Silvia Melero Abascal @SilviaMeleroAba

¿Y después de las armas, qué?

Actualmente entre 300.000 y 500.000 niños y niñas combaten en conflictos armados de 35 países. Uno de ellos es Colombia. La experiencia personal de una ex niña soldado colombiana nos ayuda a entender por qué decidió alistarse en la guerrilla cuando tenía 12 años y qué panorama se encontró cuando decidió abandonar la violencia. Su testimonio nos acerca también a la realidad de un país agujereado por las balas que sigue esperando la paz.

 Sería muy pretencioso intentar explicar en estas páginas el conflicto colombiano. Una agonía que se ha prolongado ya más de 50 años y que ha convertido la guerra en algo cotidiano, donde la aspiración diaria es sobrevivir en medio de las balas. Lo cuenta perfectamente la periodista colombiana Juanita León en el libro País de plomo (Aguilar). “El conflicto colombiano es más sencillo de lo que suelen revelar los informes periodísticos. Matar y no morir es un ritual de paso para miles de jóvenes pobres. No es el odio, ni las ideas y a veces ni la codicia: el motor de esta guerra heredada de generación en generación es la falta de imaginación y de oportunidades. Por eso abundan los traidores. Nadie aspira a ganarla”.

En un complejo escenario en el que se mezclan varios actores –grupos armados revolucionarios (FARC, ELN), paramilitares, ejército, policía, narcotraficantes, ganaderos, terratenientes, campesinos–, las consecuencias son miles de asesinatos, torturas, desapariciones y tres millones de desplazados internos. La pobreza, las desigualdades sociales, la falta de educación y el abandono estatal en las zonas rurales más desfavorecidas han sido el mejor caldo de cultivo del que se alimenta la barbarie.
En medio de todo esto, miles de niños y niñas intentan escapar de la violencia metiéndose de lleno en ella. “Es algo normal en una comunidad campesina que los hijos ingresen en un grupo armado porque se vive en una cultura de la violencia, dentro de la violencia”, afirma María Yineth Salazar. Durante cuatro años fue una niña soldado.

Ingresar para escapar.
La Coalición Internacional para Acabar con el Uso de Niños y Niñas Soldado estima que en Colombia unos 11.000 menores participan en grupos paramilitares y guerrillas, reclutados por la fuerza o bien de forma voluntaria, como en el caso de María. ¿Qué impulsa a una niña de 12 años a alistarse en la guerrilla? “La falta de oportunidades y de alternativas, nacer y crecer en la lógica de la guerra, la oferta de dinero, trabajo y comida en el grupo armado y, en muchos casos, la violencia intrafamiliar. A veces entrar en la guerrilla es optar a una vida mejor, ingresas para escapar de la realidad”. Se estima que dos millones de niños sufren maltrato en sus familias y otros tantos no tienen acceso a centros educativos. Tal vez por eso con tan sólo siete años los pequeños ya reconocen como máxima autoridad al grupo armado que controla su pueblo, donde no hay ninguna presencia del Estado.

Pero no sólo se utiliza a los menores para combatir; también son mensajeros, espías, cocineros, colocadores de minas antipersona… y, en el caso de las niñas, esclavas sexuales. “Se viven experiencias muy amargas que no quisiéramos recordar. Dejé la muñeca y el lápiz para empuñar un fusil y convertirme en un objeto. La vida dentro del grupo es muy dura, no hay distinciones por ser niño o mujer, todos hacen lo mismo”, explica María. Con el agravante de que las niñas, además, sufren violaciones, embarazos y abortos forzados y enfermedades de transmisión sexual que las convierten en víctimas olvidadas e invisibilizadas, marcadas socialmente cuando se desvinculan del grupo armado. Dar ese paso no es fácil.

“Llegó un momento en que me di cuenta de que tenía que escapar, sientes miedo por si te capturan pero encontré fuerzas para hacerlo”. Ella es afortunada, sólo el 20% de los que intentan desmovilizarse consigue salir con vida. Sin embargo, tras la fuga comienza otro auténtico calvario para estos menores. “Con 16 años me ví sola. Supe que mi familia había tenido que huir del pueblo porque los paramilitares les iban a matar”, recuerda.
Sometidos a fuertes presiones, y en una situación de desamparo y desprotección, no es extraño que los chavales reincidan y vuelvan a ingresar a otro grupo armado. María asegura que no hay garantías ni seguridad para la población desmovilizada. “A una compañera mía la asesinaron cuando escapó, apareció muerta a la salida de Bogotá pero hay una absoluta impunidad”.

Sin garantías ni seguridad.
Existen programas gubernamentales de desarme, desmovilización, rehabilitación y reinserción que acogen a los ex niños soldado hasta que tienen 18 años. “Te dan un papelito donde pone desmovilizada que te marca para siempre convirtiéndote en un deshecho. Necesitas apoyo emocional y económico porque desmovilizarse no es lo mismo que desvincularse”. Y a María le volvió a pasar que al cumplir 18 años, embarazada de dos meses, debía apañárselas sola. “No tenía dónde irme, ni me cubrieron los gastos de embarazo. Al papá de mi hijo lo mataron en el Putumayo y me lo descuartizaron. Me tocó vivir en las calles y pasé muchas necesidades. Por eso insisto tanto en la reinserción de los chicos desmovilizados, en que las instituciones les den garantías y escuchen sus necesidades”.

Consecuencias preocupantes.
La dureza de las experiencias vividas atenta contra el desarrollo integral de los menores, tal y como explica Ingrid Bournat, psicóloga del Servicio al Refugiado de Jesuitas en Venezuela. “El conflicto se ha regionalizado y traspasa las fronteras de los países vecinos. Aquí también se vincula a los menores a actividades ilícitas diversas porque la pobreza estructural les hace presa fácil”. Según esta experta, el impacto es determinante en su etapa evolutiva. “Si los niños y adolescentes son el presente y el futuro, esto va a tener consecuencias preocupantes”.

María insiste en que una de las medidas más importantes es la reagrupación familiar, pues ella no recibió ayuda cuando intentó localizar a su familia. “Hay familias que no quieren que sus hijos regresen porque presentan un grave peligro para ellos mismos por las represalias que pueda tomar el grupo armado. No se puede hacer la reintegración familiar en el mismo pueblo pero lo que sí se debe hacer es favorecer esa integración en otro sitio”.

Además de atender las necesidades básicas de la infancia y la adolescencia, es importante desarrollar programas de educación para la paz, dignificar a las víctimas y empoderar a las comunidades con estrategias innovadoras que crecen sin parar por toda Colombia. La propia María sintió la necesidad de hacer algo y trabaja con niñas ex combatientes en la Fundación Benposta. “La dureza de la estructura armada hace que no identifiquen su condición de mujer. Es necesario aplicar programas adaptados a las necesidades de cada persona”. Así, mediante talleres propician que cada cual encuentre su proyecto de vida y recupere su identidad en el proceso de integración a la vida civil.
“Nuestros cuerpos desde niñas han estado a beneficio de la estructura armada, eso nos señala como mujeres indignas para la sociedad. Pero nosotras sí queremos salir adelante, luchar por nuestro país, y velar por nuestros niños para que tengan oportunidades”. En ese anhelo, sólo el reconocimiento de los menores como sujetos de derechos sociales puede convertirles en agentes activos para la construcción de la paz. Promover valores como la tolerancia, el diálogo o la autoestima ya está dando resultados y muchos jóvenes han encontrado otros esquemas de convivencia social en los que pueden participar, formarse y soñar con un futuro diferente.

“El problema es que los niños no saben qué futuro pueden tener si cuando van a la escuela se topan con la guerrilla, el ejército o los paramilitares”, apunta Sandra Vargas, coordinadora de la Corporación Casa Amazonia en Putumayo, una organización que trabaja en la prevención del reclutamiento de menores. Aún así, el miedo no ha impedido que muchas comunidades protagonicen interesantes experiencias de resistencia a la guerra.

Sin olvidar que para una gran parte de la población, como señala Juanita León, “la paz no sólo significa el silenciamiento de los fusiles sino acabar con las profundas desigualdades económicas y sociales”. •
 
 

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