Despertar

Mercedes Navarro

María Zambrano, pensadora del futuro

Tu viva conciencia de ti misma hace de ti y de tu pensamiento una feminista sin etiquetas. Tu autoconciencia te vincula, conscientemente, al resto de las mujeres; sale en su defensa, se pasea con tu imagen poderosa y empoderada, en tus palabras, en tus escritos… Suena extraña en tu entorno la “razón poética” que define tu pensamiento. Más extraña que aquella, en cierto sentido vinculada a la tuya, de la “inteligencia sentiente” de tu coetáneo Zubiri, que es varón, mientras que tú eres mujer, en el extraño “rol” de filósofa.

 
Mucho, mucho; no sabes cuánto… a ti, a quien considero una de las pensadoras con casi todo por decir a las generaciones presentes y futuras de nuestro mundo. Hay dos ciudades, de ida y vuelta, que marcan tu historia: Vélez-Málaga, cuna (1904) y tumba (1991), y Madrid: principio y final de tu trayectoria intelectual biográfica.

Hoy luces mucho más que antaño, cuando solo eres conocida por personas, privilegiadas, que se nos adelantan a percibir y reconocer tu profunda sabiduría. Tus padres, maestros los dos, te llevan pronto a Madrid, camino de Segovia, donde transcurre tu adolescencia entre palabras llenas de vida y de sentido. Allí y entonces, nace tu hermana Araceli, tan querida, con quien vas a compartir largos períodos de tu vida posterior. En Segovia comienzas tus estudios. Conoces a Antonio Machado, amigo de tu padre. Vuelves a Madrid para estudiar Filosofía y Letras. Tiene lugar tu fecunda relación con Ortega y Gasset, del que eres discípula el tiempo preciso, el tiempo en que madura tu pensamiento y se vuelve libre, personal y autónomo, para cierto disgusto de tus maestros. No es difícil de imaginar, dado el encanto que, para los maestros, parecen tener las eternas discípulas.

Te estrenas en Madrid como profesora universitaria y en esos años (1933) aparece publicado, en la Revista de Occidente, el ensayo, programático en fondo y forma, Por qué se escribe. Todavía emociona su lectura. Todavía encierra una singular vigencia. Estamos en la II República. Tus relaciones con personajes de la literatura y del pensamiento de la época parecen acentuar tus dotes singulares. Te casas, viajas con tu marido a Chile y vuelves a España en el momento en que cae la ciudad de Bilbao en manos del ejército nacional. Tu marido se alista y combate. En 1939 te exilias: París, Nueva York, La Habana, México, Puerto Rico, Roma, Ginebra, y, definitivamente, Madrid (1984): tu largo periplo existencial e intelectual durante el que enseñas, pero, sobre todo, escribes mientras piensas.

Tu viva conciencia de ti misma hace de ti y de tu pensamiento una feminista sin etiquetas. Tu autoconciencia te vincula, conscientemente, al resto de las mujeres; sale en su defensa, se pasea con tu imagen poderosa y empoderada, en tus palabras, en tus escritos… Suena extraña en tu entorno la “razón poética” que define tu pensamiento. Más extraña que aquella, en cierto sentido vinculada a la tuya, de la “inteligencia sentiente” de tu coetáneo Zubiri, que es varón, mientras que tú eres mujer, en el extraño “rol” de filósofa. Te llega el reconocimiento. Lo recibes, aunque como suele pasar por aquí, tardío y a última hora. En tu tumba de Vélez, a la sombra de una sencilla casita blanca y un limonero, destella con el aire potente de la resurrección, la frase (en latín) del Cantar de los Cantares: surge, amica mea et veni. •
 
 

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