Despertar Silvia Melero Abascal

Inteligencia emocional: cómo gobernar nuestras emociones

“La inteligencia emocional es útil en tiempos de bonanza, imprescindible en tiempos de crisis”, afirma el psicólogo Hendrie Weinsinger. En una situación económica y social como la actual, que genera tanto sufrimiento personal, dotarse de las herramientas que proporciona la inteligencia emocional puede ayudarnos a superar las dificultades y tener una vida más satisfactoria. Primero, mirar hacia dentro y conocerse bien. Sólo así se puede tener una adecuada gestión de las emociones.

 
-ENCABEZADO-

Inteligencia emocional: cómo gobernar nuestras emociones

Por Silvia Melero Abascal

“La inteligencia emocional es útil en tiempos de bonanza, imprescindible en tiempos de crisis”, afirma el psicólogo Hendrie Weinsinger. En una situación económica y social como la actual, que genera tanto sufrimiento personal, dotarse de las herramientas que proporciona la inteligencia emocional puede ayudarnos a superar las dificultades y tener una vida más satisfactoria. Primero, mirar hacia dentro y conocerse bien. Sólo así se puede tener una adecuada gestión de las emociones.

¿Qué sientes? ¿Cómo estás ahora? Ponerle nombre a emociones como la frustración, la tristeza, el miedo, los celos, la culpa, el rencor o la desconfianza es el primer paso para poder cambiarlas y evitar que inhunden nuestras vidas.

“Siendo emocionalmente inteligente, una persona puede conseguir lo que se proponga. Tu principal obstáculo eres tú mismo. Por ejemplo, una persona con una enfermedad, si tiene buena salud emocional podrá superarlo y ser plenamente feliz”. Sonia Bartivas es la presidenta de la Asociación Española para el Desarrollo de la Inteligencia Emocional. “Se trata de saber controlar nuestras emociones para nuestro propio bienestar”.

Desde que el periodista Daniel Goleman publicó Inteligencia emocional (Editorial Kairós) en 1995, el término se popularizó y despertó el interés por mejorar la capacidad humana de sentir, entender, controlar y modificar los estados emocionales en uno mismo y en los demás, dirigirlos adecuadamente y equilibrarlos. Explica Goleman que “las personas con habilidades emocionales bien desarrolladas tienen más probabilidades de sentirse satisfechas y ser eficaces en su vida, y de dominar los hábitos mentales que favorezcan su propia productividad; las personas que no pueden poner cierto orden en su vida emocional libran batallas interiores que sabotean su capacidad de concentrarse en el trabajo y pensar con claridad”. 

Sonia asegura que todo el mundo puede cambiar sus actitudes inadecuadas y sus comportamientos dañinos. “El carácter se puede modificar, aunque existan factores genéticos. Nada es este mundo permanece invariable, nosotros tampoco. Hay que enfrentarse a esos cambios personales, tenemos capacidad. Implica primero hacer un análisis de tus debilidades, reconocerlas para poder trabajar en ellas y modificarlas. Lo primero es el autoconocimiento y luego aprender a regular las emociones”.

Excusas como “yo siempre he sido así” no sirven. Lo sabe bien Javier Mañero, director de la Escuela de Inteligencia. Lleva impartiendo formación en inteligencia emocional desde hace 22 años. “La inteligencia emocional se desarrolla más que nace. Entre nuestros alumnos hay niños y mayores de 90 años. Todo el mundo puede cambiar. Es cierto que a partir de los 65 cuesta más, pero no es imposible. La inteligencia emocional es un soporte personal para liderar tu vida, cuidarte y ayudar a los demás”.

No es magia. Se puede empezar por leer libros o capacitarse asistiendo a cursos y talleres. Hasta en la televisión, el programa Redes (La 2 de TVE) tiene un espacio específico en el que la escritora y divulgadora Elsa Punset ofrece ideas prácticas para mejorar las habilidades personales. “No es magia, es inteligencia emocional”, suele decir.

La automotivación sería un buen punto de partida para empezar, pues es la capacidad de emplear la energía para un fin específico. Pero desarrollar nuevas aptitudes mentales requiere dedicación y compromiso. “No nos han educado en la inteligencia emocional, en habilidades como el autoconocimiento, el control emocional, la empatía, la motivación. Con esfuerzo se puede conseguir tener una mente elevada que nos haga ser más felices”, dice Sonia. Para ella, las tres emociones más destructivas son la ira, el enojo y la envidia.

Pero se pueden transformar en emociones positivas. “Por ejemplo, convirtiendo la envidia en admiración. Si sientes admiración canalizas la energía de forma positiva para impulsarte a lograr tus objetivos, mientras que instalarte en la envidia te hace sufrir y te estanca”. Igualmente, la ira produce un resorte automático cuando alguien se enfada con nosotros y respondemos con el enfado perdiendo energías en discusiones inútiles. “Si le damos la vuelta, mediante la empatía entendemos que la persona que se ha enfadado en realidad está expresando inadecuadamente que necesita más atención o cariño, entonces no responderemos con agresividad y se evita la pelea”.

Javier ha visto a miles de personas pasar por su escuela. “Desarrollar inteligencia emocional supone cambios. Hay relaciones personales que se han fortalecido pero otras que se han roto. También en lo profesional, mujeres que han adquirido más confianza y seguridad y han cambiado de empresa. Los cambios asustan, las personas seguras de sí mismas y con capacidad de decisión asustan a los que no tienen esa confianza”.

En la Escuela de Inteligencia han aplicado la formación a la esfera personal y empresarial, pero también han trabajado en el mundo sanitario y deportivo, como cuenta su director. “La nadadora Teresa Perales se formó con nosotros para los Juegos Paralímpicos, ella misma ha dicho que la inteligencia emocional le sirvió para ganar medallas y para ser madre (venciendo su miedo por estar en silla de ruedas)”.

Desde hace tres años, están dando formación en el sistema educativo, aunque Javier reconoce que queda mucho por hacer. “Hay desconocimiento y miedo, siempre hay resistencia al cambio. Requiere estar abierto y receptivo”. Sonia asegura que lo deseable es que se instalé en el sistema educativo para que desde edades tempranas se adquieran esas habilidades (seguridad, confianza, autoestima, hacer un balance equilibrado de los éxitos y fracasos). Un buen ejemplo es Extremadura, donde se ha creado la red de escuelas de inteligencia emocional.

Regular nuestro termómetro emocional implica manejar todas las emociones, no solo las negativas. Una emoción positiva, como el entusiasmo, podría perjudicar si no se calibra bien y, por ejemplo, lleva a asumir nuevas tareas laborales, por la excesiva motivación, cuando la persona ya está saturada de trabajo.

Pero mejorar la esfera personal va más allá de lo privado, porque ayuda también a mejorar el mundo, recuerda Javier. “Es la responsabilidad social de cada uno. Podemos aportar nuestro grano de arena venciendo miedos, siendo luz. Las personas que desarrollan su inteligencia emocional dan ejemplo en su familia, en su trabajo, inciden en su contexto, dejan huella. Se convierten en un referente porque tienen una buena gestión emocional y son motor de cambios a su alrededor”. •
 
 

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