Carlos Pérez Cruz

Enric González: “No querer saber propicia cosas horribles”

Enric González (Barcelona, 1959) trabajó como corresponsal en Londres, París, Nueva York, Washington, Roma y Jerusalén para el diario El País. Fue una de sus firmas más prestigiosas hasta su salida voluntaria del periódico en el traumático último ERE del medio. Desde hace unos meses colabora con el diario ‘El Mundo’ y ha publicado ‘Memorias Líquidas’, especie de autobiografía profesional en la que escruta de forma incisiva la situación del periodismo, en particular de su anterior periódico.

 
-ENCABEZADO-

Enric González: “No querer saber propicia cosas horribles”

Por Carlos Pérez Cruz

Enric González (Barcelona, 1959) trabajó como corresponsal en Londres, París, Nueva York, Washington, Roma y Jerusalén para el diario El País. Fue una de sus firmas más prestigiosas hasta su salida voluntaria del periódico en el traumático último ERE del medio. Desde hace unos meses colabora con el diario ‘El Mundo’ y ha publicado ‘Memorias Líquidas’, especie de autobiografía profesional en la que escruta de forma incisiva la situación del periodismo, en particular de su anterior periódico.

Para ser España un país sin tabloides, no está mal el sonrojo profesional que producen muchas portadas. Además, en ellas no suele haber sorpresa en la expresión de filias y fobias.
No, realmente no. Tradicionalmente, el papel que cumplen los tabloides en otros países aquí lo desempeña la prensa deportiva. Se supone que la prensa generalista, lo que solía considerarse la prensa seria, debería mantener unos estándares mínimos. Se están perdiendo. Ya no sé qué es primero, si el huevo o la gallina. ¿Por qué los periódicos son tan sectarios? A los nuestros todo y al enemigo ni agua. No sé si es porque la industria ha decidido eso, cada uno arrinconarse en una posición, o si bien es que el lector español quiere eso, si es especialmente sectario. Y hay indicios que hacen pensar que podría ser así por cómo se vota. Porque a la gente parece darle igual la corrupción si es de su bando, sólo le molesta cuando es del otro. La historia del país tiene mucho de cainita, siempre en esta especie de eterno Barça – Madrid en que has de estar siempre a favor y en contra de alguien.

Sección de Internacional de un periódico que conoce bien: El País. Doble página sobre Malí, las crónicas se firmaban desde París y Madrid. ¿Qué le sugiere?
Cada vez cuesta más enviar a gente por ahí porque es caro. Entonces se está produciendo el fenómeno de que los que van a los lugares más peligrosos, los que van a las guerras, van como no habría que ir. Van como freelance, cosa que es perfectamente legítima y muy interesante, pero sin la cobertura necesaria de seguros y logística y demás. Se juegan la vida más que nunca. Algunos con alguna cobertura relativa, como es el caso de Mikel Ayestarán con El Correo, pero otros no tienen más cobertura que el compromiso de ciertos medios de publicarles lo que hacen. Yo nunca he frecuentado las guerras, cuando me he encontrado en una ha sido por casualidad. Pero cuando he estado por ahí llevaba un fajo de billetes, una tarjeta de un seguro sanitario que me aseguraba la repatriación, y unos cuantos elementos de seguridad que te permiten sentirte un poco protegido en situaciones más o menos comprometidas. Y eso se está acabando y el resultado es una información internacional que procede no de la realidad sino de una serie de filtros. Si informas de una guerra a partir de lo que te cuentan los generales en el cuartel general en París, vamos mal. Ellos ya han filtrado lo que les conviene, presentan una versión que les favorece y tú no tienes elementos como para contrastar.

En su expansión en América Latina, El País ha auspiciado en varias ocasiones encuentros con presidentes patrocinados por grandes empresas. ¿Es creíble lo que se escribe sobre esos países si a la vez se está jugando en el terreno de los grandes negocios?
Ese ha sido uno de los problemas fundamentales de El País, la ósmosis tan peligrosa entre el interés informativo y el interés empresarial. A medida que creció el grupo Prisa y tuvo unos intereses crecientes en Latinoamérica de tipos muy diversos, se empezó a cortejar a ciertos gobiernos porque son los que facilitan concesiones o contratos y se mezcló la información con la negociación empresarial. Hay quien considera que la información que se ofrece sobre países como Venezuela puede estar más o menos sesgada por el interés empresarial del grupo. Desde luego Venezuela es un país complejo y el régimen de Chávez era muy criticable pero ganó elecciones y eran unas elecciones en un clima muy tenso pero perfectamente legítimas.

Con motivo de la polémica sobre el Premio Jerusalén, Antonio Muñoz Molina escribió: “Yo no tengo que ir a Israel armado de suficiencia o de arrogancia a decirles a los ciudadanos cosas que muchos de ellos saben, denuncian y debaten, en una sociedad abierta en la que la libertad de expresión se practica con una viveza, un apasionamiento y una seriedad ejemplares”. Como corresponsal que ha sido en Jerusalén, ¿qué opinión le merece?
¡Es que yo estoy de acuerdo con lo que dice Antonio! Pero esa es una parte de la realidad. Estados Unidos es una democracia que funciona muy bien y todo se debate y, por lo tanto, ¿Guantánamo es aceptable? No. El Estado israelí arrastra desde hace muchas décadas un problema intolerable que es la ocupación de los Territorios Palestinos, lo mires como mires. Y el caso es que pasa el tiempo y sí, en Israel se discute y si lees el diario Haaretz dicen lo que diría cualquiera de nosotros, que no hay derecho. Sí, pero sigue ocurriendo. Y si vas a Hebrón se te caen al suelo unos cuantos mitos, y eso le pasó a Vargas Llosa, que es un hombre que creía y cree en la existencia de Israel, en su derecho a vivir en paz. Pero se hace difícil pensar que pueda haber paz mientras haya una población tan oprimida y tan humillada como los palestinos en los Territorios Ocupados.

Todos los países tienen sus claroscuros. La cuestión es si estamos ante un caso tan excepcional que merezca acciones excepcionales como las pudo haber en el caso del apartheid en Sudáfrica.
Yo creo que sí. Como siempre que se aborda la cuestión de Israel y Palestina, es mejor huir de maximalismos y nadie tiene toda la razón. Ni los israelíes son el demonio ni los palestinos son santos. La cuestión es que hay alguien que tiene un poco más de razón que los otros. En el caso de Sudáfrica, a muchísimos países y millones de ciudadanos les pareció legítimo imponer un boicoteo porque allí existía una situación inaceptable. A nadie se le ocurrió pensar que se discutiera el derecho de Sudáfrica a la existencia. Simplemente se decía a los sudafricanos que si no cambiaban no podrían participar como socios de pleno derecho en el diálogo internacional. ¿Por qué no pensar lo mismo de Israel? Personalmente acepto el derecho de Israel a su existencia, pero dentro de unas fronteras que más o menos están delimitadas por accidente porque son líneas de alto el fuego. Se pueden retocar. Todo es negociable. Lo que no puede ser es mantener bajo ocupación a una población que no es pequeña, que son varios millones de personas, en unas condiciones absolutamente intolerables. Eso no puede ser. Y se está alargando casi eternamente y no parece que vaya a cambiar. No me parece disparatado que se les diga a los israelíes, incluso con cariño, que no puede ser. Ellos no saben lo que pasa porque no pueden pasar al otro lado. Quienes pasan son los extranjeros. Los extranjeros lo vemos. Ellos no quieren saberlo. Y no querer saber propicia cosas bastante horribles. Los alemanes no querían saber que existían campos de exterminio a cien metros de su casa y los franceses no querían saber si Vichy estaba de acuerdo con los nazis para deportar. Cuando uno no quiere saber, mal asunto. Alguien debería decirles que esto no puede ser, no es como lo ven ellos. •
 
 

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