la homogeneización y apuesta por el desarrollo desacelerado. Son pueblos y ciudades de menos de 50.000 habitantes que tienen como logotipo un caracol. Hasta ahora, seis municipios españoles se han sumado a esta red internacional: Pals y Begur (Gerona), Bigastro (Alicante), Rubielos de Mora (Teruel) y Mungía y Lekeitio (Vizcaya). Fomentan la cultura de la tranquilidad y una forma de vida más sana, plena, racional, sostenible, humana, placentera, relajada y ecológica. Una buena vida para sus habitantes y para quienes les visitan.

Trampas a las prisas. Desde el Movimiento Slow Mundial ?(basado en el libro El elogio de la lentitud de Carl Honoré) y la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo se difunden estas ideas entre la población. Una de sus iniciativas es poner trampas en los centros de las ciudades a las personas que caminan 50 metros en menos de 37 segundos. Les piden que les expliquen su apuro y la mayoría ni siquiera se ha parado a pensar en los motivos por los que anda tan rápido. Como castigo, les hacen recorrer el mismo trayecto tirando de una tortuga. La experiencia de ir más despacio, en general, les relaja. Parece que el movimiento Slow es bueno para la salud.

El cerebro rinde más cuando hay calma interior y concentración. Hay investigaciones que dicen que el ser humano piensa más creativamente cuando está sereno, libre de estrés y de la presión del tiempo. Ya lo decía el filósofo Bertrand Russell en su ensayo Elogio de la Pereza: una jornada de cuatro horas haría al hombre más amable, la vida sería lenta, dulce y civilizada. Se dedicaría más a las actividades que hacen placentera la vida, como cocinar, charlar, observar, leer, pasear, meditar, pintar o escuchar música. Incluso existe un movimiento de músicos que considera que la música clásica debería interpretarse más lentamente. En la iglesia San Buchardi (Alemania) comenzó a tocarse en 2001 el concierto Tan lento como sea posible.Finalizará en el año 2640. No tienen prisa. •
 
 

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