Despertar

Por Mª Ángeles López Romero @papasblandiblup

Pepa Torres: "Que no se negocie con nuestras causas y sueños de mujeres"

Asidua de las periferias sociales, económicas y existenciales, Pepa Torres se dice “una mujer atravesada por las causas sociales”. De hecho lleva toda su vida al pie del cañón de una y mil luchas: por los derechos de los migrantes, el acceso universal a la salud, la educación en igualdad... El multiétnico barrio madrileño de Lavapiés es el centro de operaciones, el hábitat natural de esta religiosa valiente, inteligente, generosa y lúcida, bregada en la defensa de los derechos humanos. Cuando el papa Francisco reclama una “teología de la mujer”, Pepa, profesora en el Instituto Superior de Pastoral, autora de varios libros y teóloga feminista de palabra, obra y oración, ofrece claves imprescindibles para detectar estereotipos y barreras a derribar y permitir que la mujer ocupe el lugar que le corresponde en la Iglesia y la sociedad.

Usted empezó trabajando en los movimientos vecinales. Pero allí el enfoque feminista no estaba aún presente.
Cuando me encuentro con mujeres que en aquellas épocas luchamos mucho desde lo vecinal decimos: ‘qué pena entonces no haber sido feministas’. Luchamos por lo social, mejoramos la vida de nuestros barrios, pero es ahora, cuando se han puesto las gafas de la perspectiva de género y de los movimientos de liberación de las mujeres, cuando estamos percibiendo que también tenemos derecho a una felicidad y a una plenitud. Y no sólo a una generosidad en la lucha por lo social, en la lucha por los barrios, en la lucha por las familias. Muchas veces las mujeres y nuestras causas quedan disueltas en lo social. Muchos de los deseos de las mujeres siguen quedando insatisfechos. Por eso en los momentos de crisis como éste, y de pasión política como ésta, donde es necesario juntar espaldas, es muy importante también que no se negocie con nuestras causas y nuestros sueños de mujeres, no se mercadee con ellos, no queden al final en un rincón. Es lo que ha pasado siempre en la historia de la humanidad. Y también en la historia de la Iglesia. Porque, como sabéis, una de las características de la comunidad de Jesús era la comunidad de iguales. Sin embargo, cuando el evangelio tuvo que inculturarse en el mundo griego con Pablo y los evangelizadores y evangelizadoras que lo acompañaban, por donde empezaron a hacer concesiones fue por las mujeres.


Esto se ha acentuado con la crisis, que afecta especialmente a las mujeres, y no sólo en sus consecuencias económicas.
Una de las cosas más nocivas en la vida de las mujeres, también lo dice Neus aludiendo a otra gran mujer, Simón Weil, es la opresión del patriarcado y la opresión de clase: que no solamente nos quita el derecho al pan sino que también nos hace creer que no tenemos hambre. Eso es lo que pasa también muchas veces en las historias y en las vidas de las mujeres. Cuando estamos hablando de precariedad hay que hablar también de las consecuencias del patriarcado, que es como un veneno que se nos inocula en la mentalidad y la sensibilidad, de los hombres por supuesto, pero también de nosotras las mujeres. Por ejemplo cuando seguimos dando mucha más autoridad a un hombre por ser hombre. O incluso por ser célibe que por ser mujer. O cuando seguimos sobreexigiéndonos más a nosotras mismas y a otras mujeres que a otros hombres. Otra herida del patriarcado que viene de la herencia judeocristiana y de una interpretación interesada de la exégesis bíblica tiene que ver también con el mito de Eva. De alguna manera las mujeres seguimos asociadas a la culpa, la responsabilidad, a la sobreexigencia. Y por eso tenemos mucho más miedo a equivocarnos porque los errores en las mujeres tienen mucha más sanción social que los de los hombres. Por eso cuando nos comprometemos tenemos que medir las consecuencias, tenemos que ver con quiénes lo hacemos. Y tenemos también que ayudarnos a tener liderazgos circulares, de manera que podamos entrar y salir de los compromisos.


¿La diversidad cultural y religiosa que se vive en Lavapiés, ¿de alguna manera acentúa esa brecha? Porque siempre presuponemos que la mujer que viene del Islam tiene más dificultades para abrazar el feminismo. ¡El hombre no digamos!
Sí. Aunque el patriarcado no ha muerto, sí tiene muchas fisuras. Pero no en todas las culturas está igual de removido. Están mujeres cuyo proyecto migratorio tiene que ver con no asumir matrimonios forzados, y por eso emigran. Hay mujeres que quieren estudiar y en sus países no ven horizonte, y por eso emigran. Luego a lo mejor su trabajo está en el empleo doméstico. Pero ése es su proyecto e intentan volver a él. Hay mujeres lesbianas que en sus países son asesinadas con pena de muerte. Las diferencias culturales y determinadas interpretaciones fundamentalistas de las culturas y de las religiones de hecho influyen. Lo que pasa es que luego también existen siempre personas y corrientes. Casi recién venida a Lavapiés una mujer argelina con velo, yo tenía mucho interés en que presentara el 8 de marzo una actividad y con mi mal francés intenté explicarle lo que era el 8 de marzo. La mujer me escuchó con mucha paciencia y me dijo al final en su mal español: ‘yo he estado presa en mi país por celebrar el 8 de marzo’. Siempre, en todas las culturas y en los márgenes de las religiones, siempre ha habido mujeres en proyectos y con sueños de emancipación. Y yo creo que también en el Islam.


Usted es educadora social. ¿La educación al final es la clave para romper las barreras?
Es una pregunta difícil porque evidentemente la educación es la clave. Pero, y esto nos lo dijo también hace mucho tiempo Pablo Freire, no toda educación es liberadora. La educación también es una fuente de domesticación y de adiestramiento. Lo que más nos cambia es educarnos desde las claves y los pensamientos alternativos. Estos pensamientos a veces están en las universidades y las escuelas, pero casi siempre son discursos intrusos, que diría Mercedes Navarro. Los discursos liberadores siempre son molestos para los sistemas dominantes. Y los discursos feministas y de género siempre son molestos para el patriarcado. Ahora tenemos otro momento de Iglesia. Pero vamos a ver también la causa de las mujeres. Que no nos disolvamos en las necesidades de la Iglesia. Y es que yo estoy contentísima con el documento de los obispos, que por primera vez habla de violencia de género, de feminización de la pobreza, pero no habla de nosotras, las mujeres en la Iglesia. ¿Qué sería de esta Iglesia sin mujeres? Y sin embargo, ¿por qué nos tienen tanto miedo?


Es necesario también visibilizar a todas las mujeres que, en la historia que nos han contado, han sido oscurecidas e invisibilizadas, ¿no? Para que tengamos nuestros propios modelos.
Eso es fundamental. Hay que recuperar nuestras genealogías. Las mujeres ilustradas lucharon con los franceses ilustrados en la revolución francesa. Pero cuando exigieron los derechos de las ciudadanas, a Olimpia de Gouges la guillotinaron. Todos los cambios sociales, todas las revoluciones, tienen madres. Y solamente nos han enseñado a los padres. Eso no puede ser. Gracias a la Teología feminista eso se está desmontando. Pero hay que divulgarlo. Como esas imágenes tan maravillosas que hay en la Biblia de textos sobre la feminidad de Dios pero que casi nunca se proclaman en la liturgia: Dios como un vientre portador, que nos dice Isaías. Dios que da de mamar desde sus ubres abundantes, con lo que significa que Dios ofrece su cuerpo y nos da de comer. Y esto, ni de coña te lo dicen en la facultad de Teología (risas). Tienes que rescatarlo. Y no es porque ahora haya que volver la tortilla sino porque necesitamos las historias de las mujeres como referentes de poder en nuestra vida. Y también los hombres. Porque es súper duro estar prisioneros dentro del molde patriarcal. Nosotras de una manera y los hombres de otra. Eso se está rompiendo evidentemente. Está en crisis. Pero todavía no ha eclosionado del todo.


Durante siglos no nos han educado para liderar, para ambicionar. ¿Pero tenemos alguna responsabilidad en eso las mujeres que no terminamos de dar ese paso?
Por un lado está tomarnos esa libertad disponible que existe y que nos la tenemos que tomar, apoyadas en otras. Pero también creo que muchas veces los sueños de las mujeres no están representados en esas formas de liderazgo. Y esto también yo lo encuentro respetable. Lo que pasa es que hay momentos críticos, como este momento, en los que es importante tomar las instituciones y creo que hay muchas mujeres que se están remangando. Lo que también me parece lamentable es que todo lo que las mujeres queremos conseguir nos lo tenemos que ganar a pulso de esfuerzo, a pulso de lucha. Pero las mujeres, además de luchar, queremos vivir, queremos ser felices, queremos disfrutar. No queremos ser heroínas. Como dice (Elisabeth Schüssler) Fiorenza: la mujer que no se atreve a preguntar, pierde su pasado, pierde su presente y pierde su futuro. El feminismo nos ayuda a hacernos preguntas, a sospechar, a ir más allá de lo evidente.


Que incluso aquellos hombres que son progresistas y tienen clarísimas otras causas sociales no se identifiquen con la batalla por la igualdad, ¿tiene que ver con la idea de dignidad?
La palabra clave es dignidad. Y más desde una perspectiva creyente en donde hombres y mujeres somos imagen y semejanza del Amor. Que es el nombre más inclusivo de Dios. Sin embargo desde las antropologías al uso las mujeres seguimos siendo como la mitad de, como la costilla de, como algo complementario. Y no seres completos. La dignidad de ser humanas, de ser nosotras mismas, de ser un proyecto a imagen y semejanza de Dios. De ese Dios que también nos representa a nosotras. Y que también nosotras tenemos poder para representar a Dios. Algo que las Iglesias y religiones siguen negando. Y tiene que ver con nuestro cuerpo de mujeres. Es así. Y todos los antropólogos lo estudian. Cuerpos que son temidos, hasta en el imaginario colectivo, por el poder de la vida. Por el misterio de la vida que hay en nosotras y que es necesario someter y poseer. Y no hablo sólo sexualmente, que también. Por eso creo que es cuestión de dignidad, de reconocernos como que somos una imagen también de Dios. Y las mujeres tenemos que segur peleando por esto. No hay que contentarnos con la migajita. Hay que ser como la mujer siro-fenicia. Transgresoras, interlocutoras, que nos traten desde la igualdad de condiciones, con discurso propio, no queremos que hablen por nosotras, nosotras queremos decir lo que queremos.


¿Cómo conviven evangelio y feminismo?
Desde luego Jesús saltó el patriarcado. Su encuentro con las mujeres, por supuesto, liberó a las mujeres pero, por supuesto, liberó a Jesús. Hombres y mujeres tenemos que ir más allá del patriarcado. Las mujeres estamos yendo porque nos va la vida en ello. A los hombres yo creo que también les va. Pero a lo mejor no se han dado cuenta. Jesús es una masculinidad alternativa. El evangelio se ha inculturado en sociedades patriarcales. Es necesario leerlo también desde otras matrices. Al mismo Jesús. El machismo es pecado. Daña a la persona. A quien lo ejerce. A Dios. Una cosa de las que casi no se saben es que una corriente muy fuerte del feminismo europeo y norteamericano fueron las sufragistas. Las mujeres que lucharon por el derecho a la educación y al voto. Muchas de ellas eran cristianas. Eran cuáqueras. Y esas mujeres lo primero que se plantearon era si el feminismo era contrario a su fe. Si la Biblia legitimaba sus sueños de liberación o las oprimía. Y entonces ellas se dieron cuenta de que depende de cómo se leyera la Biblia. Y escribieron lo que se llamó la Biblia de las mujeres, que es como el precedente de la hermenéutica feminista de hoy. Así, exagerando. El feminismo no está reñido con el cristianismo. Hay que tomar las categorías que nos ayuden para interpretar nuestra fe y vivirla de otra manera. Cuando muchas mujeres se han alejado de la Iglesia oficial y de la fe ha sido justo porque la Iglesia se ha negado a dialogar con nosotras nuestros sufrimientos en nombre de Dios. Sufrimientos que Dios no quiere. En el Congreso feminista de Granada del año 2000, nos pusieron el taller al lado de una competencia de temas interesantísimos. Y dijimos, madre mía, ¿quién va a venir? Además nos van a apedrear aquí. Tuvimos un llenazo que te caes. Y lo tuvimos porque había cantidad de mujeres con una necesidad de reconciliarse con esa herida que la Iglesia, que no Dios, había dejado en ellas. O en nosotras. Y casi todo por temas morales. Entonces, qué importante es también revivir nuestra fe desde esa perspectiva.


Algunas cristianas feminsitas reclaman el acceso al sacerdocio. Otras lo cuestionan.
¿Que el tema del sacerdocio es una reivindicación que muchas mujeres queremos hacer? Pues vamos a hacerla. Pero muchas mujeres lo que anhelamos es una Iglesia diferente, más ministerial. Y ahí hay un debate interno entre las propias feministas.


¿Qué signos de esperanza ve?
Yo es que tengo mucha esperanza porque vivo en un sitio muy al límite de la vida y sólo se puede vivir si tienes esperanza. Mi esperanza no está nunca en el número, nunca en la masa y nunca en la mayoría. Porque nada hay tan manipulable como la masa y la mayoría. Mi esperanza siempre está en lo que tiene que ver con lo pequeño, con las semillas, con la supervivencia, también con el mestizaje, con el mezclarnos, con aprender juntas unas de otras. Y tiene que ver con que cuando se vive de determinada manera y con convencimientos, algo eclosiona en la historia y hace que otros y otras lo deseen. •

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