Vivir Mª Ángeles López Romero

Adoptados: lazos de amor

A veces se produce al primer segundo. Otras lleva un poco más. Pero surge. Se crea el vínculo afectivo de manera espontánea y natural. Un vínculo tan íntimo, misterioso y profundo como en un parto físico. Lo cuentan adoptantes y adoptados. Y, salvo excepciones que siempre se dan, las suyas son historias de amor y agradecimiento. A veces tan extraordinarias como la de Cristina, que descubrió lo importante que era dar el pecho como gesto de aceptación y entrega. Lazos de amor de ida y vuelta.

 
-ENCABEZADO-

Adoptados: lazos de amor

Por Mª Ángeles López Romero @papasblandiblup

A veces se produce al primer segundo. Otras lleva un poco más. Pero surge. Se crea el vínculo afectivo de manera espontánea y natural. Un vínculo tan íntimo, misterioso y profundo como en un parto físico. Lo cuentan adoptantes y adoptados. Y, salvo excepciones que siempre se dan, las suyas son historias de amor y agradecimiento. A veces tan extraordinarias como la de Cristina, que descubrió lo importante que era dar el pecho como gesto de aceptación y entrega. Lazos de amor de ida y vuelta.

Y qué pinto yo en este reportaje?”.?Marta acepta hablar con la periodista. Sabe que es adoptada, claro. Imposible no saberlo: rasgos orientales en una familia andaluza lo evidencian. El relato inequívoco de sus padres sobre su embarazo de trámites burocráticos e interminables esperas lo confirma. Y la memoria guardada bajo llave de los padecimientos de sus primeros 30 meses de vida lo agradece. Aunque su padre reacciona rápido y contundente: “¡Agradecidos estamos nosotros!”.

El periodista Juan José Fernández Trevijano se duele del morbo con que alguna gente pregunta sobre la adopción de Marta. Y lo mismo le ocurre a Cristina Cama, psicóloga especializada en crecimiento personal y familiar, que hoy es madre de cuatro preciosas hermanas nacidas en Madagascar. “La gente cuando pregunta no se da cuenta de que puede hacer mucho daño. Nos interrogan sobre si las niñas son hermanas biológicas, o nos dicen ‘¿qué pasa, que no podíais tener hijos?’. Por el hecho de ser adoptadas se sienten legitimados para hacerlas. Pero imagina que tú estuvieras sometida constantemente a responder sobre si tus padres decidieron tenerte o si tus hermanos son del mismo padre y de la misma madre. Las niñas lo viven súper bien y las hemos educado para que se sientan libres para contar o no a quien quieran y lo que quieran. No hay nada en su historia que no puedan contar. La vida les arrebató a su familia y la vida les ofreció otra familia”.

Cristina rememora con dulzura el momento en que ella y su marido, Luis López, llegaron al centro de acogida donde se encontraban sus hijas Sina, Yamine y Francine. “Ellas nos reconocieron a nosotros antes que nosotros a ellas. Vinieron a nosotros y empezaron a decirnos ‘mamá’ y ‘papá’. En ese instante nos abrazamos. Y así empezó nuestra nueva familia”.

Para Cristina es un vínculo natural, automático y milagroso. “Una mirada, un abrazo, valen más que mil palabras”, explica. De ahí que su marido y ella no tuvieran ningún problema para entenderse con las niñas desde el principio, pese a que no hablaban una palabra de malgache.”Yo les hablaba en catalán y Luis en castellano, pero nos entendíamos porque hay una comunicación universal que va más allá de las palabras”.

Aquel día en que recogieron a sus tres hijas mayores (la pequeña Uly no se reunió con ellos hasta tres años más tarde), sintieron que eran ellos los que habían sido adoptados, acogidos como padres.

Aceptación. Cristina cuenta con gran emoción esos primeros momentos, cargados de nervios y dudas, en los que llegaron al hotel y se ducharon y cenaron por primera vez juntos. Preparados ya para ir a dormir, fue entonces cuando ocurrió algo inesperado: una de las niñas se acercó a su pecho y empezó a mamar, aunque no hubiera leche. Y después vinieron las otras dos. “Fue muy natural y espontáneo. No lo tenía previsto ni me había preparado para ello. Si hubiera sido un bebé a lo mejor me habría estimulado para tener leche, pero tenían 3, 5 y 7 años. Fueron ellas las que con este acto me mostraron que me aceptaban como madre”.

El pediatra Luis Ruiz Guzmán, responsable de Salud Materno-Infantil en la Junta de Gobierno de Unicef Comité Cataluña, ayuda a las madres adoptantes que lo desean a estimular su pecho para que produzca leche. Pero no conocía un caso como el de Cristina hasta que ésta se lo comentó. Le pareció maravilloso. Y le pidió que lo contara porque podía ayudar a muchas madres a romper con sus miedos y tabúes. Lo hizo en una revista orientada a padres y narró su experiencia.

Cristina reconoce que aquello nada tuvo que ver con lo que les habían contado en los cursos de preparación. “Aún falta mucha información sobre la adopción”, recalca desde su propia experiencia. Dar el pecho era “un acto de dar y recibir amor. Entregarme plenamente y darles mi amor sin guardarme nada” –explica–. No sé si el hecho de darles el pecho ha podido acelerar el proceso de establecer lazos, pero se ha dado y ha sido positivo. Hay muchas cosas que uno puede hacer para fortalecer esos vínculos. Porque, darse, misteriosamente, se dan. Como cuando tienes a tu hijo en el vientre o eres el padre y lo sientes tuyo desde el primer día. Existe algo en la superviviencia humana que hace que se generen esos vínculos”, relata.

Cuando la pequeña Uly mamaba, Cristina le preguntaba: “¿A qué te sabe?”. Y ella contestaba: “Mamá, es bombón-coco”, un dulce típico de Madagascar. Y al interesarse por lo que sentía al hacerlo, su respuesta era: “Me siento muy feliz y siento tu amor”.

Amor y juego. Juan José necesitó otras herramientas para establecer con su hija Marta ese vínculo de amor. Recuerda muy bien cuando llegaron a casa y la pequeña se pasó dos noches sin dormir a causa del jet lag. Sólo quería estar en brazos de su madre, pero ésta ya no podía más. “La senté en el suelo y yo lo hice a su lado. Cogí un vaso lleno de bolígrafos y los fui tirando uno a uno. Me miró y sonrió. Y desde entonces supo que yo no sería un padre autoritario como lo fue el mío. Que yo jugaría con ella. Y así sigue siendo”.
Trevijano acertó en la intuición. El juego está entre las recomendaciones que la trabajadora social de la Asociación para el Cuidado de la Infancia (ACI, organismo competente para hacer de intermediario entre gobiernos en materia de adopción, conocidos como ECAI), Lidia Rubio, hace a los padres adoptantes para favorecer la elaboración del vínculo afectivo. “Tiene mucha importancia –explica–. Los padres deben ponerse al nivel del niño para poder captarlo. El juego es un vehículo para llegar a ellos”.

Y una oportunidad para iniciar el contacto físico por medio de abrazos, caricias, besos... Lo mismo a la hora de satisfacer sus necesidades básicas, otro aspecto importante. “Hay que mostrarse accesibles a ellos, permanecer a su lado y estar siempre disponibles en los primeros momentos, ir conociéndoles. También ir marcando los límites, porque habrá conductas que traigan aprendidas que tendrán que modificar, así como establecer rutinas porque vienen desorientados”.

Una vez que avancen en ese primer periodo de acoplación afectiva padres-hijos, tendrán que ir ampliando también los referentes de confianza a otros miembros de la familia, amigos, vecinos... Evitando sobreprotegerles para no caer en el peligro de hacerlos inseguros y dependientes. “Con todo esto lo que van a transmitirles es el amor de padres”, sintetiza Rubio.

Cada proceso, reconoce Fernández Trevijano, es diferente. “Porque, de hecho, también lo es en la paternidad biológica. Lo que no quiere decir que los cariños sean diferentes”.

Identidad. Para Santiago González Rueda, sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Promotor de la red social Adoptados adultos, que defiende el derecho de éstos a desarrollar su identidad completa, conocer sus orígenes y que la sociedad acepte sus necesidades especiales, Santiago dice haber “salido del armario”, al igual que han tenido que hacerlo en los últimos tiempos el colectivo gay o el movimiento feminista, porque, como a éstos, se les ha dicho que negaran una parte de su identidad. “Hemos sido adoptados en un mundo que no entiende la herida que es el desconocimiento de tu origen”, afirma este físico de 42 años que ha recorrido un largo camino hasta dar con sus padres biológicos y completar su identidad. Un proceso que le ha producido paz pero también dolor. Por ejemplo, al percibir el alivio que sintió su madre adoptiva al saber que la biológica ya había muerto. “Lo comprendí pero me dolió”, confiesa. Como narra el alivio que le provocó conocer a su padre biológico a los 38 años y reconocerse físicamente en él. “Entendí otras muchas cosas. Y me costó más de un año de psicoanálisis desbloquear mis recuerdos de la infancia y la juventud. Necesitaba ayuda para reconstruir mi identidad”.

Su caso se enmarca en las particulares características de la adopción nacional en un tiempo en que se permitía el denominado parto anónimo (legal hasta 1999), o lo que él llama “ablación jurídica en origen”, cuando “hoy en día conocemos la trazabilidad hasta de un espárrago”. No es el único. De hecho Santiago cifra en cerca de un millón de personas las que desconocen su origen porque “se ha borrado conscientemente”. E identificarse mutuamente, compartir su experiencia de búsqueda y verbalizar sus carencias les libera.

Españoles. Ahora las cosas han cambiado mucho. Marta supo desde el primer segundo que era adoptada, pero tampoco, explica su padre, tiene necesidad de hablar de ello. “Yo a veces me olvido de que lo es. De hecho, cuando me dicen que es de China yo les digo que no, que es que Marta es de Triana”. Y se explica: “Cuando llevaba sólo dos meses en Sevilla con nosotros la llevamos a la feria de abril. Ya andaba, así que yo la seguía de cerca. Se salía de nuestra caseta todo el tiempo para marcharse a la de al lado y yo tenía que traerla de vuelta. Y es que en la otra caseta le daban gambas y jamón. Trianera pura”, bromea.

Lidia Rubio ratifica desde su propia experiencia en ACI que los niños se sienten españoles, aunque procedan en origen de China, Filipinas, Kazajstán, Kenia o Vietnam. Incluso, comenta el rechazo que provoca en algunos chicos que sus padres les apunten a clase de chino con la sana intención de que no olviden su idioma y sus raíces. “Sienten que los padres con eso les están transmitiendo que sólo los quieren aquí temporalmente”.

Sin embargo, Rubio es partidaria de que se trate el tema sin tabú. “No hay que hablar de ello todo el tiempo pero es una circunstancia que va a vivir con ellos para siempre. Hay que utilizar la palabra ‘adopción’. Es mejor que la oigan con naturalidad en casa a que la escuchen en la calle como un insulto, porque puede pasar”. Y recalca la actitud intrusiva de la gente cuando se trata de hijos adoptados, como comentaban Cristina y Juan José.
Lo cierto, reconoce Lidia desde su experiencia de seguimiento a miles de expedientes, es que “pierden la conciencia de ser adoptados. Tanto ellos como sus padres”. Marta es un ejemplo evidente. También su padre, que recuerda a este respecto otra anécdota de los primeros momentos: “Yo jamás he pelado una naranja, aunque las como, porque me provoca unos picores terribles en la cabeza. Y resulta que en China, cuando la recogimos, costaba tanto que comiera que al tercer o cuarto día me fijé en que se las estaba pelando sin darme cuenta”.

“Hay quien crea el vínculo en minutos y otros tardan más. Muchos, desde que reciben las fotos ya sienten que son sus hijos y llaman constantemente, preocupados por la noticia de un tornado que pasó a miles de kilómetros del centro donde se encuentra el niño. Y a la inversa. Recuerdo el caso de un chico cuyos padres sufrieron un retraso en el vuelo. El niño no quiso moverse de la puerta del centro en todo el día. Ni siquiera consintió en comer. Los esperó hasta que llegaron a las doce de la noche”, relata María con emoción.

Al principio Marta no tenía del todo claro quién era su nueva familia. Y su padre recuerda perfectamente el día en que salió a la calle cogida de la mano de ambos y notó el cambio. “No he visto nunca una persona más orgullosa”. Eso sí, ahora, como buena adolescente (en octubre cumplirá 14 años), “su familia son el ordenador y el teléfono”, bromea su padre de nuevo. Aunque según Lidia Rubio, Marta no conservará recuerdos claros de sus vivencias en China durante los primeros 30 meses de vida que pasó allí, los sufrimientos o carencias padecidos por muchos de estos niños explican algunos de sus miedos, inseguridades o dependencias. Más aún ahora que el endurecimiento de los trámites de adopción en países como China han reducido casi cualquier posibilidad de adoptar a niños con el denominado pasaje verde, que implica que arrastran patologías de distinto grado.

Marta hace gala del humor inteligente que le ha contagiado su padre y suelta: “Mis amigos dicen que he tenido una infancia traumática”. Y cuando su padre le preguntá por qué, ella responde: “Porque no he estado en el Burguer King y no he visto Buscando a Nemo. Yo es que era más de Doraemon”.

Viaje de retorno. Marta no suele hablar de su condición de adoptada, aunque alguna vez ha preguntado por sus padres biológicos. Sabe que no podrá localizarlos. Su padre asume que ese interés lo tendrá siempre, “aunque sin llegar a traumatizarle”. Pero apunta que todos nos preguntamos en algún momento si nuestros padres lo son. “Es curiosidad. Pero ningún adoptado ha arremetido contra sus padres adoptivos. No les piden responsabilidad. De hecho, Marta, cuando ve imágenes de China, nos dice que si viviera allí tendría que estar trabajando, en lugar de disfrutar la vida que tiene aquí. De momento no tiene interés en viajar a su país de origen”.

Otros chicos sí. De hecho, ACI?está organizando desde hace algún tiempo lo que denomina viajes de retorno, con notable éxito, según la asesora María Lillo. Aunque para algunos, relata su compañera Lidia Rubio, supone un choque cultural. “Se identifican con los rasgos pero no con la cultura. Ellos sienten y actúan a nivel occidental porque son españoles. Eso les sirve para reafirmar más lo que son aquí y construir su identidad. Otra cosa será los que quieran y puedan encontrar a su familia biológica. Ése es otro impacto”.

Las ECAI están obligadas a facilitar la búsqueda del origen de los menores. Pero no siempre se les puede ayudar, como explica María. “A veces han nacido en una aldea, no han pasado por un hospital y los han abandonado días después de nacer”. No obstante, en los viajes de retorno les enseñan su expediente original, les facilitan entrevistas con las personas que los tramitaron en su día, se les explica el proceso de selección de su familia... “Son viajes muy emotivos”. Aunque recomiendan que éstos se retrasen a los 14 ó 15 años para que puedan asimilar mejor la información y la experiencia sea más positiva. Ana lo hizo así con su hija. Al llegar al centro de acogida indio donde vivió hasta ser adoptada, ésta se mezcló con sus antiguas amiguitas como si no hubiera pasado el tiempo. Estaba feliz. Y así se lo expresó a su madre, pero con un matiz:?“Mamá, qué bien me lo estoy pasando. Pero volvemos a casa, ¿verdad?”.

María reconoce el daño que han provocado dos acontecimientos: el dramático y multitudinario caso de los conocidos como niños robados, y el asesinato de Asunta, presuntamente a manos de sus padres adoptivos. “Ha sido muy dañino y no se ha gestinado bien”, reconoce María.

En las ECAI, o agencias de adopción internacional como ACI, trabajan en profundidad el tema psico-social para evitar precisamente que los niños sean adoptados por capricho o tratados como una mercancía. “Alguna vez ha venido una persona diciendo que tenía todo el dinero del mundo para conseguir un hijo. Precisamente por eso estaría descartado como adoptante. Los padres deben estar preparados para aceptar frustraciones, retrasos cognitivos, dificultades de adaptación, la larga espera de los trámites...”. Y hace hincapié en las exigencias de un proceso que obliga a los padres, entre otras muchas cosas, a obtener un certificado de idoneidad.

Sin diferencias. Fernández Trevijano, como Cristina Cama, no está sin embargo de acuerdo con esas exigencias del proceso de adopción. En palabras de Cristina: “te dicen que todo es por el bien del menor, pero te aseguro que provocan mucho sufrimiento estéril. Se han inventado el certificado de idoneidad, que no sirve para nada, demora, te cobran, te asesoran psicólogos que no tienen hijos y te hacen pasar entrevistas tortuosas. Ese proceso provoca que los niños y niñas pasen en el centro de acogida más tiempo del necesario cuando ya podrían estar con sus padres y empezar su nueva vida”. Fue el caso de su hija Uly.

Las historias que arrastran muchos niños adoptados les dejan, como es lógico, secuelas. Pero, “¿quién no las tiene?”, se pregunta Cristina. Uly lo ha resuelto bien. Según su madre, “es la alegría de la huerta. Ha sabido gestionar esos dos años que tuvo que esperar en el centro y ha desarrollado la competencia de resiliencia (capacidad de adaptación). Ha supuesto un aprendizaje de inteligencia emocional muy elevado”. Y pone algunos ejemplos que le llevan a pensar que tiene una gran habilidad relacional. “Su sufrimiento le ha servido para desarrollarse y desear la paz del mundo y que todos los niños sean felices y tengan un papá y una mamá”.

Algo parecido cuenta Juan José de su hija Marta. “Siempre está pendiente en el colegio de quién necesita ayuda y compañía. Es muy buena”. A Cristina Cama le molestan mucho los mitos o estereotipos que existen aún en torno a la adopción. Como que se dé por hecho que los adoptados arrastrarán traumas. Las risas, las buenas notas, las amistades de Sina, Francine, Yamine y Uly lo desmienten. Y Juan José Fernández Trevijano se pregunta qué diferencia puede haber entre la relación de su hija con él y la que tiene su mejor amiguita con su padre. “Ninguna”, se responde. Y tenía razón Marta: ¿qué pinta en este reportaje? •
 
 

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